jueves, 18 de noviembre de 2010

CUEVA DE LADRONES
TRIGÉSIMA TERCERA SEMANA DEL T. O.

VIERNES
SAN LUCAS 19, 45-48

CON UN SOLO GOLPE DE CLIK
http://www.youtube.com/watch?v=P38YQqnkbUE

Entró en el Templo y comenzó a expulsar a los que vendían, diciéndoles:
—Está escrito: Mi casa será casa de oración, pero vosotros habéis hecho de ella una cueva de ladrones.
Y enseñaba todos los días en el Templo. Pero los príncipes de los sacerdotes y los escribas intentaban acabar con él, lo mismo que los jefes del pueblo, pero no encontraban cómo hacerlo, pues todo el pueblo esta-ba pendiente escuchándole.

Y llegaste hasta el Templo. Y entraste en el Templo. Y comenzaste a expulsar a los que vendían: palomas, ovejas, y otras cosas. Se ve que aquel ambiente no te gustó nada. Tus discípulos quedaron confundidos. Ni entran ni salen en el asunto. No acababan de explicarse aquello. ¡Habían sufrido tanto, con tus llantos, la tarde anterior!

Y para que los vendedores se quedaran tranquilos, citaste un pasaje de la escritura: Mi casa será casa de oración y vosotros la habéis convertido en una cueva de ladrones. ¡Qué cosas! ¡Lo que hace el tiempo! ¡Cómo corrompe lo más santo! De lugar de oración a cueva de traficantes.

Tras este percance, Señor, marchaste a descansar. Aquel día fue duro para todos. Pocas palabras, muchos silencios y esperar que pasara la tormenta y llegaran los días de calma. Por la calle la gente casi ni hablaba, iban a sus cosas. El cielo estaba gris y encapotado.

Y volviste al Templo a enseñar. Ibas todos los días. Y la gente te escuchaba entusiasmada. También tus discípulos. Pero no todos vivían felices. Los escribas y los discípulos de los sacerdotes buscaban acabar contigo. También los jefes del pueblo. No sabían cómo hacerlo. Además, se daban cuenta que todo el pueblo te escuchaba complaciente.

Tú sabías, Señor, que subir a Jerusalén era subir al peligro, a la posible persecución, a la entrega. Pero había que cumplir la voluntad del Padre. Para eso habías venido, para cumplir los mandatos de Dios.

Y ahora, nosotros, después de veinte siglos, temblamos de miedo y sentimos, por dentro, miles de pesares, por nuestras indiferencias, por nuestras cobardías, por haber hecho de nuestras vidas un canto triste.