viernes, 24 de junio de 2011

DESDE MI VENTANA



Hoy me voy un poco más allá. Me meto con la vista en la parcela sembrada da maíces. Es más grande que mi pequeño y vecino jardín. Y menos mía. Quizá cuarenta veces más grande. La parcela está cercada por una fuerte alambrada, amarrada a trozos gruesos de madera. Así es muy difícil que entren animales a estropear los maíces. Solo las urracas sobrevuelan por encima y canturrean aburridas.


La parcela de maíces por la parte derecha limita con la carretera, por cierto bastante transcurrida; por la parte izquierda, no puedo calcular hasta donde llega, ya que desde mi observatorio no acierto a ver el final. Por eso, las dimensiones arriba apuntadas, pueden ser mucho mayores.


En todo caso el campo está frondoso, con vitalidad y si sigue así esperanza de una excelente cosecha. Así las cosas, todo normal, pero si pensamos un poco, se adivina un gran trabajo anterior y un fuerte esfuerzo de lo que aún queda por hacer.


Hagamos un breve resumen: Ha habido que preparar la tierra, que comprar y seleccionar la semilla; después ha habido que sembrarla, más tarde cuidarla con abonos y eficaces herbicidas; luego contar con la lluvia que cae del cielo y con el sol y el aire que aparecen de vez en cuando.


Y más tarde, lo que venga: nuevos cuidados, apechar ante riesgos imprevistos; trabajar cuando llegue la cosechas, vender el producto si se puede y al final, el premio.


Cambiando de campo y de cosecha, algo parecido pasa en la vida de los hombres: se prepara parcela de la vida, se siembran las virtudes, se ruega la ayuda del cielo y después, la cosecha. También hay que proteger el alma con cercas fuertes y seguras, para evitar que entren las raposas y los pajarracos a comer la viña. Así, es muy difícil que anide en nuestra cabeza la tristeza.