lunes, 19 de enero de 2015

VIEJOS ESCRITOS

Y ME HABLÓ LA MADERA
Al contrario que en otras ocasiones, esta vez, los que llegaron hasta mi presencia, venían delante de una carreta tirada por dos forzudos bueyes. La carreta era de madera tosca y estaba notablemente sucia. Del piso de la carreta subían dos idénticas taleras y por delante se extendía una larga viga a la que estaban uncidos dos excelentes bueyes. Las ruedas también eran de madera. Estaban formadas por recios cambones y una maza en el medio. Los bueyes eran de color tierra. Gozaban de gruesos cuernos y orejas chicas. El pelo de su piel era lustroso y brillante. Por sus narices respiraban con fuerza y con ritmo. Estaban bien uncidos al yugo del carro con fuertes correas de cuero que se entremezclaban por encima de pequeños trozos de pellejo.
Esta vez, los hombres que llegaron eran cuatro. Dos de ellos eran de edad madura. Vestían recias ropas y sus frentes estaban surcadas por visibles arrugas. Morenos de rostro y un tanto sonrojados de pómulos y de nariz. Parece que estos dos hombres eran los que llevaban las riendas del carro y de los bueyes y también de lo que se iba a realizar. Los otros dos eran jóvenes. Vestían ropas parecidas a los mayores, pero sus caras eran más lustrosas; también sus ojos, los movimientos de sus manos y de todo su cuerpo.
Pude observar que los dos jóvenes iban provistos de una especie de guantes o manoplas de lana. Y uno de ellos, además portaba algunos guantes más que pronto entregó a los dos hombres mayores. Por lo que dijo el joven a entregárselos, aprecié que uno era su padre y el otro su tío. Luego los jóvenes sacaron de la carreta unas gruesas maromas que lanzaron al suelo sin ningún miramiento. Después de un rato, me ví envuelta por aquellas maromas que sin apretarme demasiado me causaban una sensación de estar aprisionada.

PARA ESCUCHAR
https://www.youtube.com/watch?v=merNu7LS-vA