miércoles, 5 de mayo de 2010

QUINTA SEMANA DE PASCUA

JUEVES
SAN JUAN 15, 9-11

CON UN SOLO CLIC:  http://www.infocatolica.com/

»Como el Padre me amó, así os he amado yo. Permaneced en mi amor. Si guardáis mis mandamientos, permaneceréis en mi amor, como yo he guardado los mandamientos de mi Padre y permanezco en su amor. Os he dicho esto para que mi alegría esté en vosotros y vuestra alegría sea completa.

Nos hablas hoy, Señor, en tu mensaje, del amor que el Padre te profesa y del amor que Tú nos tienes a nosotros. Nos recuerdas también la necesidad de permanecer en tu amor; la necesidad de guardar tus mandamientos, como Tú guardaste los mandamientos del Padre y así, permanecer en su amor.

Nosotros no siempre guardamos tus mandamientos. Pero sabe-mos que Tú eres misericordioso; sabemos que en tus manos descansamos tranquilos; que todos los hombres cabemos en el regazo de tu corazón. Y volvemos a empezar.

Descubrimos también lo diferentes que son nuestras actuaciones de las tuyas; nuestros juicios de los tuyos; nuestras exigencias de tus exigencias; tus premios de los nuestros; tus castigos de nuestros castigos. Tú siempre cumples, siempre permaneces fiel a tu amor.

Quisiste, Señor, compartir con nosotros la alegría que inundaba tu ser. Por eso, nos regalaste tu amistad; nos mostraste el camino del cielo, para que conociendo tus mandamientos, tratando de cumplirlos o pidiendo perdón si nos desviamos, alcanzar el premio.

Por otra parte sabemos que mientras recorremos la vida por este valle de lágrimas, nuestra alegría no será completa. Lo será en el más allá de la muerte, cuando en tu presencia gocemos de Dios pa-ra siempre, para siempre.

martes, 4 de mayo de 2010

QUINTA SEMANA DE PASCUA

MIÉRCOLES
SAN JUAN 15, 1-8            

CON UN SOLO CLIC: http://www.jmj2011madrid.com

»Yo soy la vid verdadera y mi Padre es el labrador. Todo sarmiento que en mí no da fruto, lo corta, y todo el que da fruto lo poda para que dé más fruto. Vosotros ya estáis limpios por la palabra que os he hablado. Permaneced en mí y yo en vosotros. Como el sarmiento no puede dar fruto por sí mismo si no permanece en la vid, así tampoco vosotros si no permanecéis en mí. Yo soy la vid, vosotros los sarmientos. El que permanece en mí y yo en él, ése da mucho fruto, porque sin mí no podéis hacer nada. Si alguno no permanece en mí es echado fuera como los sarmientos y se seca; luego los recogen, los echan al fuego y arden. Si permanecéis en mí y mis palabras permanecen en vosotros, pedid lo que queráis y se os concederá. En esto es glorificado mi Padre, en que deis mucho fruto y seáis discípulos míos.

Una nueva comparación: la vid y el labrador. ¡Bien conocían los judíos este símil! ¡Bien lo conocemos muchos de nosotros! Acaso algunos no sepan la naturaleza de este “arbusto” y desconozcan las actividades principales de este “oficio”. La vid es una planta pequeña, retorcida y frágil, que expande sus tentáculos para trepar y no arrastrarse; lo que tiene de débil y feo su constitución, lo tiene de sabroso y bello su fruto. El éxito de las viñas, depende del labrador.

A la viña hay que cuidarla; podarla cada año para que dé más fruto. Tenerla en orden. Y para tenerla en orden, hay que cavar los senderos, tratarla con productos preventivos. Después, madura ya la uva, vendrá su recogida, y finalmente, fermentada, su virtud alegrará el corazón del hombre.

Tú dijiste que eres la vid y nosotros los sarmientos; que hay que estar unidos a la vid para dar fruto; y que al que no está unido a la vid lo tiran fuera, se seca, y luego lo echan al fuego y arde.

Si permanecemos unidos a la vid todo se consigue, todo se logra, todo se alcanza. Y además tu Padre-Dios recibe gloria y nosotros alabaremos al Dios de los cielos. Y una cadena de consecuencias positivas vendrán de esta unión: los frutos, la alegría, la felicidad.

Con esta comparación, Señor, nos enseñaste que es necesario estar unidos a Ti. y que para estarlo a veces hay que arrancar algo; hay que podar. Haz, Señor, que seamos siempre sarmientos vivos, unidos a la vid, que demos gloria a Dios y frutos excelentes.

lunes, 3 de mayo de 2010

QUINTA SEMANA DE PASCUA

MARTES
SAN JUAN 14, 27-31          

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»La paz os dejo, mi paz os doy; no os la doy como la da el mundo. No se turbe vuestro corazón ni se acobarde. Habéis escuchado que os he di-cho. “Me voy y vuelvo a vosotros” Si me amarais os alegraríais de que vaya al Padre, porque el Padre es mayor que yo. Os lo he dicho ahora antes de que suceda, para que cuando ocurra creáis. Ya no hablaré mucho con vosotros, porque viene el príncipe del mundo; contra mí no puede nada, pero el mundo debe conocer que amo al Padre y que obro tal como me ordenó. ¡Levantaos, vámonos de aquí!

Señor, nos regalaste la paz, la tuya, la buena, esa paz tan distinta de la nuestra. Y con la paz, un buen consejo: “que no tiemble vuestro corazón ni se acobarde”. Eso, Señor, queremos cumplir: no temblar de miedo y no acobardarnos nunca. Pero nos tienes que ayudar, Señor, con tu gracia y tu fuerza. Y si a pesar de todo, de vez en cuando, nuestro espíritu tiembla y nuestro corazón se acobarda, Tú sigue con nosotros.

Nos dijiste también: “Me voy y vuelvo a vuestro lado. Si me amarais os alegraríais de que me vaya al Padre, porque el Padre es más que Yo”. ¡Acepto, Señor, el misterio de tu realidad! Misterio que las palabras y los conceptos humanos, por nítidos que sean, no pueden expresarlo con claridad meridiana. “Os lo he dicho” para que estéis preparados, enterados.

“Yo no voy a hablar mucho con vosotros”, pues se acerca el Príncipe de este mundo —él no tiene poder sobre Mí—, “pero es necesario que el mundo comprenda que Yo amo al Padre y que lo que el Padre me manda, Yo lo hago”. La obediencia al Padre. ¡Qué ejemplo para nosotros los hombres, Señor!

De esta retahíla de afirmaciones, brota un doble mensaje: rebelión, desobediencia, por una parte; entrega, obediencia, amor, por otra. Señor, gracias por todo lo bueno que tenemos y poseemos; perdón por tantos despropósitos; y ayúdanos más en este camino que nos conduce al cielo.

domingo, 2 de mayo de 2010

QUINTA SEMANA DE PASCUA

LUNES
SAN JUAN 14, 21-26  

CON UN SOLO CLIC  http://www.torreciudad.org/

El que acepta mis mandamientos y los guarda, ése es el que me ama. Y el que me ama será amado por mi Padre, y yo le amaré y yo mismo me manifestaré a él.
Judas, no el Iscariote, le dijo:
—Señor, ¿y qué ha pasado para que tú te vayas a manifestar a nosotros y no al mundo?
Jesús le respondió:
—Si alguno me ama, guardará mi palabra, y mi Padre le amará, y vendremos a él y haremos morada en él. El que no me ama, no guarda mis palabras; y la palabra que escucháis no es mía sino del Padre que me ha enviado. Os he hablado de todo esto estando con vosotros; pero el Paráclito, el Espíritu Santo que el Padre enviará en mi nombre, Él os enseñará todo y os recordará todas las cosas que os he dicho.

Señor, una nueva lección práctica la de hoy. La necesitaban tus discípulos, los discípulos de todos los tiempos y la necesitamos también nosotros. A veces, no te entendían o no entendemos, no porque tus “explicaciones sean obscuras”, insuficientes, sino porque nuestras “entendederas” son flojas, lentas, cobardes. No por malas explicaderas sino por malas entendederas.

El que me ama —dijiste— acepta mis mandamientos y los guarda”. Primera lección. Aceptar tus normas, después cumplirlas, y como consecuencia el amor. El refrán lo dice de otra manera: “obras son amores y no buenas razones”. La segunda lección fue igual de clara: “El que me ama será amado por mi Padre y Yo le amaré y Yo mismo me manifestaré a él”. Así, en cadena, sin lugar a vacíos, a imprevistos. A tal causa tal efecto.

Pero a veces, nos entretenemos en otras cosas. Como se entretuvo Judas —no el Iscariote— cuando te dijo: Señor, y ¿qué ha pasado para que Tú te vayas a manifestar a nosotros y no al mundo? A la pregunta mitad ingenua mitad curiosa, respondiste así: Si alguno me ama, guardará mi palabra, y mi Padre le amará, y vendremos a él y haremos morada en él. Luego dijiste lo mismo en negativo. Lo que deseabas era que aprendiéramos la lección.

Y antes de acabar —como para asegurarte que asimilábamos tus lecciones— dijiste: “os he hablado de todo esto estando con vosotros”, no me habéis entendido, pero “el Paráclito, el Espíritu Santo que el Padre os enseñará en mi nombre, Él os enseñará todo y os recordará todas las cosas que os he dicho”.

Señor, gracias por tus lecciones; por tus palabras, por tu entrega, y gracias por el Espíritu que habita en nosotros. Y ayúdanos a ser buenos discípulos.

sábado, 1 de mayo de 2010

QUINTA SEMANA DE PASCUA

DOMINGO (C)
SAN JUAN 13, 31-33A. 34-35 

CON UN SOLO CLI http://www.ine.es/fapel/FAPEL.INICIO

Cuando salió Judas del cenáculo, dijo Jesús: — «Ahora es glorificado el Hijo del hombre, y Dios es glorificado en él. Si Dios es glorificado en él, también Dios lo glorificará en sí mismo: pronto lo glorificará. Hijos míos, me queda poco de estar con vosotros. Os doy un mandamiento nuevo: que os améis unos a otros; como yo os he amado, amaos también entre vosotros. La señal por la que conocerán todos que sois discípulos míos será que os amáis unos a otros.»

Cuando Judas abandonó el Cenáculo, comenzaba la hora de la Pasión, se iniciaba la noche más triste de la historia. Y, sin embargo, en ese preciso momento empezaba también la glorificación de Jesucristo. Son las paradojas de la historia de la gracia.

Él mismo Jesús nos lo dice en el pasaje evangélico que acabamos de proclamar: Ahora es glorificado el Hijo del Hombre y Dios es glorificado en Él. Comienza la Pasión, el sufrimiento, el dolor, pero comienza también la glorificación, la resurrección, el triunfo, la victoria. Los sufrimientos que a Jesús le hicieron sudar sangre y angustiarse hasta casi morir, eran el camino obligado para llegar al destino inefable de la gloria. Y no sólo para Él, sino también para todos los hombres, para cada uno de nosotros. El Señor fue el guía, el primero que pasó por esa ruta, marcando a golpe de sus pisadas el sendero que nos ha de llevar a nosotros a nuestro propio triunfo.

Por eso, en ese momento que recordamos hoy, les dice Jesús a los suyos, que ya le quedaba poco tiempo de estar con ellos. Sus palabras van a ser, prácticamente, las últimas palabras que les diría a los suyos. Esa es la razón, por la que tienen un relieve peculiar, una fuerza mayor. Hay como un cierto énfasis y solemnidad cuando les dice: Os doy un mandamiento nuevo: que os améis unos a otros como yo os he amado.

Son estas palabras el testamento espiritual de Jesucristo, la última recomendación que venía a resumir y a culminar todo cuanto les había dicho a lo largo de su vida pública, tres largos años. ¡Que nos amemos unos a otros!. Y además, de la misma forma como Él nos amó, con la misma intensidad, con el mismo desinterés, con la misma constancia, con idéntica abnegación...

A los discípulos, como a nosotros, debió parecerles excesivo los que Jesús les pedía. Pero el Señor no aminora su exigencia. Y para que no les quede la menor duda, añade: La señal por la que conocerán que sois discípulos míos, será que os amáis unos a otros. No lo olvidemos nunca, el amor es la piedra de toque para un seguidor de Cristo.

viernes, 30 de abril de 2010

CUARTA SEMANA DE PASCUA

SÁBADO
SAN JUAN 14, 7-14  

CON UN SOLO CLIC: http://www.arguments.es/

Si me habéis conocido a mí, conoceréis también a mi Padre; desde ahora le conocéis y le habéis visto.
Felipe le dijo:
—Señor, muéstranos al Padre y nos basta.
—Felipe —le contestó Jesús— ¿tanto tiempo como llevo con vosotros y no me has conocido? El que me ha visto a mí ha visto al Padre; ¿cómo dices tú: “Muéstranos al Padre? ¿No crees que yo estoy en el Padre y el Padre en mí? Las palabras que yo os digo, no las hablo por mí mismo. El Padre, que está en mí, realiza sus obras. Creedme: yo estoy en el Padre y el Padre en mí; y si no, creed por las obras mismas. En verdad, en verdad os digo: el que cree en mí, también él hará las obras que yo hago, y las hará mayores que éstas porque yo voy al Padre. Y lo que pidáis en mi nombre eso haré, para que el Padre sea glorificado en el Hijo. Si me pidiereis algo en mi nombre, yo lo haré.

En ocasiones, tus palabras, Señor, sonaban a despedida, a testamento. Eran como diálogos postreros de una amistad fuerte. Eran como deseos ardientes de que tu mensaje caído en tus discípulos, hubiera sido conocido de verdad.

Hoy les mostraste un camino claro y fácil. Les dijiste: Si me habéis conocido a Mí, conoceréis también a mi Padre. Entonces interviene Felipe: Señor, muéstranos al Padre y nos basta. ¡Benditos Apóstoles! ¡Querían, pero no sabían! ¡Querían, pero no acababan de entender!

Y Tú, Señor, con la paciencia de siempre, dirigiéndote al bueno de Felipe, le dijiste: Felipe, ¿tanto tiempo como llevo con vosotros y no me habéis conocido? También a nosotros, Señor, nos dices muchas veces: ¡tantos siglos como estoy con vosotros y aún seguís con dudas!

Y como si fuera la última oportunidad —que no lo sería— le dijiste a Felipe: El que me ha visto a Mí ha visto al Padre (...), el Padre, que está en mí, realiza sus obras. Y dirigiéndote a todos, seguiste: Creedme: yo estoy en el Padre y el Padre en Mí; y si no, creed por las obras mismas. Este fue tu estilo de vida: enseñar y hacer.

Y como aguinaldo de este diálogo, añadiste: En verdad, en verdad os digo: el que cree en Mí, también él hará las obras que yo hago, y las hará mayores que estas porque yo voy al Padre. Y lo que pidáis en mi nombre eso haré, para que el Padre sea glorificado en el Hijo: si me pedís algo en mi nombre, Yo lo haré.

Hoy, Señor, te pido, para mí, para todos los hombres: fe en tus enseñanzas, esperanza en tus promesas, caridad en tus exigencias. Estoy seguro que Tú atenderás mis ruegos y darás fiel curso a mis plegarias.

jueves, 29 de abril de 2010

CUARTA SEMANA DE PASCUA

VIERNES
SAN JUAN 14, 1-6

CON SOLO CLIC http://www.unav.es

»No se turbe vuestro corazón. Creéis en Dios, creed también en mí. En la casa de mi Padre hay muchas moradas. De lo contrario, ¿os hubiera dicho que voy a prepararos un lugar? Cuando me haya marchado y os haya preparado un lugar, de nuevo vendré y os llevaré junto a mí, para que, donde yo estoy, estéis también vosotros. Y adonde yo voy, sabéis el camino.
Tomás le dijo:
—Señor, no sabemos adónde vas, ¿cómo podremos saber el camino?
—Yo soy el Camino, la Verdad y la Vida —les respondió Jesús—; nadie va al Padre si no es a través de mí. Si me habéis conocido a mí, cono-ceréis también a mi Padre; desde ahora le conocéis y le habéis visto.

Señor, aquel día les dijiste a tus discípulos que no tuvieran miedo; que no se dejasen dominar por el palpitar del corazón. Que creyeran en Dios y que creyeran también en Ti. Lo mismo nos recuerdas hoy a nosotros: que no nos preocupemos por los vientos fuertes que azotan el ambiente y que creamos en Dios y en Ti. Eso basta.

Ante las llamadas al temor y a la duda, procuraremos que nuestros corazones, con tu gracia, no tiemblen. Y seguimos diciéndote que creemos en Ti, Señor, y en el Padre Dios y en el Espíritu Santo. Escuchamos, como dichas ahora y para nosotros, las palabras proferidas por Santa Teresa. “Nada te turbe, nada te espante, todo se pasa, Dios no se muda; la paciencia todo lo alcanza; quien a Dios tiene nada le falta, sólo Dios basta”.

Luego nos hablaste de distintas estancias; que ibas a prepararnos sitio; que volverías; que nos llevarás contigo; que adonde estás Tú, estaremos también los demás; que ya sabíamos el camino; que te siguiéramos.

La cosa era importante. Había que ir detrás de Ti, pero no sabíamos el camino ni a dónde ibas. Por eso, agradecemos que Tomás dijera: “cómo podemos saber el camino, si no sabemos adónde vas?

Tú respondiste: Tomás, Yo soy el camino, la verdad y la vida. Nadie va al Padre sino por Mí. Ahora sabemos que Tú eres el camino y el término; que Tú eres el esfuerzo y el premio; que Tú eres el deseo y la eternidad.

miércoles, 28 de abril de 2010

CUARTA SEMANA DE PASCUA

JUEVES
SAN JUAN 13, 16-20         

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En verdad, en verdad os digo: no es el siervo más que su señor, ni el enviado más que quien le envió. Si comprendéis esto y lo hacéis seréis bienaventurados. No lo digo por todos vosotros: yo sé a quienes elegí; sino para que se cumpla la Escritura: El que come mi pan levantó contra mí su talón. Os lo digo desde ahora, antes de que suceda, para que cuando ocurra creáis que yo soy. En verdad, en verdad os digo: quien recibe al que yo envíe, a mí me recibe; y quien a mí me recibe, recibe al que me ha enviado.

La expresión “en verdad en verdad os digo”, significaba que lo que se iba a decir encerraba una especial importancia. Y así era recibido por los oyentes. Cuando en el Evangelio se utiliza esta fórmula, lo que pretende es dar una lección para la vida.

Tus discípulos, Señor, habían manifestado en sus conversaciones y en sus hechos, el deseo humano de sobresalir, de conseguir poder, de ocupar los primeros puestos. Tú bien lo sabías y con tu ejemplo tratabas de enseñarles que no era ese el camino que Tú seguías y exigías.

Con el lavatorio de los pies, realizado poco antes, les habías mostrado, de un modo sencillo y simbólico, que no habías venido a ser servido, sino a servir, y que tu servicio era universal: dar la vida por todos.

Pero además quisiste, Señor, enseñar la gran lección del servicio, no sólo con gestos sino también con palabras. Por eso, aprovechando este momento, tenso y difícil, quizás alzando un poco más la voz, dijiste a “los tuyos”: En verdad, en verdad os digo: no es el siervo más que su señor, ni el enviado más que quien le envió.

Y así, diste a entender a los Apóstoles, y en ellos a todos los que después formaríamos la Iglesia que el servicio humilde a los demás hace al discípulo semejante al Maestro. Si comprendéis esto y lo hacéis seréis bienaventurados.

La cosa estaba clara: Tú eras el Señor, el Maestro; todos nosotros, tus siervos, tus discípulos. Si ellos querían seguirte, tenían que imitarte; si nosotros queremos seguirte, tendremos que pisar en tus huellas.

“Si, por consiguiente, a la luz de esta actitud de Cristo se puede verdaderamente “reinar” sólo “sirviendo”, a la vez, el “servir” exi-ge tal madurez espiritual que es necesario definirla como el “reinar” .

Señor, enséñanos a servir como Tú, para reinar contigo.

martes, 27 de abril de 2010

CUARTA SEMANA DE PASCUA

MIÉRCOLES
SAN JUAN 12, 44-50   

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Jesús clamó y dijo:
—El que cree en mí, no cree en mí, sino en Aquel que me ha enviado; y el que me ve a mí, ve al que me ha enviado. Yo soy la luz que ha venido al mundo para que todo el que cree en mí no permanezca en tinieblas. Y si alguien escucha mis palabras y no las guarda, yo no le juzgo, porque no he venido a juzgar al mundo, sino a salvar al mundo. Quien me desprecia y no recibe mis palabras tiene quien le juzgue: la palabra que he hablado, ésa le juzgará en el último día. Porque yo no he hablado por mí mismo, sino que el Padre que me envió, Él me ha ordenado lo que he de decir y hablar. Y sé que su mandato es vida eterna; por tanto, lo que yo hablo, según me lo ha dicho el Padre, así lo hablo.

Y seguiste hablando. Ahora decías: el que cree en Mí, no cree en Mí, sino en Aquel que me ha enviado. Aunque parece un juego de palabras, se trata de una importante afirmación en la que se encierra una profunda enseñanza trinitaria. Y añadiste: el que me ve a Mí, ve al que me ha enviado, que era como decir que Tú, Señor, eres el rostro de Dios, el camino hacia el Padre.

Decías también que Tú habías venido al mundo como luz; que el que cree en Ti no anda en tinieblas. Ayúdanos, Señor, a aceptar esa luz que eres Tú; ayúdanos a caminar en la claridad de tu doctrina, en la seguridad de tu presencia.

Hablabas de juzgar y de salvar; de que Tú no habías venido a juzgar al mundo, sino a salvar al mundo. Sálvanos, Señor, a todos, danos tu gracia y tu amistad; ahora, en la tierra y por toda la eternidad en el cielo. Y ayúdanos a recibir tus palabras, a cumplir tus mandamientos.

Insistías de nuevo que Tú venías enviado de Dios; que estabas cumpliendo la voluntad del Padre; que hablabas y enseñabas de lo que se te había mandado. Y que estabas convencido que así, obrando de este modo, cumplías la voluntad del cielo.

Y añadiste que todo lo que Tú hablaste y dijiste, era encargo del Padre. Y todo lo que los apóstoles hablarían después era encargo tuyo: “como el Padre me ha enviado, así os envío yo”.

lunes, 26 de abril de 2010

CUARTA SEMANA DE PASCUA

MARTES
SAN JUAN 10, 22-30        

CON UN SOLO CLIC: http://www.radiomaria.es

Se celebraba por entonces en Jerusalén la fiesta de la Dedicación. Era invierno. Paseaba Jesús por el Templo, en el pórtico de Salomón. Entonces le rodearon los judíos y comenzaron a decirle:
—¿Hasta cuándo nos vas a tener en vilo? Si tú eres el Cristo, dínoslo claramente.
Les respondió Jesús:
—Os lo he dicho y no lo creéis; las obras que hago en nombre de mi Padre, éstas dan testimonio de mí. Pero vosotros no creéis porque no sois de mis ovejas. Mis ovejas escuchan mi voz, yo las conozco y me siguen. Yo les doy vida eterna; no perecerán jamás y nadie las arrebatará de mi mano. Mi Padre que me las dio, es mayor que todos; y nadie puede arrebatarlas de la mano del Padre. Yo y el Padre somos uno.

Se celebraba una fiesta en Jerusalén, la Dedicación del Templo. Era invierno. Frío, viento, lluvia. Tú, Señor, paseabas por el pórtico de Salomón, lugar perteneciente al Templo. Y mientras paseabas, te fijabas en algo o acaso rezabas. En esto, un grupo de judíos te rodearon. Y sin más, te preguntaron: “¿Hasta cuándo nos vas a te-ner en suspenso? Si eres el Mesías, dínoslo claramente”.

Entonces Tú, Señor, tranquilo, sereno, dijiste; os lo he dicho mil veces y no me creéis. Además, las obras que yo hago en nombre de mi Padre dan testimonio de Mí. Pero, ni por esas, vosotros no creéis. Y no creéis, —os lo digo claramente—, porque no sois ove-jas mías. Si fuerais ovejas mías, escucharíais mi voz.

Yo conozco a mis ovejas y ellas me siguen. A éstas, les daré la vida eterna y no perecerán, nadie las arrebatará de mi mano, ni de la mano de mi Padre, porque el Padre y Yo somos uno en el Espíritu Santo.

Señor, hablaste claro; y dijiste quién eras. Lo dijiste con palabras y con hechos. Yo creo tus palabras y creo en tus hechos. Per-míteme, Señor, que subraye dos cosas: la realidad pastoril y la vida eterna.

Hablas de ovejas mías y ovejas no mías. Aunque yo sé que Tú has venido a llamar a todas las gentes; unos ya te han oído, otros todavía no. Al final, habrá un solo rebaño y un solo Pastor.

En la otra, prometes a tus ovejas la vida eterna, el premio defi-nitivo. Tus ovejas no perecerán jamás, nadie las arrebatará de tu mano, ni de la mano de tu Padre, con otras manos por muy fuertes que éstas parezcan.

Gracias, Señor, por tus palabras y por tus hechos. Te pido que al final de mi vida pueda cantar y gozar contigo del Padre y del Espíritu Santo, por los siglos de los siglos.

domingo, 25 de abril de 2010

CUARTA SEMANA DE PASCUA

LUNES
SAN JUAN 10, 11-18              

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»Yo soy el buen pastor. El buen pastor da su vida por sus ovejas. El asalariado, el que no es pastor y al que no le pertenecen las ovejas, ve venir el lobo, abandona las ovejas y huye —y el lobo las arrebata y las dispersa—, porque es asalariado y no le importan las ovejas. Yo soy el buen pastor, conozco las mías y las mías me conocen. Como el Padre me conoce a mí, así yo conozco al Padre, y doy mi vida por las ovejas. Tengo otras ovejas que no son de este redil, a ésas también es necesario que las traiga, y oirán mi voz y formarán un solo rebaño, con un solo pastor. Por eso me ama el Padre, porque doy mi vida para tomarla de nuevo. Nadie me la quita, sino que yo la doy libremente. Tengo poder para darla y ten-go potestad para recuperarla. Éste es el mandato que he recibido de mi Padre.

Y seguiste diciendo que Tú eras el Buen Pastor, que estabas dispuesto a dar la vida; que el asalariado cuando percibe el peligro, huye; que al asalariado no le importan las ovejas, que lo que le importa es medrar; que Tú, Señor, no eras así; que Tú eras el Buen Pastor.

Y como Buen Pastor conocías a tus ovejas y ellas a Ti, que lo mismo que el Padre te conocía y Tú a Él, así conocías a tus ovejas y estabas dispuesto a dar la vida por ellas; y que tenías otras ovejas que tenían que venir; y que tenían que oír tu voz, y que tenían que estar contigo; y que tenía que haber un solo rebaño y un solo Pastor; y que el Padre estaba feliz por esto.

Ahora sí; ahora, todos tus discípulos, Señor, entendieron. Y en sus mentes quedaron grabadas para siempre aquellas afirmaciones. Tanto, que jamás las olvidaron. Y se acordaban de ellas, cuando veían al pastor caminar delante de su rebaño.

Si embargo otros judíos, los que no estaban de tu parte, se opusieron. Y hubo una disensión a causa de estas palabras. Muchos decían que estabas endemoniado otros que estabas loco; pero otros decían: cosas así no las dice un endemoniado, ni un endemoniado hace los milagros que Éste hace.

sábado, 24 de abril de 2010

IV DOMINGO DE PASCUA
San Juan 10,27-30.


CON UN SOLO CLIC http://www.navarra.es/

En aquel tiempo, dijo Jesús: -Mis ovejas escuchan mi voz, y yo las conozco y ellas me siguen, y yo les doy la vida eterna; no perecerán para siempre y nadie las arrebatará de mi mano. Mi Padre, que me las ha dado, supera a todos y nadie puede arrebatarlas de la mano de mi Padre. Yo y el Padre somos uno.

Jesús, nos dice el Evangelista San Marcos (6,30-34), al desembarcar, vio mucha gente, sintió compasión de ellos, pues estaban como ovejas que no tienen pastor, y se puso a enseñarles muchas cosas.

Hoy, podemos tener una sensación semejante a aquella que nos describe San Marcos. Porque en la sociedad en que vivimos hay mucha gente que vive desorientada, confundida, mareada, sin rumbo, sin ideales, sin una meta en la vida. Viven como ovejas que no tienen pastor pastor.

Los cristianos no tenemos este problema o, al menos, no deberíamos tenerlo. Porque nosotros, los cristianos, sí tenemos un Pastor, un guía, una persona que nos conduce hacia el cielo: ese pastor es CRISTO, EL SEÑOR. El es la luz que brilla en medio de las tinieblas de este mundo, lleno de obscuridad y de ignoracia. El es la luz que brilla en nuestra vida, que guía nuestra historia.

Cristo es el buen Pastor que dio su vida por nosotros, inmolándose en la cruz; Cristo es el Buen Pastor que nos conoce a cada uno como el Padre lo conoce y él conoce al Padre (cf. Jn 10, 14-15). Cristo es el Pastor. Él es el que guía al rebaño, el que le marca el camino. El que cuida del rebaño y lo protege, el que le da el alimento y se preocupa de que las ovejas estén sanas.

La Palabra de Dios de este Domingo nos lo manifiesta con claridad a través de la bella imagen del pastor y las ovejas: Jesús es el Pastor, nosotros las ovejas.

Los tres verbos pronunciados por Jesús en este breve pasaje evangélico son verbos de acción: escuchar, conocer y seguir. A través de estas palabras, unidas entre sí con un hilo luminoso y espiritual, se puede construir toda la historia de la vocación cristiana: escuchar, conocer, seguir. Todo un programa de acción. Por eso hoy es necesario que nos preguntemos si estamos siendo buenos discípulos: si sabemos escuchar al Señor, si tratamos de conocerle, si tratamos de seguirle.

Para contestar a esta pregunta nada mejor que revisar si somos dóciles para dejarnos guiar por Jesús, si somos diligentes para escuchar sus enseñanzas y las enseñanzas de la Iglesia, si intentamos vivir cada día como Él quiere que lo hagamos.

viernes, 23 de abril de 2010

TERCERA SEMANA DE PASCUA

SÁBADO
SAN JUAN 6, 60-69  

CON UN SOLO CLIC: http://www.ayudaalaiglesianecesitada.org/

Al oír esto, muchos de sus discípulos dijeron:
—Es dura esta enseñanza, ¿quién puede escucharla?
Jesús, conociendo en su interior que sus discípulos murmuraban de esto, les dijo:
—¿Esto os escandaliza? Pues, ¿si vierais al Hijo del Hombre subir a donde estaba antes? El espíritu es el que da vida, la carne no sirve de nada: las palabras que os he hablado son espíritu y son vida. Sin embargo, hay algunos de vosotros que no creen. En efecto, Jesús sabía desde el principio quiénes eran los que no creían y quién era el que le iba a entregar.
Y añadía:
—Por eso os he dicho que ninguno puede venir a mí si no se lo ha concedido el Padre. Desde ese momento muchos discípulos se echaron atrás y ya no andaban con él.
Entonces Jesús les dijo a los doce:
—¿También vosotros queréis marcharos?
Le respondió Simón Pedro:
—Señor, ¿a quién iremos? Tú tienes palabras de vida eterna; nosotros hemos creído y conocido que tú eres el Santo de Dios.

Tengo que reconocer, Señor, que a primera vista, este modo de hablar era duro. Y me explico que algunos de tus discípulos cuestionasen tus palabras. Les estabas diciendo, nada más y nada menos, que tenían que comer tu carne y beber tu sangre. Y en su interior brotaron las críticas.

Pero Tú, Señor, adivinando sus críticas les dijiste: “¿Esto os hace vacilar? ¿Y si vierais al Hijo del Hombre subir adonde estaba antes?” Era como decir, fiaos de Mi, de mi palabra, de mi poder, de la fuerza de mi espíritu.

Y seguiste: porque el Espíritu es el que da vida; la carne no sirve para nada. Mis palabras son Espíritu y Vida, y sin embargo, algunos no creéis. No admitís que os diga la verdad. Aquí está el secreto: en la verdad de mis palabras.

Y dijiste: Pero “nadie puede venir a Mí si mi Padre no se lo concede”. Por lo tanto, en vez de discutir, de reflexionar, de criticar, lo que debéis hacer, es pedir al Padre la gracia de entender, la gracia de amar.

Pero el hecho fue que algunos, desde entonces, se echaron para atrás y no volvieron a ir contigo. Señor, que yo nunca me eche para atrás, que siga siempre contigo.

Entonces, Tú, Señor, advirtiendo que los doce también temblaban, les dijiste: ¿También vosotros queréis marcharos? ¿También vosotros dudáis? Entonces Simón Pedro contestó: Señor, ¿a quién vamos a acudir que mejor nos vaya? Tus palabras son verdaderas. Nosotros creemos que Tú eres el Santo consagrado por Dios.

jueves, 22 de abril de 2010

TERCERA SEMANA DE PASCUA

VIERNES
SAN JUAN 6, 52-59             

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Los judíos se pusieron a discutir entre ellos: ¿Cómo puede éste
darnos a comer su carne?
Jesús les dijo:
—En verdad, en verdad os digo que si no coméis la carne del Hijo del Hombre y no bebéis su sangre, no tendréis vida en vosotros. El que come mi carne y bebe mi sangre tiene vida eterna y yo le resucitaré en el último día. Porque mi carne es verdadera comida y mi sangre es verdadera bebida. El que come mi carne y bebe mi sangre permanece en mí y yo en él. Igual que el Padre que me envió vive y yo vivo por el Padre, así, aquel que me come vivirá por mí. Éste es el pan que ha bajo del cielo, no como el que comieron los padres y murieron: quien come este pan vivirá eter-namente.
Estas cosas dijo en la Sinagoga, enseñando en Cafarnaún.

Disputaban los judíos entre sí, cómo podías Tú, Señor, darles a comer tu carne. La cuestión no era pequeña ni de poca importancia. Tú habías dicho que el que comiera tu carne tendría vida. Y no lo podían entender. Y disputaban entre sí.

Tú, Señor, les habías dicho: “Os aseguro, que si no coméis la carne del Hijo del Hombre y no bebéis su sangre, no tendréis vida en vosotros”. Estaba clara la cuestión. Lo habías dicho con rotundidad. ¿Pero cómo era posible eso? Los judíos disputaban.

Y dijiste más: El que come mi carne y bebe mi sangre, tiene vida eterna, y yo lo resucitaré en el último día. Insistías, Señor, en la necesidad de comer tu carne y beber tu sangre. Y esto, como condición de vida eterna, de resurrección final.

Y aún más: Mi carne es verdadera comida y mi sangre es verdadera bebida. El que come mi carne y bebe mi sangre, habita en Mí y Yo en él. Es verdadera comida y verdadera bebida y la promesa es también verdadera.

Y añadiste: El Padre que vive me ha enviado y yo vivo por el Padre; del mismo modo, el que me come, vivirá por Mí. Este es el pan que ha bajado del cielo: no como el de vuestros padres, que lo comieron y murieron: el que come de este pan vivirá para siempre. No te entendían y volvías a repetirlo.

Dijiste esto, Señor, en la Sinagoga, en Cafarnaún. Se enteró mucha gente importante y sabia. Es decir, no fue una conversación de pasada, sino una enseñanza pública.

miércoles, 21 de abril de 2010

TERCERA SEMANA DE PASCUA

JUEVES
SAN JUAN 6, 44-51  

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Nadie puede venir a mí si no le atrae el Padre que me ha enviado, y yo lo resucitaré en el último día. Está escrito en los Profetas: Y serán todos enseñados por Dios. Todo el que ha escuchado al que viene del Padre, y ha aprendido, viene a mí. No es que alguien haya visto al Padre, sino que aquel que procede de Dios, ése ha visto al Padre. En verdad, en verdad os digo que el que cree tiene vida eterna. »Yo soy el pan de vida. Vuestros padres comieron en el desierto el maná y murieron. Éste es el pan que baja del cielo, para que si alguien lo come no muera. Yo soy el pan vivo que he bajado del cielo. Si alguno co-me este pan vivirá eternamente; y el pan que yo daré es mi carne para la vida del mundo.


Los hombres, según su condición de criaturas, no pueden conocerte ni llegar hasta Ti, Señor, si no son sanados y ayudados por tu gracia. Y si responden a tu llamada y secundan tu gracia, les prometes el premio eterno y la resurrección en el último día.

Siempre que reflexiono en este tema, Señor, brotan en mí deseos de responder a tus gracias; y, a la vez, ruego me ayudes a confiar plenamente en Ti, y a esperar, por tu misericordia, me concedas la salvación eterna.

Somos discípulos de Dios —según está escrito— y somos discípulos tuyos. Que aprendamos a servirte, a huir de la pereza, del miedo, de la cobardía que nos dificulta la entrega y que sepamos serte fieles en el quehacer de cada día. ¡Ayúdanos, Señor!

Primero escuchar tu llamada, después responder libremente, y luego lanzarnos a la lucha, jugarnos el yo, vencer la soberbia, superar la vergüenza; no tener miedo a nadie ni a nada, vivir en medio del mundo con el desparpajo, la espontaneidad, el servicio, la entrega de ser discípulos tuyos.

A Dios nadie lo ha visto. Sólo Tú, Señor. Pero si creemos, tenemos la vida eterna asegurada. Para ello, debemos estar y permanecer fuertes. Tú eres el pan de vida. Mejor que el maná. El maná era otra cosa. “Tú eres el pan vivo bajado del cielo; el que coma de él vivirá para siempre”. Tu carne es el pan para alimento del mundo.

Gracias Señor, por las veces que he comido tu Cuerpo y he bebido tu Sangre. Con palabras de la Liturgia, lleno de fe y de esperanza, te digo, Señor: “Oh sagrado convite en el cual se recibe a Cristo, el alma se llena de gracia y se nos da una prenda para la gloria futura”.

Y con Santo Tomás confieso: “Al juzgar de Ti se equivocan la vista, el tacto, el gusto, pero basta el oído para creer con firmeza; creo todo lo que ha dicho el Hijo de Dios; nada es más verdadero que esta Palabra de verdad”.

Somos débiles, criaturas, pero discípulos, hijos. Esperamos la resurrección de los muertos.

martes, 20 de abril de 2010

TERCERA SEMANA DE PASCUA

MIÉRCOLES
SAN JUAN 6, 35-40                 

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Jesús les respondió:
—Yo soy el pan de vida; el que viene a mí no tendrá hambre, y el que cree en mí no tendrá nunca sed. Pero os lo he dicho: me habéis visto y no creéis. Todo lo que me da el Padre vendrá a mí, y al que viene a mí no lo echaré fuera, porque he bajado del cielo no para hacer mi voluntad sino la voluntad de Aquel que me ha enviado. Ésta es la voluntad del que me ha enviado: que no pierda nada de lo que Él me ha dado, sino que lo resucite en el último día. Porque ésta es la voluntad de mi Padre: que todo el que ve al Hijo y cree en él tenga vida eterna, y yo lo resucitaré en el último día.

Y seguiste diciendo que Tú eres el pan de vida; que el que viene a Ti no pasará hambre, y que el que cree en Ti no pasará nunca sed. Y añadiste, os lo he dicho, me habéis visto y no creéis. Es como si dijeras: ¡con las cosas que habéis visto, y sin embargo, no creéis! ¡Cuánto os cuesta creer!

Y seguiste diciendo: Todo lo que me da el Padre vendrá a Mí, y el que venga a Mi, no lo echaré fuera; porque he bajado del Cielo, no para hacer mi voluntad, sino la voluntad de Aquel que me ha enviado. Habías venido para hacer la voluntad del Padre. Y qué bien la hiciste, Señor. Auméntanos la fe y ayúdanos para que también nosotros cumplamos la voluntad de Dios.

Tú mismo explicaste cuál es la voluntad del Padre. Dijiste: Esta es la voluntad del que me ha enviado: que no pierda nada de lo que me dio. Y añadiste: Esta es la voluntad de mi Padre: que todo el que ve al Hijo y cree en Él, tenga vida eterna, y yo lo resucitaré en el último día.

Dices que el que te ha enviado es tu Padre; dices que todo el que te ve a Ti y cree en Ti, tendrá vida eterna; y dices que el último día lo resucitarás. ¡Cuántas veces, estas palabras habrían sido recordadas por San Juan para explicar que Tú, Señor, venías de Dios y venías a salvarnos!

Hoy nos recuerdan a nosotros que Tú, Señor, eres el enviado del Padre; que Tú siempre cumpliste la voluntad de Dios; y, a la vez, nos urgen a cada uno, a creer en Ti; a cumplir la voluntad de Dios.

lunes, 19 de abril de 2010

TERCERA SEMANA DE PASCUA MARTES
SAN JUAN 6, 30-35  

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Le dijeron:
—¿Y qué signo haces tú, para que lo veamos y te creamos? ¿Qué obras realizas tú? Nuestros padres comieron en el desierto el maná, co-mo está escrito: Les dio a comer pan del Cielo.
Les respondió Jesús:
—En verdad, en verdad os digo que Moisés no os dio el pan del cielo, sino que mi Padre os da el verdadero pan del cielo. Pues el pan de Dios es el que ha bajado del cielo y da la vida al mundo.
—Señor, danos siempre de este pan —le dijeron ellos.
Jesús les respondió:
—Yo soy el pan de vida; el que viene a mí no tendrá hambre, y el que cree en mí no tendrá nunca sed.

Querían signos, no eran suficientes las palabras. Las palabras podían ser engañosas. Los signos, no. Los signos eran objetivos. Por eso, te dijeron: “¿Y qué signo vemos que haces Tú, para que creamos en Ti? ¿Cuál es tu obra?

Acudiendo a la historia, uno de los presentes, en nombre de todos, afirmó: “Mira, nuestros padres comieron el maná en el desierto”, como diciendo, ese era un signo: la lluvia del maná cada mañana. Alimento del cuerpo y alivio del alma.

Entonces, Tú, Señor, replicaste: “Os aseguro que no fue Moisés quien os dio pan del cielo, sino que es mi Padre el que os da el verdadero pan del cielo”. El salto fue enorme. No sólo admitiste que el maná fue un signo, sino que declaraste que Dios sigue ofreciendo ese signo. Y mayor fue el salto cuando afirmaste que ese Dios era tu Padre. La gente quedó conmovida.

“Porque el pan de Dios —seguiste— es el que baja del cielo, y da vida al mundo”. Entonces ellos dijeron: Señor, danos siempre de ese pan. Y respondiste: Yo soy el pan de vida. El que viene a Mi no pasará hambre, y el que cree en Mí nunca pasará sed.

Tú, Señor, Hijo de Dios, eres el pan para la vida el mundo. Señor, que yo viva estas verdades; que acepte estos signos, que crea en tus palabras.

domingo, 18 de abril de 2010

TERCERA SEMANA DE PASCUA

LUNES
SAN JUAN 6, 22-29    
´
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Al día siguiente, la multitud que estaba al otro lado del mar vio que no había allí más que una sola barca, y que Jesús no había subido a ella con sus discípulos, sino que éstos se habían marchado solos. De Tibería-des otras barcas llegaron cerca del lugar donde habían comido el pan después de haber dado gracias al Señor. Cuando la multitud vio que ni Jesús ni sus discípulos estaban allí, subieron a las barcas y fueron a Ca-farnaún buscando a Jesús. Y al encontrarle en la otra orilla del mar, le preguntaron:
—Maestro, ¿cuándo has llegado aquí?
Jesús les respondió:
—En verdad, en verdad os digo que vosotros me buscáis no por haber visto los signos, sino porque habéis comido los panes y os habéis saciado. Obrad no por el alimento que se consume sino por el que perdura hasta la vida eterna, el que os dará el Hijo del Hombre, pues a éste lo confirmó Dios Padre con su sello.
Ellos le preguntaron:
—¿Qué debemos hacer para realizar las obras de Dios?
Jesús les respondió:
—Ésta es la obra de Dios, que creáis en quien Él ha enviado.

Allí sólo habían quedado restos de una lancha y se notaba que la hierba del suelo había sido aplastada. Se percibía también gran movimiento de personas. Nuevas lanchas que llegaban y nuevas gentes volvían al lugar del milagro. Mas cuando vieron que ni Tú estabas allí, ni tampoco estaban tus discípulos, se embarcaron de nuevo y se fueron a Cafarnaún en busca de los signos que Tú hacías, en busca de los milagros que Tú realizabas.

Al fin, te encontraron en la otra orilla de lago. Y te preguntaron: “Maestro, ¿cuándo has venido aquí? ¡Llevamos todo el día buscándote! Entonces Tú, Señor, les dijiste: “Os lo aseguro: me buscáis, no porque habéis visto signos, sino porque comisteis pan hasta saciaros” “Trabajad no por el alimento que perece, sino por el ali-mento que perdura”, el que os dará el Hijo del Hombre.

Te preguntaron: ¿qué obras tenemos que hacer para trabajar en lo que Dios quiere? Y Tú respondiste: Esta es la obra de Dios, que creáis en quien El ha enviado. Es decir, creer en Ti, Señor.

Creo en Ti, Señor; creo que Tú eres el Hijo de Dios, que fuiste concebido por obra y gracia del Espíritu Santo; que naciste de María Virgen; que padeciste bajo el poder de Poncio Pilato; que fuiste crucificado, muerto y sepultado; que descendiste a los infiernos; que al tercer día resucitaste de entre los muertos; que subiste a los cielos; que estás sentado a la derecha de Dios Padre todopoderoso, que desde allí has de venir a juzgar a vivos y a muertos; y creo en el Espíritu Santo, en la santa Iglesia católica, en la comunión de los santos, en el perdón de los pecados, en la resurrección de la carne y en la vida eterna.

sábado, 17 de abril de 2010

III DOMINGO DE PASCUA
Evangelio: San Juan 21, 1-19   

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En aquel tiempo, Jesús se apareció otra vez a los discípulos junto al lago de Tiberíades. Y se apareció de esta manera: Estaban juntos Simón Pedro, Tomás apodado el Mellizo, Natanael el de Caná de Galilea, los Zebedeos y otros dos discípulos suyos.
Simón Pedro les dice:
—«Me voy a pescar.»
Ellos contestan:
—«Vamos también nosotros contigo.»
Salieron y se embarcaron; y aquella noche no cogieron nada. Estaba ya amaneciendo, cuando Jesús se presentó en la orilla; pero los discípulos no sabían que era Jesús.
Jesús les dice:
—«Muchachos, ¿tenéis pescado?»
Ellos contestaron:
—«No.»
Él les dice:
—«Echad la red a la derecha de la barca y encontraréis.»
La echaron, y no tenían fuerzas para sacarla, por la multitud de peces. Y aquel discípulo que Jesús tanto quería le dice a Pedro:
—«Es el Señor.»
Al oír que era el Señor, Simón Pedro, que estaba desnudo, se ató la túnica y se echó al agua. Los demás discípulos se acercaron en la barca, porque no distaban de tierra más que unos cien metros, remolcando la red con los peces.
Al saltar a tierra, ven unas brasas con un pescado puesto encima y pan. Jesús les dice:
—«Traed de los peces que acabáis de coger.»
Simón Pedro subió a la barca y arrastró hasta la orilla la red repleta de peces grandes: ciento cincuenta y tres. Y aunque eran tantos, no se rompió la red.
Jesús les dice:
—«Vamos, almorzad.»
Ninguno de los discípulos se atrevía a preguntarle quién era, porque sabían bien que era el Señor.
Jesús se acerca, toma el pan y se lo da, y lo mismo el pescado.
Ésta fue la tercera vez que Jesús se apareció a los discípulos, después de resucitar de entre los muertos.
Después de comer, dice Jesús a Simón Pedro:
— «Simón, hijo de Juan, ¿me amas más que éstos?»
Él le contestó:
— «Sí, Señor, tú sabes que te quiero.»
Jesús le dice:
— «Apacienta mis corderos.»
Por segunda vez le pregunta:
— «Simón, hijo de Juan, ¿me amas?»
Él le contesta:
— «Sí, Señor, tú sabes que te quiero.»
Él le dice:
— «Pastorea mis ovejas.»
Por tercera vez le pregunta:
— «Simón, hijo de Juan, ¿me quieres?»
Se entristeció Pedro de que le preguntara por tercera vez si lo quería y le contestó:
— «Señor, tú conoces todo, tú sabes que te quiero.»
- Jesús le dice:
— «Apacienta mis ovejas.

Te lo aseguro: cuando eras joven, tú mismo te ceñías e ibas adonde querías; pero, cuando seas viejo, extenderás las manos, otro te ceñirá y te llevará adonde no quieras.»
Esto dijo aludiendo a la muerte con que iba a dar gloria a Dios. Dicho esto, añadió:
— «Sígueme.»


El domingo pasado la Palabra de Dios nos hablaba de que la fe es un misterio que nunca comprenderemos del todo, y veíamos que esa fe en Jesucristo tiene dos consecuencias inmediatas: la eclesialidad y su carácter misionero.

Hoy la Palabra de Dios insiste en ello. La Iglesia es el pueblo de Dios que peregrina hacia el Reino de los Cielos, y está llamada a dar testimonio de Jesucristo resucitado en medio del mundo. La respuesta a la palabra y el testimonio de los Apóstoles es la persecución, pero hay que obedecer a Dios antes que a los hombres.

Pero la Iglesia no camina sola, sino que Jesús le ha puesto unos guías con la misión de enseñar, santificar y gobernar la Iglesia. Esos guías son los Apóstoles presididos por Pedro que es la cabeza del colegio apostólico.

Los sucesores de los Apóstoles son los Obispos presididos por el sucesor de Pedro: el Papa. Ellos son los que tienen en la Iglesia el mandato dado por Jesucristo de enseñar, santificar y gobernar.

Por ello, es importante superar el individualismo y el subjetivismo y que vivas tu fe unido a la Iglesia, en comunión con ella, escuchando con atención sus enseñanzas, porque el oficio de interpretar auténticamente la Palabra de Dios, ha sido encomendado sólo al Magisterio de la Iglesia, el cual lo ejercita en nombre de Jesucristo (cf. Dei Verbum 10), es decir, a los obispos en comunión con el sucesor de Pedro, el Papa (cf. Catecismo de la Iglesia Católica, 85).

Desde esta perspectiva, se comprende que el Resucitado les confiera —con la efusión del Espíritu— el poder de perdonar los pecados (cf. Jn 20, 23). Los doce Apóstoles son así el signo más evidente de la voluntad de Jesús respecto a la existencia y la misión de su Iglesia, la garantía de que entre Cristo y la Iglesia no existe ninguna contraposición: son inseparables, a pesar de los pecados de los hombres que componen la Iglesia. Por tanto, es del todo incompatible con la intención de Cristo un eslogan que estuvo de moda hace algunos años: "Jesús sí, Iglesia no". Este Jesús individualista elegido es un Jesús de fantasía. No podemos tener a Jesús prescindiendo de la realidad que él ha creado y en la cual se comunica.

Entre el Hijo de Dios encarnado y su Iglesia existe una profunda, inseparable y misteriosa continuidad, en virtud de la cual Cristo está presente hoy en su pueblo. Es siempre contemporáneo nuestro, es siempre contemporáneo en la Iglesia construida sobre el fundamento de los Apóstoles, está vivo en la sucesión de los Apóstoles. Y esta presencia suya en la comunidad, en la que él mismo se da siempre a nosotros, es motivo de nuestra alegría. Sí, Cristo está con nosotros, el Reino de Dios viene (Benedicto XVI, Catequesis 15-3-2006).

Por ello, es fundamental que aceptes a los Obispos y al Papa como los pastores puestos por Jesús para guiar a la Iglesia, que les ames como guías que necesitamos para nuestra orientación y que escuches con atención su voz, tratando de vivir conforme a sus enseñanzas.

Que no te dejes deslumbrar por las críticas de aquellos no quieren ni a Cristo ni a la Iglesia -no te engañes-, y que trates de hacer, con el ejemplo de una vida santa y entregada con generosidad, una Iglesia cada vez más santa y más fiel a Jesucristo.

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viernes, 16 de abril de 2010

SEGUNDA SEMANA DE PASCUA

SÁBADO
SAN JUAN 6, 16-21     


Cuando estaba atardeciendo, bajaron sus discípulos al mar, embarcaron y pusieron rumbo a la otra orilla, hacia Cafarnaún. Ya había oscurecido y Jesús aún no se había reunido con ellos. El mar estaba agitado a causa del fuerte viento que soplaba. Después de remar unos veinticinco o treinta estadios, vieron a Jesús que andaba sobre el mar y se acercaba a la barca, y les entró miedo. Pero él les dijo:
—Soy yo, no temáis.
Entonces ellos quisieron que subiera a la barca; y al instante la barca llegó a tierra, al lugar adonde iban.

La tarde iba cayendo. Fue entonces, Señor, cuando tus discípulos bajaron al mar. Al poco rato, embarcaron. El piloto de la barca puso rumbo a la otra orilla, hacia Cafarnaún. Pronto se hizo de noche. Y allí estaban todos, sólo faltabas Tú.

La noche era casi obscurecida y el mar estaba agitado. El viento soplaba cada vez más fuerte. Y Tú, sin llegar. Tus discípulos, con fuerza y tesón, remaron un poco más; en esto, algunos vieron que Tú, Señor, venías andando sobre el mar, y que, poco a poco, te ibas acercando hacia la barca. Y, aunque te esperaban, les dio mucho miedo. Algo extraño estaba sucediendo que no les gustaba nada.

En esto, hablaste: “Soy yo no temáis”. Era tu saludo habitual; era tu carta de presentación. Era tu seña de identidad. Entonces ellos te invitaron a subir a la barca. Pero al instante la barca tocó tierra. Habían llegado al lugar previsto, al punto de destino.

Señor, hoy quiero decirte que Tú siempre sales al encuentro. Saliste al encuentro de los Apóstoles entonces; ahora sales al encuentro de cada uno de nosotros. Y siempre te muestras con poder y valor. Entonces y ahora. Y ofreces, a todos, la paz y la tranquilidad que es lo tuyo, Señor.

Las palabras “Soy Yo” (o “Yo soy”), evocan aquellas palabras con las que Dios reveló su nombre a Moisés” . Hoy también te muestras así a nosotros: aunque no te veamos; aunque no sintamos tu acción; aunque calles siempre; porque esperas, porque das sosiego, porque traes la paz.

jueves, 15 de abril de 2010

SEGUNDA SEMANA DE PASCUA

VIERNES
SAN JUAN 6, 1-15                   

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Después de esto partió Jesús a la otra orilla del mar de Galilea, el de Tiberíades. Le seguía una gran muchedumbre porque veían los signos que hacía con los enfermos. Jesús subió al monte y se sentó allí con sus discípulos. Pronto iba a ser la Pascua, la fiesta de los judíos. Jesús, al le-vantar la mirada y ver que venía hacia él una gran muchedumbre, dijo a Felipe:
—¿Dónde vamos a comprar pan para que coman éstos? —lo decía para probarle, pues él sabía lo que iba a hacer.
Felipe le respondió:
—Doscientos denarios de pan no bastan para que cada uno coma un poco.
Uno de sus discípulos, Andrés, el hermano de Simón Pedro, le dijo:
—Aquí hay un muchacho que tiene cinco panes de cebada y dos pe-ces; pero, ¿qué es esto para tantos?
Jesús dijo:
—Mandad a la gente que se siente —había en aquel lugar hierba abundante. Y se sentaron un total de unos cinco mil hombres. Jesús tomó los panes, y después de dar gracias, los repartió a los que estaban senta-dos, e igualmente les dio cuantos peces quisieron. Cuando quedaron sa-ciados, les dijo a sus discípulos.
—Recoged los trozos que han sobrado para que nada se pierda.
Y los recogieron, y llenaron doce cestos con los trozos de los cinco panes de cebada que sobraron a los que habían comido.
Aquellos hombres, viendo el signo que Jesús había hecho, decían:
—Éste es verdaderamente el Profeta que viene al mundo.
Jesús, conociendo que estaban dispuesto a llevárselo para hacerle rey, se retiró de nuevo al monte él solo.


Hoy, en palabras de San Juan, volvemos a recordar aquella escena maravillosa de la multiplicación de los panes y los peces. Señor, te habías pasado a la otra orilla del lago de Tiberíades. Te seguía mucha gente porque había contemplado admirada los signos que hacías. ¡Qué escenas tan hermosas, tan llenas de emoción y de contenido y, a la vez, de naturalidad!

Dejaste la barca, subiste a la montaña y te sentaste rodeado de tus discípulos. Estaba cerca la Pascua. Tú levantaste los ojos, viste a las personas que llegaban y dijiste a Felipe ¿cómo podremos dar de comer a tantos? Felipe te dijo: imposible, necesitaríamos una fortuna. Acertaba a pasar por allí Andrés y dijo: “Aquí hay un muchacho que tiene cinco panes de cebada y un par de peces”. Pero ¿qué es eso para tantos?

A continuación, mandaste que la gente se sentara. Y todos se sentaron. Eran varios miles. Tomaste los panes, los bendijiste y ayudado por tus discípulos los repartisteis a los que estaban sentados y lo mismo hicisteis con el pescado.

Al final, los propios discípulos recogieron las sobras. Llenaron doce canastas. Las gentes al ver “el signo” que Tú habías hecho, decían: este es el Profeta que tenía que venir al mundo. Y Tú, Señor, sabiendo que iban a proclamarte Rey, te retiraste otra vez a la montaña, solo.

No había llegado tu hora.

miércoles, 14 de abril de 2010

SEGUNDA SEMANA DE PASCUA

JUEVES
SAN JUAN 3, 31-36               

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El que viene de lo alto está sobre todos. El que es de la tierra, de la tierra es y de la tierra habla. El que viene del cielo está sobre todos, y da testimonio de lo que ha visto y oído, pero nadie recibe su testimonio. El que recibe su testimonio confirma que Dios es veraz; pues aquél a quien Dios ha enviado habla las palabras de Dios, porque da el Espíritu sin medida. El Padre ama al Hijo y todo lo ha puesto en sus manos. El que cree en el Hijo tiene vida eterna, pero quien rehúsa creer en el Hijo no verá la vida, sino que la ira de Dios pesa sobre él.

Llegamos, hoy, Señor, a las palabras finales del capítulo tercero de tu discípulo amado. Estas palabras finales “revelan tu condición divina, Señor. Y, además, manifiestan tu modo de ser” . Nos dicen claramente que Tú, Señor, eres “el único que puede revelar a Dios Padre a los hombres, porque Tú eres el Hijo de Dios”.

Y porque eres Hijo de Dios “estás sobre todo”; y porque eres Hijo de Dios “das testimonio de lo que has visto y vivido”. Y aunque a nosotros nos cueste recibir tu testimonio, Tú nos lo revelas. Hoy y ahora, Señor, te pido la humildad necesaria para que de aquí en adelante escuche tus palabras, reciba tu testimonio, crea en tu doctrina.

Sólo así, después, con tu gracia y apoyado en tu fuerza, yo también podré dar testimonio de que “eres veraz”, de que tu Palabra es de Dios, auténtica, salvadora, de que tu testimonio es válido.

Y lo mismo que Tú, Señor, te apoyas en el Padre, porque sabes que Él te ama y que todo lo ha puesto en tus manos, que yo también sea consciente de que Tú me amas, y de que me ama el Padre y de que me ama el Espíritu Santo. Que entienda que Dios Padre me protege, que Tú, Señor, el Hijo, me ayudas y que el Espíritu Santo me guía.

Por mi parte, una y otra vez, quiero decir: creo en Dios Padre, creo en Dios Hijo, creo en Dios Espíritu Santo, creo en la Santísima Trinidad, creo en mi Señor Jesucristo, Dios y hombre.

martes, 13 de abril de 2010

SEGUNDA SEMANA DE PASCUA

MIÉRCOLES
SAN JUAN 3, 16-21
http://www.youtube.com/user/videocustodia#p/a/u/0/k77twj3FFN4

Tanto amó Dios al mundo que le entregó a su Hijo Unigénito, para que todo el que cree en él no perezca, sino que tenga vida eterna. Pues Dios no envió a su Hijo al mundo para juzgar al mundo, sino para que el mundo se salve por él. El que cree en él no es juzgado; pero quien no cree ya está juzgado, porque no cree en el nombre del Hijo Unigénito de Dios. Éste es el juicio: que vino la luz al mundo y los hombres amaron más las tinieblas que la luz, ya que sus obras eran malas. Pues todo el que obra mal odia la luz y no viene a la luz, para que sus obras no le acusen. Pero el que obra según la verdad viene a la luz, para que sus obras se pongan de manifiesto, porque han sido hechas según Dios.

El mundo en el que vivimos fue creado por Dios desde toda la eternidad. Y desde siempre fue amado por Él. Tanto amó Dios al mundo que cuando el hombre se reveló contra Él, no dudó en en-viarte a Ti, su Hijo, no para condenar el mundo sino para que el mundo se salve por Él.

Salvar y condenar. He aquí dos palabras que encierran dos con-ceptos, dos realidades importantes: la felicidad y la desdicha. Y ambas con la connotación de eternidad: salvarse eternamente o condenarse eternamente.

Señor, Tú propusiste para conseguir la salvación algunas condiciones: Creer en Dios: el que cree en Él, no será condenado; el que no cree, ya está condenado, porque no ha creído en el nombre del Hijo único de Dios; creer en el Hijo: creer en Ti, Señor. Yo creo, pero aumenta mi fe, yo creo pero fortalece mi credulidad; yo creo en Ti como enviado del Padre; y creer en el Espíritu Santo: Señor y dador de vida.

Y anunciaste el juicio: la luz vino al mundo, y los hombres pre-firieron las tinieblas a la luz, porque sus obras eran malas. El que obra perversamente detesta la luz, no se acerca a la luz, para no verse acusado por sus obras.

Al contrario, el que realiza la verdad se acerca a la luz, para que se vea que sus obras están hechas según Dios. Ayúdanos a entender la verdad, a realizar la verdad, a vivir en verdad. Ayúdanos a buscar la luz, a trabajar en plena luz, a amar la luz, a acoger la luz, a extender la luz.

Señor, ¡qué grandes temas! Vino la luz y no la recibimos; pero nos amaste tanto, aumentaste tanto tu luz, que al fin todos quedamos envueltos en ella. Señor, Tú eres la luz, envuélvenos en tu luz. Tú eres la luz, clarifícanos en tu luz.

sábado, 3 de abril de 2010


http://www.youtube.com/user/videocustodia#p/a/u/0/k77twj3FFN4


SEGUNDA SEMANA DE PASCUA
MARTES
SAN JUAN 3, 5-15

Jesús contestó:
—En verdad, en verdad te digo que si uno no nace del agua y del Espíritu no puede entrar en el Reino de Dios. Lo nacido de la carne, carne es; y lo nacido del Espíritu, espíritu es. No te sorprendas de que te haya dicho que debéis nacer de nuevo. El viento sopla donde quiere y oyes su voz, pero no sabes de dónde viene ni a dónde va. Así es todo el que ha nacido del Espíritu.
Respondió Nicodemo y le dijo:
—¿Cómo puede ser esto?
Contestó Jesús:
—¿Tú eres maestro en Israel y lo ignoras? En verdad, en verdad te digo que hablamos de lo que sabemos, y damos testimonio de lo que hemos visto, pero no recibís nuestro testimonio. Si os he hablado de cosas terrenas y no creéis, ¿cómo ibais a creer si os hablara de cosas celestiales? Pues nadie ha subido al cielo, sino el que bajó del cielo, el Hijo del Hombre. Igual que Moisés levantó la serpiente en el desierto, así debe ser levantado el Hijo del Hombre, para que todo el que crea tenga vida eterna en él.

Para entrar en el Reino de Dios —dijiste a Nicodemo— había que nacer del agua y del Espíritu. Con estas dos imágenes le dabas a entender que es necesario nacer de nuevo. Nacer del agua y nacer del Espíritu. Sólo así se podía adquirir la categoría de hijo de Dios y la libertad necesaria para pertenecer a su familia.

Quizás Nicodemo abrió los ojos como platos o se echó las manos a la cabeza o se preguntó en voz alta qué significaba ¿nacer de nuevo? Tú, Señor, le dijiste: Nicodemo, amigo, “no te sorprendas de que te haya dicho que debéis nacer de nuevo”. Fíjate en el viento, “sopla donde quiere y oyes su voz pero no sabes de dónde viene ni a dónde va”. Pues así es todo el que ha nacido del Espíritu”.

De nuevo intervino Nicodemo. Ahora, con una pregunta ingenua: ¿Y eso cómo pude ser? Y Tú, Señor, dijiste: ¿y tú siendo Maestro de Israel lo ignoras? Y seguiste: Hazme caso, recibe mi testimonio. Ten fe en Mí. Y para que entendiera acudiste a la serpiente de bronce levantada por Moisés en un mástil y la comparaste con tu próxima crucifixión.

Lo mismo que eran curados los mordidos por las serpientes venenosas del desierto, cuando miraban a la serpiente de bronce, los que te mirasen a Ti, quedarían salvados.

Ayúdanos a mirarte con fe y esperanza.
SEGUNDA SEMANA DE PASCUA
LUNES
SAN JUAN 3, 1-8    


Había entre los fariseos un hombre que se llamaba Nicodemo, judío influyente. Éste vino a él de noche y le dijo:
—Rabbí, sabemos que has venido de parte de Dios como Maestro, pues nadie puede hacer los prodigios que tú haces si Dios no está con él.
Contestó Jesús y le dijo:
—En verdad, en verdad te digo que si uno no nace de lo alto no puede ver el Reino de Dios.
Nicodemo le respondió:
—¿Cómo puede un hombre nacer siendo viejo? ¿Acaso puede entrar otra vez en el seno de su madre y nacer?
Jesús contestó:
—En verdad, en verdad te digo que si uno no nace del agua y del Espíritu no puede entrar en el Reino de Dios. Lo nacido de la carne, carne es; y lo nacido del Espíritu, espíritu es. No te sorprendas de que te haya dicho que debéis nacer de nuevo. El viento sopla donde quiere y oyes su voz, pero no sabes de dónde viene ni a dónde va. Así es todo el que ha nacido del Espíritu.

Nicodemo era fariseo. Y jefe judío. En cierta ocasión fue a verte. Era de noche. Te llamó Maestro. Y en tu presencia confesó que habías venido a este mundo de parte de Dios. Y aportó una razón convincente: nadie podía hacer los signos que Tú hacías si Dios no estuviera con Él.

Tú, Señor, le contestaste. “Te lo aseguro, Nicodemo, el que no nazca de nuevo no puede ver el Reino de Dios”. Nacer de nuevo equivalía a procurar la conversión, a cambiar de vida, aceptar la nueva ley, el nuevo mandamiento. Bienaventurados los que nazcan de nuevo porque ellos verán el Reino de Dios. Importante cuestión la que Tú predicabas: nacer de nuevo.

Nicodemo que lo entendió al pie de la letra, preguntó: ¿cómo puede nacer un hombre siendo viejo? ¿acaso puede por segunda vez entrar en el vientre de su madre y nacer? Entonces Tú dijiste: el que no nazca de agua y del Espíritu, no puede entrar en el Reino de los cielos. Y no olvides que lo que nace de la carne es carne, pero lo que nace del Espíritu es espíritu.

Por eso, no te extrañes de que te haya dicho: tenéis que nacer de nuevo. El viento sopla donde quiere y oyes su ruido, pero no sabes de dónde viene ni a dónde va. Así es todo el que ha nacido del Espíritu.

Nicodemo no habló más.