domingo, 19 de septiembre de 2010

LÁMPARA/LUZ
VIGÉSIMA QUINTA SEMANA DEL T. O.
LUNES SAN LUCAS 8, 16-18

CON UN SOLO GOLPE DE CLIK http://www.youtube.com/watch?v=XWz21hqfnOA&feature=player_embedded#!

»Nadie que ha encendido una lámpara la oculta con una vasija o la pone debajo de la cama, sino que la coloca sobre un candelero para que los que entran vean la luz. Porque nada hay escondido que no acabe por saberse; ni secreto que no acabe por conocerse y hacerse público. Mirad, pues, cómo oís: porque al que tiene se le dará; y al que no tiene incluso lo que piensa tener se le quitará.

Señor, te servías para tu predicación y para tu enseñanza, de las cosas de la vida ordinaria, de las labores del campo, de las faenas de los pescadores. Todo te era conocido y de todo sacabas alguna lección. En ocasiones las comparaciones que usabas parecían espontáneas, otras veces eran más pensadas, más elaboradas.

En esta circunstancia nos hablas de lámparas y de sus utilidades. Cuántas veces habrías visto poner la lámpara encendida en un lugar visible, alto, para que diera luz a todos los de casa; para que vieran los de dentro y los que llegaban de fuera. Quizás tu madre, Señor, o tu padre adoptivo, te habían dicho: Jesús, la luz es para alumbrar, para darla a conocer, no para ocultarla.

Ahora, Tú nos recuerdas las buenas obras. Hay que mostrarlas, hay que enseñarlas. No se pueden, no se deben ocultar. Al fin, todo ha de saberse, todo ha de ser conocido. Nada habrá que no acabe por conocerse. Merece la pena vivir la claridad, la honradez, la apertura, la trasparencia.

Y dijiste también: al que tiene se le dará y al que no tiene incluso lo que piensa tener se le quitará.

Después de reflexionar un rato, esta es mi interpretación: al que tiene luz y la regala, la entrega, la ofrece, se le aumenta la luz en los demás; al que no tiene luz, es decir, no la ofrece, no la entrega, no la regala, la luz que tiene se le acaba, se le agota.

Señor, Tú, además de predicar das la luz y la entregas, ayúdanos a ser luces entregadas, serviciales, útiles. Y que, gracias a las luces entregadas, ofrecidas, regaladas, crezca la luz en el mundo y en las almas.

sábado, 18 de septiembre de 2010

ADMINISTRADOR INFIEL
DOMINGO XXV DEL TIEMPO ORDINARIO
EVANGELIO SEGÚN
SAN LUCAS 16, 1-13


CON UN SOLO GOLPE DE CLIK
http://www.youtube.com/watch?v=XWz21hqfnOA&feature=player_embedded#!


En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos:
Un hombre rico tenía un administrador, y le llegó la denuncia de que derrochaba sus bienes. Entonces lo llamó y le dijo: "¿Qué es eso que me cuentan de ti? Entrégame el balance de tu gestión, porque quedas despedido. El administrador se puso a echar sus cálculos: ¿Qué voy a hacer ahora que mi amo me quita el empleo? Para cavar no tengo fuerzas; mendigar me da vergüenza. Ya sé lo que voy a hacer para que, cuando me echen de la administración, encuentre quien me reciba en su casa. Fue llamando uno a uno a los deudores de su amo y dijo al primero: ¿Cuánto debes a mi amo? Éste respondió: Cien barriles de aceite. Él le dijo: Aquí está tu recibo; aprisa, siéntate y escribe cincuenta. Luego dijo a otro: Y tú, ¿cuánto debes" Él contestó: Cien fanegas de trigo. Le dijo: Aquí está tu recibo, escribe ochenta. Y el amo felicitó al administrador injusto, por la astucia con que había procedido. Ciertamente, los hijos de este mundo son más astutos con su gente que los hijos de la luz.
Y yo os digo: ganaos amigos con el dinero injusto, para que, cuando os falte, os reciban en las moradas eternas. El que es de fiar en lo menudo también en lo importante es de fiar; el que no es honrado en lo menudo tampoco en lo importante es honrado. Si no fuisteis de fiar en el vil dinero, ¿quién os confiará lo que vale de veras? Si no fuisteis de fiar en lo ajeno, ¿lo vuestro, quién os lo dará? Ningún siervo puede servir a dos amos, porque, o bien aborrecerá a uno y amará al otro, o bien se dedicará al primero y no hará caso del segundo. No podéis servir a Dios y al dinero.

El Evangelio de hoy nos refiere el comportamiento de un administrador infiel, que emplea todo su ingenio, su astucia –hasta a hacer algo inmoral- para resolver su problema: el seguro despedido de su trabajo.

Jesús –nos dice el texto sagrado-, da por supuesto lo inmoral de la conducta de aquel administrador, pero reconoce al mismo tiempo la eficacia de su actuación, la inteligencia de la que hizo gala para salir de su apurada y compleja situación: el despido.

Y compara Jesús, además, esa manera astuta y granuja de proceder de aquel administrador, con la forma de proceder y actuar de los que se consideran formales, buenos administradores.

Y, tras este juicio laudatorio, concluye el Señor con una sentencia que a primera vista nos deja un poco asombrados: “los hijos de las tinieblas son más astutos en sus asuntos que los hijos de la luz en los suyos”.

Y eso que –sigue diciendo el Señor- lo que persiguen los primeros son sólo unos bienes caducos; mientras que lo que obtienen los hijos de Dios son bienes eternos.

A lo largo de nuestra vida –conviene que reflexionemos hoy-todos vamos recibiendo de Dios bienes de diferentes clases: materiales y espirituales; todos vamos disponiendo de meses y de años, de horas, de minutos.

Son dones, regalos que Dios nos concede para que los negociemos, para que los aprovechemos en orden a nuestro beneficio y al de los demás.

Y de todos y cada uno de esos bienes, hemos de rendir cuentas ante el Señor, hemos de entregar un balance de nuestra actuación. Y una cosa es cierta, según sea el resultado, así será la sentencia que el Juez supremo dicte en aquel día definitivo.

Hemos de poner, por lo tanto, más empeño y más cuidado en nuestra vida de cristianos; hemos de estar dispuestos a hacer cuantos sacrificios sean precisos por lograr mayor amor a Dios, mayor amor a los hermanos; hemos de tener siempre presente que nosotros esperamos no una felicidad pasajera, aparente, sino una felicidad que no termina nunca: la poseisón de la vida eterna, del cielo.

El pasaje evangélico que acabamos de proclamar termina con una sentencia de enorme valor práctico: “quien es fiel en lo poco, también lo será en lo mucho”.

Se subraya así la importancia de las cosas pequeñas, lo decisivo que es ser cuidadoso en los detalles, en orden a conseguir la perfección en las cosas importantes.

Es cierto que para hacer bien las cosas pequeñas es preciso a veces el heroísmo, constancia, rectitud de intención, amor a Dios en todo. Pero sólo así agradaremos al Señor y nos mantendremos siempre encendidos, prontos y decididos a cumplir el querer divino y recibiremos al final el abrazo de Dios como premio.

viernes, 17 de septiembre de 2010

EL SEMBRADOR
VIGÉSIMA CUARTA SEMANA DEL T. O.

SÁBADO
SAN LUCAS 8, 4-15

CON UN SOLO GOLPE DE CLIK http://unav.es/

Reuniéndose una gran muchedumbre que de todas las ciudades acudía a él, dijo esta parábola:
—Salió el sembrador a sembrar su semilla; y al echar la semilla, par-te cayó junto al camino, y fue pisoteada y se la comieron las aves del cielo; parte cayó sobre piedras, y cuando nació se secó por falta de humedad. Otra parte cayó en medio de las espinas y habiendo crecido con ella las espinas la ahogaron. Y otra cayó en la tierra buena, y cuando nació dio fruto al ciento por uno.
Dicho esto, exclamó:
—El que tenga oídos para oír, que oiga.
Entonces sus discípulos le preguntaron qué significaba esta parábola. Él les dijo:
—A vosotros se os ha concedido conocer los misterios del Reino de Dios; pero a los demás, sólo a través de parábolas, de modo que viendo no vean y oyendo no entiendan.
»El sentido de la parábola es éste: la semilla es la palabra de Dios. Los que están junto al camino son aquellos que han oído; pero viene luego el diablo y se lleva la palabra de su corazón, no sea que creyendo se salven. Los que están sobre piedras son aquellos que, cuando oyen, reciben la palabra con alegría, pero no tienen raíz; estos creen durante algún tiempo, pero a la hora de la tentación se vuelven atrás. La que cayó entre espinos son los que oyeron, pero en su caminar se ahogan a causa de las preocupaciones, riquezas y placeres de la vida y no llegan a dar fruto. Y lo que cayó en tierra buena son los que oyen la palabra con un corazón bueno y generoso, la conservan y dan fruto mediante la perseverancia.

Unos a otros se habían comunicado que de nuevo salías a predicar. Muchos durante la mañana se dirigieron hacia donde Tú estabas. A media tarde, se había reunido junto a Ti una gran muchedumbre. Llegaban de todas las ciudades de Palestina. El tiempo otoñal, apacible y sereno, facilitaba la marcha. En los campos cercanos hombres y mujeres realizaban, con paciencia y esfuerzo, distintas faenas agrícolas.

Tú, Señor, como en otros momentos, escogiste un sitio elevado para que mejor te oyeran. Quizás estabas sentado sobre una piedra o una lisa madera. A tu alrededor sentados también, pero en el suelo, se encontrarían tus Apóstoles y otras muchas personas. Al fin se hizo el silencio. Sólo se oían los cantos de las aves, y el grito de algún labrador cercano. Entonces Tú, Señor, con solemnidad, con calma y con extraordinaria elegancia, comenzaste a narrar la parábola del sembrador.

Describiste, con primor y finura, la figura del sembrador; el arte de la siembra y sus consecuencias: señalaste, como gran conocedor de las faenas agrícolas, los lugares donde cayó la simiente: parte en el camino, otro poco entre piedras, algo entre espinas, y la mayor parte en tierra buena. Y cerraste la parábola con esta sentencia: lo habéis oído, ahora se trata de cumplirlo.

Alguien cercano a Ti, pidió que les explicaras un poco más la parábola. Y Tú, Señor, lo hiciste. Hablaste qué significaba cada parte.

jueves, 16 de septiembre de 2010


LOS DOCE APOSTOLES

VIGÉSIMA CUARTA SEMANA DEL T. O.
VIERNES
SAN LUCAS 8, 1-3

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Sucedió, después, que él pasaba por ciudades y aldeas predicando y anunciando el Evangelio del Reino de Dios. Le acompañaban los doce y algunas mujeres que habían sido libradas de espíritus malignos y de enfermedades: María, llamada Magdalena, de la que habían salido siete demonios; y Juana, mujer de Cusa, administrador de Herodes; y Susana, y otras muchas que le asistían con sus bienes.

Te habías propuesto, Señor, predicar tu mensaje y anunciar el Evangelio, por ciudades y aldeas, y lo estabas consiguiendo. Mucho trabajo, muchos viajes, muchas palabras y escaso descanso, breve quietud y cortos silencios. Parece te urgía el tiempo y el cumplimiento de la voluntad de Dios. Para eso habías venido y en ello estabas.

Te acompañaban los doce. A todos los conocías. Les habías llamado por sus nombres. Y ellos, con sus peculiaridades, te habían seguido. Y contigo caminaban contentos. Poco a poco se iban enterando de tu misión y de tus proyectos. A veces, metían la pata, pero siempre su corazón estaba entregado.

También te acompañaban algunas mujeres. Mujeres que habían sido curadas por Ti, en cuerpo o en su espíritu. Se ve que te estaban profundamente agradecidas. Iba contigo, desde aquel día de autos, María Magdalena. Iba también Juana, mujer de Cusa; era este Cusa administrador de Herodes; iba también Susana, y otras muchas —no sé cuántas— que te asistían y ayudaban con sus bienes.

Hoy te pedimos, Señor, que nos dejes ir contigo también a nosotros. Y así sabremos contar a los que vengan después cómo se pasaba una jornada a tu lado. Seguro tienes sitio para todos, basta que te asistamos y te ayudemos con nuestros bienes, como aquellas mujeres.

miércoles, 15 de septiembre de 2010

JESUS Y MARIA MAGDALENA
VIGÉSIMA CUARTA SEMANA DEL T. O.

JUEVES
SAN LUCAS 7, 36-50

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Uno de los fariseos le rogaba que comiera con él; y entrando en casa del fariseo se recostó a la mesa. Y entonces una mujer pecadora que había en la ciudad, al enterarse que estaba sentado en la mesa en casa del fariseo, llevó un vaso de alabastro con perfume, y por detrás se puso a sus pies llorando; y comenzó a bañarle los pies con sus lágrimas, y los enjugaba con sus cabellos, los besaba y los ungía con el perfume.
Al ver esto el fariseo que le había invitado, se decía:
—Si éste fuera profeta, sabría con certeza quién y qué clase de mujer es la que le toca: que es una pecadora.
Jesús tomó la palabra y dijo:
—Simón, tengo que decirte una cosa.
Y él contestó:
—Maestro, di.
Un prestamista tenía dos deudores: el uno le debía quinientos denarios y otro cincuenta. Como ellos no tenían con qué pagar, se lo perdonó a los dos. ¿Cuál de ellos le amará más?
Simón contestó:
—Supongo que aquel a quien perdonó más.
Entonces Jesús le dijo:
—Haz juzgado con rectitud.
Y vuelto hacia la mujer, le dijo a Simón:
—¿Ves a esta mujer? Entré en tu casa y no me diste agua para los pies. Ella en cambio ha bañado mis pies con sus lágrimas y los ha enjugado con sus cabellos. No me diste el beso. Pero ella, desde que entré no ha dejado de besar mis pies. No has ungido mi cabeza con aceite. Ella en cambio ha ungido mis pies con perfume. Por eso te digo: le son perdonados sus muchos pecados, porque ha amado mucho. Aquel a quien menos se perdona menos ama.
Entonces le dijo a ella:
—Tus pecados quedan perdonados.
Y los convidados comenzaron a decir entre sí:
—¿Quién es éste que hasta perdona los pecados?
Él le dijo a la mujer:
—Tu fe te ha salvado; vete en paz.

Todo el mundo sabía, Señor, que tenías muchos amigos. Algunos, gente sencilla y cumplidora, otros fariseos señalados. Un día uno de éstos últimos te invitó a su casa a comer con él. ¡Lo recordarás, Señor, porque lo que ocurrió en aquel banquete fue muy comentado en la ciudad! ¡Llamó mucho la atención!

Lo de aquella mujer pecadora, que entró en la sala, se puso a tus pies —pues comíais al estilo romano recostados sobre un diván— abrió un frasco con alabastro y mientras lloraba, como una “magdalena”, derramó el perfume sobre tus pies a la vez que los enjugaba con sus cabellos y los besaba con unción. La gente en aquel instante quedó de una pieza; en la sala se hizo un gran silencio, todo el mundo se extrañó del hecho.

Y aunque nadie, en aquel momento, dijo nada, sí lo pensaba. En concreto, el fariseo que te había invitado pensaba para sus “adentros” que si de verdad eras un profeta, como se decía, deberías conocer quién y qué clase de mujer era aquella que estaba allí detrás, a tus pies; todos sabían que era una pecadora.

Entones, Tú, Señor, quizás puesto de pie, te dirigiste al fariseo y le dijiste: Simón, ¿me escuchas? Él dijo: Sí. Entonces con enorme paz le presentaste un caso de deudores y acreedores, de perdones y de arreglos. Y al final preguntaste: ¿Qué? Simón, ¿quién amó más? Y él: a quien más se le perdonó, porque al que más se le persona más ama.

Y Tú: has juzgado con rectitud. Y, vuelto, seguiste diciendo a Simón cosas importantes. Y a ella, a la mujer, le dijiste: estás perdonada. Y los convidados comenzaron a moverse en sus asientos y a decir: ¿Quién es éste que hasta perdona los pecados? Y Tú: mirando a la mujer le dijiste: Tu fe te ha salvado; vete en paz.

martes, 14 de septiembre de 2010

SEMANA DEL T. O.

MIÉRCOLES
SAN LUCAS 7, 31-35

CON UN SOLO GOLPE DE CLIK http://www.vatican.va/

Así pues, ¿con quién voy a comparar a los hombres de esta generación? ¿A quién se parecen? Se parecen a los niños sentados en la plaza y que se gritan unos a otros aquello que dice: Hemos tocado para vosotros la flauta y no habéis bailado; hemos cantado lamentaciones y no habéis llorado». »Porque viene Juan el Bautista, que no come pan ni bebe vino, y decís: “Tiene un demonio”. Viene el Hijo del Hombre, que come y bebe, y decís: “Fijaos: un hombre comilón y bebedor, amigo de publicanos y de pecadores. Pero la sabiduría queda acreditada por todos sus hijos.

La plaza de los pueblos era el lugar de reuniones. Allí acudían a comprar, a vender, a realizar contratos; o simplemente a charlar o a pasar un momento de descanso. Por la plaza transitaban los animales cuando iban a abrevar o pasaban hacia los campos de trabajo. Hasta los perros la cruzaban en miles de ocasiones. Pero los más estables eran los niños. Allí iban a divertirse en sus juegos, a correr por sus rincones, a charlar con los amigos.

En tus tiempos, Señor, existía una costumbre que Tú mismo recoges en un momento de tu predicación. Se trataba de aquel juego de niños en el que unos tocaban la flauta, mientras otros bailaban al compás de la música. En efecto, los niños cantaban lamentaciones y entonces el resto lloraba sumido en la tristeza.

Pero a veces, —así es el ser humano— ante la alegría de unos, los demás no reaccionaban; y ante el dolor de otros, los unos permanecían apáticos. Es la señal del espíritu de contradicción que anida en el hombre.

La escena de los niños en la plaza que Tú, Señor, citas para hacer una comparación entre la generación anterior y la de tu tiempo, es posible que correspondiese a una escena vista por Ti en alguna ocasión, o, acaso, en el aquel mismo momento veías un grupo de niños “sentados en la plaza, gritándose unos a otros”.

En cualquier caso, es una comparación que transmite un mensaje: a Juan el Bautista que “no comía pan ni bebía vino” le tildaron de endemoniado; y a Ti, Señor, que comías y bebías, te acusaban de “comilón y bebedor, amigo de publicanos y pecadores”. Era lo mismo que les ocurría a aquellos niños en la plaza: ofrecen alegría y responden con el silencio; transmiten dolor y la réplica es la indiferencia.

Con esta comparación tan plástica, enseñabas que lo mismo que el mensaje de Juan Bautista, no fue acogido por los fariseos ni por los doctores de la Ley, sino que fue acogido por el pueblo y por los publicanos, otro tanto iba a ocurrir con tu propio mensaje de salvación que sería acogido por estos últimos.

¡Igual que los niños de la plaza!

lunes, 13 de septiembre de 2010

A LAS AFUERAS DE NAIN
VIGÉSIMA CUARTA SEMANA DEL T. O.

MARTES
SAN LUCAS 7, 11-17

CON UN SOLO GOLPE DE CLIK http://www.vatican.va/

Después marchó a una ciudad llamada Naín, e iban con él sus discípulos y una gran muchedumbre. Al acercarse a la puerta de la ciudad, he aquí que llevaban a enterrar un difunto, hijo único de su madre, que era viuda. Y la acompañaba una gran muchedumbre de la ciudad. El Señor la vio y se compadeció de ella. Y le dijo:
—No llores.
Se acercó y tocó el féretro. Los que lo llevaban se detuvieron. Y dijo:
—Muchacho, a ti te digo, levántate.
Y el que estaba muerto se incorporó y comenzó a hablar. Y se lo entregó a su madre. Y se llenaron todos de temor y glorificaban a Dios diciendo:
—Un gran profeta ha surgido entre nosotros, y Dios ha visitado a su pueblo.
Esta opinión sobre él se divulgó por toda la Judea y por todas las regiones vecinas.

Habías salido de Nazaret a predicar la Buena Noticia. Caminabas de ciudad en ciudad. Primero a las ciudades de Israel, después a otras de otros pueblos. Te dirigías a Naín. Te acompañaban, como era costumbre, tus discípulos y una gran muchedumbre. Era esta, por entonces, una estampa habitual en los campos de Palestina: Tú el Maestro; a tu lado, tus discípulos y más atrás, las gentes.

Cuando estabais próximos a las puertas de la ciudad, os tropezasteis con un grupo de personas que salía de ella. Se trataba de una marcha fúnebre. Llevaban a enterrar a un joven, hijo único. En primera fila iba la madre, triste, afligida. Más atrás, le acompañaban “una gran muchedumbre”. Llanto y dolor, lágrimas y desconsuelo en los ojos de todos, especialmente en los ojos de la madre que, además, era viuda.

Tú, Señor, le viste enseguida y te compadeciste de ella. Te acercaste a su lado y en voz baja le dijiste: “no llores”. Ella no dijo nada. Siguió llorando. Aunque su llorar estuviera mezclado con un gozo extraño que entonces no acertaba a explicar. Luego, Señor, te acercaste al féretro y pusiste ligeramente la mano sobre él”. Los que lo llevaban se detuvieron”. Luego Tú, Señor, mirando al difunto, dijiste: “Muchacho, a ti te digo, levántate”.

Se hizo un silencio profundo. A todos les pareció eterno, aunque apenas duró unos instantes. El que “estaba muerto se incorporó y comenzó a hablar”. Y Tú, Señor, con majestuosidad, se lo entregaste a su madre. Madre e hijo se abrazaron y siguieron llorando. El resto de los acompañantes “se llenaron de temor y glorificaban a Dios”. La madre y el hijo también le glorificaban.

Tú, Señor, —aunque el evangelista nada dice— parece te marchaste enseguida. Ni siquiera hubo tiempo para que aquella madre te pudiera dar las gracias con cierta detención, ni tiempo hubo para que los familiares y amigos del difunto te invitaran a sus casas. La gente sólo sabía decir: “Un gran profeta ha surgido entre nosotros” y “Dios ha visitado a su pueblo”.

Y el milagro “se divulgó por toda Judea y por todas las regiones vecinas”.

domingo, 12 de septiembre de 2010

EL CENTURION
VIGÉSIMA CUARTA SEMANA DEL T. O.

LUNES
SAN LUCAS 7, 1-10

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Cuando terminó de decir todas estas palabras al pueblo que le escuchaba, entró en Cafarnaún. Había allí un centurión que tenía un siervo enfermo, a punto de morir, a quien estimaba mucho. Habiendo oído hablar de Jesús, le envió unos ancianos de los judíos para rogarle que viniera a curar a su siervo. Ellos, al llegar donde Jesús, le rogaban encarecidamente diciendo:
—Merece que hagas esto, porque aprecia a nuestro pueblo y él mismo nos ha construido una Sinagoga.
Jesús, pues, se puso en camino con ellos. Y no estaba ya lejos de la casa cuando el centurión le envió unos amigos para decirle:
—Señor, no te tomes esa molestia, porque no soy digno de que entres en mi casa, por eso ni siquiera yo mismo me he considerado digno de ir a tu encuentro. Pero dilo de palabra y mi criado quedará sano. Pues tam-bién yo soy un hombre sometido a disciplina y tengo soldados bajo mis órdenes. Le digo a uno: vete, y va; y al otro; Ven, y viene; y a mi siervo: Haz esto, y lo hace.
Al oír esto, Jesús se admiró de él, y volviéndose a la multitud que le seguía, dijo:
—Os digo que ni siquiera en Israel he encontrado una fe tan grande.
Y cuando volvieron a casa, los enviados encontraron sano al siervo.

El pueblo estaba embobado con tu doctrina. Te seguía con fidelidad y respeto. Tú, Señor, también respondías con el pueblo. No dejabas de hablar. Te gustaba apurar el tiempo y sacarle partido. Todos te despedían contentos cuando Tú ibas a otras cosas. Al acabar de decir tus palabras, entraste en Cafarnaún.

En esta ciudad había un centurión que tenía un siervo enfermo, a punto de morir. Este centurión era estimado en el lugar; se había portado bien con la gente. Por su parte él, afianzado en su buena fama, envió unos ancianos, que te dijeran que fueras a curar a su siervo. Y los ancianos accedieron.

Llegaron hasta Ti y te rogaron para que fueras a curar al siervo del centurión; una y otra vez insistieron que era una buena persona; que se lo merecía; que había construido una Sinagoga para el pueblo; que convenía corresponder con aquel extranjero.

Y Tú, Señor, te pusiste en camino. Volvieron de nuevo a decirte que el centurión era un hombre bueno; que todos le querían. Y así las cosas, ibais acercándoos al lugar donde reposaba el enfermo. En esto llegan unos amigos del centurión con un mensaje.

“Señor, no te molestes”. El centurión dice que no merece que Tú entres en su casa, que basta con que digas una palabra y el siervo quedará curado; que él también actúa así; que manda y le obedecen, que ordena y cumplen lo mandado.

Al oír, Señor, estas frases te paraste un momento, elevaste los ojos al cielo y, con voz fuerte y poderosa dijiste: “Amigos, ni en todo Israel he encontrado fe tan grande”.

Los enviados del centurión se volvieron. Por el camino comentaban las alabanzas que había recibido su amo; y cómo te había gustado a Ti, Señor, la actitud del aquel hombre. Algo extraordinario iba a ocurrir. Y así fue: el siervo curó de su enfermedad. Lo conocieron primero los de casa, luego los vecinos, más tarde los que volvieron de estar contigo.

Señor, yo también me enteré, más tarde.

sábado, 11 de septiembre de 2010

EL PADRE Y EL HIJO QUE VUELVE
XXIV DOMINGO TIEMPO ORDINARIO (CICLO C) EVANGELIO SEGÚN SAN LUCAS 15, 1-32

CON UN SOLO GOLPE DE CLIK http://www.vatican.va/

En aquel tiempo, solían acercarse a Jesús los publicanos y los pecadores a escucharle. Y los fariseos y los escribas murmuraban entre ellos: -- Ése acoge a los pecadores y come con ellos. Jesús les dijo esta parábola:-- Si uno de vosotros tiene cien ovejas y se le pierde una, ¿no deja las noventa y nueve en el campo y va tras la descarriada, hasta que la encuentra? Y, cuando la encuentra, se la carga sobre los hombros, muy contento; y, al llegar a casa, reúne a los amigos y a los vecinos para decirles: "¡Felicitadme!, he encontrado la oveja que se me había perdido" Os digo que así también habrá más alegría en el cielo por un solo pecador que se convierta que por noventa y nueve justos que no necesitan convertirse. Y si una mujer tiene diez monedas y se le pierde una, ¿no enciende una lámpara y barre la casa y busca con cuidado, hasta que la encuentra? Y, cuando la encuentra, reúne a las amigas y a las vecinas para decirles: "¡Felicitadme!, he encontrado la moneda que se me había perdido." Os digo que la misma alegría habrá entre los ángeles de Dios por un solo pecador que se convierta. También les dijo: -- Un hombre tenía dos hijos; el menor de ellos dijo a su padre: "Padre, dame la parte que me toca de la fortuna." El padre les repartió los bienes. No muchos días después, el hijo menor, juntando todo lo suyo, emigró a un país lejano, y allí derrochó su fortuna viviendo perdidamente. Cuando lo había gastado todo, vino por aquella tierra un hambre terrible, y empezó él a pasar necesidad. Fue entonces y tanto le insistió a un habitante de aquel país que lo mandó a sus campos a guardar cerdos. Le entraban ganas de llenarse el estómago de las algarrobas que comían los cerdos; y nadie le daba de comer. Recapacitando entonces, se dijo: "Cuántos jornaleros de mi padre tienen abundancia de pan, mientras yo aquí me muero de hambre. Me pondré en camino adonde está mi padre, y le diré: Padre, he pecado contra el cielo y contra ti; ya no merezco llamarme hijo tuyo: trátame como a uno de tus jornaleros." Se puso en camino adonde estaba su padre; cuando todavía estaba lejos, su padre lo vio y se conmovió; y, echando a correr, se le echó al cuello y se puso a besarlo. Su hijo le dijo: "Padre, he pecado contra el cielo y contra ti; ya no merezco llamarme hijo tuyo." Pero el padre dijo a sus criados: "Sacad en seguida el mejor traje y vestido; ponedle un anillo en la mano y sandalias en los pies; traed el ternero cebado y matadlo; celebremos un banquete, porque este hijo mío estaba muerto y ha revivido; estaba perdido, y lo hemos encontrado." Y empezaron el banquete. Su hijo mayor estaba en el campo. Cuando al volver se acercaba a la casa, oyó la música y el baile, y llamando a uno de los mozos, le preguntó qué pasaba. Éste le contestó: "Ha vuelto tu hermano; y tu padre ha matado el ternero cebado, porque lo ha recobrado con salud." Él se indignó y se negaba a entrar; pero su padre salió e intentaba persuadirlo. Y él replicó a su padre: "Mira: en tantos años como te sirvo, sin desobedecer nunca una orden tuya, a mí nunca me has dado un cabrito para tener un banquete con mis amigos; y cuando ha venido ese hijo tuyo que se ha comido tus bienes con malas mujeres, le matas el ternero cebado." El padre le dijo: "Hijo, tú estás siempre conmigo, y todo lo mío es tuyo: deberías alegrarte, porque este hermano tuyo estaba muerto y ha revivido; estaba perdido, y lo hemos encontrado."

Jesús, rodeado de publicanos y pecadores, escandaliza a la gente honorable de su tiempo. Los nobles y los sacerdotes, no quieren admitir que quien pretendía ser el Mesías, el Rey liberador de Israel, alternara con aquella gente. Y por eso le criticaban y murmuraban entre ellos. Y el Señor que sabe lo que está ocurriendo, pronuncia unas de las más bellas y entrañables parábolas que salieron de sus labios, la de la oveja perdida, la de la dracma perdida y la parábola del hijo pródigo.

La oveja perdida. El Pastor dejará en lugar seguro el resto del rebaño, y recorrerá el valle y la montaña, palmo a palmo, para llamar con silbos de amor a la oveja extraviada. Y para que entendamos lo que nos quiere decir con la parábola de la oveja perdida, añade la parábola de la mujer que pierde una dracma y lo revuelve todo hasta dar con ella. Y, sobre todo, por si todavía estuviera oscura su doctrina de perdón y de amor, expone la parábola del hijo pródigo.

Ese hijo menor, el más querido quizá, que pide su herencia con afán de independencia y de libertad, para abandonar a su padre y malgastar lo que tanto sacrificio y trabajo había costado. Conducta cruel y absurda que revivimos en nosotros mismos cada vez que cometemos un pecado.

Aquel joven pronto pagaría con creces su insensatez y su maldad, pronto gustaría la amargura de la soledad, el abandono de los que le festejaban cuando tenía dinero y le volvieron la espalda cuando se le acabó.

Allí, entre aquellos cerdos, rumiaba su dolor y su vergüenza, lloraba en silencio al recordar la casa de su padre, cuyos jornaleros vivían mil veces mejor que él. Recuerdo de la bondad y cariño de su padre que le hace renacer a la humilde esperanza de su perdón, aunque ya no pueda ser como antes, aunque ya no sea considerado como un hijo. Se contentaría con ser el último de sus criados. Incluso así estaría mucho mejor que entonces.

En un arranque de valor y de humildad decide volver, sin importarle presentarse harapiento y vencido.
Cada atardecer se asomaba al camino aquel padre que no podía olvidar a su hijo menor y perdido, deseando su retorno con toda el alma. Por eso cuando le ve venir sale corriendo a su encuentro, lo estrecha entre sus brazos, le besa, ríe gozoso y también llora. Jesús piensa en el Padre que tanto ama a sus hijos que no ha dudado en entregar al Unigénito para redimir a los pecadores. Reflexionemos en todo esto, dejemos de una vez el andar tras del pecado, retornemos una vez más, siempre que haga falta, pobres hijos pródigos hasta la casa paterna, donde Dios nos espera con los brazos abiertos.

viernes, 10 de septiembre de 2010

Del árbol bueno, frutos buenos
VIGÉSIMA TERCERA SEMANA DEL T. O.

SÁBADO
SAN LUCAS 6, 43-49

CON UN SOLO GOLPE DE CLIK http://www.vatican.va/

»Porque no hay árbol bueno que dé fruto malo, ni tampoco árbol malo que dé buen fruto. Pues cada árbol se conoce por su fruto; no se recogen higos de los espinos, ni se vendimian uvas del zarzal. El hombre bueno del buen tesoro de su corazón saca cosas buenas, y el malo de su mal saca cosas malas: porque de la abundancia del corazón habla su boca.
»¿Por qué me llamáis Señor, Señor, y no hacéis lo que digo? Todo el que viene a mí y oye mis palabras y las pone en práctica, os diré a quién se parece. Se parece a un hombre que, al edificar una casa, cavó muy hondo y puso los cimientos sobre la roca. Al venir una inundación, el río rompió contra aquella casa, y no pudo derribarla porque estaba bien edificada. El que oye y no pone en práctica se parece a un hombre que edifi-có su casa sobre la tierra sin cimientos; rompió contra ella el río y enseguida se derrumbó, y fue tremenda la ruina de aquella casa.

Y seguiste, Señor, desgranando parábolas, presentando comparaciones. Se ve que era una buena manera para enseñar tu doctrina, para formar a “los tuyos”. Ibas de la experiencia a la vida; de lo contemplado por los ojos, a lo formulado por el entendimiento; de lo propuesto a lo realizado. Señor, eras un experto.

Mira que lo del árbol era sencillo, pero extraordinariamente práctico. Es posible que cuando presentabas esta comparación te estuvieras acordando del árbol que Tú, Señor, tantas veces habías visto y que habían visto también tus discípulos: la vieja higuera del patio de tu casa; el olivo del huerto vecino; el nogal del campo del recaudador. Conocías un dato de experiencia: que de buena higuera salían buenas brevas; que de buen nogal se recogen buenas nueces.

Y lo del tesoro, y lo del corazón, igualmente comparable. Del corazón, del alma, del interior de las personas, salen las buenas obras. Y fácil de entender, que donde está el tesoro está el corazón, y donde está el corazón está el tesoro. Fácil, pero qué poco pensamos en ello; olvidamos el corazón, el tesoro interior y nos detenemos furibundos en el olor de las rosas, en la belleza de las flores, en el brillo de las bagatelas, en el susurro del aire, en la frescura del ambiente.

A veces, con la boca decimos: Jesús, eres mi Señor; Señor, eres mi Maestro, Señor, eres nuestro Dios. Y Tú nos dices, ya está bien de palabras: “obras son amores y no buenas razones”; obras son resultados y no muchas promesas. Las obras son como las rocas, las obras son como los buenos cimientos: dan seguridad. Qué importa llegue la tormenta, la riada, el vendaval, la casa estará segura, estará firme, estable.

Cuando una casa se arruina siempre es por algo; la mayoría de las veces es porque faltan los cimientos. Tú, Señor, llevabas treinta años fundamentando tu vida pública. Por eso, cuando llegaron las dificultades, las habladurías, los peligros, permaneciste fiel hasta la muerte.

jueves, 9 de septiembre de 2010

Un cigo guía aotro ciego
VIGÉSIMA TERCERA SEMANA DEL T. O.
VIERNES
SAN LUCAS 6, 39-42

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Les dijo también una parábola:
—¿Acaso puede un ciego guiar a otro ciego? ¿No caerán los dos en el hoyo?
»No está el discípulo por encima del maestro; todo aquel que esté bien instruido podrá ser como su maestro.
»¿Por qué te fijas en la mota del ojo de tu hermano, y no reparas en la viga que hay en tu propio ojo? ¿Cómo puedes decir a tu hermano: “Hermano, deja que saque la mota que hay en tu ojo”, no viendo tú mismo la viga que hay en el tuyo? Hipócrita, saca primero la viga de tu ojo, y entonces verás con claridad cómo sacar la mota del ojo de tu hermano.

Y después de la doctrina maravillosa, sublime, llena de verdad y de exigencia, que ayer nos regalaste, para calmar un poco las cosas, hoy nos refieres breves parábolas que tratan de ciegos y de guías; de caminos y de dificultades, de discípulos y maestros.

Lo del ciego era fácil de entender y a la vez doloroso. Un ciego no puede ser guía de otro ciego, evidente; y lo doloroso es la caída en el hoyo. No sé cómo serían los ciegos de entonces, ni los hoyos, pero la cosa estaba tan clara que la comprendieron a la primera. Seguro que cuando exponías estas parábolas pensabas, Señor, en tus Apóstoles que no mucho tiempo después iban a ser guías, maestros, doctores. Y, en efecto, llegaron a ser buenos guías, buenos maestros, excelentes doctores.

Lo del discípulo y maestro. Aún más claro. Tú eras el Maestro, había que ser como Tú ¡—qué atrevimiento—! o al menos intentarlo. Había pues que atender, entender, instruirse, salir un buen discípulo. ¡Tú bien sabías que el verdadero Maestro eras Tú, pero también sabías que tus discípulos harían cosas maravillosas.

Y, entre tanto, vamos a aprovechar el tiempo; a estudiar más, a formarnos mejor, y a realizar otra vez la prueba; a repetir el experimento, a comenzar de nuevo. En todo caso, lo que importa es que cada uno se examine a si mismo, y vea cuánto se ignora, cuánto necesita, cuánto precisa.

Y lo de la mota y la viga también tiene gracia, Señor.

Ayúdanos, Señor, a no ser hipócritas, mentirosos, vanidosos; ayúdanos a ser coherentes, veraces, sencillos. Ayúdanos a ser como Tú, mansos y humildes de corazón; justos y buenos; bondadosos y misericordiosos: hijos de Dios.

miércoles, 8 de septiembre de 2010

VIGÉSIMA TERCERA SEMANA DEL T. O.

JUEVES
amad a vuestros enemigos
SAN LUCAS 6, 27-38

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»Pero a vosotros que me escucháis os digo: amad a vuestros enemigos, haced bien a los que os odian; bendecid a los que os maldicen y rogad por los que os calumnian. Al que te pegue en una mejilla ofrécele también la otra, y al que te quite el manto no le niegues tampoco la túnica. Da a todo el que te pida, y al que toma lo tuyo no se lo reclames. Como queráis que hagan los hombres con vosotros, hacedlo de igual manera con ellos. Si amáis a los que os aman, ¿qué mérito tendréis?, pues también los pecadores aman a quienes los aman. Y si hacéis bien a quienes os hacen el bien, ¿qué mérito tendréis?, pues también los pecadores hacen lo mismo. Y si prestáis a aquellos de quienes esperáis recibir, ¿qué mérito tendréis?, pues también los pecadores prestan a los pecadores para recibir otro tanto.
»Por el contrario, amad a vuestros enemigos, haced el bien y prestad sin esperar nada por ello; y será grande vuestra recompensa, y seréis hijos del Altísimo, porque Él es bueno con los ingratos y con los malos. Sed misericordiosos como vuestro Padre es misericordioso. No juzguéis y no seréis juzgados; no condenéis y no seréis condenados. Perdonad y se-réis perdonados; dad y se os dará; echarán en vuestro regazo una buena medida, apretada, colmada, rebosante: porque con la misma medida que midáis se os medirá.

Lo decía la gente y tenía razón. Tú, Señor, hablabas con autoridad. No eras un pregonero de feria, ni siquiera un orador afamado o un político con carisma, eras un maestro, el verdadero Maestro que habla con la autoridad que da el conocimiento cierto —in-falible— de lo que se enseña y la coherencia de su cumplimiento: que enseña lo que vive, y vive lo que enseña. Infalibilidad santidad. En todo y siempre ibas por delante: hacías y enseñabas; enseñabas y cumplías.

Hasta la fórmula introductoria del mensaje de hoy es sublime, elegante, llena de autoridad. Pero a vosotros que me escucháis os digo. Así de sencillo y así de fuerte: amad a vuestros enemigos, haced bien a los que os odian, bendecid a los que os maldicen y rogad por los que os calumnian. Y luego dijiste más cosas, arriba en el texto están recogidas. Conviene leerlas de nuevo.

Apunto un par de términos: mejilla, manto. Al decir mejilla pensarías, Señor, en tus mejillas: en tu cara llena de salivazos, en tu frente coronada de espinas, en tus ojos abultados, en tus pómulos rojizos, en tu rostro hecho un trapo; luego dirías: al que te pegue en una mejilla ofrécele la otra; al decir manto, pensarías en tu túnica, hecha de una pieza, tejida quizás por tu Madre; luego dirás a quien te pide la túnica dale también el manto.

¡Como siempre hablabas enseñando! Aprendamos de ti a perdonar, a querer, a amar. Sólo así seremos tus discípulos; sólo así seremos distintos de los paganos, de los pecadores; sólo así seremos continuadores de tus pasos, de tus enseñanzas, de tus mandatos.

Nos dijiste también que imitáramos al Buen Dios, a tu Padre, como Tú lo hacías. Que fuéramos misericordiosos, que fuéramos justos, que perdonáramos siempre, que abriéramos las manos a todos y las fuentes de la alegría y las puertas del corazón.

La recompensa será apretada, colmada, rebosante, remecida.

martes, 7 de septiembre de 2010

SERMÓN DE LAS BIENAVENTURANZAS
VIGÉSIMA TERCERA SEMANA DEL T. O.

MIERCOLES
SAN LUCAS 6 , 20-26

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Y él, alzando los ojos hacia sus discípulos, comenzó a decir:
—Bienaventurados los pobres, porque vuestro es el Reino de Dios.
»Bienaventurados los que ahora tenéis hambre, porque quedaréis saciados.
»Bienaventurados los que ahora lloráis, porque reiréis.
»Bienaventurados seréis cuando los hombres os odien, cuando os expulsen, os injurien y proscriban vuestro nombre como maldito, por causa del Hijo del Hombre. Alegraos en aquel día y regocijaos, porque vuestra recompensa será grande en el cielo; pues de este modo se comportaban sus padres con los profetas.
»Pero ¡ay de vosotros los ricos, porque ya habéis recibido vuestro consuelo!
»¡Ay de vosotros los que ahora estáis hartos, porque tendréis hambre!
»¡Ay de vosotros los que ahora reís, porque gemiréis y lloraréis!
»¡Ay cuando los hombres hablen bien de vosotros, pues de este modo se comportaban sus padres con los falsos profetas!

Entre tus discípulos elegiste a doce. Y les nominaste Apóstoles, enviados. Eran pescadores, recaudadores, hombres sencillos. Cada uno con su nombre y con sus cualidades. Habías realizado en aquellos días muchas curaciones. La gente te seguía entusiasmada. “la multitud intentaba tocarte, porque de Ti, Señor, salía una fuerza que sanaba a todos”.

En este ambiente lleno de gozo, de entusiasmo, alzando los ojos hacia tus discípulos comenzaste a decir. bienaventurados los pobres y los que ahora tienen hambre, bienaventurados los que lloran; bienaventurados, los que sufren persecución, son expulsados, injuriados, proscritos. Bienaventurados ellos. Su recompensa será grande en el reino de los cielos.

Tras tus palabras: silencio. Tus discípulos se quedaron tensos los rostros, con los ojos abiertos, gozo en sus almas, esperando alguna explicación posterior. Tú, Señor, también callaste. Con tu mirada divina verías en lontananza las mil y una peripecias —sufrimientos y dolores— que tendrían que sufrir aquellos doce y tantos otros.

Al rato —no sé cuánto tiempo después— tomaste de nuevo la palabra y dijiste: pero ¡ay de los ricos, de los hartos, de los que rí-en, de los que están envueltos entre aplausos y parabienes!, ¡ay de ellos! ¡Con qué fuerza pronunciaste aquellos ayes! ¡Eran ayes de espera, de amor, de misericordia!

“La bienaventuranza prometida —dice el Catecismo de la Igle-sia Católica— nos coloca ante opciones morales decisivas. Nos in-vita a purificar nuestro corazón de sus malvados instintos y a buscar el amor de Dios por encima de todo. Nos enseña que la verdadera dicha no reside ni en la riqueza o en el bienestar, ni en la gloria humana o el poder, ni en ninguna obra humana, por útil que sea, como las ciencias, las técnicas y las artes, ni en ninguna criatura, sino sólo en Dios, fuente de todo bien y de todo amor” .

Señor, mírame con compasión y ayúdame. Y después, que yo mire tu rostro y siga tus pisadas. Y te ame. Sólo así seré bienaventurado, dichoso, feliz, para siempre.

lunes, 6 de septiembre de 2010

JESÚS LLAM A A SUS APÓSTOLES









VIGÉSIMA TERCERA SEMANA DEL T. O.

MARTES
SAN LUCAS 6, 12-19

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En aquellos días salió al monte a orar y pasó toda la noche en oración a Dios. Cuando se hizo de día, llamó a sus discípulos, y de entre ellos eligió a doce, a los que denominó Apóstoles: a Simón, a quien también llamó Pedro, y a su hermano Andrés, a Santiago, a Juan, a Felipe, a Bartolomé, a Mateo, a Tomás, a Santiago de Alfeo, a Simón, llamado Zelotes, a Judas de Santiago y a Judas Iscariote, que fue el traidor.
Bajando con ellos, se detuvo en un lugar llano. Y había una multitud de sus discípulos, y una gran muchedumbre del pueblo procedente de toda Judea y de Jerusalén, y del litoral de Tiro y Sidón, que vinieron a oírle y a ser curados de sus enfermedades. Y los que estaban atormentados por espíritus inmundos quedaban curados. Toda la multitud intentaba tocarle, porque salía de él una fuerza que sanaba a todos.

Además de predicar y enseñar la Buena Noticia a tus discípulos y a las gentes que te seguían, de vez en cuando te escapabas al monte a orar, y allí pasabas largos ratos, y a veces incluso permanecías en aquel lugar toda la noche en oración. Testigos eran las estrellas y el firmamento; quizás también algunos animales transeúntes y los árboles cercanos.

¡Toda la noche en oración! Y al amanecer volviste al trabajo apostólico programado. Llamaste a tus discípulos. Tenías algo que comunicarles. De entre ellos elegiste a doce: los llamaste por su nombre ¡Cómo sonarían allí, aquellos nombres pronunciados por Ti, Señor! ¡Qué emoción al verse elegidos! ¡También qué responsabilidad!

Y los doce elegidos te dijeron: aquí estoy Señor, porque me has llamado. Aquí estoy dispuesto a seguirte. Y tal vez, poco después, uno por uno pasaron junto a Ti, Señor, a hablar contigo y te dirían: gracias por escogerme, no me dejes nunca; espero de Ti fuerza y ayuda.

Más abajo, en el llano, se juntó “una gran multitud, mucha gente procedente de Judea, Jerusalén, de Tiro y de Sidón”. ¡Una maravilla! Venían con ganas de oírte y de ser curados de sus enfermedades, de ser liberados del mal.

Todos deseaban llegar hasta Ti, Señor. Todos querían poner sus manos sobre Ti o que Tú pusieras las tuyas sobre ellos. Habían descubierto que salía de Ti una fuerza que sanaba a todos.

Después de veinte siglos acudo a Ti, Señor y te pido que hagas de las tuyas.

domingo, 5 de septiembre de 2010

VIGÉSIMA TERCERA SEMANA DEL T. O.

LUNES
SAN LUCAS 6, 6-11

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Otro sábado entró en la Sinagoga y se puso a enseñar. Y había allí un hombre que tenía seca la mano derecha. Los escribas y los fariseos le observaban a ver si curaba en sábado, para encontrar de qué acusarle. Pe-ro él conocía sus pensamientos, y dijo al hombre que tenía la mano seca:
—Levántate y ponte en medio.
Y levantó y se puso en medio. Entonces Jesús les dijo:
—Yo os pregunto: ¿es lícito en sábado hacer el bien o hacer el mal, salvar la vida de un hombre o perderla?
Entonces, mirando a todos los que estaban a su alrededor, le dijo al que tenía la mano seca:
—Extiende tu mano.
El lo hizo, y su mano quedó curada. Ellos se llenaron de rabia y comenzaron a discutir entre sí qué harían contra Jesús.

Un sábado más, Señor, entraste en la Sinagoga. Y comenzaste a enseñar. Era la Sinagoga un lugar propicio y un momento favorable para extender tu doctrina. La gente te escuchaba con atención, te oía con piedad y aprendía de Ti muchas cosas.

Entre los asistentes, Señor, se encontraba un pobre manco. ¿Habría llegado allí de buena fe? ¿o habría sido llevado por los fariseos como cebo? No lo sabemos. Si sabemos que “los escribas y los fariseos te observaban a ver si curabas en sábado”. Los fariseos Te tenían ganas, pero necesitaban pruebas.

Y Tú, Señor, que conocías los pensamientos de todos —también las malas ideas de aquellos fariseos— dijiste al enfermo: levántate y ponte en medio. Y él, obediente, se levantó y se puso en medio. A continuación preguntaste: qué os parece, ¿es lícito en sábado hacer el bien o hacer el mal, salvar la vida de un hombre o perderla? Nadie se atrevió a abrir la boca; nadie dijo nada; todos dieron la callada por respuesta.

Entonces Tú, Señor, mirando a todos los que estaban alrededor, con talante seguro y dominando la escena, dijiste al manco que extendiera su mano. El lo hizo, y su mano quedó curada.

¡Habías realizado, Señor, otro milagro! Con toda probabilidad, aunque nada dice el evangelista, algunos se alegrarían en su interior, incluso se atreverían a felicitarte por el hecho. Pero otros, los fariseos en cambio, se llenaron de rabia y comenzaron a discutir entre sí qué harían contigo”.

Antes de terminar, te pido, Señor, que alumbres mis senderos; que escuche tus palabras y goce después de tus acciones divinas.

sábado, 4 de septiembre de 2010

DEL SANTO EVANGELIO
SEGÚN SAN LUCAS 14, 25-33

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En aquel tiempo, mucha gente acompañaba a Jesús; Él se volvió y les dijo:
--Si alguno se viene conmigo y no pospone a su padre y a su madre, y a su mujer y a sus hijos, y a sus hermanos y a sus hermanas, e incluso a sí mismo, no puede ser discípulo mío. Quien no lleve su cruz detrás de mi no puede ser discípulo mío. Así, ¿quién de vosotros, si quiere construir una torre, no se sienta primero a calcular los gastos, a ver si tiene para terminarla? No sea que, si echa los cimientos y no puede acabarla, se pongan a burlarse de él los que miran, diciendo: "Este hombre empezó a construir y no ha sido capaz de acabar." ¿O qué rey, si va a dar la batalla a otro rey, no se sienta primero a deliberar si con diez mil hombres podrá salir al paso del que le ataca con veinte mil? Y si no, cuando el otro está todavía lejos, envía legados para pedir condiciones de paz. Lo mismo vosotros: el que no renuncia a todos sus bienes no puede ser discípulo mío.

 Como en otras ocasiones, también en la que nos refiere hoy el texto sagrado encontramos a Jesús rodeado de mucha gente. Era fácil y grato seguir al joven rabino de Nazaret, que hablaba con autoridad, amaba a los niños y prefería a los pobres y humildes. No obstante, el Señor les dice que para seguirle hay que posponerlo todo a su amor: los padres, la mujer y los hijos, incluso uno ha de negarse a sí. La doctrina no puede ser más clara, el Maestro no palió las dificultades, podríamos decir que incluso parece exagerarlas un poco.

Por eso no puede extrañarnos de que a veces nos cueste el ser fieles al Evangelio, y en ocasiones llegue hasta ser heroico cumplir con la voluntad divina. Por otra parte, podemos pensar que quien no nos ha engañado en cuanto a las dificultades, tampoco nos engaña en cuanto a la promesa y el premio para quienes le sean siempre fieles. Es cierto, por tanto, que hemos de luchar con denuedo cada día contra todo aquello que se opone a Dios, contra todo obstáculo que se interponga entre el Señor y nosotros; aunque ese obstáculo sean nuestros seres más queridos, o nuestro propio provecho personal. El premio es tan grande y tan duradero que exige un precio elevado, pero no equitativo, pues por mucho que se tenga que sufrir o sacrificar, nunca pagaremos adecuadamente los bienes que el Señor nos ha preparado para toda una eternidad. Por eso estemos persuadidos de que vale la pena sufrir un poco durante unos años, para poder un día gozar mucho y para siempre.

Posponerlo todo al amor de Dios no significa, por otra parte, que uno haya de prescindir del amor a nuestros padres o demás familiares, ni que hayamos de anularnos a nosotros mismos. No se trata de destruir, prescindir o anular, sino de trascender, de sublimar, de elevar a un plano sobrenatural aquello que de por sí es sólo natural. Así, quien se haya entregado al servicio de Dios mediante una consagración a Él, no está exento de querer a sus padres, a los que quizá ha disgustado con su entrega. Tendrá que quererlos y cuidarlos si es preciso, estar atento a sus necesidades y procurar atenderlas. En cuanto a uno mismo, decíamos que Dios no quiere la anulación de nuestra persona sino su perfeccionamiento. Lo que hay que destruir es lo que de malo o torcido llevamos en nuestro interior, todas esas inclinaciones y deseos, claros o larvados, que nos incitan al mal.

Termina diciendo el Señor que quien no renuncia a todos sus bienes, no puede ser su discípulo. El Maestro no se limita a decir claras las cosas, además las repite. Ojala aprendamos bien su lección y, con la ayuda de lo alto, sepamos dar un sentido nuevo, trascendente y sobrenatural, a cuanto constituye el entramado de nuestra vida.  A.G.M.

viernes, 3 de septiembre de 2010













VIGÉSIMA SEGUNDA SEMANA DEL T. O. SÁBADO SAN LUCAS 6 , 1-5


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Un Sabado pasaba ÉL Por UNOS Entre sembrados , espigas y arrancaban Discípulos SUS , Las desgranaban Las Manos Con comían y la Liga . ALGUNOS fariseos les Dijeron :
- ¿ Por Qué haceis en Sábado Lo Que No Es lícito ?
Y Jesús respondiéndoles DIJO :
- ¿ No habeis Leído Lo Que hizó David , Cuando tuvieron Hambre ÉL Y Los Que le acompañaban ? ¿ Como entro en la Casa de Dios , tomo de Los pa -nes de la Proposición y comió y dio la ONU Los Que le acompañaban , A Pesar De Que Solo a Los Sacerdotes les es lícito comerlos ?
Y les decia :
- El Hijo del Hombre es Señor del Sábado .

Aquel era Día Sábado . Los sembrados Esteban espigas en contra. Tú, Señor , y Tus Discípulos caminabais Por Entre ELLOS . Tal Vez Por Un estrecho sendero de alcorce . A Lado de las Naciones, Unidas ya Otro , Las espigas vuestro caminar sereno saludaban . Tus Discípulos , Con Serenidad y naturalidad , y arrancaron espigas , desgranándolas , comían granos SUS. Se trataba de las Naciones, Unidas Pequeño Entretenimiento , Un Juego CASI .

ALGUNOS fariseos lo vieron . Y, Tarde Más, acusaron El Pecado Tus Discípulos de HACER Algo Prohibido Por La Ley : desgranar espigas , es Decir , Trabajar , Cosa Que no estaba permitida en Sábado . Hasta OEN Detalles habia llegado la prohibición . Y Por ESO, Porque estaba Prohibido, ELLOS, cumplidores Fieles , sí lo echaron en cara .

Tú, Señor , Con prontitud al paso saliste . S Delante de ciertos fariseos y de Tus Discípulos dijiste : " Recordad Lo Que Paneles Con David sí se hizó Los de la Proposición " . Los fariseos no Decir Qué Sabian. Los Discípulos tampoco .

Y luego! ! ! ! ! Tú, Señor , lo pasaste de lo anecdótico UNO fundamentales , de la Experiencia A la doctrina , de la letra de la Ley, UNA Interpretación Su Verdadera . Y , Con aplomo y la Seriedad Que requería El hecho " , dijiste : os digo Una Cosa : " Yo soy del Señor del Sábado " .

Tus Discípulos lo entendieron . Los fariseos no, o no quisieron entenderlo . Prefirieron Hablar de Sus Cosas. MIENTRAS , Las espigas maduraban .

Poco despues , Las Trojes Sí Con llenarían granos dorados SUS.

jueves, 2 de septiembre de 2010



A quien (ella o él) se dé por aludido, muchas felicidades. Que cumplas muchos años. Un fuerte abrazo.
JMC, TC, MC, EC, LC y más.


VIGÉSIMA SEGUNDA SEMANA DEL T. O.

VIERNES
SAN LUCAS 5, 33-39

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Pero ellos le dijeron:
—¿Por qué los discípulos de Juan ayunan con frecuencia y hacen oraciones, y lo mismo los de los fariseos; y en cambio, “los tuyos” comen y beben?
Jesús les respondió:
—¿Acaso podéis hacer ayunar a los amigos del esposo, mientras el esposo está con ellos? Ya vendrán los días en que les será arrebatado el esposo; entonces, en aquellos días, ayunarán.
Y les decía también una parábola:
—Nadie pone a un vestido viejo un remiendo cortado de un vestido nuevo, porque entonces, además de romper el nuevo, la pieza del vestido nuevo no le iría bien al viejo. Tampoco echa nadie vino nuevo en odres viejos; porque entonces además de romper el nuevo, el remiendo del vestido nuevo no le iría bien al viejo. Tampoco echa nadie vino nuevo en odres viejos; porque entonces el vino nuevo reventará los odres, y se derramará, y los odres se perderán. El vino nuevo debe echarse en odres nuevos. Y ninguno acostumbrado a beber vino añejo quiere del nuevo, porque dice: “El añejo es mejor”.

Tu doctrina, Señor, no dejaba a nadie indiferente. Era aceptada por unos; por otros era criticada. Los que aceptaban tus palabras te seguían de cerca; los que te criticaban lo hacían de lejos, y alguna vez si se acercaban era para ponerte a prueba con preguntas concretas. Esta vez fue con el asunto del ayuno.

Vamos a ver —te dijeron— ¿por qué los discípulos de Juan ayunan con frecuencia y hacen oraciones y, en cambio, “los tuyos” comen y beben? ¿Puedes explicarnos esta diferencia? ¿Quieres hacerlo?

Y Tú, Señor, no tardaste en contestar. Y lo hiciste, como tantas veces, con otra pregunta. ¿Puede hacerse ayunar a los amigos del esposo, mientras el esposo está con ellos? Ya vendrán días de ayuno y, entonces, lo harán. ¡Claro que lo harán! ¡Y mejor que vosotros!

Y les dijiste también que pensaran en lo que sucede cuando se quiere echar un remiendo a una pieza de tela, no se corta del material nuevo; a la tela vieja el remiendo nuevo no le unía bien; por lo que había que ser más prácticos y que a cada cosa su remiendo y en cada tiempo su ayuno.

Y les dijiste además lo del vino nuevo y los odres viejos, el cuidado que había que tener a la hora de hacer esas faenas. De sobra sabe la gente que el vino añejo es mejor, que no cambia fácilmente.

En resumidas cuentas, Señor, viniste a decirles: Escuchad la palabra con serenidad, acogedla con piedad y luego sed honrados; y dejaos de comparar esto con aquello, de fijaros en tiquismiquis. Sed coherentes, nobles, hombres de una pieza.

Señor, quiero aprender tu lección. Quiero vivir sin dobleces.

miércoles, 1 de septiembre de 2010

VIGÉSIMA SEGUNDA SEMANA
DEL T. O. JUEVES
SAN LUCAS 5, 1-11

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Estaba Jesús junto al lago de Genesaret y la multitud se agolpaba a su alrededor para oír la palabra de Dios. Y vio dos barcas que estaban a la orilla del lago; los pescadores habían bajado de ellas y estaban lavando las redes. Entonces, subiendo a una de las barcas, que era de Simón, le rogó que la apartase un poco de tierra. Y, sentado, enseñaba a la multitud desde la barca.
Cuando terminó de hablar, le dijo a Simón:
—Guía mar adentro, y echad vuestras redes para la pesca.
Simón le contestó:
—Maestro, hemos estado bregando durante toda la noche y no hemos pescado nada; pero sobre tu palabra echaré las redes.
Lo hicieron y recogieron gran cantidad de peces. Tantos que las redes se rompían. Entonces hicieron señas a los compañeros que estaban en la otra barca, para que vinieran y les ayudasen. Vinieron, y llenaron las dos barcas, de modo que casi se hundían. Cuando lo vio Simón Pedro, se arrojó a los pies de Jesús, diciendo:
—Apártate de mí, Señor, que soy un hombre pecador.
Pues el asombro se había apoderado de él y de cuantos estaban con él, por la gran cantidad de peces que habían capturado. Lo mismo sucedía a Santiago y a Juan, hijos de Zebedeo, que eran compañeros de Si-món. Entonces Jesús dijo a Simón:
—No temas; desde ahora serán hombres los que pescarás.
Y ellos, sacando las barcas a tierra, dejadas todas las cosas, le siguieron.

El lago de Genesaret era un lugar apreciado para Ti, Señor. Allí predicabas y enseñabas; allí hablabas con tus discípulos y hasta allí acudían las gentes para escucharte. “La multitud se agolpaba a tu alrededor para oír tu palabra”. El agua y la brisa del lago eran un marco excelente para tu catequesis.

Barcas atracadas, pescadores lavando sus redes, gentes inquietas moviéndose por aquí y por allá; preguntas personales y deseos de escucharte. Tú, Señor, subiendo a una de las barcas, la de Pedro, le pediste que con la ayuda de sus fuertes brazos se apartase un poco de la orilla. Y allí, Tú, Señor, sentado en la cátedra de la barca, enseñabas a la multitud.

Al terminar, te volviste a Simón y le rogaste se adentrara en el mar y echase las redes para la pesca. Simón, gran conocedor del tema, te dijo: Toda la noche hemos estado pescando y ha sido un fracaso. Pero si Tú lo dices, Señor, echaré las redes. Y dicho y hecho, echaron la barca hacia dentro, lanzaron las redes al mar, y el resultado: las redes a reventar.

Entusiasmo en la barca, voces rogando ayuda, tropel de pescadores, redes que se rompían, los peces aparecían por todos los lugares: alegría, gozo, entusiasmo. Pedro: Señor, apártate de mí, que soy un pecador. Y lo mismo decían Santiago y Juan y los demás compañeros.

Y Tú, Señor, sereno, tranquilo, lleno de paz, te dirigiste a Pedro y le dijiste: Pedro, no temas, desde ahora serán hombres los que pescarás. Y Pedro no dijo nada. Recogió los peces, las redes, atracó las barcas y dejando allí “todas las cosas”, te siguió.

Aquella noche la sobremesa de la cena sería emocionante. Los ojos de tus Apóstoles, Señor, no te perderían de vista. Las preguntas serían interminables y sus respuestas divinas. ¡Y los sueños de aquella noche serían maravillosos!

martes, 31 de agosto de 2010

Pasados los días de descanso, llegan de nuevo los quehaceres de la "vida ordinaria". Salgo de casa, cruzo la calle y me dirijo al tajo. Atrás quedan horas de paz, largos paseos, amistades nobles, fecundos silencios. Al compás de la Palabra de Dios, sigo mi camino. Te invito a que me sigas. Juntos llegaremos a la meta.


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VIGÉSIMA SEGUNDA SEMANA DEL T. O.

MIÉRCOLES
SAN LUCAS 4, 38-44

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Saliendo Jesús de la Sinagoga, entró en casa de Simón. La suegra de Simón tenía una fiebre alta, y le rogaron por ella. E inclinándose hacia ella, conminó a la fiebre, y la fiebre desapareció. Y al instante, ella se levantó y se puso a servirles.
Al ponerse el sol, todos los que tenían enfermos con diversas dolen-cias se los traían. Y él, poniendo las manos sobre cada uno, los curaba. De muchos salían demonios gritando y diciendo:
—Tú eres el Hijo de Dios.
Y él, increpándoles, no les dejaba hablar porque sabían que él era el Cristo.
Cuando se hizo de día, salió hacia un lugar solitario, y la multitud le buscaba. Llegaron hasta él, e intentabandetenerlo para que no se alejara de ellos. Pero él les dijo:
—Es necesario que yo anuncie también a otras ciudades el Evangelio del Reino de Dios, porque para esto he sido enviado.
E iba predicando por las Sinagogas de Judea.

Acudías, Señor, como un buen israelita a la Sinagoga. Allí escuchabas la palabra de Dios; y, a veces, también la comentabas. Algunos días, te acompañaban tus discípulos. Esta vez, parece que estaba Pedro al menos contigo. Así se explica que al salir de la Sinagoga, entrases con él en su casa.

Por cierto, aquel día, la suegra de Simón estaba con fiebre muy alta. El mismo Pedro y quizás otras personas te rogaron que fueras a interesarte por su salud. Entraste, pues, en la casa, y llegaste hasta donde ella estaba. Te inclinaste ligeramente sobre la enferma y, al poco, la fiebre desapareció. Así de fácil, así de hermoso.

Por este favor y por tu presencia hubo alegría en aquel hogar. Los recién llegados seguisteis hablando de lo que os preocupaba: de los fariseos, del valor de tu doctrina, del Reino de los Cielos, de actividades. La suegra de Pedro, al instante, “se levantó y se puso a servir”.

Grata sería la comida y la sobremesa agradable. Así las cosas, ocultado el sol en el horizonte, comenzaron a llegar hasta Ti, venidos unos por su cuenta, enfermos, necesitados; otros eran llevados por sus familiares o amigos. Y Tú, Señor, ¡qué maravilla! los curabas a todos. Sólo con poner las manos sobre ellos. Algunos grita-ban, todos te lo agradecían. Pero Tú no les dejabas hablar. Al fin, llegó la noche (...).

Cuando se hizo de día, saliste a un lugar solitario. Te gustaba el silencio, la soledad. Pero, también allí, la gente te buscaba. Algunos llegaron hasta Ti y quisieron convencerte para que no te “aleja-ras de ellos”. Pero Tú, Señor, que sabías más, les dijiste que te esperaban también otras gentes. Y poco después saliste de allí e ibas predicando por las Sinagogas de Judea.