domingo, 17 de febrero de 2013

SENCILLAS VIVENCIAS


LLAMAR A LOS DEMÁS
POR SU NOMBRE

Me llamaron al despacho. “Un señor en silla de ruedas, le espera”, me dijeron. Salí de inmediato. Allí, en medio del templo, estaba un señor en una silla de ruedas. Un poco más atrás se encontraba un joven sentado en un banco. En el lado contrario,  se hallaba una señora que me dijo: “Este señor le busca”.

Me acerqué hasta donde estaba  el señor de la silla de ruedas. Aquel señor era conocido mío, desde hace más de cuarenta años. Pero cosas de la vida, no pude saludarle por su nombre, porque su nombre no me venía a la cabeza.

Así, sin poderme dirigir a este señor por su nombre, comenzamos a hablar. Me contó como pudo, pues habla con dificultad, algunos de los avatares de su vida actual. Mientras le escuchaba estaba, un tanto inquieto,  trataba de acordarme de su nombre. Me costó un tiempo, pero al final, con satisfacción mía, me vino su nombre a la cabeza.

Y pronuncié su nombré. Al oírlo, el señor de la silla de ruedas, se emocionó y se llenaron de lágrimas sus ojos. Agradeció con gestos, más que con palabras, el detalle de haberle saludado por su nombre. Y es que el nombre es la persona.

Hablamos un rato más y al despedirnos, volví a llamarle por su nombre y el hombre de la silla de ruedas volvió a emocionarse. Dirigido por el joven colombiano, se marchó, no sin antes agradecerme de nuevo mi atención.