lunes, 1 de julio de 2013

SENCILLAS VIVENCIAS

IMPORTANCIA DE LA ORACIÓN
(RECOGIDO DE RELIGIÓN EN LIBERTAD)

José Antonio Ortega Lara estuvo secuestrado por ETA 532 días. Rezaba cada día hasta 9 rosarios. Nunca perdió la fe. Ahora habla sobre la importancia de la oración.
José Antonio Ortega Lara se convirtió con su ejemplo en una de las personas referentes y a seguir por la sociedad española. Su historia, marcada por el azote del terrorismo, no se ha dejado marcar por ETA sino que recobró su vida con normalidad. Y en todo esto tuvo que ver mucho la fe y sobre todo la oración. La propia y la ajena.
El que fuera funcionario de prisiones vivió una de las peores experiencias imaginables al estar secuestrado en un diminuto zulo durante 532 días. Sin ventilación y en condiciones infrahumanas. Pero ni aún así pudieron con él. En su rutina del día a día tenía a Dios en un lugar principal, sabiendo que era el pilar en el que debía apoyarse para no sucumbir durante el cautiverio. Poco después de su liberación afirmaba que durante el secuestro “procuraba hacer ejercicio todos los días, leer y rezar, rezaba hasta nueve rosarios al día”.

domingo, 30 de junio de 2013

SENCILLAS VIVENCIAS

BODAS DE ORO SACERDOTALES


Ayer, 29 de junio, solemnidad de san Pedro y de y San Pablo, celebré los 50 años de mi ordenación sacerdotal. Por circunstancias, que no son del caso, tuve que celebrar tres Misas. Lo consideré un regalo de Dios. En las tres me fijé de modo especial en la oración que después del Cordero de Dios, o mientras los fieles lo recitan, reza el sacerdote en secreto.
Es está:
Señor Jesucristo, Hijo de Dios vivo, que por voluntad del Padre, cooperando el Espíritu Santo, diste con tu muerte la vida al mundo, líbrame, por la recepción de tu Cuerpo y de tu Sangre, de todas mis culpas y de todo mal. Concédeme cumplir siempre tus mandamientos y jamás permitas que me separe de ti.



sábado, 29 de junio de 2013

SENCILLAS VIVENCIAS DÍA 29



DESDE MI VENTANA


Esto lo escribí ayer. Todavía en la casa de Aranbide. Lo escribí en mi habitación, lugar desde he visto y descrito otras cosas esta convivencia: días de formación, de amistad, de descanso.

Tengo delante una fotografía que tomé hace unos días. No es una fotografía muy buena, pero recoge un aspecto de mi jardín. A la derecha un trozo de pared, compuesto por seis ladrillos, que al estar tomada la fotografía de cerca, parecen gruesas placas de cemento; un poco más allá, a la derecha, una puerta metálica de cinco planchas; justo en el rincón, un arbolillo; ya fuera de la tapia: verdes pálidos y verdes obscuros; y tras el maizal, los prados, las altas montañas. Y aquí, más cerca, una pequeña rosa, sencilla, tiesa, que nace de la tierra y alegra el conjunto. Esta la fotografía.

Después de ocho días, miro de nuevo por la ventana de mi habitación. Veo los mismos ladrillos, son más pequeños; veo la puerta casi plana, es la misma; el arbolillo triste y doblado; veo los verdes del jardín apagados; los maizales y los prados obscuros; las altas montañas cubiertas por las nubes. Y la rosa, la pequeña rosa, la veo ajada, doblada, casi seca. Todo ha cambiado, y tan sólo ha pasado una semana.

La razón: el tiempo. El tiempo ha comido y desgastado el color, el tiempo ha cambiado el clima, el tiempo ha cambiado los aspectos de las cosas. 

Hoy es un día de verano que parece invierno. Ayer llovió mucho, hoy hace frío y todo ha cambiado. Hasta las ovejas que pastan en el prado y las vacas que cruzan los campos, están tristes, les falta sol, luz, alegría.

Y sin embargo, a pesar de este contraste tan fuerte, a pesar de estos cambios, por cierto todos exteriores, un hijo de Dios no debe dejar llevar por el desánimo, no debe caer en la angustia, en la melancolía. ¡Que estén triste los que no quieren ser hijos de Dios!, escribió San Josemaría.


Nunca dejarse vencer por la tristeza, pero menos hoy, cuando esto escribo, que celebro los cuarenta y ocho años de mi ordenación sacerdotal. Y aunque miro para atrás y veo tantos cambios, tantas pisadas borradas: desde Barruelo, Cillamayor, hasta el Redín, Irabia, Miravalles; desde la Universidad hasta la Parroquia de Santa Teresa, hay que mirar hacia adelante y soñar. Lo he oído estos días muchas veces: “Soñad y os quedaréis cortos”. Desde mañana volveré a mirar por la ventana de mi habitación. 

viernes, 28 de junio de 2013

SENCILLAS VIVENCIAS DÍA 28



DESDE MI VENTANA


Esto lo escribí ayer. Todavía en la casa de Aranbide. Lo escribí en mi habitación, lugar desde he visto y descrito otras cosas esta convivencia: días de formación, de amistad, de descanso.

Tengo delante una fotografía que tomé hace unos días. No es una fotografía muy buena, pero recoge un aspecto de mi jardín. A la derecha un trozo de pared, compuesto por seis ladrillos, que al estar tomada la fotografía de cerca, parecen gruesas placas de cemento; un poco más allá, a la derecha, una puerta metálica de cinco planchas; justo en el rincón, un arbolillo; ya fuera de la tapia: verdes pálidos y verdes obscuros; y tras el maizal, los prados, las altas montañas. Y aquí, más cerca, una pequeña rosa, sencilla, tiesa, que nace de la tierra y alegra el conjunto. Esta la fotografía.

Después de ocho días, miro de nuevo por la ventana de mi habitación. Veo los mismos ladrillos, son más pequeños; veo la puerta casi plana, es la misma; el arbolillo triste y doblado; veo los verdes del jardín apagados; los maizales y los prados obscuros; las altas montañas cubiertas por las nubes. Y la rosa, la pequeña rosa, la veo ajada, doblada, casi seca. Todo ha cambiado, y tan sólo ha pasado una semana.

La razón: el tiempo. El tiempo ha comido y desgastado el color, el tiempo ha cambiado el clima, el tiempo ha cambiado los aspectos de las cosas. 

Hoy es un día de verano que parece invierno. Ayer llovió mucho, hoy hace frío y todo ha cambiado. Hasta las ovejas que pastan en el prado y las vacas que cruzan los campos, están tristes, les falta sol, luz, alegría.

Y sin embargo, a pesar de este contraste tan fuerte, a pesar de estos cambios, por cierto todos exteriores, un hijo de Dios no debe dejar llevar por el desánimo, no debe caer en la angustia, en la melancolía. ¡Que estén triste los que no quieren ser hijos de Dios!, escribió San Josemaría.


Nunca dejarse vencer por la tristeza, pero menos hoy, cuando esto escribo, que celebro los cuarenta y ocho años de mi ordenación sacerdotal. Y aunque miro para atrás y veo tantos cambios, tantas pisadas borradas: desde Barruelo, Cillamayor, hasta el Redín, Irabia, Miravalles; desde la Universidad hasta la Parroquia de Santa Teresa, hay que mirar hacia adelante y soñar. Lo he oído estos días muchas veces: “Soñad y os quedaréis cortos”. Desde mañana volveré a mirar por la ventana de mi habitación. 

jueves, 27 de junio de 2013

SENCILLAS VIVENCIAS DÍA 27



DESDE MI VENTANA


Esto lo escribí ayer. Todavía en la casa de Aranbide. Lo escribí en mi habitación, lugar desde he visto y descrito otras cosas esta convivencia: días de formación, de amistad, de descanso.

Tengo delante una fotografía que tomé hace unos días. No es una fotografía muy buena, pero recoge un aspecto de mi jardín. A la derecha un trozo de pared, compuesto por seis ladrillos, que al estar tomada la fotografía de cerca, parecen gruesas placas de cemento; un poco más allá, a la derecha, una puerta metálica de cinco planchas; justo en el rincón, un arbolillo; ya fuera de la tapia: verdes pálidos y verdes obscuros; y tras el maizal, los prados, las altas montañas. Y aquí, más cerca, una pequeña rosa, sencilla, tiesa, que nace de la tierra y alegra el conjunto. Esta la fotografía.

Después de ocho días, miro de nuevo por la ventana de mi habitación. Veo los mismos ladrillos, son más pequeños; veo la puerta casi plana, es la misma; el arbolillo triste y doblado; veo los verdes del jardín apagados; los maizales y los prados obscuros; las altas montañas cubiertas por las nubes. Y la rosa, la pequeña rosa, la veo ajada, doblada, casi seca. Todo ha cambiado, y tan sólo ha pasado una semana.

La razón: el tiempo. El tiempo ha comido y desgastado el color, el tiempo ha cambiado el clima, el tiempo ha cambiado los aspectos de las cosas. 

Hoy es un día de verano que parece invierno. Ayer llovió mucho, hoy hace frío y todo ha cambiado. Hasta las ovejas que pastan en el prado y las vacas que cruzan los campos, están tristes, les falta sol, luz, alegría.

Y sin embargo, a pesar de este contraste tan fuerte, a pesar de estos cambios, por cierto todos exteriores, un hijo de Dios no debe dejar llevar por el desánimo, no debe caer en la angustia, en la melancolía. ¡Que estén triste los que no quieren ser hijos de Dios!, escribió San Josemaría.


Nunca dejarse vencer por la tristeza, pero menos hoy, cuando esto escribo, que celebro los cuarenta y ocho años de mi ordenación sacerdotal. Y aunque miro para atrás y veo tantos cambios, tantas pisadas borradas: desde Barruelo, Cillamayor, hasta el Redín, Irabia, Miravalles; desde la Universidad hasta la Parroquia de Santa Teresa, hay que mirar hacia adelante y soñar. Lo he oído estos días muchas veces: “Soñad y os quedaréis cortos”. Desde mañana volveré a mirar por la ventana de mi habitación. 

miércoles, 26 de junio de 2013

SENCILLAS VIVENCIAS DÍA 26



DESDE MI VENTANA


Esto lo escribí ayer. Todavía en la casa de Aranbide. Lo escribí en mi habitación, lugar desde he visto y descrito otras cosas esta convivencia: días de formación, de amistad, de descanso.

Tengo delante una fotografía que tomé hace unos días. No es una fotografía muy buena, pero recoge un aspecto de mi jardín. A la derecha un trozo de pared, compuesto por seis ladrillos, que al estar tomada la fotografía de cerca, parecen gruesas placas de cemento; un poco más allá, a la derecha, una puerta metálica de cinco planchas; justo en el rincón, un arbolillo; ya fuera de la tapia: verdes pálidos y verdes obscuros; y tras el maizal, los prados, las altas montañas. Y aquí, más cerca, una pequeña rosa, sencilla, tiesa, que nace de la tierra y alegra el conjunto. Esta la fotografía.

Después de ocho días, miro de nuevo por la ventana de mi habitación. Veo los mismos ladrillos, son más pequeños; veo la puerta casi plana, es la misma; el arbolillo triste y doblado; veo los verdes del jardín apagados; los maizales y los prados obscuros; las altas montañas cubiertas por las nubes. Y la rosa, la pequeña rosa, la veo ajada, doblada, casi seca. Todo ha cambiado, y tan sólo ha pasado una semana.

La razón: el tiempo. El tiempo ha comido y desgastado el color, el tiempo ha cambiado el clima, el tiempo ha cambiado los aspectos de las cosas. 

Hoy es un día de verano que parece invierno. Ayer llovió mucho, hoy hace frío y todo ha cambiado. Hasta las ovejas que pastan en el prado y las vacas que cruzan los campos, están tristes, les falta sol, luz, alegría.

Y sin embargo, a pesar de este contraste tan fuerte, a pesar de estos cambios, por cierto todos exteriores, un hijo de Dios no debe dejar llevar por el desánimo, no debe caer en la angustia, en la melancolía. ¡Que estén triste los que no quieren ser hijos de Dios!, escribió San Josemaría.


Nunca dejarse vencer por la tristeza, pero menos hoy, cuando esto escribo, que celebro los cuarenta y ocho años de mi ordenación sacerdotal. Y aunque miro para atrás y veo tantos cambios, tantas pisadas borradas: desde Barruelo, Cillamayor, hasta el Redín, Irabia, Miravalles; desde la Universidad hasta la Parroquia de Santa Teresa, hay que mirar hacia adelante y soñar. Lo he oído estos días muchas veces: “Soñad y os quedaréis cortos”. Desde mañana volveré a mirar por la ventana de mi habitación. 

martes, 25 de junio de 2013

SENCILLAS VIVENCIAS DÍA 25



DESDE MI VENTANA


Esto lo escribí ayer. Todavía en la casa de Aranbide. Lo escribí en mi habitación, lugar desde he visto y descrito otras cosas esta convivencia: días de formación, de amistad, de descanso.

Tengo delante una fotografía que tomé hace unos días. No es una fotografía muy buena, pero recoge un aspecto de mi jardín. A la derecha un trozo de pared, compuesto por seis ladrillos, que al estar tomada la fotografía de cerca, parecen gruesas placas de cemento; un poco más allá, a la derecha, una puerta metálica de cinco planchas; justo en el rincón, un arbolillo; ya fuera de la tapia: verdes pálidos y verdes obscuros; y tras el maizal, los prados, las altas montañas. Y aquí, más cerca, una pequeña rosa, sencilla, tiesa, que nace de la tierra y alegra el conjunto. Esta la fotografía.

Después de ocho días, miro de nuevo por la ventana de mi habitación. Veo los mismos ladrillos, son más pequeños; veo la puerta casi plana, es la misma; el arbolillo triste y doblado; veo los verdes del jardín apagados; los maizales y los prados obscuros; las altas montañas cubiertas por las nubes. Y la rosa, la pequeña rosa, la veo ajada, doblada, casi seca. Todo ha cambiado, y tan sólo ha pasado una semana.

La razón: el tiempo. El tiempo ha comido y desgastado el color, el tiempo ha cambiado el clima, el tiempo ha cambiado los aspectos de las cosas. 

Hoy es un día de verano que parece invierno. Ayer llovió mucho, hoy hace frío y todo ha cambiado. Hasta las ovejas que pastan en el prado y las vacas que cruzan los campos, están tristes, les falta sol, luz, alegría.

Y sin embargo, a pesar de este contraste tan fuerte, a pesar de estos cambios, por cierto todos exteriores, un hijo de Dios no debe dejar llevar por el desánimo, no debe caer en la angustia, en la melancolía. ¡Que estén triste los que no quieren ser hijos de Dios!, escribió San Josemaría.


Nunca dejarse vencer por la tristeza, pero menos hoy, cuando esto escribo, que celebro los cuarenta y ocho años de mi ordenación sacerdotal. Y aunque miro para atrás y veo tantos cambios, tantas pisadas borradas: desde Barruelo, Cillamayor, hasta el Redín, Irabia, Miravalles; desde la Universidad hasta la Parroquia de Santa Teresa, hay que mirar hacia adelante y soñar. Lo he oído estos días muchas veces: “Soñad y os quedaréis cortos”. Desde mañana volveré a mirar por la ventana de mi habitación. 

lunes, 24 de junio de 2013

SENCILLAS VIVENCIAS DÍA 24



DESDE MI VENTANA


Esto lo escribí ayer. Todavía en la casa de Aranbide. Lo escribí en mi habitación, lugar desde he visto y descrito otras cosas esta convivencia: días de formación, de amistad, de descanso.

Tengo delante una fotografía que tomé hace unos días. No es una fotografía muy buena, pero recoge un aspecto de mi jardín. A la derecha un trozo de pared, compuesto por seis ladrillos, que al estar tomada la fotografía de cerca, parecen gruesas placas de cemento; un poco más allá, a la derecha, una puerta metálica de cinco planchas; justo en el rincón, un arbolillo; ya fuera de la tapia: verdes pálidos y verdes obscuros; y tras el maizal, los prados, las altas montañas. Y aquí, más cerca, una pequeña rosa, sencilla, tiesa, que nace de la tierra y alegra el conjunto. Esta la fotografía.

Después de ocho días, miro de nuevo por la ventana de mi habitación. Veo los mismos ladrillos, son más pequeños; veo la puerta casi plana, es la misma; el arbolillo triste y doblado; veo los verdes del jardín apagados; los maizales y los prados obscuros; las altas montañas cubiertas por las nubes. Y la rosa, la pequeña rosa, la veo ajada, doblada, casi seca. Todo ha cambiado, y tan sólo ha pasado una semana.

La razón: el tiempo. El tiempo ha comido y desgastado el color, el tiempo ha cambiado el clima, el tiempo ha cambiado los aspectos de las cosas. 

Hoy es un día de verano que parece invierno. Ayer llovió mucho, hoy hace frío y todo ha cambiado. Hasta las ovejas que pastan en el prado y las vacas que cruzan los campos, están tristes, les falta sol, luz, alegría.

Y sin embargo, a pesar de este contraste tan fuerte, a pesar de estos cambios, por cierto todos exteriores, un hijo de Dios no debe dejar llevar por el desánimo, no debe caer en la angustia, en la melancolía. ¡Que estén triste los que no quieren ser hijos de Dios!, escribió San Josemaría.


Nunca dejarse vencer por la tristeza, pero menos hoy, cuando esto escribo, que celebro los cuarenta y ocho años de mi ordenación sacerdotal. Y aunque miro para atrás y veo tantos cambios, tantas pisadas borradas: desde Barruelo, Cillamayor, hasta el Redín, Irabia, Miravalles; desde la Universidad hasta la Parroquia de Santa Teresa, hay que mirar hacia adelante y soñar. Lo he oído estos días muchas veces: “Soñad y os quedaréis cortos”. Desde mañana volveré a mirar por la ventana de mi habitación. 

domingo, 23 de junio de 2013

SENCILLAS VIVENCIS DÍA 23



DESDE MI VENTANA


Esto lo escribí ayer. Todavía en la casa de Aranbide. Lo escribí en mi habitación, lugar desde he visto y descrito otras cosas esta convivencia: días de formación, de amistad, de descanso.

Tengo delante una fotografía que tomé hace unos días. No es una fotografía muy buena, pero recoge un aspecto de mi jardín. A la derecha un trozo de pared, compuesto por seis ladrillos, que al estar tomada la fotografía de cerca, parecen gruesas placas de cemento; un poco más allá, a la derecha, una puerta metálica de cinco planchas; justo en el rincón, un arbolillo; ya fuera de la tapia: verdes pálidos y verdes obscuros; y tras el maizal, los prados, las altas montañas. Y aquí, más cerca, una pequeña rosa, sencilla, tiesa, que nace de la tierra y alegra el conjunto. Esta la fotografía.

Después de ocho días, miro de nuevo por la ventana de mi habitación. Veo los mismos ladrillos, son más pequeños; veo la puerta casi plana, es la misma; el arbolillo triste y doblado; veo los verdes del jardín apagados; los maizales y los prados obscuros; las altas montañas cubiertas por las nubes. Y la rosa, la pequeña rosa, la veo ajada, doblada, casi seca. Todo ha cambiado, y tan sólo ha pasado una semana.

La razón: el tiempo. El tiempo ha comido y desgastado el color, el tiempo ha cambiado el clima, el tiempo ha cambiado los aspectos de las cosas. 

Hoy es un día de verano que parece invierno. Ayer llovió mucho, hoy hace frío y todo ha cambiado. Hasta las ovejas que pastan en el prado y las vacas que cruzan los campos, están tristes, les falta sol, luz, alegría.

Y sin embargo, a pesar de este contraste tan fuerte, a pesar de estos cambios, por cierto todos exteriores, un hijo de Dios no debe dejar llevar por el desánimo, no debe caer en la angustia, en la melancolía. ¡Que estén triste los que no quieren ser hijos de Dios!, escribió San Josemaría.


Nunca dejarse vencer por la tristeza, pero menos hoy, cuando esto escribo, que celebro los cuarenta y ocho años de mi ordenación sacerdotal. Y aunque miro para atrás y veo tantos cambios, tantas pisadas borradas: desde Barruelo, Cillamayor, hasta el Redín, Irabia, Miravalles; desde la Universidad hasta la Parroquia de Santa Teresa, hay que mirar hacia adelante y soñar. Lo he oído estos días muchas veces: “Soñad y os quedaréis cortos”. Desde mañana volveré a mirar por la ventana de mi habitación. 

sábado, 22 de junio de 2013

SENCILLAS VIVENCIAS DÍA 22



DESDE MI VENTANA


Esto lo escribí ayer. Todavía en la casa de Aranbide. Lo escribí en mi habitación, lugar desde he visto y descrito otras cosas esta convivencia: días de formación, de amistad, de descanso.

Tengo delante una fotografía que tomé hace unos días. No es una fotografía muy buena, pero recoge un aspecto de mi jardín. A la derecha un trozo de pared, compuesto por seis ladrillos, que al estar tomada la fotografía de cerca, parecen gruesas placas de cemento; un poco más allá, a la derecha, una puerta metálica de cinco planchas; justo en el rincón, un arbolillo; ya fuera de la tapia: verdes pálidos y verdes obscuros; y tras el maizal, los prados, las altas montañas. Y aquí, más cerca, una pequeña rosa, sencilla, tiesa, que nace de la tierra y alegra el conjunto. Esta la fotografía.

Después de ocho días, miro de nuevo por la ventana de mi habitación. Veo los mismos ladrillos, son más pequeños; veo la puerta casi plana, es la misma; el arbolillo triste y doblado; veo los verdes del jardín apagados; los maizales y los prados obscuros; las altas montañas cubiertas por las nubes. Y la rosa, la pequeña rosa, la veo ajada, doblada, casi seca. Todo ha cambiado, y tan sólo ha pasado una semana.

La razón: el tiempo. El tiempo ha comido y desgastado el color, el tiempo ha cambiado el clima, el tiempo ha cambiado los aspectos de las cosas. 

Hoy es un día de verano que parece invierno. Ayer llovió mucho, hoy hace frío y todo ha cambiado. Hasta las ovejas que pastan en el prado y las vacas que cruzan los campos, están tristes, les falta sol, luz, alegría.

Y sin embargo, a pesar de este contraste tan fuerte, a pesar de estos cambios, por cierto todos exteriores, un hijo de Dios no debe dejar llevar por el desánimo, no debe caer en la angustia, en la melancolía. ¡Que estén triste los que no quieren ser hijos de Dios!, escribió San Josemaría.


Nunca dejarse vencer por la tristeza, pero menos hoy, cuando esto escribo, que celebro los cuarenta y ocho años de mi ordenación sacerdotal. Y aunque miro para atrás y veo tantos cambios, tantas pisadas borradas: desde Barruelo, Cillamayor, hasta el Redín, Irabia, Miravalles; desde la Universidad hasta la Parroquia de Santa Teresa, hay que mirar hacia adelante y soñar. Lo he oído estos días muchas veces: “Soñad y os quedaréis cortos”. Desde mañana volveré a mirar por la ventana de mi habitación. 

viernes, 21 de junio de 2013

SENCILLAS VIVENCIAS DÍA 21



DESDE MI VENTANA


Esto lo escribí ayer. Todavía en la casa de Aranbide. Lo escribí en mi habitación, lugar desde he visto y descrito otras cosas esta convivencia: días de formación, de amistad, de descanso.

Tengo delante una fotografía que tomé hace unos días. No es una fotografía muy buena, pero recoge un aspecto de mi jardín. A la derecha un trozo de pared, compuesto por seis ladrillos, que al estar tomada la fotografía de cerca, parecen gruesas placas de cemento; un poco más allá, a la derecha, una puerta metálica de cinco planchas; justo en el rincón, un arbolillo; ya fuera de la tapia: verdes pálidos y verdes obscuros; y tras el maizal, los prados, las altas montañas. Y aquí, más cerca, una pequeña rosa, sencilla, tiesa, que nace de la tierra y alegra el conjunto. Esta la fotografía.

Después de ocho días, miro de nuevo por la ventana de mi habitación. Veo los mismos ladrillos, son más pequeños; veo la puerta casi plana, es la misma; el arbolillo triste y doblado; veo los verdes del jardín apagados; los maizales y los prados obscuros; las altas montañas cubiertas por las nubes. Y la rosa, la pequeña rosa, la veo ajada, doblada, casi seca. Todo ha cambiado, y tan sólo ha pasado una semana.

La razón: el tiempo. El tiempo ha comido y desgastado el color, el tiempo ha cambiado el clima, el tiempo ha cambiado los aspectos de las cosas. 

Hoy es un día de verano que parece invierno. Ayer llovió mucho, hoy hace frío y todo ha cambiado. Hasta las ovejas que pastan en el prado y las vacas que cruzan los campos, están tristes, les falta sol, luz, alegría.

Y sin embargo, a pesar de este contraste tan fuerte, a pesar de estos cambios, por cierto todos exteriores, un hijo de Dios no debe dejar llevar por el desánimo, no debe caer en la angustia, en la melancolía. ¡Que estén triste los que no quieren ser hijos de Dios!, escribió San Josemaría.


Nunca dejarse vencer por la tristeza, pero menos hoy, cuando esto escribo, que celebro los cuarenta y ocho años de mi ordenación sacerdotal. Y aunque miro para atrás y veo tantos cambios, tantas pisadas borradas: desde Barruelo, Cillamayor, hasta el Redín, Irabia, Miravalles; desde la Universidad hasta la Parroquia de Santa Teresa, hay que mirar hacia adelante y soñar. Lo he oído estos días muchas veces: “Soñad y os quedaréis cortos”. Desde mañana volveré a mirar por la ventana de mi habitación. 

jueves, 20 de junio de 2013

SENCILLAS VIVENCIAS DÍA 20

JUEVES, 30 DE JUNIO DE 2011


DESDE MI VENTANA


Esto lo escribí ayer. Todavía en la casa de Aranbide. Lo escribí en mi habitación, lugar desde he visto y descrito otras cosas esta convivencia: días de formación, de amistad, de descanso.

Tengo delante una fotografía que tomé hace unos días. No es una fotografía muy buena, pero recoge un aspecto de mi jardín. A la derecha un trozo de pared, compuesto por seis ladrillos, que al estar tomada la fotografía de cerca, parecen gruesas placas de cemento; un poco más allá, a la derecha, una puerta metálica de cinco planchas; justo en el rincón, un arbolillo; ya fuera de la tapia: verdes pálidos y verdes obscuros; y tras el maizal, los prados, las altas montañas. Y aquí, más cerca, una pequeña rosa, sencilla, tiesa, que nace de la tierra y alegra el conjunto. Esta la fotografía.

Después de ocho días, miro de nuevo por la ventana de mi habitación. Veo los mismos ladrillos, son más pequeños; veo la puerta casi plana, es la misma; el arbolillo triste y doblado; veo los verdes del jardín apagados; los maizales y los prados obscuros; las altas montañas cubiertas por las nubes. Y la rosa, la pequeña rosa, la veo ajada, doblada, casi seca. Todo ha cambiado, y tan sólo ha pasado una semana.

La razón: el tiempo. El tiempo ha comido y desgastado el color, el tiempo ha cambiado el clima, el tiempo ha cambiado los aspectos de las cosas. 

Hoy es un día de verano que parece invierno. Ayer llovió mucho, hoy hace frío y todo ha cambiado. Hasta las ovejas que pastan en el prado y las vacas que cruzan los campos, están tristes, les falta sol, luz, alegría.

Y sin embargo, a pesar de este contraste tan fuerte, a pesar de estos cambios, por cierto todos exteriores, un hijo de Dios no debe dejar llevar por el desánimo, no debe caer en la angustia, en la melancolía. ¡Que estén triste los que no quieren ser hijos de Dios!, escribió San Josemaría.


Nunca dejarse vencer por la tristeza, pero menos hoy, cuando esto escribo, que celebro los cuarenta y ocho años de mi ordenación sacerdotal. Y aunque miro para atrás y veo tantos cambios, tantas pisadas borradas: desde Barruelo, Cillamayor, hasta el Redín, Irabia, Miravalles; desde la Universidad hasta la Parroquia de Santa Teresa, hay que mirar hacia adelante y soñar. Lo he oído estos días muchas veces: “Soñad y os quedaréis cortos”. Desde mañana volveré a mirar por la ventana de mi habitación. 

miércoles, 19 de junio de 2013

SENCILLAS VIVENCIAS DÍA 19



DESDE MI VENTANA


Esto lo escribí ayer. Todavía en la casa de Aranbide. Lo escribí en mi habitación, lugar desde he visto y descrito otras cosas esta convivencia: días de formación, de amistad, de descanso.

Tengo delante una fotografía que tomé hace unos días. No es una fotografía muy buena, pero recoge un aspecto de mi jardín. A la derecha un trozo de pared, compuesto por seis ladrillos, que al estar tomada la fotografía de cerca, parecen gruesas placas de cemento; un poco más allá, a la derecha, una puerta metálica de cinco planchas; justo en el rincón, un arbolillo; ya fuera de la tapia: verdes pálidos y verdes obscuros; y tras el maizal, los prados, las altas montañas. Y aquí, más cerca, una pequeña rosa, sencilla, tiesa, que nace de la tierra y alegra el conjunto. Esta la fotografía.

Después de ocho días, miro de nuevo por la ventana de mi habitación. Veo los mismos ladrillos, son más pequeños; veo la puerta casi plana, es la misma; el arbolillo triste y doblado; veo los verdes del jardín apagados; los maizales y los prados obscuros; las altas montañas cubiertas por las nubes. Y la rosa, la pequeña rosa, la veo ajada, doblada, casi seca. Todo ha cambiado, y tan sólo ha pasado una semana.

La razón: el tiempo. El tiempo ha comido y desgastado el color, el tiempo ha cambiado el clima, el tiempo ha cambiado los aspectos de las cosas. 

Hoy es un día de verano que parece invierno. Ayer llovió mucho, hoy hace frío y todo ha cambiado. Hasta las ovejas que pastan en el prado y las vacas que cruzan los campos, están tristes, les falta sol, luz, alegría.

Y sin embargo, a pesar de este contraste tan fuerte, a pesar de estos cambios, por cierto todos exteriores, un hijo de Dios no debe dejar llevar por el desánimo, no debe caer en la angustia, en la melancolía. ¡Que estén triste los que no quieren ser hijos de Dios!, escribió San Josemaría.


Nunca dejarse vencer por la tristeza, pero menos hoy, cuando esto escribo, que celebro los cuarenta y ocho años de mi ordenación sacerdotal. Y aunque miro para atrás y veo tantos cambios, tantas pisadas borradas: desde Barruelo, Cillamayor, hasta el Redín, Irabia, Miravalles; desde la Universidad hasta la Parroquia de Santa Teresa, hay que mirar hacia adelante y soñar. Lo he oído estos días muchas veces: “Soñad y os quedaréis cortos”. Desde mañana volveré a mirar por la ventana de mi habitación. 

martes, 18 de junio de 2013

SENCILLAS VIVENCIAS DÍA 18



DESDE MI VENTANA


Esto lo escribí ayer. Todavía en la casa de Aranbide. Lo escribí en mi habitación, lugar desde he visto y descrito otras cosas esta convivencia: días de formación, de amistad, de descanso.

Tengo delante una fotografía que tomé hace unos días. No es una fotografía muy buena, pero recoge un aspecto de mi jardín. A la derecha un trozo de pared, compuesto por seis ladrillos, que al estar tomada la fotografía de cerca, parecen gruesas placas de cemento; un poco más allá, a la derecha, una puerta metálica de cinco planchas; justo en el rincón, un arbolillo; ya fuera de la tapia: verdes pálidos y verdes obscuros; y tras el maizal, los prados, las altas montañas. Y aquí, más cerca, una pequeña rosa, sencilla, tiesa, que nace de la tierra y alegra el conjunto. Esta la fotografía.

Después de ocho días, miro de nuevo por la ventana de mi habitación. Veo los mismos ladrillos, son más pequeños; veo la puerta casi plana, es la misma; el arbolillo triste y doblado; veo los verdes del jardín apagados; los maizales y los prados obscuros; las altas montañas cubiertas por las nubes. Y la rosa, la pequeña rosa, la veo ajada, doblada, casi seca. Todo ha cambiado, y tan sólo ha pasado una semana.

La razón: el tiempo. El tiempo ha comido y desgastado el color, el tiempo ha cambiado el clima, el tiempo ha cambiado los aspectos de las cosas. 

Hoy es un día de verano que parece invierno. Ayer llovió mucho, hoy hace frío y todo ha cambiado. Hasta las ovejas que pastan en el prado y las vacas que cruzan los campos, están tristes, les falta sol, luz, alegría.

Y sin embargo, a pesar de este contraste tan fuerte, a pesar de estos cambios, por cierto todos exteriores, un hijo de Dios no debe dejar llevar por el desánimo, no debe caer en la angustia, en la melancolía. ¡Que estén triste los que no quieren ser hijos de Dios!, escribió San Josemaría.


Nunca dejarse vencer por la tristeza, pero menos hoy, cuando esto escribo, que celebro los cuarenta y ocho años de mi ordenación sacerdotal. Y aunque miro para atrás y veo tantos cambios, tantas pisadas borradas: desde Barruelo, Cillamayor, hasta el Redín, Irabia, Miravalles; desde la Universidad hasta la Parroquia de Santa Teresa, hay que mirar hacia adelante y soñar. Lo he oído estos días muchas veces: “Soñad y os quedaréis cortos”. Desde mañana volveré a mirar por la ventana de mi habitación. 

lunes, 17 de junio de 2013

SENCILLAS VIVENCIAS DÍA 17



DESDE MI VENTANA


Esto lo escribí ayer. Todavía en la casa de Aranbide. Lo escribí en mi habitación, lugar desde he visto y descrito otras cosas esta convivencia: días de formación, de amistad, de descanso.

Tengo delante una fotografía que tomé hace unos días. No es una fotografía muy buena, pero recoge un aspecto de mi jardín. A la derecha un trozo de pared, compuesto por seis ladrillos, que al estar tomada la fotografía de cerca, parecen gruesas placas de cemento; un poco más allá, a la derecha, una puerta metálica de cinco planchas; justo en el rincón, un arbolillo; ya fuera de la tapia: verdes pálidos y verdes obscuros; y tras el maizal, los prados, las altas montañas. Y aquí, más cerca, una pequeña rosa, sencilla, tiesa, que nace de la tierra y alegra el conjunto. Esta la fotografía.

Después de ocho días, miro de nuevo por la ventana de mi habitación. Veo los mismos ladrillos, son más pequeños; veo la puerta casi plana, es la misma; el arbolillo triste y doblado; veo los verdes del jardín apagados; los maizales y los prados obscuros; las altas montañas cubiertas por las nubes. Y la rosa, la pequeña rosa, la veo ajada, doblada, casi seca. Todo ha cambiado, y tan sólo ha pasado una semana.

La razón: el tiempo. El tiempo ha comido y desgastado el color, el tiempo ha cambiado el clima, el tiempo ha cambiado los aspectos de las cosas. 

Hoy es un día de verano que parece invierno. Ayer llovió mucho, hoy hace frío y todo ha cambiado. Hasta las ovejas que pastan en el prado y las vacas que cruzan los campos, están tristes, les falta sol, luz, alegría.

Y sin embargo, a pesar de este contraste tan fuerte, a pesar de estos cambios, por cierto todos exteriores, un hijo de Dios no debe dejar llevar por el desánimo, no debe caer en la angustia, en la melancolía. ¡Que estén triste los que no quieren ser hijos de Dios!, escribió San Josemaría.


Nunca dejarse vencer por la tristeza, pero menos hoy, cuando esto escribo, que celebro los cuarenta y ocho años de mi ordenación sacerdotal. Y aunque miro para atrás y veo tantos cambios, tantas pisadas borradas: desde Barruelo, Cillamayor, hasta el Redín, Irabia, Miravalles; desde la Universidad hasta la Parroquia de Santa Teresa, hay que mirar hacia adelante y soñar. Lo he oído estos días muchas veces: “Soñad y os quedaréis cortos”. Desde mañana volveré a mirar por la ventana de mi habitación. 

sábado, 15 de junio de 2013

SENCILLAS VIVENCIAS

EL PAPA FRANCISCO CELEBRA MISA POR PRIMERA VEZ EN ESPAÑOL


Desde que emprendió viaje a Roma hace tres meses y medio, Jorge Mario Bergoglio ha celebrado siempre la misa en italiano o en latín. En la mañana del jueves volvió a emplear su lengua materna en la misa de las siete de la mañana en Casa Santa Marta, a la que asistió el personal del consulado argentino en Roma y de las embajadas de ese país ante Italia y la Santa Sede.

«No celebraba la misa en español desde el 26 de febrero», les dijo el Papa Francisco como desahogo, añadiendo que «me ha hecho mucho bien».

Durante las primeras semanas, el nuevo Papa hablaba sólo italiano en público, llegando incluso a pronunciar en italiano sus saludos a los peregrinos de lengua española durante la audiencia general de los miércoles.

Después pasó a hacerlo en español, puesto que es el idioma de una parte importante –a veces entre un cuarto y un tercio– de los participantes. Lo mismo sucede en el Ángelus del Domingo, que también suele reunir cada semana entre ochenta y cien mil personas.

Menos presencia en los telediarios
Los peregrinos de América Latina, Estados Unidos y España desean que pronuncie al menos una frase en español durante el Ángelus del domingo. Benedicto XVI lo hacía siempre, y también, antes, Juan Pablo II.

Si el Papa Francisco añadiese al texto del Ángelus en italiano tan sólo una frase en español, estaría mucho más presente en los hogares de América Latina y España a través de la televisión, ya que resulta un tanto extraño escucharle en otro idioma, y eso limita su presencia en los telediarios. (ABC)

 PARA ESCUCHAR 
https://www.youtube.com/watch?v=YYApYWuIxYo

viernes, 14 de junio de 2013

SENCILLAS VIVENCIAS


ARMANDO PUENTE
El periodista argentino, buen conocedor de Jorge Mario Bergoglio, firma ejemplares de «Papa Francisco» este viernes en la Feria del Libro de Madrid 

En cuanto fue elegido Papa el arzobispo de Buenos Aires, Armando Puente puso a funcionar a toda máquina su experimentadavis periodística: no en vano ha sido durante décadas corresponsal en Madrid de medios argentinos, sobre todo de la influyente agencia católica AICA. Y, aprovechando su conocimiento del personaje, puso en el mercado en tiempo récord elprimer libro no reeditado que se publicaba sobre el cardenal Jorge Mario Bergoglio: Papa Francisco. Cómo piensa el nuevo pontífice(LibrosLibres).

Este viernes 14 de junio, a las 19.00 horas, en la caseta nº 85 (Paulinas) de la Feria del Libro de Madrid, firmará ejemplares de su obra y departirá con quienes le acompañen sobre la figura del nuevo Papa, cuando está a punto de cumplirse (el próximo viernes 21) el tópico plazo de los cien días desde que llegó a la sede de Pedro.

Como uno de los grandes expertos en España sobre la figura de Francisco, es sintético y conciso al hacer una vista atrás a los meses transcurridos desde la fumata blanca del 13 de marzo.

-¿Qué se valoró de su experiencia pastoral para elegirle Papa?
-Su modo de aproximarse al pueblo en la gran ciudad, hoy poblada por campesinos del interior de Argentina, de Bolivia, de Paraguay, acogiéndoles y cuidándolos.

-¿Influyó la cuestión ecuménica?
-Era conocido por su forma de relacionarse con otras confesiones (judíos, musulmanes, evangélicos) en una gran urbe como es Buenos Aires, donde conviven tantas razas y religiones.

-Y donde hay tantas "periferias", como él define...
-Sí, también pesaron sus opiniones acerca de una Iglesia pobre y para los pobres: la necesidad de “salir a la calle” a buscar a los alejados, los indiferentes, de que el obispo y el sacerdote deben tene "olor a oveja", como decía expresivamente. Una Iglesia más pastoral y menos "de funcionarios". La necesidad de reformar la Curia romana...

-¿Qué alcance real tienen sus famosos "gestos" o las diarias homilías en Santa Marta? 
-El fenómeno de comunicación que ha producido es que hoy el Papa Francisco es el dirigente mundial más leído, visto y escuchado cada día; tambien el que está en contacto personal al día con mayor numero de personas, estrechándoles la mano y diciendoles unas palabras, por teléfono, entrevistándolas, comiendo con ellas, 
escribiendoles cartas...

-¿Cómo lo definiría como obispo y, a fortiori, Papa?
-Creo que es más pastoral que doctrinal. Es la opinión que sacan los obispos, sacerdotes y religiosos de Asia, África y América que lo visitan y escuchan.

-¿Era en Buenos Aires tan "empático" como traducen estos primeros meses como Papa?
-Francisco es en Roma, como Bergoglio era en Buenos Aires, simpático y cercano. La diferencia es que en Roma sonríe mucho más.

-¿Cuándo empezará la famosa reforma de la cúpula de la Iglesia? 
-De acuerdo con su personalidad, creo que los nombramientos importantes en la Curia se harán esperar. Mientras, está nombrando a sacerdotes y religiosos de todo el mundo en niveles inferiores .

-¿Cuál es el hecho más importante de estos cien días?
-El hecho más importante, al menos desde la limitada perspectiva española, es el cambio de lenguaje que empieza a producirse en las homilias que dan algunos sacerdotes. Y el interés, ilusión y esperanza despertada en católicos “tibios” y gentes alejadas de la Iglesia.

-¿Con qué frase sintetizaría lo que Francisco ha querido transmitir al mundo desde que fue elegido?
-“Dios no se cansa de perdonar
”.