martes, 30 de noviembre de 2010


MULTIPLICACION DE LOS PANES Y LOS PECES

PRIMERA SEMANA DE ADVIENTO

MIÉRCOLES
SAN MATEO 15, 29-37

CON UN SOLO GOLPE DE CLIK
http://www.youtube.com/watch?v=HJ6Xyy1Phhk

Y cuando Jesús se marchó de aquel lugar, vino junto al mar de Galilea, subió al monte y se sentó allí. Acudió a él mucha gente que traía consigo cojos, ciegos, lisiados, mudos y otros muchos enfermos, y los pusieron a sus pies y los curó; de tal modo que se maravillaba la multitud viendo hablar a los mudos y restablecerse a los lisiados, andar a los cojos y ver a los ciegos. Y glorificaban al Dios de Israel.
Jesús llamó a sus discípulos y dijo:
—Me da mucha pena la muchedumbre, porque ya llevan tres días conmigo y no tienen qué comer, y no quiero despedirlos en ayunas, no vaya a ser que desfallezcan en el camino.
Pero le decían los discípulos:
—¿De dónde vamos a sacar en un desierto panes suficientes para alimentar a tan gran muchedumbre?
Jesús les dijo:
—¿Cuántos panes tenéis?
—Siete y unos pocos pececillos —respondieron ellos.
Entonces ordenó a la multitud que se acomodase en el suelo. Tomó los siete panes y los peces y, después de dar gracias, los partió y los fue dando a los discípulos, y los discípulos a la multitud.
Y comieron todos y quedaron satisfechos. Con los trozos sobrantes recogieron siete espuertas llenas.

Paseabas, Señor, junto al mar de Galilea. La suave brisa del mar atenuaba tu cansancio. Luego, tras un intervalo de tiempo, subiste al monte, y allí, sentado en el mullido suelo de hierba, descansaste tranquilo un rato.

Mas no fue largo tu descanso; enseguida acudió a Ti mucha gente. Personas sanas, llenas de vitalidad, la mayoría enfermas, necesitadas. Y los curaste a todos. Y la multitud como siempre quedó asombrada. Y glorificaban al Dios de Israel.

Después Tú, Señor, oraste al Padre; le hablarías de aquellos enfermos y también de nosotros. Luego, llamaste a tus discípulos y les dijiste que había que hacer algo por aquellas personas. ¡Que no era justo enviarlas en ayunas a sus casas; podrían desfallecer en el camino!

Los discípulos se vieron desbordados. Les parecía imposible atender tu petición, Señor. Y Tú insististe: ¿cuántos panes tenéis? Y ellos, cabizbajos, dijeron: siete y unos pececillos.

Entonces Tú, Señor, ordenaste a la multitud que se sentara; a continuación bendijiste los panes y los peces y los fuiste dando a los discípulos y estos a la gente. Y comieron todos y quedaron satisfechos: y mandaste recoger lo sobrante. Y aquel día, Señor, hiciste una de las tuyas: un milagro. Y mira que había gente allí: varios miles, entre hombres, mujeres, niños.

Tras aquellas felices horas de alegría, despediste a la gente. Todos se fueron contentos: los unos por dar y los otros por recibir. ¡La jornada había salido completa!

En barca, te fuiste cerca de Magadán, a descansar en la tranquilidad y en el silencio.

lunes, 29 de noviembre de 2010

PRIMERA SEMANA DE ADVIENTO
MARTES
SAN LUCAS 10, 21-24

CON UN SOLO GOLPE DE CLIK
http://www.youtube.com/watch?v=Y_xApW5DqaA

En aquel mismo momento se llenó de gozo en el Espíritu Santo y dijo:
—Yo te alabo, Padre, Señor del cielo y de la tierra, porque has ocultado estas cosas a los sabios y prudentes y las has revelado a los pequeños. Sí, Padre, pues así te ha parecido bien. Todo me lo ha entregado mi Padre, y nadie conoce quién es el Hijo sino el Padre, ni quién es el Padre sino el Hijo y aquel a quien el Hijo quiera revelarlo.
Y volviéndose hacia los discípulos les dijo aparte:
—Bienaventurados los ojos que ven lo que estáis viendo. Pues os aseguro que muchos profetas y reyes quisieron ver lo que vosotros estáis viendo y no lo vieron; y oír lo que estáis oyendo y no lo oyeron.

Tú, Señor, siempre estabas alegre, feliz; despedías gozo a tu alrededor en todo instante. Era el gozo que Tú trasmitías: un gozo humano, natural. Aquel día, Señor, en aquel mismo momento, te llenaste de gozo en el Espíritu Santo. ¡Qué felicidad se respiraría a tu lado! ¡Tú que eres la misma felicidad!

Y comenzaste a hablar. Más que hablar, lo que hiciste fue rezar, era revivir una experiencia: comenzaste a alabar a Dios, tu Padre, —dueño y señor del cielo y de la tierra—, porque había revelado a los pequeños las cosas grandes y a los grandes se las había ocultado. Y además, dijiste que estabas conforme, porque así le había parecido a tu Padre.

A veces, parecía como si se te escaparan las emociones, las verdades, los gozos. Pero no, Tú lo querías; lo decías a ciencia y conciencia, te manifestabas porque querías. Y querías porque Dios Padre te había dado el poder, el conocimiento, el amor. ¡Gracias, Señor, por tus palabras!

Luego te volviste hacia tus discípulos, y quizás les miraste a los ojos y dijiste: Bienaventurados vosotros porque veis. Y bienaventurados los que sin haber visto crean, dirás más tarde. En efecto, Señor, los Apóstoles y nosotros, los creyentes, somos bienaventurados, dichosos, felices.

Y añadiste: Muchos quisieron ver y no vieron; muchos quisieron oír y no oyeron. Era como decir que para ver y para oír hay que hacerse pequeños; hay que humillarse; hay que aceptarse criatura; hay que hacerse esclavos tuyos; hay que querer ser servidores de los demás.

Aquel día, en aquel momento, Señor, te llenaste de gozo. Llé-nanos a nosotros, en el Espíritu Santo, del gozo transitorio de esta vida; y, sobre todo, concédenos el gozo eterno del Reino de los Cielos.

domingo, 28 de noviembre de 2010


CENTURION

PRIMERA SEMANA DE ADVIENTO

LUNES
 SAN MATEO 8, 5-11

CON UN SOLO GOLPE DE CLIK
http://www.youtube.com/watch?v=5Tw6TkJbg84

Al entrar en Cafarnaún se le acercó un centurión que le rogó:
—Señor, mi criado yace paralítico en casa con dolores muy fuertes.
Jesús le dijo:
—Yo iré y le curaré.
Pero el centurión le respondió:
—Señor, no soy digno de que entres en mi casa. Pero basta que lo digas de palabra y mi criado quedará sano. Pues también yo soy un hombre que se encuentra bajo disciplina y tengo soldados a mis órdenes. Le digo a uno: Vete, y va; y a otro: Ven, y viene; y a mi siervo: Haz esto, y lo hace.
Al oírlo Jesús se admiró, y dijo a los que le seguían:
—En verdad os digo que en nadie de Israel he encontrado una fe tan grande. Y os digo que muchos de oriente y occidente vendrán y se pondrán a la mesa con Abrahán, Isaac y Jacob en el Reino de los Cielos, mientras que los hijos del Reino serán arrojados a las tinieblas exteriores: allí será el llanto y el rechinar de dientes. Y le dijo Jesús al centurión:
—Vete y que se haga conforme has creído.
Y en aquel momento quedó sano el criado.

Llegaste a Cafarnaún, Señor. Como en otras ocasiones, te acompañaban tus discípulos. Quizás también algunos curiosos. Las gentes del lugar, como ocurría siempre, al enterarse que habías llegado, se acercaron a saludarte, a escucharte y a pedirte favores.

Entre los que se acercaron, se hallaba un centurión. Era éste, un hombre con mando sobre una centuria de soldados romanos. Un personaje extranjero, pagano, que por cuestiones políticas vivía en Cafarnaún. Y, sin mediar palabra alguna, como si te conociera de siempre te rogó con firmeza: Señor, mi criado yace paralítico en casa con dolores muy fuertes.

Manifestó, pues, una petición, clara, concreta, sencilla. Sin demasiados detalles. Los necesarios. Dijo que el enfermo era su criado, que sufría mucho, que estaba en su casa. Lo importante era la petición: su criado necesitaba tu ayuda y él te lo pedía lleno de fe y confianza.

Tú, Señor, le dijiste: Yo iré y le curaré ¡Qué prontitud en responder a la llamada! ¡Qué generosidad para solucionar una necesidad! ¡Qué sencillez en la realización de una acción extraordinaria!

Pero el centurión respondió: Señor, no soy digno de que entres en mi casa. Basta que lo digas de palabra y mi criado quedará sano. ¡Qué precisión tan concreta! ¡Qué confianza en tu poder! ¡Qué fe en tu persona!

Y Tú, Señor, quizás un poco cansado del camino y con ganas de reponer fuerzas, ante petición tan clara, accediste a ir a curar a su criado enfermo. Pero aquel hombre confiesa que no es digno. Entonces Tú, Señor, te llenaste de admiración y dijiste a los que te seguían: En verdad os digo que en nadie de Israel he encontrado una fe tan grande.

Y al centurión le dijiste: Vete y que se haga conforme has creído. Y en aquel momento quedó sano el criado.

Señor, yo creo; pero aumenta mi fe.

sábado, 27 de noviembre de 2010

CORONA DE ADVIENTO
PRIMER DOMINGO DE ADVIENTO
 EVANGELIO SEGÚN SAN MATEO 24, 37-44

CON UN SOLO GOLPE DE CLIK
http://www.youtube.com/watch?v=Y6zYBJeTXw4

En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos:
-- Cuando venga el Hijo del hombre, pasará como en tiempo de Noé. Antes del diluvio, la gente comía y bebía y se casaba, hasta el día en que Noé entró en el arca; y cuando menos lo esperaban llegó el diluvio y se los llevó a todos; lo mismo sucederá cuando venga el Hijo del Hombre: Dos hombres estarán en el campo: a uno se lo llevarán y a otro lo dejarán; dos mujeres estarán moliendo: a una se la llevarán y a otra la dejarán. Por tanto estad en vela, porque no sabéis qué día vendrá vuestro Señor. Comprended que si supiera el dueño de casa a qué hora de la noche viene el ladrón, estaría en vela y no dejaría abrir un boquete en su casa. Por eso estad también vosotros preparados, porque a la hora que menos penséis viene el Hijo del Hombre.

La liturgia de este primer domingo de Adviento es una llamada a la purificación y renovación de nuestra vida: “Venid, subamos al monte del Señor, caminemos a la luz del Señor”, leemos en la primera lectura. “Vamos alegres a la casa del Señor”, hemos cantado con palabras del salmo 121. “es hora de espabilarse, porque ahora nuestra salvación está más cerca que cuando comenzamos a creer, nos advierte San Pablo. “Dejemos las actividades de las tinieblas y conduzcámonos como en pleno día, caminemos en la luz”, insiste el Apóstol.

¿Qué significa subir al monte del Señor, ir alegres a la casa del Señor, caminar en la luz?

Para nosotros, subir al monte del Señor, ir alegres a la casa del Señor, caminar en la luz, significa acercarnos al Señor, vivir en gracia de Dios, significa iniciar un camino de conversión, significa estar preparados, significa vigilar, vivir lejos del pecado.

Conseguir todo esto supone esfuerzo, atención, vigilar.

Claramente lo dice el Señor, como lo acabamos de escuchar en el evangelio: “Estad en vela para estar preparados”; para poder escuchar al Señor, para descubrir al Señor que viene.

El Adviento, pues, es un buen momento para volver a descubrir al Señor que viene; para descubrir el “día del Señor” y su momento central que es la Eucaristía.

Cada domingo, cuando venimos a la Iglesia, el Señor se nos hace presente, nos da su palabra y su alimento, nos prepara, con amor de padre, para la fiesta eterna del cielo.

En efecto, en la celebración de la eucaristía recordamos los hechos salvadores de nuestra fe: el nacimiento de Cristo, su vida pública, su pasión, su muerte, su resurrección.

Y en la Eucaristía proclamamos la gloria del Señor que nos aguarda; cuando, ante la exclamación del sacerdote: Este es el misterio de nuestra fe, respondemos: Anunciamos tu muerte, proclamamos tu resurrección. Ven, Señor Jesús.

Ojalá aprovechemos el momento!, que el año litúrgico que comenzamos con el Adviento, rompa la monotonía y la rutina del tiempo material y pensemos más en el tiempo de la salvación, en el hoy de Dios que nos espera.

Que vivamos las exigencias de nuestra fe, evangelicemos a nuestro alrededor y contribuyamos con nuestra vida a la transformación del mundo según la justicia, el amor y la paz que son los signos de identidad del reino de Dios.

viernes, 26 de noviembre de 2010

VELAD
TRIGÉSIMA CUARTA SEMANA
DEL T. O. SÁBADO
 SAN LUCAS 21, 34-36

CON UN SOLO GOLPE DE CLIK
http://all.gloria.tv/?media=112678

»Vigilaos a vosotros mismos, para que vuestros corazones no estén ofuscados por la crápula, la embriaguez y los afanes de esta vida, y aquel día no sobrevenga de improviso sobre vosotros, porque caerá como un lazo sobre todos aquellos que habitan en la faz de toda la tierra. Vigilad orando en todo tiempo, a fin de que podáis evitar todos estos males que van a suceder, y estar en pie delante del Hijo del Hombre.

Al llegar a casa días después, aún quisiste ofrecer a “los tuyos” algunos consejos. Parece que se terminaba el tiempo y aún tenías cosas que decir. ¡Querrías completar tu obra, terminar el trabajo que años antes habías comenzado! Y señalaste algunos puntos.

Hablaste de vigilancia: Vigilancia del corazón y vigilancia de las malas tendencias; todos estáis —viniste a decir— expuestos a todo. Gula, envidia, avaricia..., los siete pecados capitales. Ante eso, vigilancia, saber estar.

Al tener que dar cuenta de lo recibido, era una razón más para la vigilancia. Como no se sabía cuándo vendría el lazo destructivo, convenía vigilar y orar, evitar los males del mundo y estar de pie para recibir el premio: la presencia del Hijo del Hombre.

Me figuro hablando con unos y con otros. Acaso en particular, en privado. Había también preguntas personales y respuestas concretas. ¡Era tan necesario entender estas cosas!

Y, tras la cena, el descanso. Allí en sosiego del sueño, entre vela y vela, rumiar lo oído y escuchado. Y en el hondón del alma acudir a los cielos, implorando ayuda y fuerza. Se acercaban días difíciles. Se tocaban ya horas de entrega y de correspondencia al amor.

Durante el día, en el Templo. Por la noche, en el huerto de los olivos. En el Templo te oían los hombres, en el huerto quizás estabas solo, pero hablas con Dios. El espíritu debe estar pronto, porque la carne es débil.

jueves, 25 de noviembre de 2010

HIGUERA
TRIGÉSIMA CUARTA SEMANA
DEL T. O. VIERNES
SAN LUCAS 21, 29-33

CON UN SOLO GOLPE DE CLIK http://unav.es/

Y les dijo una parábola:
—Observad la higuera y todos los árboles: cuando ya echan brotes, al verlos, sabéis por ellos que ya está cerca el verano. Así también vosotros cuando veáis que sucede estas cosas, sabed que está cerca el Reino de Dios. En verdad os digo que no pasará esta generación sin que todo se cumpla. El cielo y la tierra pasarán, pero mis palabras no pasarán.


Parábola de la higuera. La contaste para enseñarnos a vivir vigi-lantes, atentos, pisando tierra, enraizados. Nos dices: “observad la higuera y todos los árboles” ¡Cómo te gustaba que nos fijásemos en la naturaleza! ¡Cómo te fijabas Tú, Señor! Los brotes de la higuera y de otros árboles nos indican que el verano está cerca, que la vida crece, que los frutos llegan.

Pues aprended, nos repites, aprended: cuando veáis que “sucede” lo anunciado, “sabed que está cerca el Reino de Dios”.

¡Señor, explícame la parábola! Enséñame a conocerte y a conocerme; enséñame a mirar al cielo y pisar la tierra; enséñame a reconocer mis limitaciones, a admitir mis sombras, a amarte sin verte; a verte sin sentirte; Señor, enséñame la parábola.

Y entonces Tú, Señor, concluiste: En verdad os digo que no pasará esta generación hasta que se cumpla todo esto. El cielo y la tierra pasarán, pero mis palabras no pasarán.

La ruina y la destrucción de Jerusalén se cumplió cuarenta años después de tus palabras y lo vieron, por cierto, los que convivieron, Señor, contigo y escucharon tus palabras. Y, a la vez, entendieron que la ruina de Jerusalén era símbolo del fin del mundo; es decir, simbólicamente vieron el fin del mundo.

Entre las ruinas de Jerusalén y las ruinas del mundo entero, ¡cuántas vidas! ¡cuántas ruinas! Te pido que tengas piedad de nosotros; que no te olvides de la obra de tus manos; ni nos castigues como merecen nuestros pecados.

Que de las cenizas de nuestras vidas saques vida; que de la destrucción y del desastre de nuestra existencia, saques la “nueva ciudad” y el “nuevo pueblo”, la Jerusalén celeste.

miércoles, 24 de noviembre de 2010

RUINAS DEL TEMPLO DE JERUSALEN
TRIGÉSIMA CUARTA SEMANA DEL T. O.

JUEVES
SAN LUCAS 21, 20-28

CON UN SOLO GOLPE DE CLIK
http://www.vatican.va/

»Cuando veáis a Jerusalén cercada por ejércitos, sabed que ya se acerca su desolación. Entonces los que estén en Judea que huyan a los montes, y quienes estén dentro de la ciudad que se marchen, y quienes estén en los campos que no entren en ella: éstos son días de castigo para que se cumpla todo lo escrito. ¡Ay de las que estén encinta y de las que estén criando en aquellos días! Porque habrá una gran calamidad sobre la tierra y habrá ira contra este pueblo. Caerán al filo de la espada y serán llevados cautivos a todas las naciones; y Jerusalén será pisoteada por los gentiles, hasta que se cumpla el tiempo de los gentiles. »Habrá señales en el sol, en la luna y en las estrellas; y sobre la tierra angustia de las gentes, consternadas por el estruendo del mar y de las olas: y los hombres perderán el aliento a causa del terror y de la ansiedad que sobrevendrán a toda la tierra. Porque las potestades de los cielos se conmoverán. Entonces verán al Hijo del Hombre que viene sobre una nube con gran poder y gloria. »Cuando comiencen a suceder estas cosas, erguios y levantad la cabeza porque se aproxima vuestra redención.

Anuncias hoy, Señor, graves noticias. el cerco y la desolación en la ciudad de Jerusalén. Y, a la vez, ofreces importantes consejos: los que estén en Judea no huyan a los montes; los que estén en la ciudad no salgan de ella; los que estén en el campo no retrocedan a la ciudad.

Y para señalar la gravedad del momento, te fijaste en unas personas que por su situación concreta en ese momento tendrían especiales dificultades para huir: las madres que estén esperando a dar a luz y las que se encuentren criando a sus hijos pequeños.

Y dijiste que habría calamidades, ira, desenfreno; que algunos caerían a espada; otros serían hechos cautivos; la propia ciudad santa de Jerusalén sería profanada; habría señales en el sol, la luna y las estrellas; y angustia y terror, ansiedad y conmoción grande.

Pero ante esta situación espantosa y difícil, Tú vendrás sobre una nube con gran poder y gloria, llegarás triunfador, victorioso.

Escribió Pablo VI: “Subió al cielo (el Señor) de donde ha de venir de nuevo, entonces con gloria, para juzgar a los vivos y a los muertos, a cada uno según los propios méritos; los que hayan respondido al amor y a la piedad de Dios irán a la vida eterna, pero los que los hayan rechazado hasta el final, al fuego que nunca cesará”. Credo del pueblo de Dios, n. 12.

Y terminaste el pasaje con estas palabras: Cuando comiencen a suceder estas cosas, levantaos, y alzad vuestra cabeza, porque se aproxima vuestra redención.













martes, 23 de noviembre de 2010

MURO DEL TEMPLO
TRIGÉSIMA CUARTA SEMANA DEL T. O.

MIÉRCOLES
SAN LUCAS 21, 12-19

CON UN SOLO GOLPE DE CLIK
http://www.youtube.com/watch?v=Yrm7To2FUrg

Pero antes de todas estas cosas os echarán mano y os perseguirán, entregándoos a las Sinagogas y a las cárceles, llevándoos ante reyes y gobernadores por causa de mi nombre: esto os sucederá para dar testimonio. Así pues, convenceos de que no debéis tener preparado de antemano cómo os vais a defender; porque yo os daré palabras y sabiduría que no podrán resistir ni contradecir todos vuestros adversarios. Seréis entregados incluso por padres y hermanos, parientes y amigos, y matarán a algunos de vosotros, y todos os odiarán a causa de mi nombre. Pero ni un cabello de vuestra cabeza perecerá. Con vuestra perseverancia salvaréis vuestras almas.

Mas poco después —ayer estaba cerca— comenzaste, Señor, a decir que se levantarían los pueblos y los reinos. Y habría terremotos horribles, y hambres furibundas, y peste dolorosa, por aquí y por allá y grandes signos y señales en el cielo.

Y que antes, Señor, ¡qué cosas!, muchos sufrirían persecuciones y cárceles. Y los poderosos del mundo perseguirían, a tus discípulos. “Pero vosotros —dijiste— daréis testimonio de Mí”.

Por eso, Señor, quisiste ponerlos en guardia. Y les animaste para que se convencieran de que iba a suceder, pero que no tuvieran miedo, Tú les prometías estar junto a ellos. Y que les darías fuerzas y ánimo, palabras y sabiduría para defenderse de cualquier enemigo. E insistías: no lo dudéis, seréis entregados, incluso por los más cercanos y también por otros. Algunos moriréis. Y todos seréis odiados por mi nombre.

En todo caso, para apaciguar el ambiente y acallar temores, con la tranquilidad de quien domina la situación, dijiste a “los tuyos”: Pero ni un cabello de vuestra cabeza perecerá. Con vuestra perseverancia salvaréis vuestras almas.

Se había hecho de noche. Las sombras cubrían por completo el Templo y alrededores.

lunes, 22 de noviembre de 2010

PIEDRA SOBRE PIEDRA
TRIGÉSIMA CUARTA SEMANA DEL T. O.

MARTES
SAN LUCAS 21, 5-11

CON UN SOLO GOLPE DE CLIK
http://www.youtube.com/watch?v=-cVVyVHNdRc

Como algunos le hablaban del Templo, que estaba adornado con bellas piedras y ofrendas votivas, dijo:
—Vendrán días en los que de esto que veis no quedará piedra sobre piedra que no sea destruida.
Le preguntaron:
—Maestro, ¿cuándo ocurrirán estas cosas y cuál será la señal de que están a punto de suceder?
Él dijo:
—Mirad, no os dejéis engañar; porque vendrán en mi nombre muchos diciendo: “Yo soy”, y “el momento está próximo”. No les sigáis. Cuando oigáis hablar de guerras y de revoluciones, no os aterréis; porque es necesario que sucedan primero estas cosas. Pero el fin no es inmediato.
Entonces les decía:
—Se alzará pueblo contra pueblo y reino contra reino; habrá grandes terremotos y hambre y peste en diversos lugares; habrá cosas aterradoras y grandes señales en el cielo.

Es posible, Señor, que aquel día estuvieras también sentado frente al Templo. Junto a Ti, tus discípulos te escuchaban complacidos. Quizás ya te habían escuchado en otras ocasiones, pero les gustaba volver a escucharte. Algunos de los que pasaban por allí se añadieron al grupo y comenzaron por su cuenta a hablarte de los adornos del Templo, de las hermosas piedras que lo componían y de las ofrendas que en él se realizaban. ¡Tú, Señor, callabas y escuchabas!

Pasado un rato, interviniste: Vendrán días en los que de esto que veis no quedará piedra sobre piedra que no sea destruida. Todos se quedaron mudos, de piedra. No podían creérselo. Al fin preguntaron: ¿Cuándo ocurrirá? Y Tú les pusiste en guardia; les hablaste de señales, de guerras, revoluciones, pero convenía estar atentos. Sucedería más tarde.

Señor, anuncias destrucción, desgracias, falsos mesías, guerras y revoluciones, pero tu consigna es: serenidad, tranquilidad, paz, sosiego. Seguro que pronto convenciste a “los tuyos”. El resto quizás tardó algo más, pero también se convenció. Tu rostro era tan pacífico, tus palabras eran tan sinceras, que había que recibirlas en serio. Y así lo hicieron.

Y fiados en tu palabra, no insistieron en pedirte de nuevo la señal de que esto iba a suceder, porque la señal eras Tú mismo. Tus palabras convencían, no sólo por lo que decían sino por cómo eran dichas. ¡Se notaba en Ti seguridad, verdad!

Y todos, Tú, tus discípulos, los curiosos que se juntaron al grupo, seguisteis contemplando aquellas piedras hermosas, rozadas por el sol poniente y acariciadas por el viento de la tarde. Y todos, seguro, en el interior de vuestra alma, oísteis el golpeteo de caballos, el vocerío de soldados romanos, los destrozos de la guerra.

domingo, 21 de noviembre de 2010

VIUDA POBRE VIUDA
TRIGÉSIMA CUARTA SEMANA DEL T. O.

LUNES
SAN LUCAS 21, 1-4

CON UN SOLO GOLPE DE CLIK
http://www.viddler.com/explore/rosagil/videos/2/

Al levantar la vista, vio a unos ricos que echaban sus ofrendas en el gazofilacio. Vio también a una viuda pobre que echaba allí dos monedas pequeñas, y dijo:
—En verdad os digo que esta viuda pobre ha echado más que todos; pues todos éstos han echado como ofrenda algo de lo que les sobra, ella, en cambio, en su necesidad ha echado todo lo que tenía para su sustento.

Al levantar la vista, Señor, te fijaste en “unos ricos que echaban sus ofrendas en el gazofilacio”. ¡Cómo resonaban las monedas al caer en el depósito! ¡Qué aplausos de la gente humilde a aquellos hombres ricos y poderosos!

Y te fijaste, de una manera especial, quizás emocionado, en “una viuda pobre”, que también echó en el cepillo dos pequeñas monedas. Iba aquella mujer pobremente vestida. Quizás con algún roto en su vestido. Nadie la aplaudió, en un primer momento. Había pasado desapercibida, para todos. Pero no para Ti. Sólo después cuando escucharon tus palabras, dichas con la solemnidad de lo importante: “en verdad os digo que esta viuda pobre ha echado más que todos”, se enteraron tus discípulos y quienes te acompañaban. Pero no acababan de entenderlo.

Lo comprendieron cuando lo explicaste más, al decir: “Todos estos han entregado como ofenda, “parte” de los que les sobraba, ésta en cambio, ha dado de lo que “necesita”, “todo” lo que tenía para vivir.

Fue entonces, cuando los que te acompañaban comenzaron a aplaudir y a admirarse por el gesto de aquella mujer. Ella se había alejado, ni siquiera —en su humildad— oyó tus alabanzas ni nuestros aplausos. Había desaparecido, como la sal. Se había dado toda. No sólo sus cosas, a ella misma.

Y ahora Señor, ¿qué? Ahora, Señor, sigue hablándonos... también nosotros somos pobres... también nosotros queremos echar todo lo que tenemos..., también nosotros queremos ser humildes, desaparecer.

Ayúdanos.

sábado, 20 de noviembre de 2010

CRISTO REY
TRIGÉSIMA CUARTA SEMANA DEL T. O.

DOMINGO (A)
SAN MATEO 25, 31-46

CON UN SOLO GOLPE DE CLIK
http://www.youtube.com/watch?v=42T2F_engZ8

»Cuando venga el Hijo del Hombre en su gloria y acompañado de todos los ángeles, se sentará entonces en el trono de su gloria, y serán reunidas ante él todas las gentes; y separará a los unos de los otros, como el pastor separa las ovejas de los cabritos, y pondrá las ovejas a su derecha, los cabritos en cambio a su izquierda. Entonces dirá el Rey a los que estén a su derecha: «Venid, benditos de mi Padre, tomad posesión del Re-ino preparado para vosotros desde la creación del mundo: porque tuve hambre y me disteis de comer; tuve sed y me disteis de beber; era peregrino y me acogisteis; estaba desnudo y me vestisteis, enfermo y me visitasteis, en la cárcel y vinisteis a verme». Entonces le responderán los justos: “Señor, ¿cuándo te vimos hambriento y te dimos de comer, o sediento y te dimos de beber?; ¿cuándo te vimos peregrino y te acogimos, o en la cárcel y vinimos a verte? Y el Rey, en respuesta, les dirá: “En verdad os digo que cuanto hicisteis a uno de estos mis hermanos más pequeños, a mi me lo hicisteis. Entonces dirá a los que estén a la izquierda: «Apartaos de mí, malditos, al fuego eterno preparado para el diablo y sus ángeles: porque tuve hambre y no me disteis de comer; tuve sed y no me disteis de beber; era peregrino y no acogisteis; estaba desnudo y no me vestisteis, enfermo y en la cárcel y no me visitasteis». Entonces le replicarán también ellos: “Señor, ¿cuándo te vimos hambriento o sediento, peregrino o desnudo, enfermo o en la cárcel y no te asistimos?” Entonces les responderá: “En verdad os digo que cuanto dejasteis de hacer con uno de estos más pequeños, también dejasteis de hacerlo conmigo. Y estos irán al suplicio eterno; los justos, en cambio, a la vida eterna”.

La vida del hombre sobre la tierra es corta. El que llega a los cien años es excepción. El resto de los humanos nos quedamos por debajo. La media de edad ha ido cambiando a lo largo de la historia de la humanidad. Quizás ahora, estamos en la cresta de la ola. No obstante, la vida del hombre es importante desde el principio hasta el fin. Y quizás lo más importante sea el fin, el momento del juicio, de la sentencia.

Tú, Señor, lo sabías, Por eso, en un momento de tu predicación nos presentaste “con toda grandiosidad” el Juicio Final de la humanidad. Y lo hiciste con una parábola. Después de tres bellas parábolas que hablaban de vigilancia y rendimiento, nos ofreciste esta parábola que nos habla de sentencias.

“Entonces —dice el Catecismo de la Iglesia Católica, n. 678— se pondrán a la luz la conducta de cada uno y el secreto de los corazones. Entonces será condenada la incredulidad culpable que ha tenido en nada la gracia ofrecida por Dios. La actitud con respecto al prójimo revelará la acogida o el rechazo de la gracia y del amor divino”.

Todo un espectáculo: Conductas generosas enterradas en el anonimato del tiempo, saldrán a la luz y serán premiadas; acciones insignificantes y orilladas por las medidas humanas, serán magnificadas por la vara de Dios; y a la contra vidas rodeadas de aplausos y de boato, que serán colocadas en su puesto justo; escritos premiados que serán aniquilados; torres gigantes que caerán por los suelos. ¡Todo un espectáculo de luminosidad y justicia!

La parábola revela también las dimensiones de amor de Dios en la vida eterna. “Acá —dice Santa Teresa— solas estas dos que nos pide el Señor; amor de su Majestad y del prójimo; es en lo que hemos de trabajar. Guardándola con perfección, hacemos su voluntad (...). La más cierta señal que —a mi parecer— hay de si guar-damos estas dos cosas, es guardando bien la del amor del prójimo; porque si amamos a Dios no se puede saber (aunque hay indicios grandes para entender que le amamos), más el amor del prójimo, sí”.

Y continúa: “Y estad ciertas que mientras más en éste os viereis aprovechadas, más lo estáis en el amor de Dios; porque es tan grande el que Su Majestad nos tiene, que en pago del que tenemos al prójimo, hará que crezca el que tenemos a Su Majestad por mil maneras; en esto yo no puedo dudar” .

Haz, Señor, que aquel día sea luz y alegría, felicidad y bienaventuranza para todos. Y que la Vida después de la vida, sea una Vida eterna.

viernes, 19 de noviembre de 2010

TRIGÉSIMA TERCERA SEMANA DEL T. O.

SÁBADO
SAN LUCAS 20, 27-40

CON SOLO GOLPE DE CLIK
http://www.youtube.com/watch?v=PrECZxizD54&p=CF649CBE9D1960F7

Se le acercaron algunos de los saduceos -que niegan la resurrección— y le preguntaron:
—Maestro, Moisés nos dejó escrito: Si muere el hermano de alguien dejando mujer, sin haber tenido hijos, su hermano la tomará por mujer y dará descendencia a su hermano. Pues bien, eran siete hermanos. El primero tomó mujer y murió sin hijos. Lo mismo el segundo. También el tercero la tomó por mujer. Los siete, de igual manera, murieron y no dejaron hijos. Entonces, en la resurrección, la mujer ¿de cuál de ellos será esposa? porque los siete la tuvieron como esposa.
Jesús les dijo:
—Los hijos de este mundo, ellas y ellos, se casan; sin embargo los que son dignos de alcanzar el otro mundo y la resurrección de los muertos, no se casan, ni ellas ni ellos. Porque ya no pueden morir otra vez, pues son iguales a los ángeles e hijos de Dios, siendo hijos de la resurrección. Que los muertos resucitarán lo mostró Moisés en el pasaje de la zarza, cuando llama al Señor Dios de Abrahán y Dios de Isaac y Dios de Jacob. Pero no es Dios de muertos, sino de vivos; todos viven para Él. Tomando la palabra, algunos escribas dijeron:
— Maestro, has respondido muy bien.
Y ya no se atrevían a hacerle más preguntas.

“Los saduceos se atenían a una interpretación literal de la “ley escrita” (el Pentateuco) y no creían en la resurrección de la carne” . Y Tú, Señor, lo sabías. Sin embargo, no rehusabas dialogar con ellos. Un día se te acercaron y te propusieron un caso concreto sobre una enseñanza de Moisés.

Y Tú, Señor, tras escuchar con paciencia —yo así me lo imagi-no— todo el relato, les expusiste algunos aspectos sobre la resurrección. Les dijiste que entonces no será necesario el matrimonio, “porque ya no podrán morir otra vez, pues son iguales a los ángeles e hijos de Dios, siendo hijos de la resurrección”; el principio de aquella vida será el mismo Dios.

Les recordaste que Dios “no es Dios de muertos, sino de vivos; todos viven para Él”. Entonces, algunos fariseos que te escuchaban atentamente —hay que recordar que los fariseos aceptaban la resu-rrección de la carne tal como venía expuesta en algunos textos de la Escritura— dijeron: “Maestro, has respondido muy bien”.

A lo que Tú, Señor, no dijiste nada, callaste. Quizás, desde el fondo de tu corazón les miraste a unos y a otros y rezaste por ellos. En cualquier caso, anota el evangelista, “ya no se atrevían a hacerte más preguntas”.

Permíteme a mí, Señor, ahora, hacer una pregunta: ¿Para el hombre esta consumación será la realización final de la unidad del género humano querida por Dios desde la creación? Sí, responde el Catecismo de la Iglesia y añade: “la visión beatífica, en la que Dios se manifestará de modo inagotable a los elegidos, será la fuente inmensa de felicidad, de paz y de comunión mutua” .

jueves, 18 de noviembre de 2010

CUEVA DE LADRONES
TRIGÉSIMA TERCERA SEMANA DEL T. O.

VIERNES
SAN LUCAS 19, 45-48

CON UN SOLO GOLPE DE CLIK
http://www.youtube.com/watch?v=P38YQqnkbUE

Entró en el Templo y comenzó a expulsar a los que vendían, diciéndoles:
—Está escrito: Mi casa será casa de oración, pero vosotros habéis hecho de ella una cueva de ladrones.
Y enseñaba todos los días en el Templo. Pero los príncipes de los sacerdotes y los escribas intentaban acabar con él, lo mismo que los jefes del pueblo, pero no encontraban cómo hacerlo, pues todo el pueblo esta-ba pendiente escuchándole.

Y llegaste hasta el Templo. Y entraste en el Templo. Y comenzaste a expulsar a los que vendían: palomas, ovejas, y otras cosas. Se ve que aquel ambiente no te gustó nada. Tus discípulos quedaron confundidos. Ni entran ni salen en el asunto. No acababan de explicarse aquello. ¡Habían sufrido tanto, con tus llantos, la tarde anterior!

Y para que los vendedores se quedaran tranquilos, citaste un pasaje de la escritura: Mi casa será casa de oración y vosotros la habéis convertido en una cueva de ladrones. ¡Qué cosas! ¡Lo que hace el tiempo! ¡Cómo corrompe lo más santo! De lugar de oración a cueva de traficantes.

Tras este percance, Señor, marchaste a descansar. Aquel día fue duro para todos. Pocas palabras, muchos silencios y esperar que pasara la tormenta y llegaran los días de calma. Por la calle la gente casi ni hablaba, iban a sus cosas. El cielo estaba gris y encapotado.

Y volviste al Templo a enseñar. Ibas todos los días. Y la gente te escuchaba entusiasmada. También tus discípulos. Pero no todos vivían felices. Los escribas y los discípulos de los sacerdotes buscaban acabar contigo. También los jefes del pueblo. No sabían cómo hacerlo. Además, se daban cuenta que todo el pueblo te escuchaba complaciente.

Tú sabías, Señor, que subir a Jerusalén era subir al peligro, a la posible persecución, a la entrega. Pero había que cumplir la voluntad del Padre. Para eso habías venido, para cumplir los mandatos de Dios.

Y ahora, nosotros, después de veinte siglos, temblamos de miedo y sentimos, por dentro, miles de pesares, por nuestras indiferencias, por nuestras cobardías, por haber hecho de nuestras vidas un canto triste.

miércoles, 17 de noviembre de 2010

DOMINUS FLEVIT
TRIGÉSIMA TERCERA SEMANA DEL T. O.

JUEVES
SAN LUCAS 19, 41-44

CON UN SOLO GOLPE DE CLIK
http://www.youtube.com/watch?v=XKDBd_Bwvug

Y cuando se acercó, al ver la ciudad, lloró sobre ella, diciendo:
—¡Si conocieras también tú en este día lo que te lleva a la paz! Sin embargo, ahora está oculto a tus ojos. Porque vendrán días sobre ti en que no sólo te rodearán tus enemigos con vallas, y te cercarán y te estrecharán por todas partes, sino que te aplastarán contra el suelo a ti y a tus hijos que están dentro de ti, y no dejarán en ti piedra sobre piedra, porque no has conocido el tiempo de la visita que se te ha hecho.

Cada vez estaba más cerca Jerusalén. Todos ibais un tanto tristes, cansados. El camino, las cosas oídas, los comentarios, los anteriores rechazos; todo había hecho que caminarais un poco tristes. Y Tú, Señor, “cuando te acercaste, al ver la ciudad, lloraste por ella”. ¡Lágrimas divinas sobre la ciudad santa!

Y, como hablando contigo mismo o con la ciudad entera, comenzaste a decir: ¡Si conocieras Tú en este día lo que te lleva a la paz! Los discípulos te rodearon y te acompañaban. Oían que Tú hablabas, pero nada decían. Estaban asombrados y quizás lloraban contigo.

Y adelantaste, como en una pantalla gigante, los duros acontecimientos futuros. Y viste los enemigos que rodeaban la ciudad, y viste las vallas, y viste cómo estrechaban la ciudad por todas las partes, y cómo era aplastada, y cómo morían sus hijos, y cómo no quedaba piedra sobre piedra: y viste todo, Señor.

Y, aunque nada dice el Evangelio, me imagino que volviste a llorar. Y lloraste lágrimas de pena y de perdón. Y contigo lloraron tus discípulos, y las mujeres que te acompañaban, y lloró tu Madre que se hizo presente en aquel momento, y lloraron las piedras, y las nubes, y el cielo.

¡Misteriosas lágrimas del profeta! ¡Misteriosas horas de realidades trágicas! ¡Misteriosas horas de dolor y tragedia! Y sin embargo, Señor, permanecías sereno, tranquilo, apacible. Yo no quiero decir nada, ni pensar nada, ni imaginar nada. Sólo espero de tu ayuda un hálito de fuerza y de alegría.

martes, 16 de noviembre de 2010

TALENTOS
TRIGÉSIMA TERCERA SEMANA DEL T. O.

MIÉRCOLES
SAN LUCAS 19, 11-28

CON UN SOLO GOLPE DE CLIK
http://espanol.video.yahoo.com/watch/7266022/18956164

Mientras estaban oyendo estas cosas, les añadió una parábola, porque él estaba cerca de Jerusalén y ellos pensaban que el Reino de Dios se manifestaría enseguida. Dijo pues:
—Un hombre noble marchó a una tierra lejana a recibir la investidura real y volverse. Llamó a diez siervos suyos, les dio diez minas y les dijo: “Negociad hasta mi vuelta”. Sus ciudadanos le odiaban y enviaron una embajada tras él para decir: “No queremos que éste reine sobre nosotros”. Al volver, recibida ya la investidura real, mandó llamar ante sí a aquellos siervos a quienes había dado el dinero, para saber cuánto habían negociado. Vino el primero y dijo: “Señor, tu mina ha producido diez”. Y le dijo: “Muy bien, siervo bueno, porque has sido fiel en lo poco, ten potestad sobre diez ciudades”. Vino el segundo y dijo: “Señor, tu mina ha producido cinco”. Le dijo a éste: “Tu ten también el mando de cinco ciudades”. Vino el otro y dijo: “Señor, aquí está tu mina, que he tenido guardada en un pañuelo; pues tuve miedo de ti porque eres hombre severo, recoges lo que no depositaste y cosechas lo que no sembraste”. Le dice: “Por tus palabras te juzgo, siervo malo; ¿sabías que yo soy hombre severo, que recojo lo que no he depositado y cosecho lo que no he sembrado? ¿Por qué no pusiste mi dinero en el banco? Así, al volver yo lo hubiera retirado con los intereses”. Y les dijo a los presentes: “Quitadle la mina y dádsela al que tiene diez”. Entonces le dijeron: “Señor, ya tiene diez minas”. Os digo que a todo el que tiene se le dará, pero al que no tiene incluso lo que tiene se le quitará. En cuanto a esos enemigos míos que no han querido que yo reinara sobre ellos, traedlos aquí y matadlos en mi presencia.
Dicho esto, caminaba delante de ellos subiendo a Jerusalén.

Estabas ya cerca de Jerusalén. Tus discípulos, atentos siempre a tus palabras, pensaban que el Reino de Dios estaba a punto de manifestarse. Y de manifestarse, creían, se haría de forma ostentosa, llamativa, pública. Por eso, tal vez, Tú, Señor, seguiste, a la vez que caminabais, clarificando las cosas. Y lo hiciste contando una larga parábola.

Se trataba de un hombre que decidió marchar a un país lejano. Y, antes de emprender el viaje, llamó a varios de sus criados. A todos les ofreció la oportunidad de negociar con dineros por él prestados. Algunos de aquellos siervos se rebelaron. No quisieron admitir el trato. Otros accedieron. Al volver llamó a mandamiento a estos últimos siervos. Y allí, delante del amo, cada uno fue dando razón de su trabajo. El dueño aquel los fue premiando según iban pasando; premió a casi todos, pero, cuando llegó el último, se armó la marimorena.

Entonces Tú, Señor, ofreciste a tus discípulos varias conclusiones: La primera fue esta: A todo el que tiene se la dará, pero al que no tiene incluso lo que tiene se le quitará. De esta forma, Señor, corregías la visión humana de los discípulos que pensaban en tu inminente manifestación gloriosa como Mesías, en la instauración del Reino de Dios .

Y la segunda fue estremecedora: “En cuanto a esos enemigos míos que no han querido que yo reinara sobre ellos, traedlos aquí y matadlos en mi presencia”.

¡Misterio! Jesús enseña efectivamente que vendrá como Rey y juzgará: sus servidores fieles no deben preocuparse de los enemigos del Reino, sino de hacer fructificar la herencia que les ha entregado.

Mientras contabas estas cosas, Señor, ibas subiendo a Jerusalén. Estabais ya cerca, muy cerca de la ciudad santa.

lunes, 15 de noviembre de 2010


ZAQUEO

TRIGÉSIMA TERCERA SEMANA DEL T. O.

MARTES
SAN LUCAS 19, 1-10

CON SOLO GOLPE DE CLIK
http://www.youtube.com/watch?v=3lPUXXhvwUA

Entró en Jericó y atravesaba la ciudad. Había un hombre llamado Zaqueo, que era jefe de publicanos y rico. Intentaba ver a Jesús para conocerle, pero no podía a causa de la muchedumbre, porque era pequeño de estatura. Y, adelantó corriendo, y se subió a un sicómoro para verle, porque iba a pasar por allí. Cuando Jesús llegó al lugar, levantando la vista, le dijo:
—Zaqueo, baja pronto, porque conviene que hoy me quede en tu casa.
Bajó rápido y lo recibió con alegría. Al ver esto, todos murmuraban diciendo que había entrado a hospedarse en casa de un pecador. Pero Zaqueo, de pie, dijo al Señor:
—Señor, doy la mitad de mis bienes a los pobres y si he defraudado en algo a alguien le devuelvo cuatro veces más.
Jesús le dijo:
—Hoy ha llegado la salvación a esta casa, pues también éste es hijo de Abrahán; porque el Hijo del Hombre ha venido a buscar y salvar lo que estaba perdido.

Al fin llegaste a Jericó. Atravesaste la ciudad de punta a punta. Un grupo de hombres, tus discípulos, te acompañaban. Acaso más gente se sumó al grupo. El lugar donde esperabas descansar estaba próximo. Pero antes ocurrió un suceso extraño, curioso, llamativo.

Había en Jericó un hombre, jefe de publicanos, rico él, que se llamaba Zaqueo. Había oído hablar de Ti en distintas ocasiones. Tenía ganas de verte. Acaso, incluso tenía ganas de hablar contigo y hasta de invitarte a comer a su casa. Era bajo de estatura. Y ese día, cuando Tú atravesabas Jericó, decidió salir a verte. Y lo hizo.

Pero como era bajo de estatura, a causa de la muchedumbre no acababa de localizarte. Y por lo mismo tampoco Tú podrías fijarte en él. Entonces el buen hombre pensó que, si se subía a un árbol, podría verte y Tú verle también a él. Y así lo hizo.

Y justo, cuando Tú llegabas por allí, frente al árbol, levantaste la vista y le dijiste: Zaqueo, baja, que quiero visitarte en tu casa. Y él bajó. Y te recibió con alegría. Y Tú, Señor, gozaste de la buena intención de aquel hombre y de sus buenos propósitos.

Mas los de siempre murmuraban de tu gesto amable, de que hubieras entrado en la casa de un pecador. Mientras, en aquella casa, se produjo un milagro, una conversión. El bueno de Zaqueo se abrió de par en par a Ti, Señor, y te dijo que estaba dispuesto a todo: a cambiar de vida.

Y Tú, dándole un abrazo, fraterno, y paterno, ante la alegría de tus discípulos, le dijiste: Hoy ha llegado la salvación a esta casa. Tú, Zaqueo, has encontrado el camino de los hijos de Dios. Y a los que estaban fuera les mandaste este recado: El Hijo del Hombre ha venido a buscar y salvar lo que estaba perdido.

Ven, Señor, y danos también a nosotros el abrazo del perdón y reparte alegría en la casa de nuestra alma.

domingo, 14 de noviembre de 2010


CIEGO DE JERICO
TRIGÉSIMA TERCERA SEMANA DEL T. O.

LUNES
SAN LUCAS 18, 35-43

CON UN SOLO GOLPE DE CLIK
http://www.youtube.com/watch?v=l1SSbIOYFQY

Cuando se acercaban a Jericó, un ciego estaba sentado al lado del camino mendigando. Al oír que pasaba mucha gente, preguntó qué era aquello. Le contestaron:
—Es Jesús Nazareno que pasa.
Y gritó diciendo:
—Jesús, Hijo de David, ten piedad de mi.
Y los que iban delante le reprendían para que estuviera callado. Pero él gritaba mucho más:
—Hijo de David, ten piedad de mí.
Jesús, parándose, mandó que lo trajeran ante él. Y cuando se acercó, le preguntó:
—¿Que quieres que te haga?
—Señor, que vea —respondió él.
Y Jesús le dijo:
—Recobra la vista, tu fe te ha salvado.
Y al instante recobró la vista, y le seguía glorificando a Dios. Y todo el pueblo, al presenciarlo, alabó a Dios.

Habías salido hacia Jerusalén. La ciudad santa estaba cerca. Los pasos cada vez más cortos y el latir del corazón cada vez más fuerte. Llegar a Jerusalén era llegar al Templo, lugar donde la presencia de Dios era más clara. ¡Con qué cariño y con que ilusión hablarías Tú, Señor, de Jerusalén! Acaso habías contado a los Apóstoles tu experiencia de adolescente, allí en medio de los doctores, en el Templo, haciéndoles preguntas.

Y lo que más les gustaba a tus Apóstoles era oírte contar el suceso de tu pérdida en el templo, de cómo debieron sufrir tus padres, y luego la cara de extrañeza de María y José cuando les dijiste: no sabías que debía dedicarme a las cosas de mi Padre. La verdad que estos sucesos emocionaban a “los tuyos”.

Acaso conversabas de estas cosas al acercarte a Jericó. Y pudo ser entonces cuando viste a un ciego que estaba sentado al lado del camino, pidiendo limosna.

Luego os enterasteis de que el ciego, al oír que pasaba mucha gente por allí, preguntó que qué jaleo era aquel. Le dijeron que eras Tú, Señor, que cruzabas la calle. Y él: Jesús, ten piedad de mí. Y los que iban contigo le decían que callara; y él: que no. Y gritaba más. Y Tú: que lo traigan. Y, cuando se acercó, le preguntaste: ¿qué quieres que haga? Y él: que vea; y Tú: pues ve. Y recobró la vista. Y le dijiste que la fe le había salvado.

Y él seguía glorificándote a Ti y a Dios. ¡El que sabía! Y los que lo vieron te daban la enhorabuena y te decían: gracias, Maestro.

Y yo y tú que lees estos pensamientos, si quieres, vamos a decirle a Jesús, al Señor, que sigue pasando a nuestro lado, que nos conceda fe; y nos conceda la vista del alma. Y vamos a seguir detrás de Él y alabarle y a alabar también a Dios. ¡Ahora, sí sabemos!

sábado, 13 de noviembre de 2010


NO QUEDARÁ PIEDRA SOBRE PIEDRA

XXXIII DOMINGO TIEMPO ORDINARIO CICLO C
EVANGELIO SEGÚN SAN LUCAS 21, 5-19


CON UN SOLO GOLPE DE CLIK
http://www.youtube.com/watch?v=96pgrEqmYOU

En aquel tiempo, algunos ponderaban la belleza del templo, por la calidad de la piedra y los exvotos. Jesús les dijo:
--Esto que contempláis, llegará un día en que no quedará piedra sobre piedra: todo será destruido.
Ellos le preguntaron:
--Maestro, ¿Cuándo va a ser eso?, ¿y cuál será la señal de que todo eso está para suceder?
Él contestó:
--Cuidado con que nadie os engañe. Porque muchos vendrán usurpando mi nombre, diciendo: "Yo soy", o bien: "el momento está cerca"; no vayáis tras ellos. Cuando oigáis noticias de guerras y de revoluciones, no tengáis pánico. Porque eso tiene que ocurrir primero, pero el final no vendrá en seguida.
Luego les dijo:
--Se alzará pueblo contra pueblo y reino contra reino, habrá grandes terremotos, y en diversos países epidemias y hambre. Habrá también espantos y grandes signos en el cielo. Pero antes de todo eso os echarán mano, os perseguirán, entregándoos a los tribunales y a la cárcel, y os harán comparecer ante reyes y gobernadores, por causa de mi nombre: así tendréis ocasión de dar testimonio. Haced propósito de no preparar vuestra defensa, porque yo os daré palabras y sabiduría a las que no podrá hacer frente ni contradecir ningún adversario vuestro. Y hasta vuestros padres, y parientes, y hermanos, y amigos os traicionarán, y matarán a algunos de vosotros, y todos os odiarán por causa de mi nombre. Pero ni un cabello de vuestra cabeza perecerá; con vuestra perseverancia salvaréis vuestras almas.

Este domingo, la Palabra de Dios nos invita a reflexionar sobre el final de la historia, sobre el final del mundo. No debemos vivir instalados en la vida presente; como si esta vida fuera la única, la definitiva.

Dios nos ha revelado que habrá un final, que llegará un día en el que no quedará nada de cuanto existe. “No quedará (…) ni rama ni raíz” decía Malaquías; “Esto que contempláis (decía Jesús, refiriéndose al templo de Jerusalén), llegará un día en que no quedará piedra sobre piedra, todo será destruido”. Y mientras llega ese día, ¿qué hacer, cómo vivir, cómo comportarse?

Trabajar, hacer el bien. Así se lo aconsejaba San Pablo a los de Tesalónica: “A esos (que viven sin hacer nada) les digo y les recomiendo, por el Señor Jesucristo, que trabajen con tranquilidad para ganarse el pan”. Y Jesús nos advierte: “con vuestra perseverancia salvaréis vuestras almas”.

Por lo tanto, vigilar, hacer el bien, trabajar. Esa debe ser nuestra tarea mientras peregrinamos por esta vida. Aunque esto, a veces, nos exigirá ir contra corriente, ir a contrapelo.

A los cristianos no nos debe importar ser diferentes a los demás. Diferentes, porque rezamos, porque acudimos los domingos a Misa, porque confesamos nuestros pecados, porque estamos abiertos a la vida, porque creemos en la dignidad de la persona humana y por tantas otras cosas. Tampoco nos debe llenar de orgullo, porque todo lo que somos y tenemos, lo hemos recibido de Dios a través de la Iglesia.

Hoy, recordamos con gratitud nuestra pertenencia a la Iglesia del Señor; la pertenencia a nuestra Iglesia diocesana que, presidida por el Obispo, peregrina en Navarra. Iglesia, comunidad de fe, esperanza y caridad.

Para sembrar la fe, la diócesis necesita de sacerdotes y agentes de pastoral; para vivir la caridad con los más necesitados, la diócesis ofrece a las parroquias cauces como Cáritas. Y de una fe así creída y vivida, nace la alegría de hacer un camino común iluminado con la esperanza de llegar un día al cielo.

Hoy es un día para rezar por nuestra diócesis y también para colaborar especialmente con el sustento de nuestra Iglesia Diocesana para que se pueda anunciar el Evangelio; para que se construyan y se mantengan los templos; para que puedan ser atendidas las nóminas de los sacerdotes y de otros agentes de la pastoral; para que se mantengan las obras de misericordia, de promoción y de fraternidad a favor de los que menos tienen. Así sea.

viernes, 12 de noviembre de 2010

EL JUEZ INJUSTO
TRIGÉSIMA SEGUNDA SEMANA DEL T. O.

SÁBADO
SAN LUCAS 18, 1-8

CON UN SOLO GOLPE DE CLIK
http://www.youtube.com/watch?v=MbBII1FGYco

Les proponía una parábola sobre la necesidad de orar siempre y no desfallecer, diciendo:
—Había en una ciudad un juez que no temía a Dios ni respetaba a los hombres. También había en aquella ciudad una viuda, que acudía a él diciendo: “Hazme justicia ante mi adversario”. Y durante mucho tiempo no quiso. Sin embargo, al final se dijo a sí mismo: Aunque no temo a Dios ni respeto a los hombres, como esta viuda está molestándome, le haré justicia, para que no siga viniendo a importunarme”.
Concluyó el Señor:
—Prestad atención a lo que dice el juez injusto. ¿Acaso Dios no hará justicia a sus elegidos que claman a Él día y noche, y les hará esperar? Os aseguro que les hará justicia sin tardanza. ¿Pero cuando venga el Hijo del Hombre, ¿encontrará fe sobre la tierra?

Después del duro sermón de ayer, Señor, hoy llegaste más suave. Volviste a utilizar la parábola como medio pedagógico. Acaso, en un descanso, en un aparte, alguno de tus discípulos te habría sugerido que volvieras a las parábolas. Se entendía mejor, se asimilaba mejor, se recordaba más.

El mensaje esta vez era claro: es necesario orar siempre; siempre, sin cansancio; sin desfallecer. Era necesario y Tú lo hacías. Pero también querías dejarlo dicho, enseñarlo con tu predicación. Y lo hiciste mediante una parábola.

Los personajes eran habitantes de una ciudad: un juez desalmado y una viuda terca. El juez presumía de descreído y de chulo. La viuda, por lo que se ve, era una tozuda de aúpa. Por medio, un adversario de la viuda. Un día se presentó un conflicto. La viuda pide justicia. El juez que se niega. La viuda que insiste. El juez que no quiere. La viuda que vuelve. Y el juez que es vencido, no por el deber, ni la profesionalidad, sino por la tozudez de aquella mujer. Y al fin promete hacerle justicia.

Bonita parábola, Señor. Ahora vienes Tú con la enseñanza, enseñanza que convenía aprendieran “los tuyos”. Por eso, seguiste: “prestad atención”. ¿Acaso Dios no hará justicia a sus elegidos que claman a Él día y noche, y les hará esperar? Hay que clamar día y noche, noches y días, con perseverancia, con tozudez, con fe, con esperanza. Y habrá justicia.

Terminaste: ¿Encontrará el Hijo del Hombre, cuando venga, fe sobre la tierra?

jueves, 11 de noviembre de 2010

BUITRE EN VUELO
TRIGÉSIMA SEGUNDA SEMANA DEL T. O.

VIERNES
SAN LUCAS 17, 26-37

CON UN SOLO GOLPE DE CLIK
http://www.youtube.com/watch?v=VBqEoWkEitY

Y como ocurrió en los días de Noé, así será también en los días del Hijo del Hombre.
Comían y bebían, tomaban mujer o marido, hasta el día en que Noé entró en el arca, y vino el diluvio e hizo perecer a todos. Lo mismo sucedió en los días de Lot: comían y bebían, compraban y vendían, plantaban y edificaban; pero el día en que salió Lot de Sodoma, llovió del cielo fuego y azufre y los hizo perecer a todos. Del mismo modo sucederá el día en que se manifieste el Hijo del Hombre. Ese día, quien esté en el terrado y tenga sus cosas en la casa, no baje por ellas; y lo mismo, quien esté en el campo, que no vuelva atrás. Acordaos de la mujer de Lot. Quien pretenda guardar su vida, la perderá; y quien la pierda, la conservará viva. Yo os digo que esa noche estarán dos en el mismo lecho: uno será tomado y el otro dejado. Estarán dos moliendo juntas: una será tomada y la otra dejada. (...)
Y a esto le dijeron:
—¿Dónde, Señor?
Él les respondió:
—Dondequiera que esté el cuerpo, allí se reunirán los buitres.

Tus conversaciones y tus enseñanzas guardan, como es lógico, una correcta unidad. Nosotros, a veces, tenemos que partirlas, por necesidad de tiempo, de espacio, o simplemente por conveniencia. Es el caso del texto de hoy. Para entenderlo y seguirlo mejor conviene leer de nuevo el de ayer.

El tema de ayer, tu próxima venida. Hoy hablaste del tiempo de Lot, y del castigo posterior. Y hablaste de los terrados y de la planta baja de la casa.

Y pronunciaste una sentencia al parecer contradictoria: “quien pretenda guardar la vida la perderá; quien la pierda la conservará viva”. No eran juegos de palabras, ni adivinanzas. Era tu programa.

Ante tus sentencias y enseñanzas, nadie abría la boca. Silencio, extrañeza, misterio. Las palabras caían en el corazón y allí enraizaban; las palabras caían en la cabeza, y allí crecían. Y Tú seguías y seguías. Y todos callaban.

Sólo al final, después de discurso tan fuerte, como en tropel, unos y otros, todos dijeron: ¿Dónde, Señor? Y Tú: dondequiera que esté el cuerpo, allí se reunirán los buitres. Un nuevo enigma: el cuerpo y los buitres.

Y quizás aquí está la lección: el misterio, la fe, la confianza; el seguirte a Ti: perder la vida, para alcanzar la vida.

miércoles, 10 de noviembre de 2010

TRIGÉSIMA SEGUNDA SEMANA DEL T. O.

JUEVES
SAN LUCAS 17, 20-25

CON UN SOLO GOLPE DE CLIK

HOY UNO MÁS: http://www.youtube.com/watch?v=bjO2wrjm8js
Interrogado por los fariseos sobre cuándo llegaría el Reino de Dios, él les respondió:
—El Reino de Dios no viene con espectáculo; ni se podrá decir: “Mi-rad, está aquí” o “está allí”; porque daos cuenta de que el Reino de Dios está ya en medio de vosotros.
Y les dijo a los discípulos:
—Vendrá un tiempo en que desearéis ver uno solo de los días del Hijo del Hombre, y no lo veréis. Entonces os dirán: “Mirad, está aquí, o mirad, está allí”. No vayáis ni corráis detrás. Pues, como el relámpago fulgurante brilla de un extremo a otro del cielo, así será en su día el Hijo del Hombre.

Señor, estabas en todo. Lo mismo tenías que soportar una pregunta llena de malicia, que procurar salir airoso de una disputa difícil, como aguantar el chaparrón y huir por pies para librarte del barranco, o ser criticado cuando hacías alguna curación o ayudabas a salir de algún apuro. Los fariseos eran los que procuraban ponerte en aprieto, con más frecuencia y fuerza que otros.

Hoy te interrogan sobre cuándo llegaría el Reino de Dios. El reino de Dios que todo buen samaritano estaba esperando, por el que habían rezado tanto y seguían rezando. El tiempo del Mesías, del Salvador, del Redentor. Querían, pues, oír de tu boca la matización adecuada.

Lo primero que les dijiste a aquellos fariseos es que el Reino de Dios no viene con espectáculo, ni se podía decir: aquí o allí está. El Reino de Dios —dijiste— está en medio de vosotros. La respuesta fue desconcertante. Y los fariseos quedaron deshechos. Creo que se marcharon a sus casas un tanto enfadados.

Entonces Tú, Señor, a solas ya con tus discípulos, hablaste de venidas y de llegadas, de relámpagos fulgurantes y de brillos en el cielo. Pero antes tenías que ser rechazado, condenado, morir.

Los Apóstoles, aunque no preguntaron demasiado, sí oyeron muchas veces tus consejos, tus anotaciones y tus sugerencias. No lo entendieron al principio, sólo cuando Tú, Señor, enviaste el Espíritu Santo, con su enseñanza, entendieron algo. Y lo vivieron hasta la muerte.

martes, 9 de noviembre de 2010

Y LOS OTROS NUEVE
TRIGÉSIMA SEGUNDA SEMANA DEL T. O.

MIÉRCOLES
SAN LUCAS 17, 11-19

CON UN SOLO GOLPE DE CLIK
http://www.youtube.com/watch?v=WD5tHPS0rW0

Al ir de camino a Jerusalén, atravesaba los confines de Samaría y Galilea; y, cuando iba a entrar en un pueblo, le salieron al paso diez leprosos, que se detuvieron a distancia y le dijeron gritando:
—Jesús, Maestro, ten piedad de nosotros.
Al verlos, les dijo:
—Id y presentaos a los sacerdotes.
Y mientras iban quedaron limpios. Uno de ellos, al verse curado, se volvió glorificando a Dios a gritos, y fue a postrarse a sus pies dándole gracias. Y éste era samaritano. Ante lo cual dijo Jesús:
—¿No son diez los que han quedado limpios? Los otros nueve ¿dónde están? ¿No ha habido quien volviera a dar gloria a Dios sino sólo este extranjero?
Y le dijo:
—Levántate y vete; tu fe te ha salvado.

Habías decidido bajar a Jerusalén. Atravesabas los confines de Samaria y Galilea. Algunas gentes, que trabajaban en los campos, te saludaban al pasar. Los discípulos, en ocasiones, se entretenían a que les explicaras algo. Otros conversaban entre sí o contigo. El paso era lento, pero constante. Cuando ibas a entrar en un pueblo, diez leprosos te salieron al paso. Nadie se había enterado hasta que estuvieron muy cerca.

Los leprosos se detuvieron a cierta distancia. Sabían bien las prescripciones de la Ley. Y querían cumplirlas. Antes de llegar a tu lado comenzaron a gritar. Te pedían que tuvieras piedad de ellos. ¡Daba pena escuchar sus ruegos!

Tú, Señor, sin otro interrogatorio les dijiste que fueran a presentarse a los sacerdotes. Y ellos fueron. Mientras caminaban, se notaron curados. Sólo uno, al verse curado, volvió a darte gracias. Era un samaritano. Los otros siguieron caminando.

Tú, Señor, al ver sólo a uno te quedaste extrañado. Preguntaste por los otros nueve. Quizás tus discípulos —para justificarlos— te dijeron que Tú mismo les habías enviado a presentarse a los sacerdotes. Que quizás luego vendrían. Pero no volvieron. Como tampoco volvemos nosotros muchas veces, después de haber sido perdonados, favorecidos, ayudados.

Al leproso samaritano, recién curado, carne limpia y alma limpia, honrado y agradecido, le dijiste: levántate, y vete; tu fe te ha salvado. Y él seguro, después de darte las gracias de nuevo, se iría al sacerdote y después iría a su casa brincando de alegría.