ORACIÓN DEL PAPA FRANCISCO
POR LOS FIELES DIFUNTOS
|
Antes de rezar el Angelus en la
Conmemoración de los Fieles Difuntos de este año 2014, el Papa Francisco recordó que esta
festividad y la de Todos los Santos "están íntimamente unidas, como la alegría y las lágrimas encuentran en
Jesucristo una síntesis que es fundamento de nuestra fe y de
nuestra esperanza".
Y así, la Iglesia "goza por la intercesión de los santos que la sostienen en la misión de anunciar el Evangelio" al tiempo que "comparte el llanto de quien sufre la separación de las personas queridas" y agradece que Jesucristo "nos haya liberado del dominio del pecado y de la muerte". "Es bello pensar que la muerte del cuerpo es como un sueño del que Jesús mismo nos despertará", dijo el Papa, que instó a recordar en los cementerios no sólo a nuestros seres queridos, sino "a todos, también a aquellos a quienes nadie recuerda". "La tradicion de la Iglesia", continuó, "ha exhortado siempre a rezar por los fieles difuntos, ofreciendo por ellos la celebración eucarística, que es la mejor ayuda espiritual que podemos ofrecer a las almas, particularmente a las más abandonadas". Y añadió: "El recuerdo de los difuntos, el cuidado de los sepulcros y los sufragios son el testimonio de la confiada esperanza radicada en la certeza de que la muerte no es la última palabra sobre la suerte humana, porque el hombre está destinado a una vida sin límites que tiene su raíz y su fin en Dios". E invitó a rezar la siguiente oración: Oración del Papa por los difuntos Dios de infinita misericordia, confiamos a tu inmensa bondad a cuantos han dejado este mundo para la eternidad, donde tú esperas a toda la humanidad, redimida por la sangre preciosa de Jesucristo, muerto en rescate por nuestros pecados.
No mires, Señor,
tantas pobrezas, miserias y debilidades humanas
con las que nos presentaremos ante el tribunal para ser juzgados para la felicidad o la condena. Míranos con la mirada piadosa que nace de la ternura de tu corazón, y ayúdanos a caminar en el camino de una completa purificación. Que ninguno de tus hijos se pierda en el fuego eterno, donde ya no puede haber arrepentimiento. Te confiamos, Señor, las almas de nuestros seres queridos, y de las personas que han muerto sin el consuelo sacramental o no han tenido manera de arrepentirse ni siquiera al final de su vida. Que nadie tenga el temor de encontrarte después de la peregrinación terrenal, en la esperanza de ser acogidos en los brazos de la infinita misericordia. La hermana muerte corporal nos encuentre vigilantes en la oración y llenos de todo bien, recogido en nuestra breve o larga existencia. Señor, que nada nos aleje de ti en esta tierra, sino que en todo nos sostengas en el ardiente deseo de reposar serena y eternamente. Amen.
PARA ESCUCHAR
|
“ALSERDELAPALABRA” presenta a sus seguidores, breves reflexiones nacidas de la experiencia de la vida ordinaria. Las escribiré con la frescura de lo sencillo y con la esperanza de lo sublime. Espero que mi pluma sea dócil y vuestra aceptación generosa.
domingo, 2 de noviembre de 2014
SENCILLAS VIVENCIAS
sábado, 1 de noviembre de 2014
SENCILLAS VIVENCIAS
Un camino hacia la madurez
Cabría resumir estos rasgos diciendo que la persona madura es capaz de desarrollar un proyecto elevado, claro y armónico de su vida, y que posee las disposiciones positivas necesarias para realizarlo con facilidad.
En cualquier caso, la madurez viene como un proceso que requiere tiempo, que pasa por distintos momentos y etapas. Suele crecer de una manera gradual, aunque en la historia personal pueda haber sucesos que impulsan a dar grandes saltos: por ejemplo, la venida al mundo del primer hijo para algunos marca un hito, al caer en la cuenta de lo que implica esta nueva responsabilidad; o, después de atravesar serios apuros económicos, una persona puede aprender a reconsiderar cuáles son las cosas verdaderamente importantes en la vida; etc.
En este camino hacia la madurez, la fuerza transformadora de la gracia se hace presente. Basta una mirada de conjunto a las santas y santos más conocidos para detectar en seguida en ellos los ideales elevados, la certidumbre de sus convicciones, la humildad ‒que es el más adecuado concepto de sí mismo‒, su desbordante creatividad e iniciativa, su capacidad de entrega y amor hecha realidad, su contagioso optimismo, su apertura ‒su afán apostólico, en definitiva‒ eficaz y universal.
Un ejemplo claro lo encontramos en la vida de san Josemaría, que ya desde la juventud notaba que la gracia había obrado en él consolidando una personalidad madura. Apreciaba en sí, en medio de las dificultades, una estabilidad de ánimo fuera de lo usual: Creo que el Señor ha puesto en mi alma otra característica: la paz: tener la paz y dar la paz, según veo en personas que trato o dirijo[9]. Se le podían aplicar, con toda justicia, aquellas palabras del salmo: Super senes intellexi quia mandata tua quaesivi[10]: tengo más discernimiento que los ancianos, porque guardo tus mandatos. Lo que no quita que, no pocas veces, la madurez se adquiere con el tiempo, los fracasos y los éxitos, que entran en el horizonte de la Divina Providencia.
Contar con la gracia y el tiempo
Aunque es posible señalar que en cierto momento una persona ha llegado a una etapa de madurez en su vida, la tarea de trabajar sobre el modo de ser de cada uno se proyecta a lo largo de todo nuestro andar terreno.
El autoconocimiento y la aceptación del propio carácter darán paz para no desanimarse en este empeño. Esto no implica ceder al conformismo. Quiere decir, más bien, reconocer que el heroísmo de la santidad no exige poseer ya una personalidad perfecta ni aspirar a un modo de ser idealizado, y que la santidad requiere la lucha paciente de cada día, sabiendo reconocer los errores y pedir perdón.
Las verdaderas biografías de los héroes cristianos son como nuestras vidas: luchaban y ganaban, luchaban y perdían. Y entonces, contritos, volvían a la lucha[11]. El Señor cuenta con el esfuerzo prolongado en el tiempo para pulir el propio modo de ser. Es significativo, por ejemplo, aquello que una persona comentaba a la sierva de Dios Dora del Hoyo hacia el final de su vida: «–Dora: quién te ha visto y quién te ve. ¡Mira que eres otra! Se rió: sabía muy bien de qué hablaba»[12]. Le había hecho ver cómo, con los años, su carácter había alcanzado una ecuanimidad que conseguía moderar las reacciones de genio.
Y es que en esta empresa contamos siempre con la ayuda del Señor y con los cuidados maternos de santa María: «La Virgen hace precisamente esto con nosotros, nos ayuda a crecer humanamente y en la fe, a ser fuertes y a no ceder a la tentación de ser hombres y cristianos de una manera superficial, sino a vivir con responsabilidad, a tender cada vez más hacia lo alto»[13].
En próximos editoriales abordaremos diversos elementos que están implicados en la formación del carácter. Señalaremos ciertos rasgos claves de la madurez cristiana. Contemplaremos el edificio que el Espíritu Santo, con la colaboración activa de cada uno, busca levantar en el interior del alma, y consideraremos las características de los fundamentos, qué hacer para asegurar que la estructura sea firme, cómo remediar la aparición de alguna fisura.
¡Qué desafío tan entusiasmante es forjar una personalidad que refleje claramente la imagen de Jesucristo!
J.Sesé
J.Sesé
PARA VER Y ESCUCHAR
http://www.opusdei.es/es-es/article/un-cuadro-con-sombras-palabras-de-san-josemaria-sobre-el-dolor/
http://www.opusdei.es/es-es/article/un-cuadro-con-sombras-palabras-de-san-josemaria-sobre-el-dolor/
[9] Apuntes íntimos, n. 1095, citado en Andrés Vázquez de Prada, El fundador del Opus Dei, vol. I, Rialp, Madrid 1997, p. 560.
[10] Sal 118 (Vg).
[11] Es Cristo que pasa, n. 76.
[12] Recuerdos de Rosalía López Martínez, Roma 29-IX-2006 (AGP, DHA, T-1058), citado en Javier Medina, Una luz encendida. Dora del Hoyo, Palabra, Madrid 2012, pp. 115.
viernes, 31 de octubre de 2014
SENCILLAS VIVENCIAS
Una personalidad que se
identifique con Cristo
Reproducimos una serie de editoriales sobre la formación del carácter y la madurez cristiana. ¿Cómo influye la personalidad en la vida diaria? ¿puede cambiar una persona? ¿qué papel desarrolla la gracia?
Reproducimos una serie de editoriales sobre la formación del carácter y la madurez cristiana. ¿Cómo influye la personalidad en la vida diaria? ¿puede cambiar una persona? ¿qué papel desarrolla la gracia?
FORMACIÓN DE LA PERSONALIDAD
28 de Octubre de 2014
¿Por qué reacciono de ese modo? ¿Por qué soy así? ¿Podré cambiar? Son
algunas de las preguntas que alguna vez pueden asaltarnos. A veces, nos las planteamos
respecto a los demás: ¿por qué tiene ese modo de ser?... Vamos a profundizar
sobre estas cuestiones, mirando a nuestra meta: parecernos cada vez más a
Jesucristo, dejándolo obrar en nuestra existencia.
Este proceso abarca todas las dimensiones de la persona, que al divinizarse
conserva los rasgos de lo auténticamente humano, elevándolos según la vocación
cristiana. Y es que Jesucristo es verdadero Dios y verdadero hombre: perfectus
Deus, perfectus homo. En Él contemplamos la figura realizada del ser
humano, pues «Cristo Redentor (...) revela plenamente el hombre al
mismo hombre. Tal es ‒si se puede hablar así‒ la dimensión humana del misterio
de la Redención. En esta dimensión el hombre vuelve a encontrar la grandeza, la
dignidad y el valor propios de su humanidad»[1].
La nueva vida que hemos recibido en el Bautismo está llamada a
crecer hasta que lleguemos todos a la unidad de la fe y del conocimiento del
Hijo de Dios, al hombre perfecto, a la medida de la plenitud de Cristo[2].
Si bien lo divino, lo sobrenatural, es el elemento decisivo en la santidad
personal, lo que une y armoniza todas las facetas del hombre, no podemos
olvidar que esto incluye, como algo intrínseco y necesario, lo humano: Si
aceptamos nuestra responsabilidad de hijos suyos, Dios nos quiere muy humanos.
Que la cabeza toque el cielo, pero que las plantas pisen bien seguras en la
tierra. El precio de vivir en cristiano no es dejar de ser hombres o abdicar
del esfuerzo por adquirir esas virtudes que algunos tienen, aun sin conocer a
Cristo. El precio de cada cristiano es la Sangre redentora de Nuestro Señor,
que nos quiere -insisto- muy humanos y muy divinos, con el empeño diario de
imitarle a Él, que es "perfectus Deus, perfectus homo"[3].
La tarea de formar el carácter
La acción de la gracia en las almas va de la mano con un crecimiento en la
madurez humana, en la perfección del carácter. Por eso, al mismo tiempo que
cultiva las virtudes sobrenaturales, un cristiano que busca la santidad
procurará alcanzar los hábitos, modos de hacer y de pensar que caracterizan a
alguien como maduro y equilibrado. Se moverá no por un simple afán de
perfección, sino para reflejar la vida de Cristo; por eso, san Josemaría anima
a examinarse: —Hijo: ¿dónde está el Cristo que las almas buscan en
ti?: ¿en tu soberbia?, ¿en tus deseos de imponerte a los otros?, ¿en esas
pequeñeces de carácter en las que no te quieres vencer?, ¿en esa tozudez?...
¿Está ahí Cristo? —¡¡No!! La respuesta nos da una clave para
emprender esta tarea: —De acuerdo: debes tener personalidad, pero la
tuya ha de procurar identificarse con Cristo[4]
En la propia personalidad influye tanto lo que se hereda y se manifiesta
desde el nacimiento, que suele llamarse temperamento, como aquellos aspectos
que se han adquirido por la educación, las decisiones personales, el trato con
los demás y con Dios, y otros muchos factores, que incluso pueden ser
inconscientes.
De este modo, existen distintos tipos de personalidades o caracteres
‒extrovertidos o tímidos, fogosos o reservados, despreocupados o aprensivos,
etc.‒, que se expresan en el modo de trabajar, de relacionarse con los demás,
de considerar los acontecimientos diarios.
Estos elementos influyen en la vida moral, al facilitar el desarrollo de
ciertas virtudes o, si falta el empeño por moldearlos, la aparición de
defectos: por ejemplo, una personalidad emprendedora puede ayudar a cultivar la
laboriosidad, con tal de que al mismo tiempo se viva una disciplina que evitará
el defecto de la inconstancia y del activismo.
Dios cuenta con nuestra personalidad para llevarnos por caminos de
santidad. El modo de ser de cada uno es como una tierra fértil que se ha de
cultivar: basta quitar con paciencia y alegría las piedras y malas hierbas que
impiden la acción de la gracia, y comenzará a dar fruto, una parte el
ciento, otra el sesenta y otra el treinta[5]
Cada quien puede hacer rendir los talentos que ha recibido de las manos de
Dios, si se deja transformar por la acción del Espíritu Santo, forjando una
personalidad que refleje el rostro de Cristo, sin que esto quite para nada los
propios acentos, pues variados son los santos del cielo, que cada
uno tiene sus notas personales especialísimas[6].
Si bien hemos de robustecer y pulir la propia personalidad para que se
ajuste a un estilo cristiano, no podemos pensar que el ideal sería convertirse
en una especie de "superhombre" En realidad, el modelo es siempre
Jesucristo, que posee una naturaleza humana igual que la nuestra, pero perfecta
en su normalidad y elevada por la gracia.
Desde luego, encontramos un ejemplo excelso también en la Santísima Virgen
María: en Ella se da la plenitud de lo humano… y de la normalidad. La
proverbial humildad y sencillez de María, quizá sus cualidades más valoradas en
toda la tradición cristiana, junto a su cercanía, cariño y ternura por todos
sus hijos ‒que son virtudes de una buena madre de familia‒, son la mejor
confirmación de ese hecho: la perfección de una criatura ‒ ¡Más que
tú sólo Dios![7]‒,
tan plenamente humana, tan encantadoramente mujer: ¡la Señora por excelencia!
Madurez humana y sobrenatural
La palabra "madurez" significa primero estar en sazón, a punto, y
por extensión hace referencia a la plenitud del ser. Implica también el
cumplimiento de la propia tarea. Por eso, su mejor paradigma lo podemos
encontrar en la vida del Señor. Contemplarla en los Evangelios y ver cómo
Cristo trata a las personas, su fortaleza ante el sufrimiento, la decisión con
que acometió la misión recibida del Padre, todo esto nos da el criterio de la
madurez.
Al mismo tiempo, nuestra fe incorpora todos los valores nobles que se
encuentran en las distintas culturas, y por eso también es útil retomar,
purificándolos, los criterios clásicos de madurez humana. Es algo que se ha
hecho a lo largo de la historia de la espiritualidad cristiana, en mayor o
menor medida, de forma más o menos explícita.
El mundo clásico greco-romano, por ejemplo, que tan sabiamente
cristianizaron los Padres de la Iglesia, colocó al centro del ideal de madurez
humana especialmente la "sabiduría" y la "prudencia",
entendidas con diversos matices. Los filósofos y teólogos cristianos de aquella
época enriquecieron esta concepción, señalando la preeminencia de las virtudes
teologales, de modo especial la caridad comovínculo de la perfección[8],
en palabras de san Pablo, y que da forma a todas las virtudes.
Actualmente, el estudio sobre la madurez humana se ha complementado con las
distintas perspectivas que ofrecen las ciencias modernas. Sus conclusiones son
útiles en la medida en que parten de una visión del hombre abierta al mensaje
cristiano.
Así, algunos suelen distinguir tres campos fundamentales en la madurez:
intelectual, emotiva y social. Rasgos significativos de madurez intelectual
pueden ser: un adecuado concepto de sí mismo (cercanía entre lo que uno piensa
que es y lo que realmente es, en la que influye decisivamente la sinceridad con
uno mismo); una filosofía correcta de la vida; establecer personalmente metas y
fines claros, pero con horizontes abiertos e ilimitados (en amplitud,
profundidad e intensidad); un conjunto armónico de valores; una clara
certidumbre ético-moral; un sano realismo ante el mundo propio y ajeno; la
capacidad de reflexión y análisis sereno de los problemas; la creatividad y la
iniciativa; etc.
Entre los rasgos de madurez emotiva, sin ninguna pretensión de
exhaustividad, cabría señalar: el saber reaccionar proporcionalmente ante los
sucesos de la vida, sin dejarse abatir por el fracaso ni perder el realismo en
el éxito; la capacidad de control flexible y constructivo de sí mismo; el saber
amar, ser generosos y donarse a los demás; la seguridad y firmeza en las
decisiones y compromisos; la serenidad y capacidad de superación ante los retos
y las dificultades; el optimismo, la alegría, la simpatía y el buen humor.
Finalmente, como parte de la madurez social encontramos: el afecto sincero
por los demás, el respeto a sus derechos y el deseo de descubrir y aliviar sus
necesidades; la comprensión de la diversidad de opiniones, valores o rasgos
culturales, sin prejuicios; la capacidad de crítica e independencia frente a la
cultura dominante, el entorno y el ambiente, los grupos de presión o las modas;
una naturalidad en el comportamiento que lleva a actuar sin convencionalismos;
ser capaces de escuchar y comprender; la facilidad para colaborar con otros.
Javier Sese
PARA VER Y ESCUCHAR
https://www.blogger.com/blogger.g?blogID=5507821314345123232#editor/target=post;postID=1993566530005479838;onPublishedMenu=allposts;onClosedMenu=allposts;postNum=1;src=link
PARA VER Y ESCUCHAR
https://www.blogger.com/blogger.g?blogID=5507821314345123232#editor/target=post;postID=1993566530005479838;onPublishedMenu=allposts;onClosedMenu=allposts;postNum=1;src=link
[1] San Juan Pablo
II, Enc. Redemptor Hominis, n. 10.
[2] Ef 4,13.
[3] Amigos de
Dios, n. 75.
[4] Forja, n.
468.
[5] Mt 13,8.
[6] Camino,
n. 947.
[7] Camino,
n. 496.
[8] Col 3,14.
jueves, 30 de octubre de 2014
SENCILLAS VIVENCIAS
ENTREVISTA
El cardenal Mauro
Piacenza explica el significado litúrgico y religioso de la fiesta de Todos los
Santos y de la conmemoración de los Fieles Difuntos
Por Antonio Gaspari
CIUDAD DEL VATICANO, 29 de octubre de 2014 (Zenit.org) - ¿Es cierto
que en la conmemoración de los Fieles Difuntos es posible obtener la
indulgencia plenaria? ¿Las indulgencias son validas para uno mismo, para el
alma del difunto, o también para los amigos y parientes? ¿Cómo se pueden
limitar los efectos negativos de la fiesta de Halloween?. ZENIT ha dirigido estas y otras preguntas al
cardenal Mauro Piacenza, penitenciario Mayor del Tribunal de la Penitenciaría
Apostólica.
Eminencia, en los próximos días vamos a
celebrar la fiesta de Todos los Santos y la conmemoración de los Fieles
Difuntos. El Pueblo de Dios vive profundamente estos días, que son también una
oportunidad para la reflexión y la oración. ¿Sigue siendo válida la práctica de
las indulgencias para los difuntos?
-- ¡Por supuesto que sí! El día 2 de noviembre, visitando un cementerio y habiendo cumplido con las condiciones habituales (haberse confesado, comulgado, recitar el Credo y orar por las intenciones del Santo Padre), se puede obtener la indulgencia plenaria, aplicable a un fiel difunto.
¿Sólo es posible hacerlo en ese día?
-- No, en ese día es posible hacerlo de una manera particular, visitando un cementerio, pero todos los demás días del año se puede ganar la indulgencia plenaria cumpliendo con las diversas obras de piedad que figuran en el Enchiridion Indulgentiarium (el repertorio de las modalidades con las que es posible obtener la cancelación de las penas debidas por los pecados), y optar por aplicarla a uno mismo, o a un fiel difunto. La única "limitación" es que esta práctica piadosa puede realizarse sólo una vez al día; se puede lucrar, por tanto, una sola indulgencia al día, aplicable a uno mismo, o a un fiel difunto.
Usted ha dicho, Eminencia, que las
indulgencias pueden aplicarse a uno mismo, o a un fiel difunto. ¿Por qué no a
otro fiel por el que se reza? ¿A su propio marido, a su propia mujer, a sus
propios hijos?
-- Esto no es posible por el gran misterio de la libertad, que nos hace a imagen y semejanza de Dios y que Dios mismo respeta profundamente. Cada uno, mientras está vivo, es decir, hasta que está en el tiempo, puede cambiar sus propias elecciones existenciales, puede decidir personalmente convertirse y, en este sentido, nadie puede sustituir a la libertad del otro. Por tanto, todo el mundo puede ganar indulgencias y aplicarlas a sí mismo. Ciertamente, se puede orar por la conversión de los hermanos, por la conversión de los pecadores, pero la indulgencia, por su naturaleza, es ya un ejercicio de piedad, que para que se cumpla exige verdaderos actos de conversión, el primero es la Reconciliación sacramental. En cuanto a los difuntos, por la muerte, han salido del tiempo y se les ha terminado el don de la libertad. Por esta razón, siempre es importante que nuestra libertad está orientada al bien y de ningún modo es prudente permanecer mucho tiempo en un estado de pecado mortal. No pudiendo las almas de los difuntos hacer nada por su purificación, en virtud de la comunión de los santos, es decir, de la unidad profunda de todos los bautizados en Cristo, nosotros, los que aún estamos en camino, podemos lograr la extraordinaria obra de misericordia espiritual en sufragio de las almas, y de esto se benefician ellos y, al mismo tiempo, también nos beneficiamos nosotros.
¿Es esta la razón por la que la solemnidad
de Todos los Santos y la conmemoración de los Fieles Difuntos están tan juntas,
el 1 y el 2 de noviembre?
-- Ciertamente, la Iglesia ha rezado desde sus orígenes por los fieles difuntos de las primeras comunidades cristianas. Fueran mártires, o cristianos ordinarios que murieron de muerte natural, la comunidad ha entendido inmediatamente el sufragio por los difuntos como una dimensión estructural de su propia vida, de su propia oración, y sobre todo de la celebración eucarística. Pretendiendo significar que la unidad profunda con Cristo y en Cristo, creada por el Bautismo, y compartiendo la misma Eucaristía, vivida en la comunidad cristiana, no podría romperse ni siquiera con la muerte. Después de todo, ahora que lo pienso, si la muerte ha sido vencida por Cristo, quien ha renacido en Cristo no puede ser separado por nada, ¡ni siquiera por esa muerte que Cristo ya ha vencido! La solemnidad de Todos los Santos evidencia precisamente la verdad de la communio sanctorum, de la unión de todos los bautizados. Como nos ha recordado en varias ocasiones el papa Francisco: "el tiempo prevalece sobre el espacio". Por lo tanto, la unión en el tiempo de todos los bautizados, desde los primeros cristianos, a los que mañana por la mañana recibirán el Bautismo y hasta el final de la historia, es una unión que nada podrá empañar jamás y que determina el caminar de la Iglesia en el tiempo en el que es anticipación real, aquí en la tierra, del Reino de los Cielos. Nosotros pertenecemos al único Cuerpo eclesial que, sin interrupción, desde Jesucristo, la Virgen María y los Apóstoles, ha llegado hasta nosotros, y es por esta razón que la Iglesia en el cielo es mucho más numerosa, mucho más interesante, mucho más sabia y mucho más "influyente" que la Iglesia en la tierra.
En la noche que precede a la Solemnidad de
Todos los Santos, desde hace más o menos una década, se ha extendido la moda de
Halloween también en Europa. ¿A qué se debe este fenómeno? ¿Qué le parece?
-- Como bien ha dicho usted, se trata de una moda, que sin duda tiene serias implicaciones y no sólo de orden consumista. Creo que puedo concluir que la gran mayoría de los jóvenes, que organizan fiestas de disfraces en esa ocasión, son víctimas inconscientes tanto de la moda como de quienes, a toda costa, tienen que vender productos comerciales, manipulando las realidades espirituales. Me parece el fenómeno tan irracional como para convertirse en la figura real de la sociedad contemporánea: el que no cree en la verdad termina por creer en cualquier cosa, ¡incluyendo las calabazas! Soy consciente, sin embargo, que en algunos casos este tipo de manifestaciones tienen un origen espiritista e incluso satánico y, por lo tanto, alimentarlas y no corregirlas nos puede convertir en nutridores involuntarios de aquel "humo de Satanás", que ya intoxica el mundo demasiado. Todos debemos estar atentos para no respirar gases tóxicos; a veces esto sucede casi sin darnos cuenta. Recordemos que una calabaza, aunque bendecida, siempre es una calabaza. ¡Las de Halloween ni siquiera están bendecidas!
PARA ESCUCHAR
miércoles, 29 de octubre de 2014
SENCILLAS VIVENCIAS
SOLEMNIDAD
DE TODOS LOS SANTOS
|
por Antonio Cañizares
Estamos
próximos a la fiesta de todos los santos, en sus mismos umbrales. Una de las
fiestas más arraigadas en la tradición española, a la que se une la memoria
agradecida por los seres queridos que ya descansan en el Señor.
La visita de
casi todos a los cementerios en cualquier rincón de nuestra geografía para
llevar flores a las tumbas y decir alguna oración ante las tumbas de los que
nos han precedido es la imagen de este día, lleno de recuerdos y de
agradecimiento, en el fondo de agradecimiento a Dios, porque en ellos pudimos
palpar un gran amor, reflejo de Dios, que es Amor; pero también día de
esperanza porque, en el fondo, estamos expresando que los nuestros viven y
que esperamos verlos en la vida eterna. En este día, la Iglesia y la
tradición que nos sustenta nos invitan a compartir y a gustar la alegría de
los santos.
Esta fiesta nos recuerda que no estamos solos; Dios mismo nos acompaña con
esa multitud incontable de hombres como nosotros que caminan a nuestro lado
como peregrinos hacia la patria definitiva; que estamos inmersos en una
muchedumbre incontable de testigos, con los que formamos un solo cuerpo.
Esta
muchedumbre de santos nos estimula a mantener nuestra mirada fija en la meta
y en las promesas que nos abren a la gran esperanza, la del cielo.
La
liturgia de ese día, guía de sabiduría, nos exhorta a dirigir nuestra mirada
a esa muchedumbre ingente no sólo de los santos reconocidos de forma
oficial, sino de todos los santificados de todas las épocas que, con el
auxilio de Dios, se han esforzado de verdad por cumplir con amor y fidelidad
el querer de Dios.
De gran parte de ellos no conocemos ni el rostro ni el
nombre, pero con los ojos de la fe los vemos resplandecer en la gloria de
Dios. Ellos representan a la humanidad nueva de los salvados por la sangre de
Cristo, y reflejan la hermosura de la santa madre Iglesia, esposa inmaculada
de Cristo, fuente y modelo de toda santidad.
Ellos son los hijos mejores que
han sido engendrados por la gracia del Espíritu en el seno de la santa madre,
la Iglesia. Esa muchedumbre incontable de santos de los que hacemos memoria
ese día han sido personas que no han buscado obstinadamente su propia
felicidad, sino que han querido simplemente entregarse, porque han sido
alcanzados por la luz de Cristo. En vida y en gloria, los santos nos han
hecho palpar ya la transformación, la renovación y reforma, de nuestro mundo,
de este mundo envejecido por el pecado, la mentira, la violencia, la negación
de Dios.
En verdad, los santos son los verdaderos reformadores de la humanidad y de
este mundo nuestro; «en las vicisitudes de la historia han sido los
verdaderos reformadores que tantas veces han elevado a la humanidad; la han
iluminado siempre de nuevo lo suficiente para dar la posibilidad de aceptar
–tal vez en el dolor– la palabra de Dios al terminar la obra de la creación:
‘y era muy bueno’... Sólo los santos, sólo de Dios proviene el cambio
decisivo del mundo. En el siglo pasado vivimos revoluciones cuyo programa
común fue no esperar nada de Dios, sino tomar totalmente en las propias manos
la causa del mundo y transformar sus condiciones.
Y hemos visto que, de este modo, siempre se tomó un punto de vista humano y
parcial como criterio absoluto de orientación. La absolutización de lo que no
es absoluto, sino relativo, no libera al hombre, sino que lo priva de su
dignidad y lo esclaviza. No son las ideologías las que salvan el mundo, sino
el dirigir la mirada al Dios viviente, que es nuestro Creador, el garante de
nuestra libertad, el garante de lo que es realmente bueno y auténtico. La
revolución verdadera consiste únicamente en mirar a Dios, que es la medida de
lo que es justo y, al mismo tiempo, es el amor eterno. Y ¿qué puede salvarnos
sino el amor?». (Benedicto XVI, en Colonia).
Esos son los santos innumerables
que ese día recordamos. Ellos vivieron su vida mirando a Dios, poniendo en Él
su mente y su corazón, teniéndolo en el centro más profundo de su existencia.
Bienaventurados y dichosos para siempre en la bella aventura que recorrieron
en su vida junto a Jesucristo y en comunión con Él, siguiendo el camino de
las bienaventuranzas –»retrato de Jesús», camino de felicidad–, ellos nos
señalan que Dios es el único asunto central y defi nitivo para el hombre.
Con razón, el papa Pablo VI definió el ateísmo como «el drama y el problema
más grande de nuestro tiempo». El silencio de Dios, o el abandono de Dios, el
ateísmo y la increencia como fenómeno cultural masivo, es con mucho el
acontecimiento fundamental de estos tiempos de indigencia y de quiebra humana
y moral en Occidente. No hay otro que se le puede comparar en radicalidad por
lo vasto de sus consecuencias.
Los santos, que han vivido y viven de Dios y
para Dios, son quienes ahora nos marcan el camino para que se opere lo que
Benedicto XVI ha denominado «la revolución de Dios», el paso a una humanidad
nueva y renovada, donde reine el amor y la paz, donde la verdad nos haga
libres y misericordiosos, donde se siga el camino de la felicidad que está,
precisamente, en ese saberse creado y amado por Dios, en ese comprenderse
hijo de Dios en todo, en ese
camino paradógico de las bienaventuranzas, o si queremos de la felicidad que
es el seguido por el mismo Jesús. «El bienaventurado por excelencia es, en
efecto Jesús, sólo Él. Él es el verdadero pobre de espíritu, el que llora, el
manso, el que tiene hambre y sed de justicia, el misericordioso, el puro de corazón, el artífice de paz; Él es el
perseguido por causa de la justicia». No tenemos otra ruta diferente a la de
las Bienaventuranzas, que ponen a Dios en el centro, que señalan que viviendo
en la confi anza plena puesta en Dios -no en las riquezas, no en el poder, no
en uno mismo y los propios intereses, siempre parciales- es como se alcanza
la felicidad que vivieron en la tierra y que ahora gozan en los cielos todos los santos.
Que ellos nos ayuden. Aunque no estén en los altares los hemos
conocido a tantos y tantos de ellos, nos lo hemos encontrado muy cerca, han
caminado nuestro
mismo camino. Que Dios, por intercesión de ellos nos ayuden a caminar el
suyo, que es el camino de la felicidad y la esperanza.
PARA ESCUCHAR
|
martes, 28 de octubre de 2014
SENCILLAS VIVENCIAS
EL PAPA FRANCISCO
ALABA A BENEDICTO XVI COMO UN GRAN PAPA ABIERTO A LA CIENCIA |
||
El Santo Padre Francisco hizo hincapié, ayer lunes 27 de octubre, en la
grandeza del Papa Ratzinger e inauguró con profunda y emocionada alegría un
busto en honor de su amado Predecesor, en un acto solemne, en la sede de la
Pontificia Academia de las Ciencias, en el marco de la sesión plenaria de
esta histórica institución, en la Casina Pío IV, en los jardines vaticanos.
»Este busto de Benedicto XVI evoca a los ojos de todos la persona y el rostro
del querido Papa Ratzinger. Evoca también su alma: sus enseñanzas,
sus ejemplos, sus obras, su devoción a la Iglesia y su actual vida
‘monástica’. Espíritu que lejos de quebrantarse con el pasar del tiempo,
parecerá de generación en generación, ¡cada vez más grande y poderoso!
»¡Benedicto XVI: un gran Papa! Grande por la fuerza y profundidad
de su inteligencia, por su relevante contribución a la teología, grande por
su amor a la Iglesia y a los seres humanos, grande por su virtud y su
religiosidad.
»Como saben bien, su amor a la verdad no se limita a la teología y a
la filosofía, sino que se abre a las ciencias. Su amor a la ciencia se
vuelca en su solicitud para con los científicos, sin distinción de raza,
nacionalidad, civilización, religión; solicitud para con la Academia, desde
cuando San Juan Pablo II lo nombró miembro de la misma.
Tras destacar que Benedicto XVI supo honrar a la Pontificia Academia
de la Ciencias con su presencia y su palabra, nombró a muchos de sus
miembros, entre ellos a Werner Arber, que la preside, el Papa Francisco
recordó que fue el primero en invitar al Sínodo sobre la nueva evangelización
a un presidente de la misma, conciente de la importancia de la ciencia en la
cultura moderna. Y, poniendo de relieve el ánimo amable de su Predecesor, su
amor a Dios y a las personas, el Obispo de Roma invitó a dar gracias a Dios
por habernos donado a Benedicto.
»Por cierto, nunca se podrá decir de él que el estudio y la ciencia hayan
hecho de él una persona árida, así como tampoco volvieron árido su amor a
Dios y al prójimo. Todo lo contrario. La ciencia, la sabiduría y la oración
han dilatado su corazón y su alma. ¡Demos gracias a Dios por el don que
ha hecho a la Iglesia y al mundo con la existencia y el pontificado del Papa
Benedicto!
El Papa Francisco destacó también el importante trabajo de los miembros de la
Pontificia Academia de las Ciencias, con su gran aprecio y aliento por el
impulso que dan al progreso científico y al mejoramiento de las condiciones
de vida de la gente, en especial de los más pobres.
Y sin entrar en el tema tan complejo de la evolución del concepto de
naturaleza, que están tratando, quiso subrayar – recordando al Apóstol Pablo
- que «Dios y Cristo caminan con nosotros y están presentes también en la
naturaleza».
Reiterando luego que «Dios no es un demiurgo ni un mago, sino el Creador» y
que «el comienzo del mundo no es obra del caos», «sino que deriva
directamente de un Principio supremo que crea por amor», el Papa
Bergoglio hizo hincapié en que «el Big Bang que hoy se pone en el origen del
mundo, no contradice la intervención del Creador divino, sino que lo exige».
Asimismo, una vez más, el Obispo de Roma recordó la responsabilidad de los
seres humanos, de los científicos y de los científicos cristianos, en lo que
respecta a la tutela y salvaguarda de la naturaleza y de la familia humana. Y
puso en guardia contra las acciones de los hombres que destruyen la
creación y contra el hombre que intenta ocupar el lugar del Creador: «es
pecado contra Dios Creador»
PARA ESCUCHAR
|
lunes, 27 de octubre de 2014
SENCILLAS VIVENCIAS
LA IGNORANCIA EN LAS ESCRITURAS
ES IGNORANCIA EN CRISTO
''El de ustedes, es el fruto de un trabajo paciente, cuidadoso, fraterno, competente y sobre todo creyente. Si no creerán, no comprenderán; si no creerán, no subsistirán'', dijo el Santo Padre Francisco a los miembros de la Alianza Bíblica Universal a los que recibió la mañana del lunes en la Sala del Consistorio para la presentación de la Biblia en lengua Italiana ''Palabra del Señor -La Biblia Interconfesional en lengua corriente''.
''Deseo – les
dijo el Papa- que este texto, que se presenta con el beneplácito de la
Conferencia Episcopal Italiana y de la Federación de las Iglesias Evangélicas
en Italia, anime a todos los cristianos de lengua italiana a meditar, vivir,
testimoniar y celebrar el mensaje de Dios''.
''Desearía tanto
-agregó- que todos los cristianos pudieran aprender ''la sublime ciencia de
Jesucristo'' a través de la lectura frecuente de la Palabra de Dios, ya que el
texto sagrado es el nutriente del alma y la fuente pura y perenne de la vida
espiritual de todos nosotros.
Debemos
esforzarnos para que todos los fieles lean la Palabra de Dios, ya que ''la
ignorancia de las Escrituras, en efecto, es ignorancia en Cristo, como dice san
Jerónimo''.
Antes de finalizar, Francisco les dio las
gracias por su precioso trabajo y los animó a ''continuar el camino iniciado,
para dar a conocer siempre mejor y hacer comprender más profundamente la
Palabra de Dios viviente''.
PARA ESCUCHAR
http://www.news.va/es/news/la-ignorancia-en-las-escrituras-es-ignorancia-en-2
domingo, 26 de octubre de 2014
SENCILLAS VIVENCIAS
RENUNCIAR A LA VERDAD ES LETAL PARA LA FE.
BENEDICTO XVI |
||
(Tomado de Religión en libertad)
Tras una semana de la finalización del Sínodo de
Familia es interesante volver la vista atrás, para hacer balance y sacar
conclusiones. El Papa Francisco ha señalado las tentaciones que ha detectado
durante el proceso:
La tentación del endurecimiento hostil, esto es el querer cerrarse dentro de lo
escrito (la letra) y no dejarse sorprender por Dios, por el Dios de las
sorpresas (el espíritu); dentro de la ley, dentro de la certeza de lo que
conocemos y no de lo que debemos todavía aprender y alcanzar. Es la tentación
de los celosos, de los escrupulosos, de los apresurados, de los así llamados
"tradicionalistas" y también de los intelectualistas.
La tentación del “buenismo” destructivo, que en nombre de una misericordia
engañosa venda las heridas sin primero curarlas y medicarlas; que trata los
síntomas y no las causa ni las raíces. Es la tentación de los
"buenistas", de los temerosos y también de los así llamados
“progresistas y liberalistas”.
La tentación de transformar la piedra en pan para terminar el largo ayuno,
pesado y doloroso (Cf. Lc 4, 1-4) y también de transformar el pan en piedra, y tirarla contra los pecadores,
los débiles y los enfermos (Cf. Jn 8,7) de transformarla en “fardos
insoportables” (Lc 10,27).
La tentación de descender de la cruz para contentar a la gente, y no permanecer,
para cumplir la voluntad del Padre; de ceder al espíritu mundano en vez de
purificarlo e inclinarlo al Espíritu de Dios.
La tentación de descuidar el “depositum fidei”, considerándose no custodios,
sino propietarios y patrones, o por otra parte, la tentación de descuidar la
realidad utilizando ¡una lengua minuciosa y un lenguaje pomposo para decir
tantas cosas y no decir nada!
|
Suscribirse a:
Entradas (Atom)






