miércoles, 9 de febrero de 2011

QUINTA SEMANA DEL T. O.

JUEVES
SAN MARCOS 7, 24-30

CON UN SOLO GOLPE DE CLIK
http://video.google.com/videoplay?docid=-1964866981293126654#

Se fue de allí y se marchó hacia la región de Tiro y de Sidón. Entró en una casa y deseaba que nadie lo supiera, pero no pudo permanecer inadvertido. Es más, en cuanto oyó hablar de él una mujer cuya hija tenía un espíritu impuro, entró y se postró a sus pies. La mujer era griega, sirofenicia de origen. Y le rogaba que expulsara de su hija al demonio. Y le dijo:
—Deja que primero se sacien los hijos, porque no está bien tomar el pan de los hijos y echárselo a los perrillos.
Ella respondió diciendo:
—Es verdad, Señor, pero también los perrillos comen debajo de la mesa las migajas de los hijos.
Y le dijo:
—Por esto que has dicho, vete, el demonio ha salido de tu hija.
Y al regresar a su casa encontró a la niña echada en la cama, y que el demonio había salido.


Señor, ibas de aquí para allá. No parabas de caminar y de moverte. Esta vez, llegaste a la región de Tiro. Te alojaste en una determinada casa, ¿qué casa fue aquella, Señor? Yo no soy digno de que entres en mi casa, decimos antes de comulgar. Aquel dueño digno o no, te alojó en su casa. Me atrevo a pensar que sería una casa humilde —como la tuya—, porque tu intención era pasar des-apercibido. Pero no lo conseguiste. ¡No te dejaron en paz, Señor, no te dejaron!

Fue una buena mujer; madre de una hija atormentada quien se enteró que llegabas y te descubrió. Fue hasta donde Tú estabas y se echó a tus pies. ¡Qué humildad y qué amor los de aquella mujer, pagana, fenicia, de Siria! Y te rogaba que salvases a su hija. Y Tú, Señor: primero son los hijos, luego los perros. Tú que lo sabes to-do... ¡Qué pensarías en tu interior, Señor, qué pensarías cuando pronunciaste estas palabras!

Y ella: pues si Tú lo dices, Señor, así será. De acuerdo, primero los hijos; las migajas a los perros; echa esas migajas debajo de mi mesa, échalas; por favor, cura a mi hija.

Y Tú, Señor, que los sabías todo —sufriendo, sin duda— le dijiste: anda, vete, te lo has ganado; tu hija está ya sana. Gracias, te dijo, con sus ojos, aquella pagana; no necesitó de palabras; las palabras le sobraban. Y saliendo de debajo de la mesa de la humildad, se fue dando saltos de alegría a su casa.

Al llegar se encontró a su hija, echada en la cama: feliz, sonriente, acerada. Lo que pasó luego, no lo sabemos, pero a buen seguro que aquella madre y aquella hija volvieron a agradecerte el favor y quizás te regalaron un cordero; o te hicieron un manto nuevo y hasta es posible que te siguieran por el camino. La humildad es el fundamento de una santidad completa.



martes, 8 de febrero de 2011

QUINTA SEMANA DEL T. O.
MIÉRCOLES
SAN MARCOS 7, 14-23

CON SOLO GOLPE DE CLIK
http://www.youtube.com/watch?v=93chgOYBV0k&feature=related


Y después de llamar de nuevo a la muchedumbre, les decía:
—Escuchadme todos y entendedlo bien: nada hay fuera del hombre que, al entrar en él, pueda hacerlo impuro; las cosas que salen del hombre, ésas son las que hacen impuro al hombre.
Y cuando entró en casa, ya sin la muchedumbre, los discípulos le preguntaron el sentido de la parábola. Y les dice:
—¿Así que también vosotros sois incapaces de entender? ¿No sabéis que todo lo que entra en el hombre desde fuera no puede hacerlo impuro, porque no entra en su corazón, sino en el vientre, y va a la cloaca?
De este modo declaraba puros todos los alimentos. Pues decía:
—Lo que sale del hombre es lo que hace impuro al hombre. Porque del interior del corazón de los hombres proceden los malos pensamientos, las fornicaciones, los robos, los homicidios, los adulterios, los deseos avariciosos, las maldades, el fraude, la deshonestidad, la envidia, la blasfemia, la soberbia y la insensatez. Todas estas cosas malas proceden del interior y hacen impuro al hombre.

Esta vez, Señor, fuiste Tú el que llamaste a la gente. Y la gente acudió. Les dijiste: “Nada que entre de fuera puede hacer al hombre impuro”. Y añadiste: “Lo que sale de dentro es lo que hace impuro al hombre”. De dentro, del corazón; o del cerebro; o del alma; o de la persona entera. Eso sí, eso sí que hace impuro a la persona, al hombre, al ser humano. ¡El que tenga oídos para oír que oiga! ¡Dame entendederas, Señor!
Aquel día, pues, la gente, ¿oyó?, ¿entendió? ¿pidió más explicaciones? No lo sé. Sólo sé que, dentro ya de casa, tus discípulos te pidieron nuevas explicaciones. Algo habías dicho, Señor, que no les sonaba bien. La verdad que no era tan fácil entenderlo como nos parece ahora. ¿O acaso eran torpes tus discípulos?
Dijiste: Sois torpes todos, los de fuera (la gente) y vosotros los de dentro (mis discípulos). Y volviste otra vez a explicar lo mismo: “lo de fuera no mancha al hombre, porque no entra en el corazón”. Lo que se come no mancha al espíritu. Se echa fuera y vale. “Con esto declarabas, Señor, puros todos los alimentos”.
Y seguiste: Lo que sale del corazón, del alma, eso sí que puede manchar. Y empezaste con una retahíla de cosas que sí que manchan: muerte, robos, injusticias, fraudes, desenfrenos, orgullos, frivolidades. Y otras cosas que no enumeraste y también salen de dentro. Eso sí. “Todas esas maldades salen de dentro y hacen al hombre impuro”. Ahora, Señor, sí, te hemos entendido.
Señor, que conoces nuestros corazones y conoces también sus escondrijos, ayúdanos a lavar bien todos los rincones del alma, para que la boca no maldiga, ni los pies corran tras el mal, ni las manos golpeen a nadie; ni los ojos nos traicionen; ni el entendimiento se corrompa, ni la voluntad se canse.

lunes, 7 de febrero de 2011

QUINTA SEMANA DEL T. O.

MARTES SAN MARCOS 7, 1-13

CON UN SOLO GOLPE DE CLIK
http://www.youtube.com/watch?v=MM_kwO06UmM


Se reunieron junto a él los fariseos y algunos escribas que habían llegado de Jerusalén, y vieron a algunos de sus discípulos que comían los panes con manos impuras, es decir, sin lavar. Pues los fariseos y todos los judíos nunca comen si no se lavan las manos muchas veces, observando la tradición de los mayores; y cuando llegan de la plaza no comen, si no se purifican; y hay otras muchas cosas que guardan por tradición: purificaciones de las copas y de las jarras, de las vasijas de cobre y de los lechos. Y le preguntaban los fariseos y los escribas:
—¿Por qué tus discípulos no se comportan conforme a la tradición de los mayores, sino que comen el pancon manos impuras?
Él les respondió:
—Bien profetizó Isaías de vosotros los hipócritas, como está escrito:
Este pueblo me honra con los labios,
pero su corazón está bien lejos de mí.
Inútilmente me dan culto,
mientras enseñan doctrinas que son preceptos humanos.
»Abandonando el mandamiento de Dios, retenéis la tradición de los hombres.
Y les decía:
—¡Qué bien anuláis el mandamiento de Dios, para guardar vuestra tradición! Porque Moisés dijo: Honra a tu padre y a tu madre». «Y el que maldiga al padre o a la madre, sea castigado con la muerte. Vosotros, en cambio, decís que si un hombre dice al padre o a la madre: “Que sea declarada Corbán —que significa ofrenda—, cualquier cosa que pudieras recibir de mi, ya no le permitís hacer nada por el padre o por la madre. Con ello anuláis la palabra de Dios por vuestra tradición, que vosotros mismos habéis establecido; y hacéis otras muchas cosas semejantes a éstas.

Te rondaban los fariseos inquietos. No sé con qué intenciones. Aquel día se acercaron a Ti, Señor, un grupo de ellos y también algunos letrados de Jerusalén. Llegaban con ganas de pelea. Se habían enterado que tus discípulos eso de lavarse las manos no lo cumplían; que parece se habían desgarrado de la tradición; y que volvían de la plaza y se ponían a comer; y tampoco lavaban los vasos, las jarras y ollas, ni las limpiaban, quizás alguna vez, pero nada de obligaciones fijas.

Así que llegados hasta Ti, entraron en directo: ¿por qué tus discípulos comen con las manos impuras? ¿por qué no siguen la tradición de los mayores? Y Tú, Señor, ni corto ni perezoso, les echaste, con cariño y amabilidad, una buena reprimenda. “Sois unos hipócritas. Ya lo dijo Isaías: honráis a Yahvé con los labios, pero no con el corazón. Dais culto a Dios, pero un culto vacío, fofo, sin amor”.

Mientras decías estas cosas, Señor, no se oía nada a tu alrededor. Y seguiste diciendo: habéis dejado a un lado el mandamiento de Dios y ¡hala!, permanecéis bien apegados a la tradición de los hombres. Más aún: anuláis, a veces, el mandamiento de Dios para hacer vuestros caprichos. Que Moisés dijo que honrar a los padres, vais vosotros y os sacáis de la maga la obligación de ofrenda. Y con ello no permitís hacer nada por los padres, y les dejáis que se mueran de pena y de necesidad. Y como ésta, hacéis muchas.

domingo, 6 de febrero de 2011

QUINTA SEMANA DEL T. O.

LUNES
SAN MARCOS 6, 53-56

CON UN SOLO GOLPE DE CLIK
http://www.youtube.com/watch?v=ke3mWi2rEXQ

Acabaron la travesía hasta la costa, llegaron a Genesaret y atracaron. Cuando bajaron de la barca, enseguida lo reconocieron. Y recorrían toda aquella región, a donde oían que estaba él le traían sobre las camillas a todos los que se sentían mal. Y en cualquier lugar que entraba, en pueblos o en ciudades, o en aldeas, colocaban a los enfermos en las plazas, y le suplicaban que les dejase tocar al menos el borde de su manto; y todos los que le tocaban quedaban sanos.

Habíais terminado felices la travesía. Ibais Tú y tus discípulos. Al fin pisasteis tierra, era Genesaret. Allí amarrasteis la barca y bajasteis a la arena. Enseguida os descubrieron y otra vez la gente se arremolinó junto a vosotros. Tú, Señor, diste orden de no estar mucho tiempo allí, porque pensabais recorrer toda la comarca. ¡No parabas, Señor, ni un minuto! Parece que te faltaba tiempo, a ti dueño del tiempo, parece que no ibas a poder llegar, cuando sabías que el triunfo era seguro.

Cuando las gentes se enteraban que pasabas, Señor, salían a tu encuentro, algunos te llevaban enfermos en camillas, otros caminaban por su pie. Todos querían llegar cerca de Ti, poder verte, hablarte, poder rogarte algún favor. En realidad, eras Tú, Señor, quien los buscabas.

Y en cualquier lugar que entrabas, pueblo, ciudad, poblado apa-recían los enfermos y allí, en la plaza, estaban todos, en tu presencia. ¡Qué espectáculo, Señor! Ayes y miserias en la plaza pública; dolores y congojas gritando al unísono. Y todos querían llegar cerca de Ti. Deseaban al menos tocar el borde de tu manto; darte la mano, sentir la mirada de tus ojos.

Algunos tuvieron más suerte. Llegaron hasta tu puerta, se arrodillaron en tu presencia y besaron tus pies. Y Tú, Señor, misericordioso les curaste; diste fuerzas a sus miembros paralíticos y alegría a sus ojos turbios y desilusionados.

Ahora llegamos hasta Ti, Señor, un grupo de enfermos: cojos y ciegos; aturdidos y despistados; cansados y de vuelta de muchas cosas; y queremos llegar a tu lado, a tus pies, para pedirte que nos cures de nuestros males, para pedirte que llenes el zurrón de nuestra vida de la ilusión de tu esperanza; para que deposites en el alma de todos nosotros la frescura de la primera entrega.

sábado, 5 de febrero de 2011

LUZ DEL MUNDO
QUINTA SEMANA DEL T. O.

DOMINGO (A)
SAN MATEO 5, 13-16

CON UN SOLO GOLPE DE CLIK
http://www.youtube.com/watch?v=SdpdfMEM5rU&feature=fvwrel

»Vosotros sois la sal de la tierra. Pero si la sal se vuelve sosa ¿con qué se salará? No vale más que para tirar la fuera y que la pisotee la gente.
»Vosotros sois la luz del mundo. No puede ocultarse una ciudad situada en lo alto de un monte; ni se enciende una luz para ponerla debajo de un celemín, sino sobre un candelero para que alumbre a todos los de la casa. Alumbre así vuestra luz ante los hombres, para que vean vuestras buenas obras y glorifiquen a vuestro Padre que está en los cielos.

Señor, con claridad y firmeza dijiste que nosotros, tus discípulos, somos la sal de la tierra. Y que, como la sal, debemos sazonar el mundo. Al estilo de la sal, sin que se note —ni por pizca de más, ni por pizca de menos—. Como la sal que cumple su función cuando nadie habla de ella, así, nosotros cumpliremos nuestra misión cuando no se note.

Pero si la sal se vuelve sosa, ¿con qué la salarán? Pusiste, Señor, el dedo en la llaga. Si nosotros, que somos como la sal, nos volvemos inactivos, cobardes, perezosos, ¿quién hará la función de la sal? Si nosotros, que debemos dar ejemplo, no lo damos, ¿quién se enterará de tu doctrina y de tu verdad? ¿Quién salará al mundo?

Y si la sal no sazona —dijiste— “no sirve más que para tirarla fuera y que la gente la pise”. Tirar fuera y pisar. No se trata de amoldar, cambiar, convertirse, sino tirar fuera y pisar. Fuera, donde nada sirve. Y pisar, castigar, humillar, poner el pie encima, triturar.

Nos dijiste también, Señor, que somos la luz del mundo. Y que la luz es para que luzca: y que si se enciende una lámpara, es para ponerla en el candelero, no para meterla debajo de un cesto o de un celemín. Así nosotros tenemos que ser luz que alumbre a los hombres, para que viendo nuestras buenas obras den gloria a Dios-Padre que está en los cielos. Y ellos, a su vez, serán luz para otros hombres.

Sal y luz. Dos metáforas, dos comparaciones, dos palabras. Y cuánta enseñanza detrás; y cuánta exigencia futura por delante.

Quizás hoy nos preguntas si hemos sido sal para la tierra. Tú lo sabes todo, Señor. Pero ayúdanos a ser como la sal, sin que se note, sin que se hable de nosotros.

Señor, Tú lo sabes todo. Tú sabes que queremos ser sal. Y queremos ser luz. ¿Señor, somos luz en los senderos de la vida que otros como nosotros recorren o, por el contrario, somos sombra obscura, penumbra triste, guía inútil? Tú, Señor, sabes cuánta es nuestra luz y cuánto alumbramos cada uno; Tú Señor, sabes cómo guiamos y cómo marcamos los senderos. Pero ayúdanos a ser luz clara, sencilla, amable.

viernes, 4 de febrero de 2011

CUARTA SEMANA DEL T. O.

SÁBADO SAN MARCOS 6, 30-34

CON UN SOLO GOLPE DE CLIK
http://www.youtube.com/watch?v=786EU_uSSgQ

Reunidos los Apóstoles con Jesús, le explicaron todo lo que habían hecho y enseñado. Y les dice:
—Venid vosotros solos a un lugar apartado, y descansad un poco.
Porque eran muchos los que iban y venían, y ni siquiera tenían tiempo para comer. Y se marcharon en la barca a un lugar apartado ellos solos.
Pero los vieron marchar, y muchos los reconocieron. Y desde todas las ciudades, salieron deprisa hacia allí por tierra y llegaron antes que ellos. Al desembarcar vio Jesús una gran multitud y se llenó de compasión por ella, porque estaban como ovejas que no tienen pastor, y se puso a enseñarles muchas cosas.

Los Apóstoles, después de unos días de intenso trabajo apostólico, volvieron a reunirse contigo, Señor. Por sus caras reconociste que llegaban alegres y contentos. También percibiste las ganas que mostraban de continuar la tarea. “Y te contaron todo lo que habían hecho y enseñado”. ¡Qué habrían hecho aquellos pobres pescadores! ¡Qué habrían enseñado aquellos iletrados e incultos judíos! A Ti, Señor, entonces, te lo contaron todo; a nosotros, después, en tu Evangelio, casi nada. ¡Nos habría gustado tanto saberlo!

Tú, Señor, después de escucharles con atención les dijiste que te siguieran; que les habías buscado un sitio tranquilo para descansar un poco. Tal vez, habías notado, en sus rostros, el cansancio y la tensión acumulados. ¡Señor estabas en todo! Y ahora querías premiar a “los tuyos” con un descanso merecido y con una tranquilidad necesaria.

Afuera, había mucho movimiento de gentes que iban y venían; de gentes que preguntaban y pedían soluciones; de gentes que aplaudían y gritaban alabanzas. Cuando unos se iban, llegaban otros, de suerte que ni siquiera teníais tiempo para comer.

Al fin, quisisteis ir todos, en barca, a un sitio tranquilo y apartado. Allí podrías seguir hablando, contando sucedidos, aclarando conceptos; ajustando las piezas que quedaban sueltas. Pero la cosa no fue tan fácil. Muchos os vieron marchar y os reconocieron; hombres y mujeres procedentes de todas las aldeas salieron corriendo por tierra hasta llegar a aquel sitio y se os adelantaron.

Y al desembarcar, Señor, viste una multitud y te dio lástima de ellos, porque andaban como ovejas sin pastor; y te pusiste a enseñarles con calma. A eso habías venido, Señor, a enseñar a las gentes tu doctrina, tus mandatos, la Buena Nueva.

Señor, enséñame a mí también, tu doctrina, sin prisas, con calma. Repíteme las cosas; una y otra vez. Y cuando me distraiga, ten paciencia conmigo; y cuando veas que no comprendo tu lección, sigue insistiendo.

jueves, 3 de febrero de 2011


CUARTA SEMANA DEL T. O.
VIERNES
SAN MARCOS 6, 14-29


CON UN SOLO GOLPE DE CLIK
http://www.youtube.com/watch?v=i6MW0WmMUmg


Llegó esto a oídos del rey Herodes, pues su nombre se había hecho famoso, y decía:
—Juan el Bautista ha resucitado de entre los muertos, y por eso actúan en él unos poderes.
Otros decían:
—Es Elías.
Otros, en fin, decían:
—Es un profeta, igual que los demás profetas.
Pero cuando lo oyó Herodes decía:
—Éste es Juan, a quien yo decapité, que ha resucitado.
En efecto, el propio Herodes había mandado apresar a Juan y le había encadenado en la cárcel por causa de Herodías, la mujer de su hermano Filipo, porque se había casado con ella y Juan le decía a Herodes: “No te es lícito tener a la mujer de tu hermano”. Herodías le odiaba y quería matarlo, pero no podía: porque Herodes tenía miedo de Juan, ya que se daba cuenta de que era un hombre justo y santo. Y le protegía y al oírlo le entraban muchas dudas, y le escuchaba con gusto. Cuando llegó un día propicio, en el que Herodes por su cumpleaños dio un banquete a sus magnates, a los tribunos y a los principales de Galilea, entró la hija de la propia Herodías, bailó y gustó a Herodes y a los que con él estaban a la mesa. Dijo el rey a la muchacha:
—Pídeme lo que quieras y te lo daré. Y le juró varias veces:
—Cualquier cosa que me pidas te daré, aunque sea la mitad de mi reino.
Y, saliendo, le dijo a su madre:
—¿Qué le pido?
—La cabeza de Juan el Bautista— contestó ella.
Y al instante, entrando deprisa donde estaba el rey, le pidió:
—Quiero que enseguida me des en una bandeja la cabeza de Juan el Bautista.
El rey se entristeció; pero por el juramento y por los comensales no quiso contrariarla. Y enseguida el rey envió a un verdugo con la orden de traer su cabeza. Este se marchó, lo decapitó en la cárcel, y trajo su cabeza en una bandeja, y la dio a la muchacha, y la muchacha la entregó a su madre. Cuando se enteraron sus discípulos, vinieron, tomaron su cuerpo y lo pusieron en un sepulcro.

Tu fama, Señor, iba en aumento. Todos opinaban. Hasta el rey Herodes se interesó por Ti. Unos decían que eras Juan el Bautista resucitado; otros decían que eras Elías u otro Profeta de los antiguos. Herodes insistía en que eras Juan al que él mismo había mandado decapitar, pero que había resucitado.

Dejemos a un lado, Señor, la historia trágica de Juan, y aprovechemos esta ocasión para recordar tu fuerza, tu fama, la bondad de tus caminos. Habías empezado a predicar poco ha y ya te conocían por doquier. Habías realizado cuatro acciones maravillosas y tu fama se había extendido como la pólvora; habías trazado tu camino y ya te seguían muchos discípulos.

Cada mañana nacemos de nuevo. Un sentimiento de novedad despierta nuestra alma en cada instante. Por una parte, tenemos la sensación de que las auroras se amontonan a nuestro lado y, por otra, nos parece que acaba de amanecer nuestra historia. Miramos hacia atrás y apenas vemos nada. Miramos hacia adelante y sólo encontramos camino limpio, vereda que andar, promesas.

Señor, así como tu fama iba en aumento, te pedimos que nuestras obras buenas también crezcan. Qué no temamos a los Herodes de turno que se dedican a aniquilar vidas, a cortar caminos, a ahogar verdades; lo que importa es que nuestras vidas sean respuesta a tu amor; que nuestro trabajo, sea signo de autenticidad y signo de tu verdad; que nuestro camino siga tu camino y nuestra senda descanse en tu regazo.

miércoles, 2 de febrero de 2011

CUARTA SEMANA DEL T. O.

JUEVES
SAN MARCOS 6, 7-13

CON UN SOLO GOLPE DE CLIK
http://www.youtube.com/watch?v=-beQzp9T1Ts&feature=related


Y recorría las aldeas de los contornos enseñando.
Y llamó a los doce y comenzó a enviarlos de dos en dos, dándoles potestad sobre los espíritus inmundos. Y les mandó que no llevasen nada para el camino, ni pan, ni alforja, ni dinero en la bolsa, sino solamente un bastón; y que fueran calzados con sandalias y no llevaran dos túnicas. Y les decía:
—Si entráis en una casa, quedaos allí hasta que salgáis de aquel lugar. Y si en algún sitio no os acogen ni os escuchan, al salir de allí sacudíos el polvo de los pies en testimonio contra ellos. Se marcharon y predicaron que se convirtieran. Y expulsaban muchos demonios, y ungían con aceite a muchos enfermos y los curaban.

Un día, cuando te pareció bien, Señor, llamaste a tus discípulos para que estuvieran junto a Ti. Y poco después los enviaste a predicar de dos en dos. Les dijiste que les delegabas la autoridad que Tú tenías sobre los espíritus inmundos. Ellos, aturdidos, aceptaron tus órdenes, siguieron tus consejos, con el fin de ayudarte a extender el Reino.

No sabemos ni cuántos ni quiénes fueron elegidos, ni cómo se hizo la elección. Sí sabemos que salieron de dos en dos y que les encargaste que llevaran para el camino un bastón y nada más. Un bastón era poca cosa, pero era defensa, era mando, era apoyo; un bastón era poca cosa, pero era autoridad.

Y les dijiste que no llevaran ni pan ni alforja, ni dinero suelto en la faja; es decir, que no se preocupasen del hoy —del pan de cada día— ni del pan de mañana, ni de la alforja del futuro; ni llevasen dineros en la faja —solución humana a los conflictos—. Pero, eso sí, que llevasen sandalias, —para caminar—; pero no túnica de repuesto.

Y antes de iniciar la marcha les diste, Señor, unas advertencias precisas. Les dijiste que en la casa que entraran, allí se quedaran hasta terminar la tarea. Y si en algún lugar no les recibían o no los escuchaban, que se fueran a otro, pero que antes sacudieran el pol-vo de los pies, como prueba de su culpa.

Ellos, felices, salieron a predicar la conversión: ¡qué cosa más difícil! Y echaron muchos demonios, y ungían con aceite a muchos enfermos y los curaban. Iban como Tú, Señor, haciendo el bien y predicando la Buena Nueva.

martes, 1 de febrero de 2011

CUARTA SEMANA DEL T. O.

MIÉRCOLES
SAN MARCOS 6, 1-6


CON UN SOLO GOLPE DE CLIK
http://www.youtube.com/watch?v=ZDuROQTuLlQ


Salió de allí y se fue a su ciudad, y le seguían sus discípulos. Y cuando llegó el sábado, comenzó a enseñar en la Sinagoga, y muchos de los que le oían decían admirados:
—¿De dónde sabe éste estas cosas? ¿Y qué sabiduría es la que se le ha dado y estos milagros que se hacen por sus manos? ¿No es éste el artesano, el hijo de María, y hermano de Santiago y de José y de Judas y de Simón? ¿Y sus hermanas no viven aquí entre nosotros?
Y se escandalizaban de él. Y les decía Jesús:
—No hay profeta menospreciado sino en su propia tierra, entre sus parientes y en su casa.
Y no podía hacer allí ningún milagro; solamente sanó a unos pocos enfermos imponiéndoles las manos. Y se asombraba por causa de la incredulidad.

Una vez más, volviste a tu tierra. Te acompañaban tus discípulos. Al acercarte a tu ciudad, tu corazón palpitaría más deprisa. Allí estaba todavía la higuera del vecino Jonás; y los tapiales de las casas tan conocidos por Ti. Y al pasar por la vivienda de Samuel verías la puerta que Tú habías colocado; y las ventanas en la casa de tus primos. Y el agua de la fuente notaría tu visita y el arroyuelo cantaría elegante a tu paso. Y recordarías tantos y tantos detalles. Pero, sobre todo, te emocionaría saludar de nuevo a tu Madre y a “los tuyos”. ¡Cuántos recuerdos apiñados para Ti!

Y llegado el sábado, fuiste a la Sinagoga. Y te pusiste a enseñar. Había acudido mucha gente —multitud dicen otros— y la muchedumbre se preguntaba asombrada: ¿De dónde saca todo eso? ¿Qué sabiduría es esa que le han enseñado? ¿Y esos milagros de sus manos? ¿No es éste el carpintero, el hijo de María, hermano de Santiago y José y Judas y Simón? Y sus hermanas, ¿no viven con nosotros aquí? En realidad, Señor, tenían razones para estar asombrados. ¡Te habían visto tantas veces, tranquilo, sereno, silencioso, callado! ¡Y ahora, así de repente, mostrabas grandiosa doctrina, hacías tantos milagros, tenías tanta autoridad! Pero Tú bien sabías que no tenían razón.

Y así, sin razón, aunque con razones, comenzaron, Señor, a desconfiar de Ti. Y comenzaron a buscar explicaciones a tus palabras. Y a tus hechos y a tu doctrina. Al no encontrarlas, optaron por el camino más fácil, pero también más absurdo: la desconfianza; la negación; la duda, la sospecha, el vete a saber...

Y Tú, Señor, ¡cómo no! ante tales hechos, te molestaste. Y no sé si en público o ante grupo más reducido de personas, comenzaste a decir que estaba ocurriendo lo de siempre: no desprecian a un profeta más que en su pueblo, entre sus parientes, en su tierra, en su casa.

Y no pudiste —o no quisiste— hacer allí, en tu pueblo, ningún milagro. Sólo curaste a algunos enfermos —qué culpa tenían ellos—, imponiéndoles las manos. Y te disgustaste por la falta de fe de tus paisanos. Y te fuiste pronto hacia otros pueblos de alrededor y predicabas y enseñabas y curabas y amabas.

Señor, que pasas cerca de mi casa, que estás en mi casa. Que sepa reconocerte aunque vengas envuelto en ropas de artesano; que sepa escucharte, aunque no hables el lenguaje de los sabios; que sepa seguirte, aunque camines a paso largo y ligero; que sepa, Señor, abandonarme en Ti, esperar en ti, descansar en Ti; que te ame siempre aunque seas de mi pueblo, de mi raza, de mi tierra, de mi casa.

CUANTAS VECES SIENDO NIÑO.....
http://www.youtube.com/watch?v=3aZgCbCgQ0E

lunes, 31 de enero de 2011

CUARTA SEMANA DEL T. O.

MARTES
SAN MARCOS 5, 21-43

CON UN SOLO GOLPE DE CLIK
http://www.youtube.com/watch?v=XsdVO9iL5m4


Y tras cruzar de nuevo Jesús en la barca hasta la orilla opuesta, se congregó una gran muchedumbre a su alrededor mientras él estaba junto al mar. Viene uno de los jefes de la Sinagoga, que se llamaba Jairo. Al verlo, se postra a sus pies, y le suplica con insistencia diciendo:
—Mi hija está en las últimas. Ven, pon tus manos sobre ella para que se salve y viva.
Se fue con él, y le seguía la muchedumbre, que le apretujaba.
Y una mujer que tenía flujo de sangre desde hacía doce años, y que había sufrido mucho a manos de muchos médicos y se había gastado todos sus bienes sin aprovecharle de nada, sino que iba de mal en peor, cuando oyó hablar de Jesús, vino por detrás entre la muchedumbre y le tocó el manto;-porque decía: “Con que toque su ropa, me curaré” Y de repente se secó la fuente de su sangre y sintió en su cuerpo que estaba curada de la enfermedad. Y al momento Jesús conoció en sí mismo la fuerza salida de él y, vuelto hacia la muchedumbre, decía:
—¿Quién me ha tocado la ropa?
Y le decían sus discípulos:
—Ves que la muchedumbre te apretuja y dices ¿Quién me ha tocado?
Y miraba a su alrededor para ver a la que había hecho esto. La mujer, asustada y temblorosa, sabiendo lo que le había ocurrido, se acercó, se postró ante él y le dijo toda la verdad. Él entonces le dijo:
—Hija, tu fe te ha salvado. Vete en paz y queda curada de tu dolencia.
Todavía estaba él hablando, cuando llegan desde la casa del jefe de la Sinagoga, diciendo:
—Tu hija ha muerto; ¿para qué molestas ya al Maestro?
Jesús, al oír lo que hablaban, dice al jefe de la Sinagoga:
—No temas, tan sólo ten fe. Y no permitió que nadie le siguiera, excepto Pedro, Santiago y Juan, el hermano de Santiago. Llegan a la casa del jefe de la Sinagoga, y ve el alboroto, y a los que lloraban y a las plañideras. Y al entrar, les dice:
—¿Por qué alborotáis y estáis llorando? La niña no ha muerto, sino que duerme.
Y se burlaban de él. Pero él, haciendo salir a todos, toma consigo al padre y a la madre de la niña y a los que le acompañaban, y entra donde estaba la niña. Y tomando la mano de la niña, le dice:
—Talitha qumi, que significa: “Niña, a ti te digo, levántate”
Y en seguida la niña se levantó y se puso a andar, pues tenía doce años. Y quedaron llenos de asombro. Les insistió mucho en que nadie lo supiera, y dijo que le dieran a ella de comer.


Las aguas del mar de Tiberíades estaban casi siempre en calma. A Ti, Señor, te gustaba ir de una orilla a la otra. Para ello utilizabas una pequeña barca. Te acompañaban tus discípulos. Muchos de ellos eran conocedores del mar y de sus aguas. Sabían manejar los remos y conocían cuándo el viento era favorable. Les gustaba la barca.

Llegaste a la otra orilla. Y allí descansabas junto al mar. Poco después una gran muchedumbre se congregó a tu alrededor. Te seguían porque te tenían aprecio; te seguían entusiasmados porque esperaban recibir gracias de Ti. ¡Aprendían tantas cosas a tu lado!

En esto, haciéndose hueco entre la gente, llegó hasta Ti un jefe de la Sinagoga, se llamaba Jairo. Se postró ante Ti y te suplicó con insistencia: Ven a mi casa, te necesito.

Tú, Señor, fuiste con él. Y la gente que te seguía, te apretujaba, casi no te dejaban andar. En este momento, una mujer enferma “vino por detrás” y “te tocó el manto”. Y “de repente se sintió curada”. Tú, Señor, lo notaste. Te volviste hacia la muchedumbre y preguntaste: ¿Quién me ha tocado la ropa? La mujer se asustó y confesó todo: yo he sido, Señor.

Entonces Tú dijiste a la mujer “Hija, tu fe te ha salvado. Vete en paz y queda curada de tu dolencia”. La mujer se fue contenta. Quiero pensar que aquella mujer fue ya para siempre una persona feliz.

En esto, llegaron noticias de la muerte de la hija de Jairo. Alguien le dijo, Jairo “no molestes ya al Maestro”. Pero Tú, Señor, dirigiéndote a él, dijiste: “No temas, Jairo, tan sólo ten fe”.

Y tomando consigo a Pedro, Santiago y Juan fuiste con él a su casa. De lejos se oían los llantos. Al entrar en la casa pediste calma y sosiego. Con tus tres discípulos y los padres entrasteis “donde estaba la niña”. Y dijiste a la niña: “Niña, a ti te digo, levántate”. Y se levantó. Y comenzó a andar. Era muy joven, apenas doce años.

La alegría fue enorme. Aunque Tú, Señor, insististe en que no se supiera. Sólo pediste que le dieran de comer a la niña.

¡Las aguas del lago seguían mansas y en aquella casa floreció la fe!

QUE DETALLE, SEÑOR, HAS TENIDO CONMIGO
http://www.youtube.com/watch?v=htSssuE0_b4

domingo, 30 de enero de 2011

CUARTA SEMANA DEL T. O.

LUNES
SAN MARCOS 5, 1-20

CON UN SOLO GOLPE DE CLIK
http://www.youtube.com/watch?v=JRFdJN4YqaM


Y llegaron a la orilla opuesta del mar, a la región de los gerasenos. Apenas salir de la barca, vino a su encuentro desde los sepulcros un hombre poseído por un espíritu impuro, que vivía en los sepulcros y nadie podía tenerlo sujeto ni siquiera con cadenas; porque había estado muchas veces atado con grilletes y cadenas, y había roto las cadenas y deshecho los grilletes, y nadie podía dominarlo. Y se pasaba las noches enteras y los días por los sepulcros y por los montes, gritando e hiriéndose con piedras. Al ver a Jesús desde lejos, corrió y se postró ante él; y, gritando con gran voz, dijo:
—¿Qué tengo que ver contigo, Jesús, Hijo de Dios Altísimo? ¡Te conjuro por Dios que no me atormentes! — porque le decía: ¡Sal, espíritu impuro, de este hombre!
Y le preguntó:
—¿Cuál es tu nombre?
Le contestó:
—Mi nombre es Legión, porque somos muchos.
Y le suplicaba con insistencia que no lo expulsara fuera de la región.
Había por allí junto al monte una gran piara de cerdos paciendo. Y le suplicaron:
—Envíanos a los cerdos, para que entremos en ellos.
Y se lo permitió. Salieron los espíritus impuros y entraron en los cerdos; y la piara, alrededor de dos mil, se lanzó corriendo por la pendiente hacia el mar, donde se iban ahogando. Los porqueros huyeron y lo conta-ron por la ciudad y por los campos. Y acudieron a ver qué había pasado. Llegaron junto a Jesús, y vieron al que había estado endemoniado —al que había tenido Legión— sentado, vestido y en su sano juicio; y les entró miedo. Los que lo habían presenciado les explicaron lo que había sucedido con el que había estado poseído por el demonio y con los cerdos. Y comenzaron a rogarle que se alejase de su región. En cuanto él subió a la barca, el que había estado endemoniado le suplicaba quedarse con él; pero no lo admitió, sino que le dijo:
—Vete a tu casa con “los tuyos” y anúnciales las grandes cosas que el Señor ha hecho contigo, y cómo ha tenido misericordia de ti.
Se fue y comenzó a proclamar en la Decápolis lo que Jesús había hecho con él. Y todos se admiraban.

Llegaste, Señor, acompañado de tus discípulos “a la orilla del lago, en la región de los Gerasenos”. La travesía había sido tran-quila. Habían surgido comentarios positivos sobre tus últimas enseñanzas, y los sueños futuros sobre tu empresa comenzaban, poco a poco, a abrirse camino.

Apenas habías desembarcado, Señor, te salió al paso un hombre poseído por un espíritu impuro. Luego supiste —es una forma de decir— que aquel hombre vivía en un cementerio cercano, entre las tumbas; que en ocasiones ni con cadenas le podían sujetar; que muchas veces se había soltado del cepo y de las cadenas con las que pretendían sujetarle; que tenía una fuerza enorme; que no había manera de “domarlo”; que se pasaba el día y la noche gritando en los montes; y que él mismo se hería con piedras.

Parece que aquel hombre te había visto de lejos. Y corrió como un loco hacia Ti y ante Ti se postró el infeliz sujeto. Y a grito pelado decía: “¿Qué tienes que ver conmigo Jesús, Hijo del Altísimo?” Pero también te pedía que lo curaras. Y Tú, Señor, ordenaste al espíritu malo que saliera de aquel hombre. Y él, como un poseso, gritaba cada vez más fuerte. Tú, entonces, le preguntaste por su nombre. Él respondió que “eran legión”. Y te rogaba encarecidamente les “echases a paseo”.

Había, por cierto, cerca de allí —te acuerdas, Señor—, una piara de cerdos. Y los espíritus querían ir a ellos. Y Tú se lo permitiste. Y los espíritus salieron como demonios y se metieron en los cerdos. Y los cerdos “como posesos” se lanzaron al lago; y aquellos animales, pesados y torpes como pocos, murieron ahogados. Los porqueros disgustados se fueron al pueblo y anunciaron lo ocurrido.

Y la gente vino asustada y curiosa enseguida. Y vieron al endemoniado, a tu lado, sentado, tranquilo, sereno. Y todos se llevaron las manos a la cabeza. Y algunos volvieron a contar las cosas ocurridas con todo detalle. Y te rogaron, Señor, que te fueras de sus contornos. Y el endemoniado quería ir contigo. Pero no se lo permitiste. Y Tú, Señor, te fuiste en la barca. Y al recién curado le ordenaste que se fuera a su casa y diera una alegría a los suyos y anunciase que Tú habías tenido gran misericordia con él.

Y aquel hombre, obediente y curado, comenzó a proclamar por la Decápolis lo ocurrido. Todos se admiraban. Y muchos, aturdidos, no pasaban a creerlo. Pero la evidencia les obligaba a aceptarlo. Sólo los porquerizos no quisieron que te quedaras allí. Temían desgracias mayores. Como si esto hubiera sido una desgracia.

Quédate, Señor, con nosotros, aunque se sequen las flores del jardín o las amapolas vuelen llevadas por los aires. Quédate con nosotros, aunque el huracán se lleve las viviendas y las aguas inunden nuestros campos. Quédate en mi pueblo, en mi barrio, en mi hogar, en mi alma. Y despide con tu fuerza los viejos demonios que anidan a nuestro alrededor. Nosotros, agradecidos procuraremos anunciar tu mensaje por todos los pueblos, por todas las ciudades, por todo el mundo.

sábado, 29 de enero de 2011

CUARTA SEMANA DEL T. O.

DOMINGO (A)
SAN MATEO 5, 1-12A





CON UN SOLO GOLPE DE CLIK
http://www.youtube.com/watch?v=N8C9QlfExtg

Al ver Jesús a las multitudes, subió al monte; se sentó y se le acercaron sus discípulos; y abriendo su boca les enseñaba diciendo:
—Bienaventurados los pobres de espíritu, porque suyo es el Reino de los Cielos.
»Bienaventurados los que lloran, porque serán consolados.
»Bienaventurados los mansos, porque heredarán la tierra.
»Bienaventurados los que tienen hambre y sed de justicia, porque quedarán saciados.
»Bienaventurados los misericordiosos, porque alcanzarán misericor-dia.
»Bienaventurados los limpios de corazón, porque verán a Dios.
»Bienaventurados los pacíficos, porque serán llamados hijos de Dios.
»Bienaventurados los que padecen persecución por la justicia, porque suyo es el Reino de los Cielos.
»Bienaventurados cuando os injurien, os persigan y, mintiendo, digan contra vosotros todo tipo de maldad por mi causa. Alegraos y regocijaos, porque vuestra recompensa será grande en el cielo: de la misma manera persiguieron a los profetas de antes de vosotros.

Señor, de nuevo te encontrabas rodeado de gente. Eran muchos los que te seguían y te escuchaban. Hablabas con autoridad y despertabas confianza. Al ver el gentío que se había aglomerado junto a Ti, subiste a la montaña. Y te sentaste en un lugar adecuado. A tu alrededor se colocaron tus discípulos. Un poco más distantes los demás. Y, con solemnidad y firmeza, comenzaste a presentar tu programa.

Allí, entre la gente, había pobres —Tú eras pobre— y dijiste que los pobres serían bienaventurados porque conseguirían el Reino de Dios. Allí había gente sufridora y con capacidad de aguante —Tú eras uno de ellos—; y dijiste que los que sufren heredarían la tierra. Allí había gente con lágrimas en los ojos —Tú también llorabas— y dijiste que alcanzarían la felicidad, que serían consolados.

Mientras hablabas, en toda aquella zona no se oía un susurro. A lo lejos, un labrador, en silencio, seguía detrás de su yunta; y algo más cerca, una buena mujer recogía leña para su hogar. El silencio era enorme. Ni siquiera el respirar de las gentes dañaba la paz del momento. El sol, desde arriba, contemplaba la escena con calor; y el viento aplaudía en silencio. Y desde el cielo, por una ventana abierta a la tierra, se oyó una voz que decía: “Este es mi Hijo, el bienaventurado, escuchadle”.

Allí había también gente con hambre de pan y de justicia —Tú eras el justo— y dijiste que aguantasen un poco, que muy pronto serían bienaventurados y serían saciados. Allí había gente misericordiosa —Tú eras misericordioso—; y les dijiste que al fin saltarí-an de gozo porque también ellos alcanzarían misericordia.

Allí estaban niños y niñas limpios de corazón —Tú eras siempre limpio—; y les dijiste que serían felices contemplando a Dios cara a cara, por siempre jamás. Allí había gente que trabajaba por la paz —Tú eras la paz—; y les dijiste que obtendrían el título de hijos de Dios. Allí había gente que era perseguida —Tú serías tam-bién perseguido—; y les dijiste que con el tiempo sí serían dueños y señores del Reino de los Cielos.

Dejaste de hablar, Señor y el silencio siguió presente. Y la emoción fue en aumento. Y la esperanza en crecida.

Al fin terminaste con estas palabras: Bienaventurados cuando os injurien, os persigan y, mintiendo, digan contra vosotros todo tipo de maldad por mi causa. Alegraos y regocijaos, porque vuestra recompensa será grande en el cielo.

Un aplauso inmenso y prolongado cerró este acto. Luego Tú, Señor, te fuiste a cumplir con tu programa y nosotros con el nuestro. Una cosa nos ha quedado clara: para ser felices y dichosos, debemos seguir tus pasos, cumplir tu programa.

viernes, 28 de enero de 2011

TERCERA SEMANA DEL T. O.

SÁBADO
SAN MARCOS 4, 35-41

CON UN SOLO GOLPE DE CLIK
http://www.youtube.com/watch?v=O2H_8d6o2HQ&feature=related

Aquel día, llegada la tarde, les dice:
—Crucemos a la otra orilla.
Y, despidiendo a la muchedumbre, le llevaron en la barca tal como estaba. Y le acompañaban otras barcas. Y se levantó una gran tempestad de viento, y las olas se echaban encima de la barca, hasta el punto de que la barca ya se inundaba. Él estaba en la popa durmiendo sobre un cabezal. Entonces le despiertan, y le dicen:
—Maestro, ¿no te importa que perezcamos?
Y puesto en pie, increpó al viento y dijo al mar:
—¡Calla, enmudece!
Y se calmó el viento, y sobrevino una gran calma. Entonces les dijo:
—¿Por qué os asustáis? ¿Todavía no tenéis fe?
Y se llenaron de gran temor, y se decían unos a otros:
—¿Quién es éste, que hasta el viento y el mar le obedecen?

Al atardecer, Señor, dijiste a tus discípulos: Vamos a la otra orilla. La otra orilla era el poder descansar un poco; el poder comentar algunas cosas juntos; el poder programar otras actividades; el poder estar a solas con cada uno de “los tuyos”. Esta orilla era la de las palabras, la de los apretujones, la de las curaciones, la de los milagros, también era la orilla de las críticas, de las envidias, de las zancadillas, de las traiciones.

Despidiéndote de la gente, subiste a la barca, sin recoger nada, como estabas. Tus discípulos, felices, remaron mar adentro; otras barcas os acompañaron. Y es muy probable que comenzaseis a entonar salmos o cánticos de travesía.

Pero de pronto, “se levantó un fuerte huracán y las olas rompían contra las barcas hasta casi llenarlas de agua”. Tal fue la tormenta, que la cosa comenzó a ser preocupante. Mientras, Tú, Señor, tras el duro quehacer del día y con el runrún de los remos y de las canciones, te habías quedado dormido sobre un almohadón.

Tan profundo era tu sueño que tuvieron que darte unos golpes para despertarte y Pedro, con su vozarrón de pescador curtido, te dijo: Maestro, ¿no te importa que perezcamos?

Y Tú, Señor, de un salto, te pusiste de pie. Poco después, increpando al viento dijiste al mar: silencio, enmudece: Y se calmó el viento, y sobrevino una gran calma. Todos quedaron tranquilos: los de los remos siguieron remando, y otros comenzaron a entonar nuevos salmos, esta vez de acción de gracias. Las barcas seguían camino de la otra orilla.

Luego, Tú, Señor, dijiste a los tuyos: “¿Por qué os asustáis? ¿Todavía no tenéis fe?”. Y todos, absolutamente todos, “se quedaron espantados, temblorosos, estupefactos”. Y se decían entre sí, entre la admiración y la congoja, es maravilloso; hasta las aguas y los vientos le obedecen.

Señor, también yo voy de camino hacia la otra orilla, hacia tu encuentro, y en la travesía que tengo que realizar se levantan vientos y zozobras. Aumenta mi fe, para que acuda a pedir tu ayuda. Aumenta mi fe, para que me convenza que Tú tienes poder para mandar al viento y a la tristeza; a las aguas y a las dudas.



jueves, 27 de enero de 2011

TERCERA SEMANA DEL T. O.

VIERNES
SAN MARCOS 4, 26-34

CON UN SOLO GOLPE DE CLIK
http://www.youtube.com/watch?v=3Xo4dD2OWtI
Y decía:
—El Reino de Dios viene a ser como un hombre que echa la semilla sobre la tierra, y, duerma o vele noche y día, la semilla nace y crece, sin que él sepa cómo. Porque la tierra produce fruto ella sola: primero hierba, después espiga, y por fin trigo maduro en la espiga. Y en cuanto está a punto el fruto, enseguida mete la hoz, porque ha llegado la siega.
Y decía:
—¿A qué se parecerá el Reino de Dios?, o ¿con qué parábola lo compararemos? Es como un grano de mostaza que, cuando se siembra en la tierra, es la más pequeña de todas las semillas que hay en la tierra; pero, una vez sembrado, crece y llega a hacerse mayor que todas las hortalizas, y echa ramas grandes, hasta el punto de que los pájaros del cielo puedan anidar bajo su sombra.
Y con muchas parábolas semejantes les anunciaba la palabra, conforme a lo que podían entender; y no les solía hablar nada sin parábolas. Pero a solas, les explicaba todo a sus discípulos.

Una vez más habías salido a predicar. La gente te seguía y te escuchaba. Tus palabras movían, pero, sobre todo, era tu conducta la que arrastraba. ¡Eran tantos los que te seguían! ¡Eran tantos los que accedían detrás de Ti! Y Tú, Señor, les decías: El Reino de Dios viene a ser como un hombre que echa simiente en la tierra.

Y seguías: el labrador siembra de día, por la noche duerme. Así un día y otro día. Y la semilla va creciendo; primero hacia abajo, después hacia arriba. Y el labrador ni se entera. Y sale el tallo y llega la espiga, y vine el granazón y la seca; tras la siega, los granos bailan en la era; después descansan en el granero más tarde, se hacen pan, alimento, fuerza.

Así es el Reino de los cielos: es como una pequeña semilla que el labrador divino deposita en el alma; primero crece, luego madura y al fin llega la cosecha: la felicidad eterna.

Señor, labrador amigo, siembra en mi vida la semilla de tu Re-ino, envía tu luz y tu sol, tu agua y tu fuerza, para que un día pueda recoger la cosecha de tu Reino.

Nos contaste también otras parábolas: la del grano de mostaza, pequeña semilla pero que con el tiempo se hace una hortaliza grande, de ramas tan crecidas que hasta los pájaros anidan en ellas.

El evangelista apunta que con estas y con parábolas semejantes anunciabas a las gentes tu palabra, conforme a lo que podían entender; luego, en privado, se las explicaba más a tus discípulos.

Señor, explícame, una y otra vez, tus parábolas.

miércoles, 26 de enero de 2011

TERCERA SEMANA DEL T. O.

JUEVES
SAN MARCOS 4, 21-25

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Y les decía:
—¿Acaso se enciende la lámpara para ponerla debajo del celemín o debajo de la cama? ¿No se pone sobre un candelero? Pues no hay cosa escondida que no vaya de saberse, ni secreto que no acabe por hacerse público. Si alguno tiene oídos para oír, que oiga.
Y les decía:
—Prestad atención a lo que oís. Con la medida con que midáis se os medirá y hasta se os dará de más. Porque al que tiene se le dará; y al que no tiene incluso lo que tiene se le quitará.

Te fijabas en todo, Señor. Conocías el brotar de las flores y el cambio del tiempo según qué viento soplase. Sabías qué era un arado y qué era un celemín. Sabías para qué servía una lámpara o cómo se cocía el pan, bien amasado, en el horno. Y en muchas ocasiones hablaste de estas cosas.

Hoy, del candil; de ese sencillo instrumento que sirve para alumbrar el espacio de una habitación o de una cocina, de su uso y de su sitio en la casa.

“El candil no se pone debajo del celemín o se mete debajo de la cama”. Debe ponerse en el candelero, en un lugar adecuado para que dé luz alrededor y se vea.

Y continuación, la aplicación. Nada hay oculto que no sea descubierto, y nada secreto que no sea puesto en claro. Es decir, si algo se hace en el silencio, no es para que allí se quede, sino para que se descubra, ayude, ilumine. Y si algo se hace a ocultas, tarde o temprano, debe salir a la luz, debe saberse.

Y después añadiste: el que lo quiera aplicar que lo aplique; el que tenga oídos para oír que oiga; es decir, el que haya entendido el ejemplo que lo tome en cuenta: claridad en las obras, responsabilidad en ellas.

Luego añadiste: “la medida que uséis con los otros la usarán con vosotros y con creces”. Con ello nos invitabas a ser generosos, misericordiosos, justos, fieles y a la vez nos advertías que así actuarían con nosotros.

Y terminaste con una sentencia desconcertante: Al que tiene se le dará; y al que no tiene incluso lo que tiene se le quitará, es decir, quien corresponde a la gracia se le dará más gracia todavía y abundará cada vez más; pero el que no hace fructificar la gracia recibida quedará cada vez más empobrecido”.

martes, 25 de enero de 2011

TERCERA SEMANA DEL T. O.

MIÉRCOLES SAN MARCOS 4, 1-20

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De nuevo comenzó a enseñar al lado del mar. Y se reunió junto a él una muchedumbre tan grande, que tuvo que subir a sentarse en una barca, en el mar; mientras toda la muchedumbre permanecía en tierra, a la orilla. Les explicaba con parábolas muchas cosas, y les decía en su enseñanza:
—Escuchad: salió el sembrador a sembrar. Y ocurrió que, al echar la semilla, parte cayó junto al camino, y vinieron los pájaros y se la comieron. Parte cayó en terreno pedregoso, donde no había mucha tierra, y brotó pronto, por no ser hondo el suelo; pero cuando salió el sol se agostó, y se secó porque no tenía raíz. Otra parte cayó entre espinos, crecieron los espinos y la ahogaron, y no dio fruto. Y otra cayó en tierra buena, y comenzó a dar fruto: crecía y se desarrollaba; y producía el treinta por uno, el sesenta por uno y el ciento por uno.
Y decía:
—El que tenga oídos para oír, que oiga.
Y cuando se quedó solo, los que le acompañaban junto con los doce le preguntaron por el significado de las parábolas.
Y les decía:
—A vosotros se os ha concedido el misterio del Reino de Dios; en cambio, a los que están fuera todo se les anuncia con parábolas, de modo que los que miran miren y no vean, y los que oyen oigan pero no entiendan, no sea que se conviertan y se les perdone.
Y les dice:
—¿No entendéis esta parábola? ¿Y cómo podréis entender las demás parábolas? El que siembra, siembra la palabra. Los que están junto al camino donde se siembra la palabra son aquellos que, aun cuando la oyen, al instante viene Satanás y lleva la palabra sembrada en ellos. Los que reciben la semilla sobre terreno pedregoso son aquellos que, cuando oyen la palabra, al momento la reciben con alegría, pero no tienen en sí raíz, sino que son inconstantes; y después, al venir una tribulación o persecución por causa de la palabra, enseguida tropiezan y caen. Hay otros que reciben la semilla entre espinos: son aquellos que han oído la palabra, pero las preocupaciones de este mundo, la seducción de las riquezas y los apetitos de las demás cosas les asedian, ahogan la palabra y queda estéril. Y los que han recibido la semilla sobre la tierra buena son aquellos que oyen la palabra, la reciben y dan fruto: el treinta por uno, el se-senta por uno y el ciento por uno.


Otra vez junto al lago. Tú, Señor, sentado sobre una tosca madera. Tus discípulos, atentos, colocados a tu alrededor. Así permanecisteis durante un tiempo. Poco después, un gentío enorme acudió hasta allí. Tantos que tuviste que subir a una barca. Tomaste asiento y comenzaste a hablar. La gente te escuchaba desde la ori-lla. Hablaste mucho tiempo. Y lo hacías, como a Ti te gustaba, a través de parábolas.

Un sembrador —decías— salió a sembrar sus campos. Y sin pretenderlo, algo de la simiente cayó al borde del camino; pronto lo comieron los pájaros: otro poco cayó entre piedras, donde había poca tierra; la semilla brotó pero el sol la abrasó enseguida; otro poco cayó entre zarzas y no hubo manera de que creciera; lo demás cayó en tierra buena, y nació y creció y dio grano. Aunque no todo por igual; parte, treinta, parte, sesenta, parte, el ciento por uno. Hasta aquí la parábola.

Más tarde, cuando Tú, Señor, estabas con tus discípulos, éstos te preguntaron por el sentido de esta parábola. Y Tú les dijiste que sí, que lo harías, que eran unos privilegiados, y que habían sido escogidos para hacer cosas grandes. Y comenzaste a explicar: la semilla es igual a la palabra: el borde del camino, las piedras, las zarzas, tierra mala; lo demás tierra buena. Lo mismo que la simiente, la palabra actúa de distinta manera en cada persona. ¿Entendido?

Sembrador divino enséñanos tus parábolas.





lunes, 24 de enero de 2011

TERCERA SEMANA DEL T. O.

MARTES
SAN MARCOS 3, 31-35

CON UN SOLO GOLPE DE CLIK http://www.vatican.va/

Vinieron su madre y sus hermanos y, quedándose fuera, enviaron a llamarlo. Y estaba sentada a su alrededor una muchedumbre, y le dicen:
—Mira, tu madre, tus hermanos y tus hermanas te buscan fuera.
Y, en respuesta, les dice:
—¿Quién es mi madre y quiénes mis hermanos?
Y mirando a los que estaban sentados a su alrededor, dice:
—Ved aquí a mi madre y a mis hermanos: quien hace la voluntad de Dios, ése es mi hermano, mi hermana y mi madre.

Parte de tu mañana, Señor, había transcurrido, a buen seguro, en oración silenciosa. Ahora el día estaba soleado. Invitaba a salir y a caminar. Algunos te siguieron. Otros fueron llegando poco a poco. Tu Madre y tus hermanos, gente de tu familia, llegaron hasta Ti. Pero no se acercaron del todo hacia donde Tú estabas, sino que se quedaron un tanto apartados. Tú, Señor, sentado, resolvías alguna cuestión planteada, contabas alguna parábola, respondías preguntas concretas.

En esto, alguien, de modo que todos lo oyeran, llegó hasta Ti y te comunicó: tu madre y otros parientes, te buscaban. Y Tú, sin más, respondiste: ¿quién es mi madre y quiénes son mis hermanos?

Tú bien lo sabías. Y lo sabían también tus vecinos y parientes; y lo sabían otras gentes de tu entorno; y lo conocían tus discípulos. Por eso, aunque la respuesta que Tú diste fuera desconcertante: quien hace la voluntad de Dios, ése es mi hermano, mi hermana y mi madre, nadie se extrañó. Todos entendieron que por encima de la sangre estaba el espíritu; que por encima de los lazos familiares estaban los lazos del amor.

“La escena aquí relatada señala una característica primordial del cristiano: el cumplimiento de la voluntad de Dios supone un paren-tesco con Cristo más estrecho que el parentesco natural de la sangre” .

La tarde iba avanzando. Tú, Señor, seguías en tu tarea de enseñar a los hombres el camino del cielo. ¡Qué ratos más agradables los pasados en tu compañía!

Tu Madre y tus hermanos volvieron a sus quehaceres, a sus ca-sas.

domingo, 23 de enero de 2011

TERCERA SEMANA DEL T. O.

LUNES
SAN MARCOS 3, 22-30

CON UN SOLO GOLPE DE CLIK
http://www.youtube.com/watch?v=ke3mWi2rEXQ


Y los escribas que habían bajado de Jerusalén decían:
—Tiene a Beelzebul, y expulsa los demonios por el príncipe de los demonios.
Y convocándolos les decía con parábolas:
—¿Cómo puede Satanás expulsar a Satanás? Si un reino está dividido en su interior, ese reino no puede mantenerse; y si una casa está dividida en su interior, esa casa no podrá mantenerse. Y si Satanás se levanta contra sí mismo, entonces se encuentra dividido y no puede mantenerse en pie, sino que ha llegado su fin. Pues nadie puede entrar en la casa de uno que es fuerte y arrebatarle sus bienes, si antes no ata al que es fuerte. Sólo entonces podrá arrebatarle su casa.
En verdad os digo que todo se perdonará a los hijos de los hombres: los pecados y cuantas blasfemias profieran; pero el que blasfeme contra el Espíritu Santo jamás tendrá perdón, sino que será reo de delito eterno.
Porque ellos decían:
—Tiene un espíritu impuro.

Hay cosas —cuando nos las cuentan o leemos— que parecen increíbles. En realidad, por más que las escuchemos o leamos, no acabamos de creerlas, de entenderlas. Nos parece imposible que hayan ocurrido, y sin embargo, han ocurrido, han sido realidad y siguen siendo verdad.

Una de esas cosas, Señor, es la que hoy leemos en San Marcos. Aquellos escribas, procedentes de Jerusalén, decían, que tenías a Beelzebul, que expulsabas los demonios por el poder del príncipe de los demonios. ¡Qué barbaridad! ¡Qué falta de sentido común y religioso!

Pero Tú, Señor, no te callaste. Les hablaste en parábolas, pero con claridad. Esta vez a todos juntos. La iniciativa fue tuya. Les convocaste y comenzaste a hablar. Y les hablaste de reinos y de casas, de grupos y de eficacia. Un reino dividido —dijiste— se acaba; una casa dividida se arruina, un grupo dividido, se muere.

Era de sentido común. Era evidente. Pero aquellos escribas no quisieron entenderlo. Se habían cerrado totalmente. No había posibilidad de introducir un rayo de luz en aquel sótano oscuro. Una vez más, se ponía de manifiesto que no hay peor ciego que el que no quiere ver, ni peor sordo, que el que no quiere oír; ni peor pecador que el que se cierra a la gracia.

Poco después decías: En verdad os digo que todo se les perdonará a los hijos de los hombres: los pecados y cuantas blasfemias profieran; pero el que blasfeme contra el Espíritu Santo, jamás tendrá perdón, sino que será reo del delito eterno.

Y ¡oh misterio de la gracia! ellos tras oír estas atinadas matizaciones, decían: tiene un espíritu impuro.

Haz, Señor, que nunca nos cerremos al conocimiento de tu verdad; que siempre estemos abiertos a tu perdón, a tu amor, a tu gracia.

sábado, 22 de enero de 2011

TERCERA SEMANA DEL T. O.

DOMINGO (A)
SAN MATEO 4, 12-23



CON UN SOLO GOLPE DE CLIK
http://www.youtube.com/watch?v=i6MW0WmMUmg


Cuando oyó que Juan había sido encarcelado, se retiró a Galilea.
Y dejando Nazaret se fue a vivir a Cafarnaún, ciudad marítima, en los confines de Zabulón y Neftalí, para que se cumpliera lo dicho por medio del profeta Isaías:
Tierra de Zabulón y tierra de Neftalí
en el camino del mar, al otro lado del Jordán,
la Galilea de los gentiles
el pueblo que yacía en tinieblas
ha visto una gran luz;
para los que yacían en región y sombra de muerte
una luz ha amanecido.
Desde entonces comenzó Jesús a predicar y a decir:
—Convertíos, porque está al llegar el Reino de los Cielos.
Mientras caminaba junto al mar de Galilea vio a dos hermanos, Simón el llamado Pedro y Andrés su hermano, que echaban la red al mar, pues eran pescadores. Y les dijo:
—Seguidme y os haré pescadores de hombres.
Ellos, al momento, dejaron las redes y le siguieron. Pasando adelante, vio a otros dos hermanos, Santiago el de Zebedeo y Juan su hermano, que estaban en la barca con su padre Zebedeo remendando sus redes; y los llamó. Ellos, al momento, dejaron la barca y a su padre, y le siguieron. Recorría Jesús toda la Galilea enseñando en las Sinagogas, predicando el Evangelio del Reino y curando toda enfermedad y dolencia del pueblo.
Su fama se extendió por toda Siria; y le traían a todos los que se sentían mal, aquejados de diversas enfermedades y dolores, a los endemoniados lunáticos y paralíticos, y los curaba. Y le seguían grandes multitudes de Galilea, Decápolis, Jerusalén, Judea y del otro lado del Jordán.

Tú, Señor, como hombre de tu tiempo y de tu tierra, conocías los acontecimientos de tu pueblo. Estabas al tanto del acontecer de cada día. Hasta Ti llegaban las últimas noticias políticas y religiosas de sus gentes. Y de ellas te servías para tu actuación diaria.

Quizás por eso, cuando oíste que tu primo Juan el Bautista “había sido encarcelado, te retiraste a Galilea”. Todavía no había llegado tu hora. Aún tenías que realizar entre los tuyos muchas cosas. Por eso, dejando Nazaret, donde descansabas, te fuiste “a vivir a Cafarnaún”.

Era Cafarnaún una ciudad marítima, en los confines de Zabulón y Neftalí. Situada en la ruta de Damasco a Jerusalén, junto a la via maris, que enlazaba Mesopotamia con Egipto. En esta ciudad, Señor —nos cuentan tus evangelistas— realizaste muchas curaciones. Fue Cafarnaún un lugar clave en muchos de tus hechos y de muchos de tus dichos.

Esta tierra, Señor, que en tiempos de Isaías “estaba desbastada y maltratada, a la que habían sido llevados grupos de poblaciones extranjeras para colonizarla”, fue la primera en recibir tu luz salvadora, la primera en recibir tu predicación mesiánica.

De este modo, según luego escribió San Juan, se cumplieron las profecías: Cafarnaún, “tierra de Zabulón y tierra de Neftalí, en el camino del mar, al otro lado del Jordán, la Galilea de los gentiles, el pueblo que yacía en tinieblas, ha visto una gran luz (...), una gran luz ha amanecido sobre ti”.

Y desde entonces, Señor, comenzaste “a predicar y a decir convertíos porque está al llegar el Reino de los Cielos”.

Tú, Señor, lo sabes todo, Tú sabes que te quiero.