domingo, 21 de marzo de 2010


Quinta Semana de Cuaresma
LUNES
San Juan 8, 12-20

De nuevo les dijo Jesús:
—Yo soy la luz del mundo; el que me sigue no andará en tinieblas, sino que tendrá la luz de la vida.
Le dijeron entonces los fariseos:
—Tú das testimonio de ti mismo; tu testimonio no es verdadero.
Jesús les respondió:
—Aunque yo doy testimonio de mí mismo, mi testimonio es verdadero porque sé de dónde vengo y adónde voy; pero vosotros no sabéis de dónde vengo ni adónde voy. Vosotros juzgáis según la carne, yo no juzgo a nadie; y si yo juzgo, mi juicio es verdadero porque no estoy solo, sino yo y el Padre que me ha enviado. En vuestra Ley está escrito que el testimonio de dos personas es válido. Yo soy el que doy testimonio de sí mismo, y el Padre, que me ha enviado, también da testimonio de mí.
Entonces le decían:
—¿Dónde está tu Padre?
—Ni me conocéis a mí ni a mi Padre —respondió Jesús—; si me conocierais a mí conoceríais también a mi Padre.
Estas palabras las dijo Jesús en el gazofilacio, enseñando en el Templo; y nadie le prendió porque aún no había llegado su hora.


De nuevo volviste a hablar a los fariseos. Les dijiste que Tú eras la luz del mundo, que el que te sigue a Ti no camina en tinieblas, que el que te sigue a Ti tendrá la luz de la vida.

Pero los fariseos no entendieron. Dijeron que dabas testimonio de Ti mismo y que, por lo tanto, tu testimonio no era válido. Eras Tú la luz, pero ellos no percibían la luz; eras Tú la verdad, pero ellos no te creían.

Entonces Tú contestaste. Mi testimonio es válido porque sé de dónde vengo y a dónde voy, cosa que no sabéis vosotros. Vosotros juzgáis por lo exterior, yo no; vosotros no sabéis que el Padre me ha enviado, yo sí; vosotros pensáis que estoy solo y no lo estoy; vosotros sabéis que la ley dice que el testimonio de dos es válido, yo también lo sé; vosotros no sabéis que yo doy testimonio con el Padre, yo sí lo sé; vosotros sabéis muchas cosas, pero no conocéis al Padre.

Ellos inmediatamente preguntaron: ¿Dónde está tu Padre? Y Tú contestaste: “Ni me conocéis a Mi ni a mi Padre: si me conocierais a Mi, conoceríais también a mi Padre”.

Tuviste esta conversación, Señor, junto al arca de las ofrendas. Pero nadie te prendió porque no había llegado tu hora.
Tú, Señor de estos tiempos y de todos los tiempos, tenías una hora: la hora del misterio, la hora de la iniquidad, la hora de la entrega, la hora del amor, de la misericordia, de la justicia, de la luz.