sábado, 13 de julio de 2013

SENCILLAS VIVENCIAS

DE AGUILAR DE CAMPOO 
A BARRUELO DE SANTULLÁN


ESTACIÓN DE FERROCARRIL DE AGUILAR DE CAMPOO

El hombre joven que me había encontrado en el tren, no paraba de hablar. No así, el matrimonio mayor, que apenas musitó palabra. Yo, por mi parte, escuchaba al hombre joven y observaba a los ancianos. Mientras, una y otra vez, venían a mi cabeza, los consejos que me había dado mi padre antes de salir de casa.

En estas estábamos, cuando pasó el interventor del tren. Nos pidió los billetes y nos avisó que estábamos a punto de llegar a Aguilar de Campoo. En efecto, a los cinco minutos, el viejo tren aminorando su marcha paró. Estábamos en la estación de Aguilar de Campoo.

El hombre joven y yo tomamos posiciones. El matrimonio mayor permaneció en su puesto. Con un adiós convencional, nos despedimos de ellos y bajamos al andén. En el andén había gente. Era casi de noche y no me enteré bien de las dimensiones de la estación.

Guiado por el hombre joven, nos dirigimos a una vía más estrecha. De allí, poco después, salió un tren más pequeño, destino a Barruelo de Santullán. También tomaron este tren otros viajeros. Según me dijo el hombre joven, eran trabajadores de la fábrica de galletas Fontaneda que volvían a Barruelo.

El hombre joven, dos personas más y yo nos colocamos en el mismo departamento. El hombre joven siguió hablando, hablando, hablando. No paraba de hablar. Me contó muchas cosas de Barruelo, algunas de las minas; de lo duro  que era el trabajo de los mineros, del riesgo que corrían. Me habló de muchas cosas.

(Mañana más).


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