miércoles, 1 de septiembre de 2010

VIGÉSIMA SEGUNDA SEMANA
DEL T. O. JUEVES
SAN LUCAS 5, 1-11

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Estaba Jesús junto al lago de Genesaret y la multitud se agolpaba a su alrededor para oír la palabra de Dios. Y vio dos barcas que estaban a la orilla del lago; los pescadores habían bajado de ellas y estaban lavando las redes. Entonces, subiendo a una de las barcas, que era de Simón, le rogó que la apartase un poco de tierra. Y, sentado, enseñaba a la multitud desde la barca.
Cuando terminó de hablar, le dijo a Simón:
—Guía mar adentro, y echad vuestras redes para la pesca.
Simón le contestó:
—Maestro, hemos estado bregando durante toda la noche y no hemos pescado nada; pero sobre tu palabra echaré las redes.
Lo hicieron y recogieron gran cantidad de peces. Tantos que las redes se rompían. Entonces hicieron señas a los compañeros que estaban en la otra barca, para que vinieran y les ayudasen. Vinieron, y llenaron las dos barcas, de modo que casi se hundían. Cuando lo vio Simón Pedro, se arrojó a los pies de Jesús, diciendo:
—Apártate de mí, Señor, que soy un hombre pecador.
Pues el asombro se había apoderado de él y de cuantos estaban con él, por la gran cantidad de peces que habían capturado. Lo mismo sucedía a Santiago y a Juan, hijos de Zebedeo, que eran compañeros de Si-món. Entonces Jesús dijo a Simón:
—No temas; desde ahora serán hombres los que pescarás.
Y ellos, sacando las barcas a tierra, dejadas todas las cosas, le siguieron.

El lago de Genesaret era un lugar apreciado para Ti, Señor. Allí predicabas y enseñabas; allí hablabas con tus discípulos y hasta allí acudían las gentes para escucharte. “La multitud se agolpaba a tu alrededor para oír tu palabra”. El agua y la brisa del lago eran un marco excelente para tu catequesis.

Barcas atracadas, pescadores lavando sus redes, gentes inquietas moviéndose por aquí y por allá; preguntas personales y deseos de escucharte. Tú, Señor, subiendo a una de las barcas, la de Pedro, le pediste que con la ayuda de sus fuertes brazos se apartase un poco de la orilla. Y allí, Tú, Señor, sentado en la cátedra de la barca, enseñabas a la multitud.

Al terminar, te volviste a Simón y le rogaste se adentrara en el mar y echase las redes para la pesca. Simón, gran conocedor del tema, te dijo: Toda la noche hemos estado pescando y ha sido un fracaso. Pero si Tú lo dices, Señor, echaré las redes. Y dicho y hecho, echaron la barca hacia dentro, lanzaron las redes al mar, y el resultado: las redes a reventar.

Entusiasmo en la barca, voces rogando ayuda, tropel de pescadores, redes que se rompían, los peces aparecían por todos los lugares: alegría, gozo, entusiasmo. Pedro: Señor, apártate de mí, que soy un pecador. Y lo mismo decían Santiago y Juan y los demás compañeros.

Y Tú, Señor, sereno, tranquilo, lleno de paz, te dirigiste a Pedro y le dijiste: Pedro, no temas, desde ahora serán hombres los que pescarás. Y Pedro no dijo nada. Recogió los peces, las redes, atracó las barcas y dejando allí “todas las cosas”, te siguió.

Aquella noche la sobremesa de la cena sería emocionante. Los ojos de tus Apóstoles, Señor, no te perderían de vista. Las preguntas serían interminables y sus respuestas divinas. ¡Y los sueños de aquella noche serían maravillosos!