martes, 5 de octubre de 2010

ENSÉÑANOS A ORAR
VIGÉSIMA SÉPTIMA SEMANA DEL T. O.

MIÉRCOLES
SAN LUCAS 11, 1-4

CON UN SOLO GOLPE DE CLIK
http://www.youtube.com/watch?v=o62EyI_v__8


Estaba haciendo oración en cierto lugar. Y cuando terminó, le dijo uno de sus discípulos:
—Señor, enséñanos a orar, como Juan enseñó a sus discípulos.
Él les respondió:
—Cuando oréis, decid:
Padre, santificado sea tu Nombre,
venga tu Reino;
sigue dándonos cada día nuestro pan cotidiano;
y perdónanos nuestros pecados,
puesto que también nosotros perdonamos
a todo el que nos debe;
y no nos pongas en tentación.

A pesar de estar, Señor, estrechamente unido al Padre, de vez en cuando te retirabas, solo, a hacer oración. Allí pasabas ratos, quizás horas en íntima presencia de Dios. ¡Cómo nos hubiera gustado recoger algunas de las cosas que tratarías con el Padre-Dios! ¡Quizás sea imposible, desde nuestra condición humana, tener experiencia de tu experiencia! ¡Quizás, sin quizás, ha sido mejor así! Nos habríamos muerto viendo tu gloria.

Y al terminar, ¡hala! enseguida comenzabas a atender a la gente. En esta ocasión el rato de oración quizás había sido más largo que otras veces, por eso, uno de tus discípulos, acercándose a Ti, todavía frescas tus experiencias, te dijo: Señor, enséñanos a orar, como Juan enseñó a sus discípulos.

En respuesta a esta petición, Tú, Señor, confiaste a tus discípulos y a tu Iglesia la oración cristiana fundamental. San Lucas da de ella un texto breve (con cinco peticiones), San Mateo nos transmite una versión más desarrollada (con siete peticiones). La tradición litúrgica de la Iglesia ha conservado el texto de San Mateo. Esta es la fórmula actual:

Padre nuestro,
que estás en el cielo,
santificado sea tu Nombre;
venga a nosotros tu reino;
hágase tu voluntad en la tierra como en el cielo.
Danos hoy nuestro pan de cada día;
perdona nuestras ofensas,
como también nosotros perdonamos
a los que nos ofenden;
no nos dejes caer en la tentación,
y líbranos del mal. Amén.

“Esta oración que nos viene de Jesús es verdaderamente única: ella es “del Señor”. Por una parte, en efecto, por las palabras de esta oración el Hijo único nos da las palabras que el Padre le ha dado; Él es el Maestro de nuestra oración. Por otra parte, como Verbo encarnado, conoce en su corazón de hombre las necesidades de sus hermanos y hermanas los hombres, y nos las revela: es el Modelo de nuestra oración” .

San Agustín, Serm. 103,3. Sagrada Biblia. Nuevo Testamento. Ediciones Universidad de Navarra, Pamplona 1999, pág. 293.
San Josemaría, Conversaciones, n. 114.