martes, 4 de noviembre de 2014

SENCILLAS VIVENCIAS



«Pensamos que la santidad se hace gracias a nuestras cosas y nos volvemos pelagianos».


En la ley del Reino de Dios Él se dona con gratuidad. Así lo ha recordado el papa Francisco en la homilía de este martes en la misa en Santa Marta. 

El Pontífice ha observado que a veces, por egoísmo o ganas de poder, rechazamos la fiesta a la que el Señor nos invita gratuitamente. Y a veces, nos fiamos de Dios, "pero no demasiado".


El Papa ha hablado en su homilía de la parábola del Evangelio del día: un hombre dio una gran fiesta, pero los invitados encontraron excusas para no ir. 

Una parábola -ha afirmado- que nos hace pensar, porque "a todos nos gusta ir a una fiesta, nos gusta estar invitados". Pero en este banquete "había algo" que a tres invitados, "que son un ejemplo de muchos, no les gustaba".

Así, Francisco explica que uno de los invitados dice que debe atender su campo, tiene ganas de verlo para sentirse "un poco poderoso", "la vanidad, el orgullo, el poder y prefiere eso en vez de quedarse sentado como uno de tantos". 

Otro compró cinco bueyes, y se concentró en los negocio y no quería "perder tiempo" con otra gente. 

El último se excusó diciendo que estaba casado y no quería llevar a la mujer a la fiesta. 

El Santo Padre ha observado que los tres tenían una preferencia por sí mismos, no de compartir una fiesta, explicando que no saben lo que es una fiesta porque "está el interés, está lo que Jesús ha explicado como el intercambio".

El Pontífice ha afirmado que "si la invitación hubiera sido, por ejemplo: ´venid, que tengo dos o tres amigos empresarios que vienen de otro país, podemos hacer algo juntos´, seguramente ninguno se habría excusado.

Pero lo que les asustaba era la gratuidad. Ser uno como los otros, allí... Precisamente el egoísmo, esta al centro de todo... Es muy difícil escuchar la voz de Jesús, la voz de Dios, cuando uno gira entorno a sí mismo: no tiene horizonte, porque el horizonte es él mismo. Y detrás de esto hay otra cosa, más profunda: está el miedo a la gratuidad. Tenemos miedo de la gratuidad de Dios. Es tan grande que nos da miedo".

Y esto sucede, ha aclarado el Papa, "porque las experiencias de la vida, muchas veces nos han hecho sufrir" como le sucede a los discípulos de Emaus que se alejan de Jerusalén y a Tomás que quiere tocar para creer. 

Retomando un proverbio popular Francisco ha recordado que cuando "la ofrenda es grande hasta el santo sospecha", porque la gratuidad es demasiada. Por eso, cuando Dios nos ofrece un banquete así pensamos que sea mejor no inmiscuirse.

A propósito, ha subrayado que "estamos más seguros de nuestros pecados, de nuestros límites, pero estamos en nuestra casa; ¿salir de nuestra casa para acudir a la invitación de Dios, a casa de Dios, con los otros? No. Tengo miedo. Y todos nosotros cristianos tenemos este miedo: escondido, dentro... pero no demasiado. Católicos, pero no demasiado. Confiados en el Señor, pero no demasiado. Este ´pero no demasiado´, marca nuestra vida, nos hace pequeños ¿no?, nos empequeñece".

A continuación, el Santo Padre ha indicado que una cosa que le hace pensar es que cuando el siervo explicó todo esto a su patrón, el patrón se enfada porque fue despreciado. Y manda llamar a todos los pobres, los lisiados, por las plazas y las calles de la ciudad.

El Señor pide al siervo que insista a las personas para entrar en la fiesta. "Muchas veces el Señor debe hacer con nosotros lo mismo: con las pruebas, muchas pruebas", ha afirmado el Papa. "Insísteles, que aquí habrá una fiesta. La gratuidad. Insiste a ese corazón, a ese alma para creer que hay gratuidad en Dios, que el don de Dios es gratis, que la salvación no se compra: es un regalo grande, que el amor de Dios... ¡es el regalo más grande! Esta es la gratuidad. Y nosotros nos asustamos por esto y pensamos que la santidad se hace gracias a nuestras cosas, y a la larga nos volvemos un poco pelagianos, ¿verdad? La santidad, la salvación es gratuidad". 

Al finalizar la homilía, el Obispo de Roma ha recordado que Jesús "ha pagado la fiesta, con su humillación hasta la muerte, muerte de Cruz. Y esta es la gran gratuidad".

Y así, ha observado que cuando miramos el Crucifijo pensamos que "esta es la entrada a la fiesta": "Sí, Señor, soy pecador, tengo muchas cosas, pero te miro y voy a la casa del Padre. Me fío. No permaneceré desilusionado, porque Tú has pagado todo". finalmente, el Pontífice ha afirmado que "la Iglesia nos pide no tener miedo de la gratuidad de Dios".

Solamente, "nosotros debemos abrir el corazón, hacer todo lo que podamos por nuestra parte; pero la gran fiesta la hará Él".

lunes, 3 de noviembre de 2014

SENCILLAS VIVENCIAS

El Papa Francisco advierte contra 
«la rivalidad y la vanagloria, 
dos gusanos que debilitan» a la Iglesia



La rivalidad y vanagloria son dos gusanos que debilitan a la Iglesia. Debemos actuar con un espíritu de humildad y armonía, sin buscar el propio interés, predicó el Papa Francisco en su homilía matinal en la residencia Santa Marta este lunes 3 de noviembre. 

Siguiendo el texto de la carta de San Pablo a los Filipenses, el Papa señaló que la alegría de un obispo es ver en su iglesia amor, unidad y armonía. 

"Esta armonía - dijo - es una gracia, la da el Espíritu Santo, pero nosotros debemos hacer, por nuestra parte, todo lo que ayude al Espíritu Santo a realizar esa armonía en la Iglesia." 

Por eso San Pablo pide a los filipenses no hacer nada "por egoísmo o vanidad" ni "luchar el uno contra el otro, ni siquiera para ser visto, para darse aires de ser mejor que los demás." 

“Ya veis que esto no es sólo algo de nuestro tiempo”, sino que " viene de lejos", comentó Francisco. 

"¿Y cuántas veces, en nuestras instituciones, en la Iglesia, en la parroquia, por ejemplo, en las escuelas, nos encontramos con esto? La rivalidad, buscar que nos vean, la vanagloria. Vemos que hay dos gusanos que se alimentan de la consistencia de la Iglesia y la debilitan. La rivalidad y la vanidad están en contra de esta armonía”.

Ante esto, ¿qué recomienda Pablo? 

"Considerad a los demás como superiores a cada uno de vosotros”, dice el Apóstol a los cristianos. Él mismo se declaraba "indigno de ser llamado apóstol, el último. Ese era su sentir: pensar que todos los demás eran superiores a él”, enseña Francisco.

El Papa citó a San Martín de Porres, peruano que vivió entre 1579 y 1639, "humilde fraile dominico," que la Iglesia recuerda cada 3 de noviembre. 

"Su espiritualidad estaba en el servicio, porque sentía que todos los demás, incluso a los más grandes pecadores estaban por encima de él". 

Por su parte, San Pablo continúa: "Buscad el bien de los demás. Servid a los demás”. Y Francisco añade: “Esta es la alegría de un obispo, cuando ve a su iglesia, así: un mismo sentir, un mismo amor, en un acuerdo unánime. Este es el aire que Jesús quiere la Iglesia. Usted puede tener diferentes opiniones, eso está bien, pero siempre con ese ambiente: la humildad, la caridad, no despreciar a nadie ". 

Refiriéndose al Evangelio del día, Francisco añadió: 
"Es malo cuando en las instituciones de la Iglesia, de una diócesis, encontramos en las parroquias gente que busca su propio interés, no el servicio, no el amor. Pero Jesús en el Evangelio dice: No busquéis el propio interés, no busquéis contraprestaciones. Yo hago esto por ti, tú haces tal favor por mí…”

Francisco afirma que Jesús “con esta parábola, en la que se invita a cenar a quienes no pueden pagar nada”, enseña “la gratuidad”. “Yo hago el bien, no un negocio con el bien”. 


El Papa, finalmente, animó a realizar un examen de conciencia: ¿cómo está mi parroquia, mi comunidad? ¿Tiene este espíritu? ¿Cómo es mi institución? Este espíritu de sentimientos de amor, de unanimidad, de concordia, sin rivalidad o vanagloria, con la humildad de pensar que los demás son superiores a nosotros, en nuestra parroquia, en nuestra comunidad ... Tal vez nos encontremos con que hay algo que mejorar. ¿Cómo puedo mejorar esto hoy?".

PARA VER Y ESCUCHAR

domingo, 2 de noviembre de 2014

SENCILLAS VIVENCIAS

ORACIÓN DEL PAPA FRANCISCO 
POR LOS FIELES DIFUNTOS



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Antes de rezar el Angelus en la Conmemoración de los Fieles Difuntos de este año 2014, el Papa Francisco recordó que esta festividad y la de Todos los Santos "están íntimamente unidas, como la alegría y las lágrimas encuentran en Jesucristo una síntesis que es fundamento de nuestra fe y de nuestra esperanza".

Y así, la Iglesia "goza por la intercesión de los santos que la sostienen en la misión de anunciar el Evangelio" al tiempo que "comparte el llanto de quien sufre la separación de las personas queridas" y agradece que Jesucristo "nos haya liberado del dominio del pecado y de la muerte".

"Es bello pensar que la muerte del cuerpo es como un sueño del que Jesús mismo nos despertará", dijo el Papa, que instó a recordar en los cementerios no sólo a nuestros seres queridos, sino "a todos, también a aquellos a quienes nadie recuerda".

"La tradicion de la Iglesia", continuó, "ha exhortado siempre a rezar por los fieles difuntos, ofreciendo por ellos la celebración eucarística, que es la mejor ayuda espiritual que podemos ofrecer a las almas, particularmente a las más abandonadas".

Y añadió: "El recuerdo de los difuntos, el cuidado de los sepulcros y los sufragios son el testimonio de la confiada esperanza radicada en la certeza de que la muerte no es la última palabra sobre la suerte humana, porque el hombre está destinado a una vida sin límites que tiene su raíz y su fin en Dios". E invitó a rezar la siguiente oración:


Oración del Papa por los difuntos

Dios de infinita misericordia,
confiamos a tu inmensa bondad
a cuantos han dejado este mundo para la eternidad,
donde tú esperas a toda la humanidad,
redimida por la sangre preciosa de Jesucristo,
muerto en rescate por nuestros pecados.

No mires, Señor,
tantas pobrezas, miserias y debilidades humanas
con las que nos presentaremos ante el tribunal
para ser juzgados para la felicidad o la condena.

Míranos con la mirada piadosa
que nace de la ternura de tu corazón,
y ayúdanos a caminar en el camino de una completa purificación.

Que ninguno de tus hijos se pierda en el fuego eterno,
donde ya no puede haber arrepentimiento.

Te confiamos, Señor, las almas de nuestros seres queridos, y de las personas que han muerto sin el consuelo sacramental o no han tenido manera de arrepentirse ni siquiera al final de su vida.

Que nadie tenga el temor de encontrarte
después de la peregrinación terrenal,
en la esperanza de ser acogidos
en los brazos de la infinita misericordia.

La hermana muerte corporal
nos encuentre vigilantes en la oración
y llenos de todo bien,
recogido en nuestra breve o larga existencia.

Señor, que nada nos aleje de ti en esta tierra,
sino que en todo nos sostengas
en el ardiente deseo de reposar serena y eternamente.
Amen.

PARA ESCUCHAR
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sábado, 1 de noviembre de 2014

SENCILLAS VIVENCIAS


Una personalidad que se identifique con Cristo


(SEGUNDA PARTE)
Un camino hacia la madurez
Cabría resumir estos rasgos diciendo que la persona madura es capaz de desarrollar un proyecto elevado, claro y armónico de su vida, y que posee las disposiciones positivas necesarias para realizarlo con facilidad.
En cualquier caso, la madurez viene como un proceso que requiere tiempo, que pasa por distintos momentos y etapas. Suele crecer de una manera gradual, aunque en la historia personal pueda haber sucesos que impulsan a dar grandes saltos: por ejemplo, la venida al mundo del primer hijo para algunos marca un hito, al caer en la cuenta de lo que implica esta nueva responsabilidad; o, después de atravesar serios apuros económicos, una persona puede aprender a reconsiderar cuáles son las cosas verdaderamente importantes en la vida; etc.
En este camino hacia la madurez, la fuerza transformadora de la gracia se hace presente. Basta una mirada de conjunto a las santas y santos más conocidos para detectar en seguida en ellos los ideales elevados, la certidumbre de sus convicciones, la humildad ‒que es el más adecuado concepto de sí mismo‒, su desbordante creatividad e iniciativa, su capacidad de entrega y amor hecha realidad, su contagioso optimismo, su apertura ‒su afán apostólico, en definitiva‒ eficaz y universal.
Un ejemplo claro lo encontramos en la vida de san Josemaría, que ya desde la juventud notaba que la gracia había obrado en él consolidando una personalidad madura. Apreciaba en sí, en medio de las dificultades, una estabilidad de ánimo fuera de lo usual: Creo que el Señor ha puesto en mi alma otra característica: la paz: tener la paz y dar la paz, según veo en personas que trato o dirijo[9]. Se le podían aplicar, con toda justicia, aquellas palabras del salmo: Super senes intellexi quia mandata tua quaesivi[10]: tengo más discernimiento que los ancianos, porque guardo tus mandatos. Lo que no quita que, no pocas veces, la madurez se adquiere con el tiempo, los fracasos y los éxitos, que entran en el horizonte de la Divina Providencia.
Contar con la gracia y el tiempo
Aunque es posible señalar que en cierto momento una persona ha llegado a una etapa de madurez en su vida, la tarea de trabajar sobre el modo de ser de cada uno se proyecta a lo largo de todo nuestro andar terreno.
El autoconocimiento y la aceptación del propio carácter darán paz para no desanimarse en este empeño. Esto no implica ceder al conformismo. Quiere decir, más bien, reconocer que el heroísmo de la santidad no exige poseer ya una personalidad perfecta ni aspirar a un modo de ser idealizado, y que la santidad requiere la lucha paciente de cada día, sabiendo reconocer los errores y pedir perdón.
Las verdaderas biografías de los héroes cristianos son como nuestras vidas: luchaban y ganaban, luchaban y perdían. Y entonces, contritos, volvían a la lucha[11]. El Señor cuenta con el esfuerzo prolongado en el tiempo para pulir el propio modo de ser. Es significativo, por ejemplo, aquello que una persona comentaba a la sierva de Dios Dora del Hoyo hacia el final de su vida: «–Dora: quién te ha visto y quién te ve. ¡Mira que eres otra! Se rió: sabía muy bien de qué hablaba»[12]. Le había hecho ver cómo, con los años, su carácter había alcanzado una ecuanimidad que conseguía moderar las reacciones de genio.
Y es que en esta empresa contamos siempre con la ayuda del Señor y con los cuidados maternos de santa María: «La Virgen hace precisamente esto con nosotros, nos ayuda a crecer humanamente y en la fe, a ser fuertes y a no ceder a la tentación de ser hombres y cristianos de una manera superficial, sino a vivir con responsabilidad, a tender cada vez más hacia lo alto»[13].
En próximos editoriales abordaremos diversos elementos que están implicados en la formación del carácter. Señalaremos ciertos rasgos claves de la madurez cristiana. Contemplaremos el edificio que el Espíritu Santo, con la colaboración activa de cada uno, busca levantar en el interior del alma, y consideraremos las características de los fundamentos, qué hacer para asegurar que la estructura sea firme, cómo remediar la aparición de alguna fisura.
¡Qué desafío tan entusiasmante es forjar una personalidad que refleje claramente la imagen de Jesucristo!

J.Sesé


[9] Apuntes íntimos, n. 1095, citado en Andrés Vázquez de Prada, El fundador del Opus Dei, vol. I, Rialp, Madrid 1997, p. 560.
[10] Sal 118 (Vg).
[11] Es Cristo que pasa, n. 76.
[12] Recuerdos de Rosalía López Martínez, Roma 29-IX-2006 (AGP, DHA, T-1058), citado en Javier Medina, Una luz encendida. Dora del Hoyo, Palabra, Madrid 2012, pp. 115.
[13] Francisco, Homilía ante la imagen de Sancta Maria Salus Populi Romani, 6-V-2013.

viernes, 31 de octubre de 2014

SENCILLAS VIVENCIAS

Una personalidad que se identifique con Cristo



Reproducimos una serie de editoriales sobre la formación del carácter y la madurez cristiana. ¿Cómo influye la personalidad en la vida diaria? ¿puede cambiar una persona? ¿qué papel desarrolla la gracia?
FORMACIÓN DE LA PERSONALIDAD
28 de Octubre de 2014

¿Por qué reacciono de ese modo? ¿Por qué soy así? ¿Podré cambiar? Son algunas de las preguntas que alguna vez pueden asaltarnos. A veces, nos las planteamos respecto a los demás: ¿por qué tiene ese modo de ser?... Vamos a profundizar sobre estas cuestiones, mirando a nuestra meta: parecernos cada vez más a Jesucristo, dejándolo obrar en nuestra existencia.
Este proceso abarca todas las dimensiones de la persona, que al divinizarse conserva los rasgos de lo auténticamente humano, elevándolos según la vocación cristiana. Y es que Jesucristo es verdadero Dios y verdadero hombre: perfectus Deus, perfectus homo. En Él contemplamos la figura realizada del ser humano, pues «Cristo Redentor (...) revela plenamente el hombre al mismo hombre. Tal es ‒si se puede hablar así‒ la dimensión humana del misterio de la Redención. En esta dimensión el hombre vuelve a encontrar la grandeza, la dignidad y el valor propios de su humanidad»[1].
La nueva vida que hemos recibido en el Bautismo está llamada a crecer hasta que lleguemos todos a la unidad de la fe y del conocimiento del Hijo de Dios, al hombre perfecto, a la medida de la plenitud de Cristo[2].
Si bien lo divino, lo sobrenatural, es el elemento decisivo en la santidad personal, lo que une y armoniza todas las facetas del hombre, no podemos olvidar que esto incluye, como algo intrínseco y necesario, lo humano: Si aceptamos nuestra responsabilidad de hijos suyos, Dios nos quiere muy humanos. Que la cabeza toque el cielo, pero que las plantas pisen bien seguras en la tierra. El precio de vivir en cristiano no es dejar de ser hombres o abdicar del esfuerzo por adquirir esas virtudes que algunos tienen, aun sin conocer a Cristo. El precio de cada cristiano es la Sangre redentora de Nuestro Señor, que nos quiere -insisto- muy humanos y muy divinos, con el empeño diario de imitarle a Él, que es "perfectus Deus, perfectus homo"[3].
La tarea de formar el carácter
La acción de la gracia en las almas va de la mano con un crecimiento en la madurez humana, en la perfección del carácter. Por eso, al mismo tiempo que cultiva las virtudes sobrenaturales, un cristiano que busca la santidad procurará alcanzar los hábitos, modos de hacer y de pensar que caracterizan a alguien como maduro y equilibrado. Se moverá no por un simple afán de perfección, sino para reflejar la vida de Cristo; por eso, san Josemaría anima a examinarse: —Hijo: ¿dónde está el Cristo que las almas buscan en ti?: ¿en tu soberbia?, ¿en tus deseos de imponerte a los otros?, ¿en esas pequeñeces de carácter en las que no te quieres vencer?, ¿en esa tozudez?... ¿Está ahí Cristo? —¡¡No!! La respuesta nos da una clave para emprender esta tarea: —De acuerdo: debes tener personalidad, pero la tuya ha de procurar identificarse con Cristo[4]
En la propia personalidad influye tanto lo que se hereda y se manifiesta desde el nacimiento, que suele llamarse temperamento, como aquellos aspectos que se han adquirido por la educación, las decisiones personales, el trato con los demás y con Dios, y otros muchos factores, que incluso pueden ser inconscientes.
De este modo, existen distintos tipos de personalidades o caracteres ‒extrovertidos o tímidos, fogosos o reservados, despreocupados o aprensivos, etc.‒, que se expresan en el modo de trabajar, de relacionarse con los demás, de considerar los acontecimientos diarios.
Estos elementos influyen en la vida moral, al facilitar el desarrollo de ciertas virtudes o, si falta el empeño por moldearlos, la aparición de defectos: por ejemplo, una personalidad emprendedora puede ayudar a cultivar la laboriosidad, con tal de que al mismo tiempo se viva una disciplina que evitará el defecto de la inconstancia y del activismo.
Dios cuenta con nuestra personalidad para llevarnos por caminos de santidad. El modo de ser de cada uno es como una tierra fértil que se ha de cultivar: basta quitar con paciencia y alegría las piedras y malas hierbas que impiden la acción de la gracia, y comenzará a dar fruto, una parte el ciento, otra el sesenta y otra el treinta[5]
Cada quien puede hacer rendir los talentos que ha recibido de las manos de Dios, si se deja transformar por la acción del Espíritu Santo, forjando una personalidad que refleje el rostro de Cristo, sin que esto quite para nada los propios acentos, pues variados son los santos del cielo, que cada uno tiene sus notas personales especialísimas[6].
Si bien hemos de robustecer y pulir la propia personalidad para que se ajuste a un estilo cristiano, no podemos pensar que el ideal sería convertirse en una especie de "superhombre" En realidad, el modelo es siempre Jesucristo, que posee una naturaleza humana igual que la nuestra, pero perfecta en su normalidad y elevada por la gracia.
Desde luego, encontramos un ejemplo excelso también en la Santísima Virgen María: en Ella se da la plenitud de lo humano… y de la normalidad. La proverbial humildad y sencillez de María, quizá sus cualidades más valoradas en toda la tradición cristiana, junto a su cercanía, cariño y ternura por todos sus hijos ‒que son virtudes de una buena madre de familia‒, son la mejor confirmación de ese hecho: la perfección de una criatura ‒ ¡Más que tú sólo Dios![7]‒, tan plenamente humana, tan encantadoramente mujer: ¡la Señora por excelencia!
Madurez humana y sobrenatural
La palabra "madurez" significa primero estar en sazón, a punto, y por extensión hace referencia a la plenitud del ser. Implica también el cumplimiento de la propia tarea. Por eso, su mejor paradigma lo podemos encontrar en la vida del Señor. Contemplarla en los Evangelios y ver cómo Cristo trata a las personas, su fortaleza ante el sufrimiento, la decisión con que acometió la misión recibida del Padre, todo esto nos da el criterio de la madurez.
Al mismo tiempo, nuestra fe incorpora todos los valores nobles que se encuentran en las distintas culturas, y por eso también es útil retomar, purificándolos, los criterios clásicos de madurez humana. Es algo que se ha hecho a lo largo de la historia de la espiritualidad cristiana, en mayor o menor medida, de forma más o menos explícita.
El mundo clásico greco-romano, por ejemplo, que tan sabiamente cristianizaron los Padres de la Iglesia, colocó al centro del ideal de madurez humana especialmente la "sabiduría" y la "prudencia", entendidas con diversos matices. Los filósofos y teólogos cristianos de aquella época enriquecieron esta concepción, señalando la preeminencia de las virtudes teologales, de modo especial la caridad comovínculo de la perfección[8], en palabras de san Pablo, y que da forma a todas las virtudes.
Actualmente, el estudio sobre la madurez humana se ha complementado con las distintas perspectivas que ofrecen las ciencias modernas. Sus conclusiones son útiles en la medida en que parten de una visión del hombre abierta al mensaje cristiano.
Así, algunos suelen distinguir tres campos fundamentales en la madurez: intelectual, emotiva y social. Rasgos significativos de madurez intelectual pueden ser: un adecuado concepto de sí mismo (cercanía entre lo que uno piensa que es y lo que realmente es, en la que influye decisivamente la sinceridad con uno mismo); una filosofía correcta de la vida; establecer personalmente metas y fines claros, pero con horizontes abiertos e ilimitados (en amplitud, profundidad e intensidad); un conjunto armónico de valores; una clara certidumbre ético-moral; un sano realismo ante el mundo propio y ajeno; la capacidad de reflexión y análisis sereno de los problemas; la creatividad y la iniciativa; etc.
Entre los rasgos de madurez emotiva, sin ninguna pretensión de exhaustividad, cabría señalar: el saber reaccionar proporcionalmente ante los sucesos de la vida, sin dejarse abatir por el fracaso ni perder el realismo en el éxito; la capacidad de control flexible y constructivo de sí mismo; el saber amar, ser generosos y donarse a los demás; la seguridad y firmeza en las decisiones y compromisos; la serenidad y capacidad de superación ante los retos y las dificultades; el optimismo, la alegría, la simpatía y el buen humor.
Finalmente, como parte de la madurez social encontramos: el afecto sincero por los demás, el respeto a sus derechos y el deseo de descubrir y aliviar sus necesidades; la comprensión de la diversidad de opiniones, valores o rasgos culturales, sin prejuicios; la capacidad de crítica e independencia frente a la cultura dominante, el entorno y el ambiente, los grupos de presión o las modas; una naturalidad en el comportamiento que lleva a actuar sin convencionalismos; ser capaces de escuchar y comprender; la facilidad para colaborar con otros.


[1] San Juan Pablo II, Enc. Redemptor Hominis, n. 10.
[2] Ef 4,13.
[3] Amigos de Dios, n. 75.
[4] Forja, n. 468.
[5] Mt 13,8.
[6] Camino, n. 947.
[7] Camino, n. 496.
[8] Col 3,14.



jueves, 30 de octubre de 2014

SENCILLAS VIVENCIAS

ENTREVISTA


Una calabaza, aunque esté de moda, es siempre una calabaza
El cardenal Mauro Piacenza explica el significado litúrgico y religioso de la fiesta de Todos los Santos y de la conmemoración de los Fieles Difuntos
Por Antonio Gaspari

CIUDAD DEL VATICANO, 29 de octubre de 2014 (Zenit.org) - ¿Es cierto que en la conmemoración de los Fieles Difuntos es posible obtener la indulgencia plenaria? ¿Las indulgencias son validas para uno mismo, para el alma del difunto, o también para los amigos y parientes? ¿Cómo se pueden limitar los efectos negativos de la fiesta de Halloween?. ZENIT ha dirigido estas y otras preguntas al cardenal Mauro Piacenza, penitenciario Mayor del Tribunal de la Penitenciaría Apostólica.

Eminencia, en los próximos días vamos a celebrar la fiesta de Todos los Santos y la conmemoración de los Fieles Difuntos. El Pueblo de Dios vive profundamente estos días, que son también una oportunidad para la reflexión y la oración. ¿Sigue siendo válida la práctica de las indulgencias para los difuntos?

-- ¡Por supuesto que sí! El día 2 de noviembre, visitando un cementerio y habiendo cumplido con las condiciones habituales (haberse confesado, comulgado, recitar el Credo y orar por las intenciones del Santo Padre), se puede obtener la indulgencia plenaria, aplicable a un fiel difunto.

¿Sólo es posible hacerlo en ese día? 

-- No, en ese día es posible hacerlo de una manera particular, visitando un cementerio, pero todos los demás días del año se puede ganar la indulgencia plenaria cumpliendo con las diversas obras de piedad que figuran en el Enchiridion Indulgentiarium (el repertorio de las modalidades con las que es posible obtener la cancelación de las penas debidas por los pecados), y optar por aplicarla a uno mismo, o a un fiel difunto. La única "limitación" es que esta práctica piadosa puede realizarse sólo una vez al día; se puede lucrar, por tanto, una sola indulgencia al día, aplicable a uno mismo, o a un fiel difunto.

Usted ha dicho, Eminencia, que las indulgencias pueden aplicarse a uno mismo, o a un fiel difunto. ¿Por qué no a otro fiel por el que se reza? ¿A su propio marido, a su propia mujer, a sus propios hijos?

-- Esto no es posible por el gran misterio de la libertad, que nos hace a imagen y semejanza de Dios y que Dios mismo respeta profundamente. Cada uno, mientras está vivo, es decir, hasta que está en el tiempo, puede cambiar sus propias elecciones existenciales, puede decidir personalmente convertirse y, en este sentido, nadie puede sustituir a la libertad del otro. Por tanto, todo el mundo puede ganar indulgencias y aplicarlas a sí mismo. Ciertamente, se puede orar por la conversión de los hermanos, por la conversión de los pecadores, pero la indulgencia, por su naturaleza, es ya un ejercicio de piedad, que para que se cumpla exige verdaderos actos de conversión, el primero es la Reconciliación sacramental. En cuanto a los difuntos, por la muerte, han salido del tiempo y se les ha terminado el don de la libertad. Por esta razón, siempre es importante que nuestra libertad está orientada al bien y de ningún modo es prudente permanecer mucho tiempo en un estado de pecado mortal. No pudiendo las almas de los difuntos hacer nada por su purificación, en virtud de la comunión de los santos, es decir, de la unidad profunda de todos los bautizados en Cristo, nosotros, los que aún estamos en camino, podemos lograr la extraordinaria obra de misericordia espiritual en sufragio de las almas, y de esto se benefician ellos y, al mismo tiempo, también nos beneficiamos nosotros.

¿Es esta la razón por la que la solemnidad de Todos los Santos y la conmemoración de los Fieles Difuntos están tan juntas, el 1 y el 2 de noviembre? 

-- Ciertamente, la Iglesia ha rezado desde sus orígenes por los fieles difuntos de las primeras comunidades cristianas. Fueran mártires, o cristianos ordinarios que murieron de muerte natural, la comunidad ha entendido inmediatamente el sufragio por los difuntos como una dimensión estructural de su propia vida, de su propia oración, y sobre todo de la celebración eucarística. Pretendiendo significar que la unidad profunda con Cristo y en Cristo, creada por el Bautismo, y compartiendo la misma Eucaristía, vivida en la comunidad cristiana, no podría romperse ni siquiera con la muerte. Después de todo, ahora que lo pienso, si la muerte ha sido vencida por Cristo, quien ha renacido en Cristo no puede ser separado por nada, ¡ni siquiera por esa muerte que Cristo ya ha vencido! La solemnidad de Todos los Santos evidencia precisamente la verdad de la communio sanctorum, de la unión de todos los bautizados. Como nos ha recordado en varias ocasiones el papa Francisco: "el tiempo prevalece sobre el espacio". Por lo tanto, la unión en el tiempo de todos los bautizados, desde los primeros cristianos, a los que mañana por la mañana recibirán el Bautismo y hasta el final de la historia, es una unión que nada podrá empañar jamás y que determina el caminar de la Iglesia en el tiempo en el que es anticipación real, aquí en la tierra, del Reino de los Cielos. Nosotros pertenecemos al único Cuerpo eclesial que, sin interrupción, desde Jesucristo, la Virgen María y los Apóstoles, ha llegado hasta nosotros, y es por esta razón que la Iglesia en el cielo es mucho más numerosa, mucho más interesante, mucho más sabia y mucho más "influyente" que la Iglesia en la tierra.

En la noche que precede a la Solemnidad de Todos los Santos, desde hace más o menos una década, se ha extendido la moda de Halloween también en Europa. ¿A qué se debe este fenómeno? ¿Qué le parece?

-- Como bien ha dicho usted, se trata de una moda, que sin duda tiene serias implicaciones y no sólo de orden consumista. Creo que puedo concluir que la gran mayoría de los jóvenes, que organizan fiestas de disfraces en esa ocasión, son víctimas inconscientes tanto de la moda como de quienes, a toda costa, tienen que vender productos comerciales, manipulando las realidades espirituales. Me parece el fenómeno tan irracional como para convertirse en la figura real de la sociedad contemporánea: el que no cree en la verdad termina por creer en cualquier cosa, ¡incluyendo las calabazas! Soy consciente, sin embargo, que en algunos casos este tipo de manifestaciones tienen un origen espiritista e incluso satánico y, por lo tanto, alimentarlas y no corregirlas nos puede convertir en nutridores involuntarios de aquel "humo de Satanás", que ya intoxica el mundo demasiado. Todos debemos estar atentos para no respirar gases tóxicos; a veces esto sucede casi sin darnos cuenta. Recordemos que una calabaza, aunque bendecida, siempre es una calabaza. ¡Las de Halloween ni siquiera están bendecidas!

PARA ESCUCHAR


miércoles, 29 de octubre de 2014

SENCILLAS VIVENCIAS

SOLEMNIDAD 
DE TODOS LOS SANTOS


por Antonio Cañizares

Estamos próximos a la fiesta de todos los santos, en sus mismos umbrales. Una de las fiestas más arraigadas en la tradición española, a la que se une la memoria agradecida por los seres queridos que ya descansan en el Señor. 

La visita de casi todos a los cementerios en cualquier rincón de nuestra geografía para llevar flores a las tumbas y decir alguna oración ante las tumbas de los que nos han precedido es la imagen de este día, lleno de recuerdos y de agradecimiento, en el fondo de agradecimiento a Dios, porque en ellos pudimos palpar un gran amor, reflejo de Dios, que es Amor; pero también día de esperanza porque, en el fondo, estamos expresando que los nuestros viven y que esperamos verlos en la vida eterna. En este día, la Iglesia y la tradición que nos sustenta nos invitan a compartir y a gustar la alegría de los santos.


Esta fiesta nos recuerda que no estamos solos; Dios mismo nos acompaña con esa multitud incontable de hombres como nosotros que caminan a nuestro lado como peregrinos hacia la patria definitiva; que estamos inmersos en una muchedumbre incontable de testigos, con los que formamos un solo cuerpo. 


Esta muchedumbre de santos nos estimula a mantener nuestra mirada fija en la meta y en las promesas que nos abren a la gran esperanza, la del cielo. 

La liturgia de ese día, guía de sabiduría, nos exhorta a dirigir nuestra mirada a esa muchedumbre ingente no sólo de los santos reconocidos  de forma oficial, sino de todos los santificados de todas las épocas que, con el auxilio de Dios, se han esforzado de verdad por cumplir con amor y fidelidad el querer de Dios. 

De gran parte de ellos no conocemos ni el rostro ni el nombre, pero con los ojos de la fe los vemos resplandecer en la gloria de Dios. Ellos representan a la humanidad nueva de los salvados por la sangre de Cristo, y reflejan la hermosura de la santa madre Iglesia, esposa inmaculada de Cristo, fuente y modelo de toda santidad. 

Ellos son los hijos mejores que han sido engendrados por la gracia del Espíritu en el seno de la santa madre, la Iglesia. Esa muchedumbre incontable de santos de los que hacemos memoria ese día han sido personas que no han buscado obstinadamente su propia felicidad, sino que han querido simplemente entregarse, porque han sido alcanzados por la luz de Cristo. En vida y en gloria, los santos nos han hecho palpar ya la transformación, la renovación y reforma, de nuestro mundo, de este mundo envejecido por el pecado, la mentira, la violencia, la negación de Dios.


En verdad, los santos son los verdaderos reformadores de la humanidad y de este mundo nuestro; «en las vicisitudes de la historia han sido los verdaderos reformadores que tantas veces han elevado a la humanidad; la han iluminado siempre de nuevo lo suficiente para dar la posibilidad de aceptar –tal vez en el dolor– la palabra de Dios al terminar la obra de la creación: ‘y era muy bueno’... Sólo los santos, sólo de Dios proviene el cambio decisivo del mundo. En el siglo pasado vivimos revoluciones cuyo programa común fue no esperar nada de Dios, sino tomar totalmente en las propias manos la causa del mundo y transformar sus condiciones.

Y hemos visto que, de este modo, siempre se tomó un punto de vista humano y parcial como criterio absoluto de orientación. La absolutización de lo que no es absoluto, sino relativo, no libera al hombre, sino que lo priva de su dignidad y lo esclaviza. No son las ideologías las que salvan el mundo, sino el dirigir la mirada al Dios viviente, que es nuestro Creador, el garante de nuestra libertad, el garante de lo que es realmente bueno y auténtico. La revolución verdadera consiste únicamente en mirar a Dios, que es la medida de lo que es justo y, al mismo tiempo, es el amor eterno. Y ¿qué puede salvarnos sino el amor?». (Benedicto XVI, en Colonia). 


Esos son los santos innumerables que ese día recordamos. Ellos vivieron su vida mirando a Dios, poniendo en Él su mente y su corazón, teniéndolo en el centro más profundo de su existencia. Bienaventurados y dichosos para siempre en la bella aventura que recorrieron en su vida junto a Jesucristo y en comunión con Él, siguiendo el camino de las bienaventuranzas –»retrato de Jesús», camino de felicidad–, ellos nos señalan que Dios es el único asunto central y defi nitivo para el hombre.


Con razón, el papa Pablo VI definió el ateísmo como «el drama y el problema más grande de nuestro tiempo». El silencio de Dios, o el abandono de Dios, el ateísmo y la increencia como fenómeno cultural masivo, es con mucho el acontecimiento fundamental de estos tiempos de indigencia y de quiebra humana y moral en Occidente. No hay otro que se le puede comparar en radicalidad por lo vasto de sus consecuencias. 


Los santos, que han vivido y viven de Dios y para Dios, son quienes ahora nos marcan el camino para que se opere lo que Benedicto XVI ha denominado «la revolución de Dios», el paso a una humanidad nueva y renovada, donde reine el amor y la paz, donde la verdad nos haga libres y misericordiosos, donde se siga el camino de la felicidad que está, precisamente, en ese saberse creado y amado por Dios, en ese comprenderse hijo de Dios en todo, en ese

camino paradógico de las bienaventuranzas, o si queremos de la felicidad que es el seguido por el mismo Jesús. «El bienaventurado por excelencia es, en efecto Jesús, sólo Él. Él es el verdadero pobre de espíritu, el que llora, el manso, el que tiene hambre y sed de justicia, el misericordioso, el puro de corazón, el artífice de paz; Él es el perseguido por causa de la justicia». No tenemos otra ruta diferente a la de las Bienaventuranzas, que ponen a Dios en el centro, que señalan que viviendo en la confi anza plena puesta en Dios -no en las riquezas, no en el poder, no en uno mismo y los propios intereses, siempre parciales- es como se alcanza la felicidad que vivieron en la tierra y que ahora gozan en los cielos todos los santos. 


Que ellos nos ayuden. Aunque no estén en los altares los hemos conocido a tantos y tantos de ellos, nos lo hemos encontrado muy cerca, han caminado nuestro

mismo camino. Que Dios, por intercesión de ellos nos ayuden a caminar el suyo, que es el camino de la felicidad y la esperanza.


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martes, 28 de octubre de 2014

SENCILLAS VIVENCIAS


EL PAPA FRANCISCO 
ALABA A BENEDICTO XVI 
COMO UN GRAN PAPA ABIERTO 
A LA CIENCIA

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El Santo Padre Francisco hizo hincapié, ayer lunes 27 de octubre, en la grandeza del Papa Ratzinger e inauguró con profunda y emocionada alegría un busto en honor de su amado Predecesor, en un acto solemne, en la sede de la Pontificia Academia de las Ciencias, en el marco de la sesión plenaria de esta histórica institución, en la Casina Pío IV, en los jardines vaticanos.

»Este busto de Benedicto XVI evoca a los ojos de todos la persona y el rostro del querido Papa Ratzinger. Evoca también su alma: sus enseñanzas, sus ejemplos, sus obras, su devoción a la Iglesia y su actual vida ‘monástica’. Espíritu que lejos de quebrantarse con el pasar del tiempo, parecerá de generación en generación, ¡cada vez más grande y poderoso! 

»¡Benedicto XVI: un gran Papa! Grande por la fuerza y profundidad de su inteligencia, por su relevante contribución a la teología, grande por su amor a la Iglesia y a los seres humanos, grande por su virtud y su religiosidad. 

»Como saben bien, su amor a la verdad no se limita a la teología y a la filosofía, sino que se abre a las ciencias. Su amor a la ciencia se vuelca en su solicitud para con los científicos, sin distinción de raza, nacionalidad, civilización, religión; solicitud para con la Academia, desde cuando San Juan Pablo II lo nombró miembro de la misma.

Tras destacar que Benedicto XVI supo honrar a la Pontificia Academia de la Ciencias con su presencia y su palabra, nombró a muchos de sus miembros, entre ellos a Werner Arber, que la preside, el Papa Francisco recordó que fue el primero en invitar al Sínodo sobre la nueva evangelización a un presidente de la misma, conciente de la importancia de la ciencia en la cultura moderna. Y, poniendo de relieve el ánimo amable de su Predecesor, su amor a Dios y a las personas, el Obispo de Roma invitó a dar gracias a Dios por habernos donado a Benedicto.

»Por cierto, nunca se podrá decir de él que el estudio y la ciencia hayan hecho de él una persona árida, así como tampoco volvieron árido su amor a Dios y al prójimo. Todo lo contrario. La ciencia, la sabiduría y la oración han dilatado su corazón y su alma. ¡Demos gracias a Dios por el don que ha hecho a la Iglesia y al mundo con la existencia y el pontificado del Papa Benedicto!

El Papa Francisco destacó también el importante trabajo de los miembros de la Pontificia Academia de las Ciencias, con su gran aprecio y aliento por el impulso que dan al progreso científico y al mejoramiento de las condiciones de vida de la gente, en especial de los más pobres. 

Y sin entrar en el tema tan complejo de la evolución del concepto de naturaleza, que están tratando, quiso subrayar – recordando al Apóstol Pablo - que «Dios y Cristo caminan con nosotros y están presentes también en la naturaleza». 

Reiterando luego que «Dios no es un demiurgo ni un mago, sino el Creador» y que «el comienzo del mundo no es obra del caos», «sino que deriva directamente de un Principio supremo que crea por amor», el Papa Bergoglio hizo hincapié en que «el Big Bang que hoy se pone en el origen del mundo, no contradice la intervención del Creador divino, sino que lo exige».

Asimismo, una vez más, el Obispo de Roma recordó la responsabilidad de los seres humanos, de los científicos y de los científicos cristianos, en lo que respecta a la tutela y salvaguarda de la naturaleza y de la familia humana. Y puso en guardia contra las acciones de los hombres que destruyen la creación y contra el hombre que intenta ocupar el lugar del Creador: «es pecado contra Dios Creador»


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