jueves, 18 de julio de 2013

SENCILLAS VIVENCIAS

EL POR QUÉ, DE “PARLAPUÑAOS”


Aquella noche, después de cenar, conté a mis padres y hermanos, todo lo que había vivido en días anteriores en mi viaje a Barruelo. Comencé con el encuentro en el tren de mi primer feligrés.  Lo útil que había sido para mi, de lo mucho que hablaba, del apodo: “parlapuñaos”.

También les conté el encuentro con el nuevo Párroco, les hablé del ama, del gato, del pajarillo del cura. De la primera noche en el Hotel, de la primera Misa en las monjas, de la fiesta en el Carmen y de otras cosas que ahora, por brevedad, omito.

Quedaron muy contentos. Mi padre me preguntó: “Y de los mineros, ¿qué nos dices?  “Pues, muy bien, padre, respondí. Procuré poner en práctica su consejo: ver, oír y callar y hasta la fecha me ha dado buen resultado”.

Al final de la conversación, les expliqué porque a mi primer feligrés, al hombre joven que me encontré en el tren le llamaban “parlapuñaos”. Esta era la explicación, se la oí contar a el mismo.

“Me llaman “parlapuñaos”, porque hablo mucho y deprisa. Así de sencillo. Y eso que de pequeño, no hablaba nada. Tanto que mi madre pensó que había nacido mudo.  Pues, no, no había nacido mudo, la prueba es lo mucho que hablo".

Aquella noche dormí como un lirón. Ni ruidos de gentes, ni ruidos de grifos, ni ruidos de coches. Villasarracino era un lugar tranquilo, sereno.


miércoles, 17 de julio de 2013

SENCILLAS VIVENCIAS

DE VUELTA AL PUEBLO

VILLASARRACINO

En efecto, tal día como hoy, hace cincuenta años, tomaba el tren en Barruelo y pasando por Aguilar, llegué a Osorno; y desde Osorno, tierra conocida, me dirigí a la casa de mis padres.

Hacia calor aquella mañana. En la estación algunos viajeros con sus cestas de mimbre. Todos desconocidos para mi. Saqué el billete en la taquilla y subí al tren. Volvía, después de unos días, con el mismo equipaje y con ganas de volver a ver a los míos.

En el tren recé con piedad el Oficio divino y leí despacio un pasaje del Evangelio. Me entretuve divisando el paisaje y viendo en los campos de Palencia a las gentes que trabajaban recogiendo sus sembrados.

Y me acordé, cómo no, de mis padres  y hermanos, que esos momentos estarían arrancando algún campo sembrado de lentejas. Y no sé por qué, me vinieron a la cabeza un par de canciones, que con frecuencia tatareaba mi padre: "un soldadito español" y "allá po la tierra mora". Te las copio aquí:

SOLDADITO ESPAÑOL

Soldadito español,
soldadito valiente,
la alegría del Sol
fue besarte en la frente. 
La victoria fue tuya
porque así lo esperaba,
cuando muerta de pena,
a la Virgen rezaba,
su novia morena.


ALLÁ POR LA TIERRA MORA


Allá por la tierra mora
allá por tierra africana
un soldadito español
de esta manera cantaba:

Como el vino de Jerez
y el vinillo de Rioja
son los colores que tiene
la banderita española
la banderita española

Cuando estoy en tierra extraña
y contemplo tus colores
y me acuerdo de mi España
mira si yo te querré.

Como el vino de Jerez
y el vinillo de Rioja
son los colores que tiene
la banderita española
la banderita española.

Banderita tu eres roja
banderita tu eres gualda
llevas sangre llevas oro
en el fondo de tu alma.

El día que yo me muera
si estoy lejos de mi Patria
sólo quiero que me cubran
con la Bandera de España

Banderita tu eres roja
banderita tu eres gualda
llevas sangre llevas oro
en el fondo de tu alma.

El día que yo me muera
si estoy lejos de mi Patria
sólo quiero que me cubran
con la Bandera de España

PARA ESCUCHAR

https://www.youtube.com/watch?v=zTWNfw0U0IA
http://www.youtube.com/watch?v=bkixxdRPAKY

martes, 16 de julio de 2013

SENCILLAS VIVENCIAS

MISA EN EL SANTUARIO DEL CARMEN, HACE CINCUENTA AÑOS

SANTUARIO NUESTRA SEÑORA DEL CARMEN. PORQUERA

Celebré mi primera Misa en la capilla de las monjas de Barruelo. Entonces, como estaba prescrito, todo en latín. Desde “In nomine Patris”, hasta el “ite missa est”. No sé si las monjas entenderían mucho latín, pero lo que si sé es que vivían la Misa.

La limpieza de las vestiduras sagradas, el valor de los vasos sagrados, la blancura manteles, purificadores, manutergios, era una señal clara de que aquellas mujeres tenían y vivían de fe.

Además del grupo de monjas, asistieron a esta Misa algunas de las personas que colaboraban con ellas. También en estas personas se percibía honda piedad y claro amor de Dios. ¡Era así!

Al acabar la Misa y después de un largo rato de acción de gracias por la Comunión recibida, las monjas me invitaron a desayunar. En un pequeño comedor, sobre una mesa redonda habían colocado un frutero y a su lado una taza de café. Junto a la taza, una azucarera, algunas galletas, una cucharilla y una servilleta.

Me despedí de las monjas. Y con la alegría de haber celebrado mi primera Misa en Barruelo, me dirigí a la Parroquia de Santo Tomás, que estaba un poquito más arriba. La puerta principal estaba cerrada, no así una puerta lateral que se encontraba abierta.

Entré y allí estaba Don Manuel rezando el Breviario. Como todavía faltaban unos minutos para empezar la Misa parroquial, Don Manuel me llevó a la sacristía. Era la sacristía un local pequeño, tenía un armario para la ropa y una ventana que daba al Colegio de las Monjas.

Con enorme cariño, pero también con cierta autoridad, Don Manuel me dijo: “Ya has empezado. Lo has hecho bien. Ojalá que termines bien”. Y ahora atiende: “El 16 de julio es la Virgen del Carmen. Es costumbre aquí ir a celebrar la fiesta al Santuario del Carmen, de la Parroquia de Porquera. Iremos los dos: celebraremos Misa, comeremos allí y por la tarde volveremos a Barruelo”.

Yo apenas hablaba. Escuchaba, siguiendo el consejo de mi padre. Pero me gustaba talante de aquel cura mayor. Luego, siguió Don Manuel: “El día 17, si te parece, te vuelves a tu casa y disfrutas unos días de la compañía de los tuyos”. Asentí con la cabeza. Don Manuel sonrió y yo también.


lunes, 15 de julio de 2013

SENCILLAS VIVENCIAS

MI PRIMERA MISA EN BARRUELO DE SANTULLÁN



Aquel día, no hablamos mucho más. Era ya la hora de cenar  y además, tenía que acudir al hotel donde me iba a hospedar antes de que fuera más tarde. El Párroco pidió a “parlapuñaos” que me acompañase al hotel. Y dirigiéndose a mi, dijo: “José María no olvides, que mañana tienes Misa a las siete de la mañana en las monjas. Ahora cuando salgais, “parlapuñaos”, te dirá por donde se baja a las monjas.

Me despedí de Don Manuel y de su ama. Y con el hombre joven que me encontré el tren, “parlapuñaos”, le decían, salí a la calle. En la calle apenas había gente. El hotel donde me iba a hospedar estaba en la misma plaza del Ayuntamiento, es decir, muy cerca. Antes de entrar “mi primer feligrés”, me indicó por dónde tenía que dirigirme hasta  las monjas. Me despedí de él muy agradecido Y sin más, entré en el hotel.

Después del saludo de rigor, me dio una llave correspondiente a la habitación que iba a ocupar aquella noche. Subí y vi una sencilla estancia: una cama, una pequeña mesa y una sencilla silla. Ni lavabo, ni cuarto de baño, ni nada más. Una cosa simple. Coloqué mis cosas y bajé a cenar.

La dueña me indicó el lugar del comedor. Me senté, con su permiso, en una mesa donde cenaba un hombre joven. Luego supe que era un viajante, vendedor de cuchillos. Me presenté y enseguida entablamos conversación. Aquella primera noche, cené morcilla hecha de arroz. En mi casa siempre había visto la morcilla hecha con cebolla. Esta era distinta. Me gustó y muchas veces, después, he recordado aquella primera morcilla de Barruelo.

Llegó la hora de irnos a dormir. Subí a la habitación, no sin antes pedir a la dueña del hotel que, por favor, me avisará a las 6:30, para levantarme y poder llegar puntual a la Capilla de las monjas. Hice mis últimos rezos y traté de descansar. Pero no pude. Aquella noche, apenas pegué ojo: ruidos de puertas, conversaciones por el pasillo, grifos... Total que me pasé la noche en vela.

Eso sí, a las 6:30 me llamaron. Estaba despierto. Me levanté, me aseé como pude y con el ánimo alegre y la inquietud de lo desconocido, me dirigí a las monjas. Me abrieron al instante. Saludé a la superiora, me acompañó hasta la sacristía. A la siete en punto comenzaba la Misa.

domingo, 14 de julio de 2013

SENCILLAS VIVENCIAS

EL CURA, EL AMA DEL CURA, 
EL GATO Y EL PERIQUITO

EL GATO DE DON MANUEL PALACIOS

Tras bajar del tren en la Estación de ferrocarril de Barruelo de Santullán, “negra y fea” como el carbón, el hombre joven que había encontrado  en el tren, me acompañó amablemente hasta la casa del Párroco.

Vivía Don Manuel Palacios, que así se llamaba el Párroco, en la casa parroquial. Le atendía la señora Victoria, “ama de cura”, le decían. También eran huéspedes de la misma casa un hermoso gato, no recuerdo su nombre, y un simpático periquito, al que llamaban Pocholo.

La casa parroquial estaba junto al Ayuntamiento. Para acceder a ella, desde la Plaza Mayor, había que subir varias escaleras.  Hasta allí, me acompañó el hombre joven del tren. Y como sabía dónde estaba el timbre, se adelantó y lo pulsó con fuerza.

Nos recibió, sonriente y alegre, la señora Victoria. –Pasen,  pasen, nos dijo. El señor Párroco está dentro.  Pasen, pasen, repitió. Entramos los dos. El Párroco, Don Manuel me saludó con una sonrisa de oreja a oreja. Desde ese momento, me di cuenta, que Don Manuel era un hombre bonachón. El tiempo, más tarde, me lo confirmó. No me había equivocado.

Luego saludó al hombre joven del tren. ¿Cómo estás, “parlapuñaos”, le dijo, sonriendo. - Como una rosa, Don Manuel, le contestó. Aquí le presentó al joven cura. Hemos coincidido en el tren y me ha parecido oportuno acompañarle.

Nos sonreímos los tres. El periquito que volaba sobre nuestras cabezas, intervino con un simpático gorjeo. También el gato dio un brinco sobre la mesa de Don Manuel y siguió atento nuestra conversación. El ama del cura se había ido a sus labores.

(Seguirá)


sábado, 13 de julio de 2013

SENCILLAS VIVENCIAS

DE AGUILAR DE CAMPOO 
A BARRUELO DE SANTULLÁN


ESTACIÓN DE FERROCARRIL DE AGUILAR DE CAMPOO

El hombre joven que me había encontrado en el tren, no paraba de hablar. No así, el matrimonio mayor, que apenas musitó palabra. Yo, por mi parte, escuchaba al hombre joven y observaba a los ancianos. Mientras, una y otra vez, venían a mi cabeza, los consejos que me había dado mi padre antes de salir de casa.

En estas estábamos, cuando pasó el interventor del tren. Nos pidió los billetes y nos avisó que estábamos a punto de llegar a Aguilar de Campoo. En efecto, a los cinco minutos, el viejo tren aminorando su marcha paró. Estábamos en la estación de Aguilar de Campoo.

El hombre joven y yo tomamos posiciones. El matrimonio mayor permaneció en su puesto. Con un adiós convencional, nos despedimos de ellos y bajamos al andén. En el andén había gente. Era casi de noche y no me enteré bien de las dimensiones de la estación.

Guiado por el hombre joven, nos dirigimos a una vía más estrecha. De allí, poco después, salió un tren más pequeño, destino a Barruelo de Santullán. También tomaron este tren otros viajeros. Según me dijo el hombre joven, eran trabajadores de la fábrica de galletas Fontaneda que volvían a Barruelo.

El hombre joven, dos personas más y yo nos colocamos en el mismo departamento. El hombre joven siguió hablando, hablando, hablando. No paraba de hablar. Me contó muchas cosas de Barruelo, algunas de las minas; de lo duro  que era el trabajo de los mineros, del riesgo que corrían. Me habló de muchas cosas.

(Mañana más).


PARA ESCUCHAR

viernes, 12 de julio de 2013

SENCILLAS VIVENCIAS

MI PRIMER FELIGRÉS

AYUNTAMIENTO DE BARRUELO DE SANTULLÁN

Se oyó el silbido de salida. El tren comenzó a moverse. Lentamente primero, más rápido después. Estamos en los primeros años de la década de los sesenta. El hombre más joven del departamento me preguntó: -Qué, ¿va muy lejos?. Le respondí que hasta Aguilar. Pues, hasta allí voy yo también, me dijo. Me alegró el hecho.

El matrimonio mayor no habló nada. La mujer se entretenía ordenando un pequeño bolso que sostenía entre sus manos. El hombre, a pesar del ruido del tren y de nuestra conversación, dormitaba pacientemente.

-Qué, volvió de nuevo a hablar el hombre más joven: ¿Es usted cura nuevo? Le dije que sí. Que me había ordenado en el Seminario de Palencia, el pasado 29 de junio, festividad de San Pedro y San Pablo. Y le dije también, que me dirigía a Barruelo, para presentarme al párroco, ya que me habían nombrado Coadjutor de dicho pueblo.

¡Cuánto me alegró!, terció el hombre joven. Yo vivo en Barruelo y conozco mucho a Don Manuel Palacios, el que va a ser su párroco. Hablo mucho con él y le ayudo en lo que puedo en mis ratos libres. 

Me alegró de nuevo este hecho. Y comencé a mirar aquel hombre, con cierta simpatía. Y comencé a pensar en los mineros de los que me había hablado mi padre, de modo distinto.

- Qué, intervino otra vez el hombre más joven: ¿Le apetece un cigarrillo? Mientras él hablaba, sacó su petaca, su librillo y su mechero. Le dije que no fumaba y le dí las gracias.

(Seguiré mañana)



jueves, 11 de julio de 2013

SENCILLAS VIVENCIAS

EN TREN, A MI PRIMER DESTINO

ESTACIÓN DE FERROCARRIL. OSORNO LA MAYOR

Llegó el día 10 julio, fecha en la que debía presentarme en el primer destino. La mañana de este día la pasé con mis padres y hermanos. Ordenamos un poco las cosas, vimos más despacio los regalos que había recibido en mi primera Misa y preparamos lo que tenía que llevar.

Fueron pocas cosas: un par de mudas, el pijama, los útiles de afeitar, el breviario recién estrenado, un Nuevo Testamento. Y poco más. Mi idea era, presentarme al Párroco, saber sus planes y volver de nuevo unos días a Villasarracino. Por eso, pensaba que no necesitaba llevar muchas cosas.

A eso de media tarde, me trasladé en una DKW del pueblo, a Osorno. Allí cogería el tren que iba de Palencia Santander y llegar hasta Aguilar de Campoo, donde debería tomar otro tren dirección de Barruelo de Santullán.

Me acompañaron hasta Osorno, mi padre y algún hermano, no recuerdo quien. Allí, en la sala de espera de la estación de Osorno, mientras llegaba el tren, mi padre me repitió, una vez más, los sabios consejos que ya me había dicho antes: “no hables mucho al principio, ve y observa; ten cuidado con los mineros, ya sabes como son…; con el Párroco se amable y atento”.

A la hora prevista llegó el tren. Me despedí de los míos. Subí al tren y traté de buscar asiento. Enseguida me acomodé en un viejo departamento en el que viajaban tres personas: un matrimonio mayor y un señor de unos treinta años. El saludo de rigor y  a esperar la salida.

Me asomé a la ventana y con la mano me despedí de mi padre y hermanos, mientras en la cabeza me iban dando vueltas los sabios consejos de un viejo labrador.

Seguiré mañana.

miércoles, 10 de julio de 2013

SENCILLAS VIVENCIAS

MI PRIMERA PELÍCULA EN TELEVISIÓN


Mis padrinos residían en Burgos. Me habían prometido, como regalo, pasar con ellos unos días en su casa. El anuncio del nombramiento y la fecha en la que tenía que presentarme a Don Manuel Palacios, al que iba a ser mi párroco, hizo que tuviéramos que adelantar el viaje y acortar los días de permanencia en la ciudad burgalesa.

Esta fue la razón, pues, de adelantar la salida, con cierta pena de mis padres y hermanos. No lo recuerdo con detalle, pero quizás fue el día cinco por la tarde, el momento en que no desplazamos hasta Burgos. Lo hicimos en el coche de mis padrinos.

Llegamos a la ciudad al anochecer. Después de la cena y un agradable rato de tertulia, comentando cosas del “catemisa”, vimos una película en la televisión. No recuerdo ni el título ni el tema. Lo que sí recuerdo es que fue aquel día la primera vez que veía televisión en una casa particular. Recuerdo, además, que la televisión era en blanco y negro y que alguna vez se le iban las imágenes.

En los años del Seminario ya había visto televisión, cierto. Pero no en el propio Seminario, sino cuando salíamos de paseo y en algún escaparate tenían la televisión encendida. Fue por tanto, para mí en esta ocasión, una auténtica novedad.

Como novedad fue también, a la mañana siguiente, celebrar la Misa en la Catedral de Burgos. Me acompañaron mis padrinos. Celebré en un altar lateral de unas de las naves, no sabría decir cuál, ni donde. Sí que celebré con emoción, con piedad y gran silencio interior. Celebré en latín, como estaba indicado en aquel tiempo.

Después visitamos la Catedral y otras cosas de Burgos. En Burgos permanecí un par de días más. El nueve de julio, después de comer me trasladaba a la caa de mis padres. Antes del anochecer estaba de nuevo en Villasarracino. Al día siguiente tenía que estar en Barruelo de Santullán y había que empezar bien.


martes, 9 de julio de 2013

SENCILLAS VIVENCIAS

MI PRIMER NOMBRAMIENTO


Y pasó el día de mi primera Misa. Gran emoción y acción de gracias. Muchos de los seminaristas invitados, se fueron a atender sus compromisos: asistir a otras primeras Misas.

Hoy no tocaron las campanas de la Iglesia. Las enramadas colocadas a la puerta de mi hogar y en el trayecto de mi casa a la Iglesia, iban perdiendo lozanía.

Pero no todo era final. Varios de los llegados a la fiesta de mi primera Misa, permanecieron varios días más. Hoy me acompañaron, junto con mis padres, hermanos y familiares, en la celebración de mi primera Misa en la ermita de Nuestra Señora de la Piedad.

Menos gente, sí. Pero el mismo ambiente, festivo y gozoso. Menos ruido, si, pero la misma alegría. Y comida, como apunté ayer, no iba a faltar. Por eso, parecía una continuación.

Además algunos parientes, de pueblos cercanos, llegaron este día a felicitarme y a unirse a nuestro gozo. También llegó una carta: sobre blanco, remite Obispado de Palencia; dentro; mi primer nombramiento: Coadjutor de Barruelo de Santullán.

Mi padre no había acertado, pues una y otra vez me venía diciendo: “Te nombrarán párroco de Camasobres y Casavegas (dos pequeños pueblecitos de la montaña palentina). No fue así.

El nombramiento, firmado por Don Eduardo Izquierdo, a la sazón Vicario General de la Diócesis, lo decía bien claro: Don José María Calvo de las Fuentes, ordenado sacerdote por Mons José Souto Vizoso, Obispo de Palencia, el pasado 29 de junio, ha sido nombrado Coadjutor de la Parroquia de Santo Tomas de Barruelo. Se presentará a su Párroco, Don Manuel  Palacios, el próximo 10 de julio”

Las vacaciones iban a ser cortas.


lunes, 8 de julio de 2013

SENCILLAS VIVENCIAS

MI PRIMER ROSARIO


Llegó la hora de la comida. Había sido preparada en la casa de mis padres. Para ello, hubo que desalojar habitaciones y ordenar locales adyacentes. Todo era muy familiar, muy sencillo. Para evitar un poco el trabajo a padres, hermanos, primos, se encargó hacer la comida a una cocinera de fuera.

A la hora de servir, colaboraron todos. Especialmente mis hermanas y primas. Resultó muy bien. Una comida abundante, barata, y a gusto de todos. No es el caso de especificar el menú. Solo señalar, que de las sobras, comimos y cenamos, los más allegados dos días más.

Si quiero contar un sencillo detalle ocurrido en el trascurso de la comida. Habíamos empezado un poco tarde, y en entre unas cosas y otras, llegó la hora del Rosario. ¡Qué hermoso! En aquellos tiempos, todos los domingos después de comer se rezaba el Rosario en la Iglesia.

Pues bien, a lo que iba. Al oír la campana de la Iglesia que avisaba al Rosario, me dijo mi madre: “José María, están tocando al Rosario; ¿irás a rezarlo?  Le dije que sí. Me levanté de la mesa y “raudo y veloz”, me dirigí a la Iglesia a rezar el Rosario.

Había púlpito en la parroquia, así que me subí al púlpito y comencé a rezar el Rosario. Tengo de aquel Rosario un recuerdo inmejorable. No se me ha olvidado nunca. Me sentí “servidor del pueblo”, fue una hermosa forma de comenzar el ministerio.

Terminé el Rosario. Volví de nuevo a casa. Allí estaban todos los comensales. Me recibieron con un gran aplauso. Recuerdo que a mis padres se les caía la baba.



domingo, 7 de julio de 2013

SENCILLAS VIVENCIAS

VENI CREATOR SPIRITUS


Con los acordes del órgano y las luces del templo encendidas, se inició la procesión hacia el altar. Iba en primer lugar, la cruz parroquial, detrás el turiferario, luego el párroco, diácono y subdiácono; en último lugar, el misacantano.

Genuflexión en la parte baja del presbiterio. Todos con solemnidad, subimos al altar, entonces todavía adosado a la pared. A una indicación del párroco, que hacía de maestro de ceremonias, entoné el Veni Creator Spiritus. Lo debí de hacer con tal unción y fervor, que me lo han recordado, con agrado, muchas veces.

Después siguió la Misa. Todo en latín, por supuesto. La homilía estuvo a cargo de un profesor del Seminario. Apenas recuerdo su contenido: habló del don del sacerdocio, de la misión del sacerdote, de una vida al servicio de los demás, de la alegría de ese día, del gozo en la familia, del orgullo del pueblo. En el coro cantaron los seminaristas del pueblo y compañeros venidos de fuera. El templo estaba lleno de gente.

Al final de la Misa, se inició el besamanos. Sentado en un elegante sillón, mirando al público, estaba el misacantano, A su lado los padrinos. El pueblo  entero de Villasarracino pasó a  besar  mis manos consagradas y darme la enhorabuena.

Yo en recompensa les entregué un recordatorio, donde figuraban mi nombre y fechas de ordenación y primera misa, los nombres de los padres y padrinos y también los nombres de mis primos que acaban de hacer su primera Comunión.

Terminada la fiesta religiosa, volvimos de nuevo a la casa. Otra vez los arcos, otra vez las canciones de los jóvenes, otra vez el sonido de campanas.  

Ya en la casa, refresco para todos.


sábado, 6 de julio de 2013

SENCILAS VIVENCIAS

DOS DE JULIO DEL 1963 
MI PRIMERA MISA


Y llegó la hora de ir a la Iglesia. De la casa del misacantano hasta la Iglesia, todo llano, hay una distancia de más de doscientos metros.  Pues bien, ese día toda esta distancia estaba completamente adornada con ramas de árboles, colocadas sobre las paredes. El suelo, maravillosamente alfombrado con flores y hierbas del campo. Toda una fiesta.

A penas salimos de la casa, comenzaron a sonar las campanas de la torre. Bajo un arco hecho con flores, portado por jóvenes del pueblo, iba el Misacantano. A su lado, derecha e izquierda, orgullosos, sus padres. Comenzaron las canciones compuestas para este momento.

Detrás, debajo de otro arco, el párroco del pueblo y los padrinos: los civiles y eclesiásticos. Debajo de un arco más, el predicador de la Misa. Detrás hermanos, primos, amigos, familiares, el pueblo.

Han pasado cincuenta años de aquella fecha, y todavía recuerdo emocionado aquel feliz momento. Y si entonces, me parecía un sueño, ahora un sueño me sigue pareciendo.

Llegamos a la Iglesia. Las puertas totalmente abiertas, el templo, a pesar de ser verano, lleno de gente. Seminaristas en el coro para armonizar la Misa, niños en los primeros puestos con los ojos abiertos, y arriba, en el presbiterio mis padres y padrinos. También dos primos míos, que aquel día hacían su primera comunión.

Los sacerdotes en la sacristía nos revestíamos para iniciar la ceremonia. El Párroco había preparado los mejores vestiduras. El acontecimiento lo merecía: cruz, incensario.

PARA ESCUCHAR

viernes, 5 de julio de 2013

SENCILLAS VIVENCIAS

PRIMERA MISA EN VILLASARRACINO

PANORÁMICA DE VILLASARRACINO

Día 2 de julio de 1963. Primera Misa de D. José María Calvo de las Fuentes. Todo estaba preparado. Padrinos, padrinos de honor, predicador. Estampas para entregar en el besamanos. Todo estaba preparado con ilusión y gozo.

Especialmente gozosos estaban los padres del misacantano. A una hora prudente, recuerdo, me llamó mi madre: José María, levántate, dentro de poco, van a llegar los jóvenes del pueblo a despertarte, será buenos que los recibas, ya vestido.

Así hice, y así fue. Llegaron un grupo numeroso de jóvenes, entonces en Villasarracino, todavía había jóvenes y comenzaron a cantar, con alguna variante y acomodada a un Misacantano, la Canción de las mañanitas que cantaba el Rey David:


Que linda es la mañana en que vengo a saludarte; 
venimos todos con gusto y placer a felicitarte.
El día en que tú naciste nacieron todos las flores. 
Y en la pila del bautismo cantaron los ruiseñores.

Ya viene amaneciendo, ya la luz del día nos dio. 
Levántate de mañana, mira que ya amaneció.


jueves, 4 de julio de 2013

SENCILLAS VIVENCIAS


VÍSPERA DE MI PRIMERA MISA


IGLESIA DE VILLASARRACINO

Llegamos a Villasarracino. Era la hora del coche línea. Allí me esperaban mis hermanos, primos y otras gentes del pueblo. Habían preparado el carro de varas que tenía mi padre, iba tirado por el burro pardo, tan estimado en la familia.

Del coche subimos al caro, me acompañaba mi amigo José Luis de Santiago. Cuesta arriba, entramos en el pueblo por la calle de la Fuente. A un lado y a otro de la calle, gente que nos recibía con fervor y entusiasmo.

Al instante, comenzaron a tocar las campanas de la Iglesia. En lo más alto de la torre ondeaba la bandera blanca y amarilla, señal de un nuevo misacantano. El pueblo, a pesar de ser verano, estaba de fiesta.

Yo saludaba a unos y a otros. Mientras se oían vivas al nuevo sacerdote, que ¡misterios de la vida! , que era yo, José María, el segundo hijo del Cojo e Villasarracino.

Dimos vista a la Plaza Mayor del pueblo. Con emoción, divisé la pequeña casa de mis padres, con su verja inconfundible. La entrada de la casa estaba adornada con ramos de árboles, fundamentalmente chopos.
 Enseguida se asomó mi madre, mujer sencilla y buena, que vino hacia mi para darme un abrazo. Detrás, mi padre, hombre sereno y fuerte, que mientras me daba un golpecito en la espalda, me decía: ¡José María, llegó el día!

Nos bajamos de carro. Saludé a parientes y amigos. En especial saludé a Don Sinforiano, Rector del Seminario de Palencia,  que iba ser el Predicador de mi Primera Misa.

Entre saludos y saludos, se hizo la hora de cenar. Lo hicimos en casa. Canticos y más canticos. Al fin, casi sin quererlo, llegó la hora de irse a descansar. Aquella noche, dormí  “allá dentro”.

PARA ESCUCHAR

miércoles, 3 de julio de 2013

SENCILLAS VIVENCIAS


 PRIMERAS MISAS

PARROQUIA DE SALDAÑA 

Y de Valdespina, que así se llama el pueblo donde celebró su Primera Misa Hipólito Rodríguez, uno de mis amigos, nos trasladamos, no recuerdo como, a Saldaña, lugar donde diría su Primera Misa de otro buen amigo: José Luis de Santiago Rodríguez.

Llegamos a Saldaña. Pueblo grande, uno de los partidos judiciales de Palencia. Nos esperaban impacientes. Sonaron las campanas de la Iglesia y los cohetes en el aire. Se notaba que al día siguiente un nuevo hijo de la Villa iba a subir por primera vez las gradas del altar.

Aquella noche dormimos poco. El jolgorio juvenil y el cambio de cama, hicieron de las suyas. La ilusión de la fiesta lo abarcaba todo. Dormimos menos tiempo, pero el despertar fue gozoso, repleto de alegría. Una primera Misa, merecía la pena.

Llegó la hora de salir de casa. Un sol radiante lucía en las calles y plazas. El pueblo estallaba en fiesta. La Iglesia, llena de gente. Cantos, vivas, un nuevo sacerdote.

Para todos, fue aquel día, fue de verdad, un día de fiesta. Especialmente para los padres y hermanos de José Luis y para los que le habíamos acompañado. La comida, ¡así eran las cosas entonces!, se preparó en la misma casa de los padres de José Luis.

A eso de las siete de la tarde, José Luis y yo, salimos hacia Villasarracino. Quiero recordar que el viaje lo hicimos en coche de línea: de Saldaña a Carrión de los Condes y después de Carrión de los Condes a mi pueblo. Me esperaban en un carro engalanado. Pero de esto escribiré mañana.


martes, 2 de julio de 2013

SENCILLAS VIVENCIAS

ALGUNOS DETALLES


Alguna de mis lectoras, me pedía ayer, más detalles sobre mi ordenación y primeros días de mi sacerdocio. Atendiendo a sus ruegos, a lo largo de estos días, iré ofreciendo algunos datos. 

Recibí el sacramento del orden, de manos Don José Souto Vizoso, a la sazón Obispo de la diócesis palentina, el día 29 de junio de 1963. Había fallecido Juan XXIII, y había sido elegido para sucederle Pablo VI. El Concilio seguía adelante.

La ordenación tuvo lugar en el Seminario Conciliar de San José (Palencia), lugar donde habíamos pasado un buen número de años: tres de filosofía y cuatro de teología, más uno de latín.  

Nos ordenamos 25 diáconos. En la actualidad vivimos quince.  Fue aquel  día 29 de junio de 1963 un día inolvidable.  Me acompañaron mis padres y mis hermanos, no todos . Tres de mis hermanas estaban fuera: dos en Madrid y otra en Colombia.
Después de la ordenación, para celebrarlo, comimos  a las orillas del río Carrión. ¡Qué distinto a ahora!

A media tarde, mis padres y hermanos volvieron al pueblo. Yo acompañé a uno de mis compañeros al suyo. Al día siguiente celebraba su primera  Misa.


El 28 y 29 pasados, se reunieron mis compañeros en la Trapa, de Dueñas, para celebrar los 50 años de sacerdocio. Por razones, que no son del caso, no puede asistir, aunque estuve en contacto permanente con ellos a través del teléfono.