jueves, 30 de septiembre de 2010

BETSAIDA
VIGÉSIMA SEXTA SEMANA DEL T. O.

VIERNES
SAN LUCAS 10, 13-16

CON UN SOLO GOLPE DE CLIK http://www.unav.es/

»¡Ay de ti, Corozaín! ¡Ay de ti, Betsaida! Porque si en Tiro y en Sidón se hubieran realizado los milagros que han sido hechos en vosotras, hace tiempo que habrían hecho penitencia sentados en saco y ceniza. Sin em-bargo, en el Juicio Tiro y Sidón serán tratadas con menos rigor que vosotras. »Y tú, Cafarnaún, ¿acaso serás exaltada hasta el cielo? ¡Hasta el infierno vas a descender! »Quien a vosotros oye, a mí me oye; quien a vosotros os desprecia, a mí me desprecia; y quien a mí me desprecia, desprecia al que me ha enviado.

Corazoín y Betsaida no estaban lejos de Cafarnaún. Las aguas del Tiberíades bajaban de sus montañas. Las gentes de estas ciudades eran conocidas por su vida ligera. Malas costumbres, mala vida, a pesar de los milagros que Tú, Señor, obraste entre aquellas gentes. Dicho llanamente, Señor, te tenían cansado por su falta de respuesta, por su dejadez y abandono. ¡Y mira que lo habías intentado! ¡Pero no quisieron! Ni un asomo de cambio, de conversión, de penitencia.

Se entiende perfectamente tu queja, Señor. Te acordaste de Tiro y de Sidón, de sus gentes y de sus vidas. Si hubieran visto lo de Corazoín y Betsaida, a buen seguro —lo decías Tú, Señor— se hubieran vestido de saco y ceniza y hubieran lavado sus culpas sentados en el suelo, habrían llorado su comportamiento.

Se comprende también lo de la mayor suavidad con Tiro y con Sidón y la mayor dureza con Corazoaín y Betsaida. Y con Cafarnaún —la hermosa Cafarnaún— la esbelta, la altiva, la elegante, la feliz. ¡Mayor será la caída, cuando la altura es más alta! Mayor será el golpe cuando desde más arriba se cae. ¡Cielo e infierno! ¡Grandeza y miseria!

Y expuesto el hecho, la anécdota, la vida, presentaste también la doctrina, el mensaje, la teoría. Así de claro: quien a vosotros oye, a Mí me oye; quien a vosotros os desprecia a Mí me desprecia; y quien a Mí me desprecia, desprecia al que me ha enviado.

miércoles, 29 de septiembre de 2010


MANDÓ OTROS SETENTA Y DOS

VIGÉSIMA SEXTA SEMANA DEL T. O.

JUEVES
SAN LUCAS 10, 1-12

CON UN SOLO GOLPE DE CLIK http://www.%20unav.es/

Después de esto designó el Señor a otros setenta y dos, y los envió de dos en dos delante de él a toda ciudad y lugar a donde él había de ir. Y les decía:
—La mies es mucha, pero los obreros pocos. Rogad, por tanto, al señor de la mies que envíe obreros a su mies. Id: mirad que yo os envío como corderos en medio de lobos. No llevéis bolsa ni alforja ni sandalias, y no saludéis a nadie por el camino. En la casa en que entréis decid primero: “Paz a esta casa”. Y si allí hubiera algún hijo de paz, descansará sobre él vuestra paz; de lo contrario, retornará a vosotros. Permaneced en la misma casa comiendo y bebiendo de lo que tengan, pues el que trabaja es merecedor de su salario. No vayáis de casa en casa. Y en la ciudad donde entréis y os reciban, comed lo que os pongan; curad a los enfermos que haya en ella, y decidles: “El Reino de Dios está cerca de vosotros”. Pero en la ciudad donde entréis y no os acojan, salid a sus plazas, decid: Hasta el polvo de vuestra ciudad que se nos ha pegado a los pies lo sacudimos contra vosotros; pero sabed esto. el Reino de Dios está cerca”. Os digo que aquel día Sodoma será tratada con menor rigor que aquella ciudad.

Aquella tarde debió ser emocionante. Junto a Ti, Señor, un montón de discípulos. Todos unidos como una piña. La gente que os contemplaba se llevaba las manos a la cabeza. No entendían nada. Así las cosas, tras un silencio orante, comenzaste la faena. Designaste a setenta y dos; y, de dos en dos, los enviaste allá donde pensabas ir Tú, Señor.

Y les decías: ¡Mirad la mies, amplia, extensa, madura, pronta a ser recogida! Y nos faltan brazos, nos faltan obreros. Hay que contagiar las ganas, hay que conseguir más brazos. Pedid, se os dará.

Id vosotros. Os envío como corderitos en medio de lobos hambrientos. No llevéis estorbos, no os entretengáis por el camino. Dad paz y buscad paz. Permaneced en ese ambiente lo que haga falta. Donde no os abran la puerta, no insistáis; id a otro lugar.

Predicad este breve mensaje: El Reino de Dios está cerca de vosotros. Algunos os harán caso. Otros, ni caso os harán. Sacudid el polvo, no os detengáis en la plaza; pero cuando marchéis no dejéis de vocear que el Reino de Dios está cerca. Qué nadie pueda decir que no se enteró: pregonadlo bien.

Y te acordaste de Sodoma y de Roma, y de Babilonia, y de Jerusalén, y de Constantinopla, y de Grecia, y de Alejandría; y del mundo entero. ¡Grande es la mies y qué pocos los obreros! ¡Rogad al dueño de la mies mande obreros a su mies!

J. Casiano, Collc. 4,12. Cfr. Sagrada Biblia. Nuevo Testamento. Ediciones Universidad de Navarra, Pamplona 1999, pág. 289.

martes, 28 de septiembre de 2010

TE SEGUIRÉ, DONDE QUIERA QUE VAYAS
VIGÉSIMA SEXTA SEMANA DEL T. O.

MIÉRCOLES
SAN LUCAS 9, 57-62

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Mientras iban de camino, uno le dijo:
—Te seguiré adonde vayas.
Jesús le dijo:
—Las zorras tienen sus guaridas y los pájaros del cielo sus nidos, pero el Hijo del Hombre no tiene dónde reclinar su cabeza.
A otro le dijo:
—Sígueme.
Pero éste contestó:
—Señor, permíteme ir primero a enterrar a mi padre.
—Deja que los muertos entierren a sus muertos —le respondió Jesús—; tú vete a anunciar el Reino de Dios.
Y otro dijo:
—Te seguiré, Señor, pero primero permíteme despedirme de los de mi casa.
Jesús le dijo:
—Nadie que pone su mano en el arado y mira hacia atrás es apto para el Reino de Dios.

Los caminos de Palestina, Señor, sabían mucho de tus pisadas. Pisadas que marcaron huellas divinas donde luego pisarían con seguridad tus Apóstoles. Primero fueron unos pocos; después algunos más, luego los doce; más tarde otros discípulos. ¡Cuántas cosas ocurrieron en aquellos desplazamientos por aquellas sendas de polvo!

Por el camino, Señor, aclaraste parábolas; realizaste curaciones, escuchaste el desahogo de alguna pena, atendiste el requerimiento de distintas llamadas, respondiste a preguntas insidiosas de tus enemigos; en ocasiones contemplarías entusiasmado la hermosura de las flores, el brotar de las higueras, el cerner de las viñas, los rebaños de ovejas guiados por su pastor, y otros mil detalles.

Señor, mientras ibais de camino, uno de la multitud, te dijo: Te seguiré a donde vayas”. Y Tú, Señor, con la gravedad que requería el caso, sin dilación alguna, le contestaste: Las zorras tienen guaridas y los pájaros del cielo sus nidos, pero el Hijo del Hombre no tiene dónde reclinar la cabeza. Y mirando a otro, le dijiste que Te siguiera; y otro Te dijo que estaba dispuesto a seguirte, pero que esperases un poco..., ¿razones? ¿disculpas?

Tu dijiste: deja a los muertos enterrar a los muertos; y también: nadie que pone su mano en el arado y mira hacia atrás es apto para el Reino de Dios. Así contestaste a uno y a otro y muchos que luego deseaban seguirte.

Seguir a Jesús exige radicalidad: “A veces (la voluntad) parece resuelta a servir a Cristo, pero buscando al mismo tiempo el aplauso y el favor de los hombres (...) Se empeña en ganar los bienes futuros, pero sin dejar de escapar los presentes. Una voluntad así no nos permitirá llegar nunca a la verdadera santidad” .

lunes, 27 de septiembre de 2010

VIGÉSIMA SEXTA SEMANA DEL T. O.

MARTES
SAN LUCAS 9, 51-56

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Y cuando estaba para cumplirse el tiempo de su partida, Jesús decidió firmemente marchar hacia Jerusalén. Y envió por delante unos mensajeros, que entraron en una aldea de samaritanos para prepararle hospedaje; pero no le acogieron porque llevaba la intención de ir a Jerusalén. Al ver esto, sus discípulos Santiago y Juan le dijeron:
—Señor, ¿quieres que digamos que baje fuego del cielo y los consuma?
pero él se volvió hacia ellos y les reprendió. Y se fueron a otra aldea.

Una y otra vez, habías informado a “los tuyos” de la decisión de marchar hacia Jerusalén. Y, una y otra vez, tus discípulos te habían aconsejado lo contrario. Tus discípulos no querían que llegara a ser realidad lo que sabían iba a ocurrir, o, al menos, deseaban se retrasara lo más posible.

Pero Tú, Señor, lo tenías claro. Por eso, decidiste subir a Jerusalén. Para ello, enviaste a dos mensajeros para que fueran buscando hospedaje. Lo buscaron en una aldea de samaritanos que por cierto no quisieron darles cobijo, porque se enteraron que Tú, Señor, tenías intención de llegar a Jerusalén.

¡Así son las cosas, Señor! Además del dolor de pensar lo que se avecinaba; el dolor del desprecio, o al menos de la falta de aprecio. ¿Te acordarías, Señor del desprecio que sufrió tu padre adoptivo, José, cuando reiteradamente llamaba a las puertas de Belén, pidiendo posada para que Tú nacieras, y nadie le abría?

Entonces, tus discípulos Santiago y Juan, nerviosos e inquietos como estaban, quisieron dar a aquellos samaritanos un buen escarmiento. Y no se anduvieron con chiquitas: pidieron que el fuego los consumiera.

Pero Tú, Señor, volviéndote hacia ellos, es decir abajándote una vez más —quizás recordando el comportamiento de José años atrás— les reprendiste con cariño, les comprendiste, pero no aceptaste aquel comportamiento. No era tu estilo y no querías que fuera la forma de comportarse “los tuyos”, ante las seguras contrariedades que les llegarían.

Olvidando desprecios y llenos de compasión, os fuisteis a otra aldea. Donde una puerta se cierra, otra se abre.

¡Así debemos actuar siempre nosotros!

domingo, 26 de septiembre de 2010

VIGÉSIMA SEXTA SEMANA DEL T. O.

LUNES
SAN LUCAS 9, 46-50

CON UN SOLO GOLPE DE CLIK http://www.vatican.va/

Les vino al pensamiento cuál de ellos sería el mayor. Pero Jesús, conociendo los pensamientos de su corazón, tomó un niño y lo puso a su lado, y les dijo:
—El que reciba a este niño en mi nombre, a mi me recibe; y quien me recibe a mí, recibe al que me ha enviado: pues el menor entre todos vosotros, ése es el mayor.
Entonces Juan dijo:
—Maestro, hemos visto a uno que expulsaba demonios en tu nombre, y se lo hemos prohibido, porque no viene con nosotros.
Y Jesús le dijo:
—No se lo prohibáis: pues el que no está contra vosotros, con vosotros está.

Quizás lo habían hablado alguna vez y quizás otras tantas lo habían aceptado. Ellos que lo habían dejado todo —barcas, redes, familia y posesiones— tenían que estar desprendidos de honores y fortuna, de cargos y poderes. Lo sabían muy bien, pero aquel día “les vino al pensamiento cuál de ellos sería el mayor”.

Y aunque esa pregunta anidaba en el pensamiento, nada dijeron en alto. Más Tú, Señor, que conocías “los pensamientos de sus corazones”, tomaste a un niño, lo pusiste a tu lado y dirigiéndote a tus discípulos, dijiste: El que recibe a este niño....

Modelo, pues, de conducta, el niño. Modelo de recompensa, el niño. El menor y el mayor. El débil, el silencioso, el indefenso, es el modelo a imitar, a copiar, a ser. ¡Hermosa manera de hablar de lo importante: servir; y dejarse de mandangas, de títulos, de honores.

Pero, Señor, cuando Tú te ponías trascendente, importante, “los tuyos” solían salir por peteneras. Como ahora Juan. En vez de reflexionar sobre el gran problema presentado, pregunta qué había que hacer con los intrusos, con los que se apoyaban en tu nombre, para expulsar demonios sin ser de “los tuyos”; que ellos, por su cuenta, se lo habían prohibido.

Pero Tú, Señor, aprovechando esta coyuntura, esta oportunidad, esta circunstancia diste, otra vez, una excelente doctrina: No se lo prohibáis, pues el que no está contra vosotros con vosotros está.

¡Excelente respuesta! ¡Ojalá aprendamos todos!

sábado, 25 de septiembre de 2010

XXVI DOMINGO TIEMPO ORDINARIO
EVANGELIO SEGÚN
SAN LUCAS 16, 19-31


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En aquel tiempo, dijo Jesús a los fariseos: -- Había un hombre rico que se vestía de púrpura y de lino y banqueteaba espléndidamente cada día. Y un mendigo llamado Lázaro estaba echado en su portal, cubierto de llagas, y con ganas de saciarse de lo que tiraban de la mesa del rico. Y hasta los perros se le acercaban a lamerle las llagas. Sucedió que se murió el mendigo, y los ángeles lo llevaron al seno de Abraham. Se murió también el rico, y lo enterraron. Y, estando en el infierno, en medio de los tormentos, levantando los ojos, vio de lejos a Abraham, y a Lázaro en su seno, y gritó: "Padre Abraham, ten piedad de mí y manda a Lázaro que moje en agua la punta del dedo y me refresque la lengua, porque me torturan estas llamas."
Pero Abraham le contestó: "Hijo, recuerda que recibiste tus bienes en vida, y Lázaro, a su vez, males: por eso encuentra aquí consuelo, mientras que tú padeces. Y además, entre nosotros y vosotros se abre un abismo inmenso, para que no puedan cruzar, aunque quieran, desde aquí hacia vosotros, ni puedan pasar de ahí hasta nosotros." El rico insistió: "Te ruego, entonces, padre, que mandes a Lázaro a casa de mi padre, porque tengo cinco hermanos, para que, con su testimonio, evites que vengan también ellos a este lugar de tormento." Abraham le dice: "Tienen a Moisés y a los profetas; que los escuchen." El rico contestó: "No, padre Abraham. Pero si un muerto va a verlos, se arrepentirán." Abraham le dijo: "Si no escuchan a Moisés y a los profetas, no harán caso ni aunque resucite un muerto."

El Domingo pasado la Palabra de Dios nos hablaba de que no podemos servir a Dios y al dinero, y de lo peligroso que es, para nuestra salud espiritual, vivir pegados al dinero y a las realidades materiales. Este Domingo, la Palabra de Dios nos propone un camino excelente para vencer la tentación de servir al dinero: la fórmula es sencilla: compartir.

Siempre, pero más en estos tiempos de crisis, los cristianos no podemos permanecer insensibles ante las necesidades de los demás, ni podemos disfrutar solos lo que es nuestro: hemos de compartir lo que somos y lo que tenemos con los necesitados. ¿Y qué es compartir? Compartir, dicho es pocas palabras, es un acto de caridad y de justicia, justicia y caridad.

No valen las excusas, no vale decir: que lo hagan otros, los que más tienen. Cada uno ha de estar atento a las necesidades de los demás y ha de ayudarles en la medida de sus posibilidades, que son bastantes más de las que muchas veces nos imaginamos.

¿Y qué podemos compartir? Hemos de compartir nuestro dinero, nuestro tiempo, nuestro trabajo, nuestro cariño...; toda nuestra vida. La Palabra de Dios de hoy nos habla también del juicio de Dios. La muerte pone fin a la vida del hombre como tiempo abierto a la aceptación o rechazo de la gracia divina manifestada en Cristo.

Cada hombre, después de morir, recibe en su alma inmortal su retribución eterna en un juicio particular que refiere su vida a Cristo, bien a través de una purificación, bien para entrar inmediatamente en la bienaventuranza del cielo, bien para condenarse inmediatamente para siempre (cf. Catecismo, 1021-1022).

El rico Epulón del que nos habla el Evangelio vive como si Dios no existiera. Lo tiene todo. ¿Qué falta le hace Dios? Ni ve a Dios ni ve al pobre. Vive a sus anchas, nadando en el placer y en la abundancia. La riqueza y la abundancia le han vuelto ciego: ciego para no ver a Dios, ciego para no ver al pobre Lázaro, ciego y sordo para no escuchar la Palabra de Dios y no abrirse a su luz.

Un tema más que nos habla el Evangelio: Dios ya nos ha comunicado todo lo que nos tenía que decir: por medio de Jesucristo y de la Iglesia el Señor nos ha dejado muy clara cuál es su voluntad y cuál es el camino del bien. Por ello no hemos de pedirle medios espectaculares y extraordinarios, lo que hemos de hacer es abrir nuestro corazón a luz de Jesucristo y de la Iglesia y dejarnos guiar por ella.

“La señal de Dios para los hombres es el Hijo del hombre, Jesús mismo. Y lo es de manera profunda en su misterio pascual, en el misterio de muerte y resurrección. Él mismo es el «signo de Jonás». Él, el crucificado y resucitado, es el verdadero Lázaro: creer en Él y seguirlo, es el gran signo de Dios, es la invitación de la parábola, que es más que una parábola. Ella habla de la realidad, de la realidad decisiva de la historia por excelencia” (cf. Benedicto XVI, Jesús de Nazaret, 260)

viernes, 24 de septiembre de 2010

EL HIJO DEL HOMBRE
VIGÉSIMA QUINTA SEMANA DEL T. O.

SÁBADO
SAN LUCAS 9, 43B-45

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Todos quedaron asombrados de la grandeza de Dios.
Y estando todos admirados por cuantas cosas hacía, dijo a sus discí-pulos:
—Grabad en vuestros oídos estas palabras: El Hijo del Hombre va a ser entregado en manos de los hombres.
Pero ellos no entendían este lenguaje, y les resultaba tan oscuro, que no lo comprendían; y temían preguntarle acerca de este asunto.

Tu fama, Señor, iba en aumento. La gente te seguía entusiasmada. Las curaciones iban creciendo. Muchos te alababan en público, otros lo hacían en privado. Todos estaban cada vez más admirados de tus palabras, de tus obras, de tu persona.

Quizás por eso, porque tu fama iba subiendo, un día en el que todos tus discípulos rebosaban de felicidad y se las prometían muy felices, les dijiste: Grabad en vuestros oídos estas palabras. Y del oído, pasarían al cerebro, al corazón, al santuario íntimo de cada uno.

Y sin respirar, con voz pausada y firme, dijiste: El Hijo del Hombre va a ser entregado en manos de los hombres. Un jarro de agua helada no hubiera caído peor. A todos se les cambió el color de la cara y el corazón comenzó a moverse a un ritmo trepidante. ¿Habían oído bien?

Habían oído bien. Pero no entendían este lenguaje. Nada parecido habían escuchado nunca. Y les resultaba tan oscuro, que no lo comprendían. Se hablaban unos a otros, seguían sin poder explicserlo. Y temían preguntarte, Señor, sobre esto. Y Tú, Señor, es posible que sonrieras, sufriendo en tu interior.

jueves, 23 de septiembre de 2010

¿Quién dicen.......?
VIGÉSIMA QUINTA SEMANA DEL T. O.

VIERNES
SAN LUCAS 9, 18-22

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Cuando estaba haciendo oración a solas, y se encontraban con él los discípulos, les preguntó:
—¿Quién dicen las gentes que soy yo?
Ellos respondieron:
—Juan Bautista. Pero hay quienes dicen que Elías, y otros que ha resucitado uno de los antiguos profetas.
Pero él les dijo:
—Y vosotros ¿quién decís que soy yo?
Respondió Pedro:
—El Cristo de Dios.
Pero él les amonestó y les ordenó que no dijeran esto a nadie.
Y añadió que el Hijo del Hombre debía padecer mucho y ser rechazado por causa de los ancianos, de los príncipes de los sacerdotes y de los escribas, y ser llevado a la muerte y resucitar al tercer día.

Te gustaba, Señor, quedarte solo y aprovechar para hacer oración. No sabemos cuánto tiempo empleabas en estos menesteres, pero parece que bastante. ¡Cómo sería tu oración, Señor! ¡Qué cosas saldrían de tu corazón y de tus labios! ¡Cómo bendecirías al Padre! ¡Cómo pedirías cosas buenas para nosotros los hombres!

Allí estaban también tus discípulos. Y de Ti aprendían a hacer oración; y de tu estilo de vida aprendían a recogerse en el silencio. Te observaban y procuraban copiar tus gestos y movimientos; y, sobre todo, tu talante y tu actitud.

En uno de estos descansos, o acaso en un final, les preguntaste que quién decía la gente que eras Tú. Tú bien lo sabías, pero querías oírlo de su boca. Y ellos, con total confianza, sin miedos, te dijeron que había de todo, que si unos decían que eras Juan el Bautista, otros, que si eras Elías, y otros, que si eras un Profeta de los antiguos.

Y Tú: y vosotros, ¿qué decís? Y Pedro: ¿Tú?, Tú eres el Cristo, ¿quién si no? No hay duda. Tú eres el Cristo de Dios. Entonces Tú, Señor, sonreíste; los Apóstoles se rieron todos a la vez, y llenos de alegría, brincaron de contentos y felices, agitaron las manos y movieron con fuerza sus túnicas.

Y Tú: Un momento. Os pido, por favor no digáis nada de esto. A nadie digáis nada. Y ellos, nada dijeron. Sólo más tarde, lo recordarían, lo contarían, los escribirían en letras de molde.

miércoles, 22 de septiembre de 2010

HERODES EL GRANDE
VIGÉSIMA QUINTA SEMANA DEL T. O.

JUEVES
SAN LUCAS 9, 7-9

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El tetrarca Herodes oyó todo lo que ocurría y estaba perplejo, porque unos decían que Juan había resucitado de entre los muertos, otros que Elías había aparecido, otros que había resucitado alguno de los antiguos profetas. Y dijo Herodes:
—A Juan lo he decapitado yo, ¿quién es, entonces, éste del que oigo tales cosas? Y deseaba verlo.

El tetrarca Herodes procuraba enterarse de todo. Hasta él llegaban los hechos y dichos de la gente del pueblo. También llegó hasta él las interpretaciones que de Ti hacían unos y otros. Estaba enterado de tu predicación, de tu doctrina, de los milagros que realizabas, de las curaciones que ejecutabas.

Pero las noticias que tenía sobre Ti, eran confusas, incluso contradictorias. Porque mientras unos decían que eras Juan el Bautista, que habías resucitado; otros decían que eras Elías que había vuelto de nuevo; incluso había gente que decía que uno de antiguos profetas. Por todo lo cual, Herodes estaba un tanto perplejo.

Lo que si tenía claro era la decapitación de Juan; él había sido el que dio la orden. Herodes le quería a Juan, pero aquella joven y la envidia de su madre le habían obligado a cometer aquella locura. Sabía, pues, que Juan había muerto, él mismo había visto su cabeza en una bandeja.

Por tanto, Tú, Señor, no podías ser Juan, entonces se preguntaba Herodes: ¿quién es éste del que oigo tales cosas? Por eso, y por amor propio, quizás, “deseaba verte”. Y ya sabes, lo que los poderosos se proponen lo consiguen. Y un día llegó a verte, cuando Pilato te envió a él en el proceso de tu Pasión.

Pero Tú no le hablaste, porque te tomó por un entretenimiento.

martes, 21 de septiembre de 2010

VIGÉSIMA QUINTA SEMANA DEL T. O.

MIÉRCOLES
SAN LUCAS 9, 1-6

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Convocó a los doce y les dio poder y potestad sobre todos los demonios, y para curar enfermedades. Los envió a predicar el Reino de Dios y a sanar a los enfermos. Y les dijo:
—No llevéis nada para el camino, ni bastón, ni alforja, ni pan, ni dinero, ni tengáis dos túnicas. En cualquier casa que entréis, quedaos allí hasta que de allí os vayáis. Y si nadie os acoge, al salir de aquella ciudad, sacudíos el polvo de los pies en testimonio contra ellos. Se marcharon y pasaban por las aldeas evangelizando y curando por todas partes.

Un día, después de haber hecho Tú, Señor, una larga y profunda oración, llamaste a los que quisiste. Y de entre ellos escogiste a doce. Quisiste además llamarlos por su nombre. Ellos respondieron libremente, y te siguieron felices. Y desde aquel momento andaban siempre contigo.

Pasado el tiempo, otro día los convocaste y les diste poder y potestad sobre los demonios, y potestad para “curar enfermedades”. Si la primera llamada había sido conmovedora, este acto debió ser emocionante. Quizás volviste a llamarles por su nombre y, pasando por delante de cada uno, les impusiste las manos sobre su cabeza, a la vez que les decías palabras llenas de fuerza y de virtud.

A continuación, les enviaste a predicar el reino de Dios y a sanar a los enfermos. Y con claridad les dijiste: Predicar la Buena Noticia y ofrecer salud a las almas y vida a los cuerpos. Los Apóstoles, sin duda ninguna, se llenarían de emoción y de alegría.

Y, para que no perdieran el tiempo en preparaciones inútiles, antes de salir, les recordaste que no llevaran ni bastón, ni alforja, ni pan, ni dinero; ni dos túnicas, es decir, que iniciaran el camino en la pobreza y en la necesidad.

Y, además, les recomendaste que pidieran posada para descansar; que agradecieran la acogida a quien se la diera, y que sacudieran las sandalias en el caso que no fueran recibidos.

Y aquellos doce, el alma llena de fervor y el ánimo alegre, al instante marcharon y pasaban por las aldeas evangelizando y curando por todas partes.

¡Qué felicidad y qué aventura!

lunes, 20 de septiembre de 2010

¿QUINES SON MIS HERMANOS?
SEMANA DEL T. O.
MARTES
SAN LUCAS 8, 19-21

CON UN SOLO GOLPE DE CLIK
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Vinieron a verle su madre y sus hermanos, y no podían acercarse a él a causa de la muchedumbre. Y le avisaron:
—Tu madre y tus hermanos están ahí fuera y quieren verte.
Él, en respuesta, les dijo:
—Mi madre y mis hermanos son los que oyen la palabra de Dios y la cumplen.

Hacía un tiempo que habías salido del hogar de Nazaret. Allí había quedado tu Madre —sencilla y humilde como siempre—, so-la y retirada. Aunque tu Madre nunca estaba sola, vivía siempre en la presencia de Dios, Dios habitaba en Ella. Me imagino la casa de Nazaret, pequeña, pobre, austera, limpia, agradable. Y a tu Madre, Señor, me la represento feliz, dichosa, entretenida en el pequeño quehacer de cada instante, metida en Dios en todo momento.

Como a todas las madres les gusta saber de sus hijos, le gustaría a la tuya, Señor, saber del desarrollo de tu vida pública. Tú mismo procurarías enviarle noticias, mensajes, de vez en cuando. Y ella estaría al tanto de tus predicaciones, de las curaciones que hacías, de las acusaciones que te hacían, de las incomprensiones, de las envidias de unos y de otros.

Mas un día, quizás empujada por algunos de tus parientes, decidieron acercarse hasta Ti y poder verte, tener noticias de primera mano. Así lo hicieron, pero cuando llegaron donde Tú estabas “a causa de la muchedumbre” no pudieron acercarse. Uno de tus discípulos intervino: Señor, “tu madre y tus hermanos están ahí fuera y quieren verte”.

Tú, Señor, sin otro comentario dijiste: “Mi madre y mis hermanos son los que oyen la palabra de Dios y la cumplen”. Y no dijiste más.

Para Ti, Señor, “y para el lector del Evangelio de San Lucas esas palabras incluyen en primer lugar a María, modelo de fe. Durante toda su vida —dice el Catecismo de la Iglesia Católica, n. 149— y hasta su última prueba, cuando Jesús, su Hijo, murió en la cruz, su fe no vaciló. María no cesó de creer en el cumplimiento de la Palabra de Dios. Por todo ello, la Iglesia venera en María la realización más pura de su fe” .

Es de creer que resolverías el asunto y hablarías con tu madre y parientes y les darías las gracias por el detalle de haber venido a saludarte.

domingo, 19 de septiembre de 2010

LÁMPARA/LUZ
VIGÉSIMA QUINTA SEMANA DEL T. O.
LUNES SAN LUCAS 8, 16-18

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»Nadie que ha encendido una lámpara la oculta con una vasija o la pone debajo de la cama, sino que la coloca sobre un candelero para que los que entran vean la luz. Porque nada hay escondido que no acabe por saberse; ni secreto que no acabe por conocerse y hacerse público. Mirad, pues, cómo oís: porque al que tiene se le dará; y al que no tiene incluso lo que piensa tener se le quitará.

Señor, te servías para tu predicación y para tu enseñanza, de las cosas de la vida ordinaria, de las labores del campo, de las faenas de los pescadores. Todo te era conocido y de todo sacabas alguna lección. En ocasiones las comparaciones que usabas parecían espontáneas, otras veces eran más pensadas, más elaboradas.

En esta circunstancia nos hablas de lámparas y de sus utilidades. Cuántas veces habrías visto poner la lámpara encendida en un lugar visible, alto, para que diera luz a todos los de casa; para que vieran los de dentro y los que llegaban de fuera. Quizás tu madre, Señor, o tu padre adoptivo, te habían dicho: Jesús, la luz es para alumbrar, para darla a conocer, no para ocultarla.

Ahora, Tú nos recuerdas las buenas obras. Hay que mostrarlas, hay que enseñarlas. No se pueden, no se deben ocultar. Al fin, todo ha de saberse, todo ha de ser conocido. Nada habrá que no acabe por conocerse. Merece la pena vivir la claridad, la honradez, la apertura, la trasparencia.

Y dijiste también: al que tiene se le dará y al que no tiene incluso lo que piensa tener se le quitará.

Después de reflexionar un rato, esta es mi interpretación: al que tiene luz y la regala, la entrega, la ofrece, se le aumenta la luz en los demás; al que no tiene luz, es decir, no la ofrece, no la entrega, no la regala, la luz que tiene se le acaba, se le agota.

Señor, Tú, además de predicar das la luz y la entregas, ayúdanos a ser luces entregadas, serviciales, útiles. Y que, gracias a las luces entregadas, ofrecidas, regaladas, crezca la luz en el mundo y en las almas.

sábado, 18 de septiembre de 2010

ADMINISTRADOR INFIEL
DOMINGO XXV DEL TIEMPO ORDINARIO
EVANGELIO SEGÚN
SAN LUCAS 16, 1-13


CON UN SOLO GOLPE DE CLIK
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En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos:
Un hombre rico tenía un administrador, y le llegó la denuncia de que derrochaba sus bienes. Entonces lo llamó y le dijo: "¿Qué es eso que me cuentan de ti? Entrégame el balance de tu gestión, porque quedas despedido. El administrador se puso a echar sus cálculos: ¿Qué voy a hacer ahora que mi amo me quita el empleo? Para cavar no tengo fuerzas; mendigar me da vergüenza. Ya sé lo que voy a hacer para que, cuando me echen de la administración, encuentre quien me reciba en su casa. Fue llamando uno a uno a los deudores de su amo y dijo al primero: ¿Cuánto debes a mi amo? Éste respondió: Cien barriles de aceite. Él le dijo: Aquí está tu recibo; aprisa, siéntate y escribe cincuenta. Luego dijo a otro: Y tú, ¿cuánto debes" Él contestó: Cien fanegas de trigo. Le dijo: Aquí está tu recibo, escribe ochenta. Y el amo felicitó al administrador injusto, por la astucia con que había procedido. Ciertamente, los hijos de este mundo son más astutos con su gente que los hijos de la luz.
Y yo os digo: ganaos amigos con el dinero injusto, para que, cuando os falte, os reciban en las moradas eternas. El que es de fiar en lo menudo también en lo importante es de fiar; el que no es honrado en lo menudo tampoco en lo importante es honrado. Si no fuisteis de fiar en el vil dinero, ¿quién os confiará lo que vale de veras? Si no fuisteis de fiar en lo ajeno, ¿lo vuestro, quién os lo dará? Ningún siervo puede servir a dos amos, porque, o bien aborrecerá a uno y amará al otro, o bien se dedicará al primero y no hará caso del segundo. No podéis servir a Dios y al dinero.

El Evangelio de hoy nos refiere el comportamiento de un administrador infiel, que emplea todo su ingenio, su astucia –hasta a hacer algo inmoral- para resolver su problema: el seguro despedido de su trabajo.

Jesús –nos dice el texto sagrado-, da por supuesto lo inmoral de la conducta de aquel administrador, pero reconoce al mismo tiempo la eficacia de su actuación, la inteligencia de la que hizo gala para salir de su apurada y compleja situación: el despido.

Y compara Jesús, además, esa manera astuta y granuja de proceder de aquel administrador, con la forma de proceder y actuar de los que se consideran formales, buenos administradores.

Y, tras este juicio laudatorio, concluye el Señor con una sentencia que a primera vista nos deja un poco asombrados: “los hijos de las tinieblas son más astutos en sus asuntos que los hijos de la luz en los suyos”.

Y eso que –sigue diciendo el Señor- lo que persiguen los primeros son sólo unos bienes caducos; mientras que lo que obtienen los hijos de Dios son bienes eternos.

A lo largo de nuestra vida –conviene que reflexionemos hoy-todos vamos recibiendo de Dios bienes de diferentes clases: materiales y espirituales; todos vamos disponiendo de meses y de años, de horas, de minutos.

Son dones, regalos que Dios nos concede para que los negociemos, para que los aprovechemos en orden a nuestro beneficio y al de los demás.

Y de todos y cada uno de esos bienes, hemos de rendir cuentas ante el Señor, hemos de entregar un balance de nuestra actuación. Y una cosa es cierta, según sea el resultado, así será la sentencia que el Juez supremo dicte en aquel día definitivo.

Hemos de poner, por lo tanto, más empeño y más cuidado en nuestra vida de cristianos; hemos de estar dispuestos a hacer cuantos sacrificios sean precisos por lograr mayor amor a Dios, mayor amor a los hermanos; hemos de tener siempre presente que nosotros esperamos no una felicidad pasajera, aparente, sino una felicidad que no termina nunca: la poseisón de la vida eterna, del cielo.

El pasaje evangélico que acabamos de proclamar termina con una sentencia de enorme valor práctico: “quien es fiel en lo poco, también lo será en lo mucho”.

Se subraya así la importancia de las cosas pequeñas, lo decisivo que es ser cuidadoso en los detalles, en orden a conseguir la perfección en las cosas importantes.

Es cierto que para hacer bien las cosas pequeñas es preciso a veces el heroísmo, constancia, rectitud de intención, amor a Dios en todo. Pero sólo así agradaremos al Señor y nos mantendremos siempre encendidos, prontos y decididos a cumplir el querer divino y recibiremos al final el abrazo de Dios como premio.

viernes, 17 de septiembre de 2010

EL SEMBRADOR
VIGÉSIMA CUARTA SEMANA DEL T. O.

SÁBADO
SAN LUCAS 8, 4-15

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Reuniéndose una gran muchedumbre que de todas las ciudades acudía a él, dijo esta parábola:
—Salió el sembrador a sembrar su semilla; y al echar la semilla, par-te cayó junto al camino, y fue pisoteada y se la comieron las aves del cielo; parte cayó sobre piedras, y cuando nació se secó por falta de humedad. Otra parte cayó en medio de las espinas y habiendo crecido con ella las espinas la ahogaron. Y otra cayó en la tierra buena, y cuando nació dio fruto al ciento por uno.
Dicho esto, exclamó:
—El que tenga oídos para oír, que oiga.
Entonces sus discípulos le preguntaron qué significaba esta parábola. Él les dijo:
—A vosotros se os ha concedido conocer los misterios del Reino de Dios; pero a los demás, sólo a través de parábolas, de modo que viendo no vean y oyendo no entiendan.
»El sentido de la parábola es éste: la semilla es la palabra de Dios. Los que están junto al camino son aquellos que han oído; pero viene luego el diablo y se lleva la palabra de su corazón, no sea que creyendo se salven. Los que están sobre piedras son aquellos que, cuando oyen, reciben la palabra con alegría, pero no tienen raíz; estos creen durante algún tiempo, pero a la hora de la tentación se vuelven atrás. La que cayó entre espinos son los que oyeron, pero en su caminar se ahogan a causa de las preocupaciones, riquezas y placeres de la vida y no llegan a dar fruto. Y lo que cayó en tierra buena son los que oyen la palabra con un corazón bueno y generoso, la conservan y dan fruto mediante la perseverancia.

Unos a otros se habían comunicado que de nuevo salías a predicar. Muchos durante la mañana se dirigieron hacia donde Tú estabas. A media tarde, se había reunido junto a Ti una gran muchedumbre. Llegaban de todas las ciudades de Palestina. El tiempo otoñal, apacible y sereno, facilitaba la marcha. En los campos cercanos hombres y mujeres realizaban, con paciencia y esfuerzo, distintas faenas agrícolas.

Tú, Señor, como en otros momentos, escogiste un sitio elevado para que mejor te oyeran. Quizás estabas sentado sobre una piedra o una lisa madera. A tu alrededor sentados también, pero en el suelo, se encontrarían tus Apóstoles y otras muchas personas. Al fin se hizo el silencio. Sólo se oían los cantos de las aves, y el grito de algún labrador cercano. Entonces Tú, Señor, con solemnidad, con calma y con extraordinaria elegancia, comenzaste a narrar la parábola del sembrador.

Describiste, con primor y finura, la figura del sembrador; el arte de la siembra y sus consecuencias: señalaste, como gran conocedor de las faenas agrícolas, los lugares donde cayó la simiente: parte en el camino, otro poco entre piedras, algo entre espinas, y la mayor parte en tierra buena. Y cerraste la parábola con esta sentencia: lo habéis oído, ahora se trata de cumplirlo.

Alguien cercano a Ti, pidió que les explicaras un poco más la parábola. Y Tú, Señor, lo hiciste. Hablaste qué significaba cada parte.

jueves, 16 de septiembre de 2010


LOS DOCE APOSTOLES

VIGÉSIMA CUARTA SEMANA DEL T. O.
VIERNES
SAN LUCAS 8, 1-3

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Sucedió, después, que él pasaba por ciudades y aldeas predicando y anunciando el Evangelio del Reino de Dios. Le acompañaban los doce y algunas mujeres que habían sido libradas de espíritus malignos y de enfermedades: María, llamada Magdalena, de la que habían salido siete demonios; y Juana, mujer de Cusa, administrador de Herodes; y Susana, y otras muchas que le asistían con sus bienes.

Te habías propuesto, Señor, predicar tu mensaje y anunciar el Evangelio, por ciudades y aldeas, y lo estabas consiguiendo. Mucho trabajo, muchos viajes, muchas palabras y escaso descanso, breve quietud y cortos silencios. Parece te urgía el tiempo y el cumplimiento de la voluntad de Dios. Para eso habías venido y en ello estabas.

Te acompañaban los doce. A todos los conocías. Les habías llamado por sus nombres. Y ellos, con sus peculiaridades, te habían seguido. Y contigo caminaban contentos. Poco a poco se iban enterando de tu misión y de tus proyectos. A veces, metían la pata, pero siempre su corazón estaba entregado.

También te acompañaban algunas mujeres. Mujeres que habían sido curadas por Ti, en cuerpo o en su espíritu. Se ve que te estaban profundamente agradecidas. Iba contigo, desde aquel día de autos, María Magdalena. Iba también Juana, mujer de Cusa; era este Cusa administrador de Herodes; iba también Susana, y otras muchas —no sé cuántas— que te asistían y ayudaban con sus bienes.

Hoy te pedimos, Señor, que nos dejes ir contigo también a nosotros. Y así sabremos contar a los que vengan después cómo se pasaba una jornada a tu lado. Seguro tienes sitio para todos, basta que te asistamos y te ayudemos con nuestros bienes, como aquellas mujeres.

miércoles, 15 de septiembre de 2010

JESUS Y MARIA MAGDALENA
VIGÉSIMA CUARTA SEMANA DEL T. O.

JUEVES
SAN LUCAS 7, 36-50

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Uno de los fariseos le rogaba que comiera con él; y entrando en casa del fariseo se recostó a la mesa. Y entonces una mujer pecadora que había en la ciudad, al enterarse que estaba sentado en la mesa en casa del fariseo, llevó un vaso de alabastro con perfume, y por detrás se puso a sus pies llorando; y comenzó a bañarle los pies con sus lágrimas, y los enjugaba con sus cabellos, los besaba y los ungía con el perfume.
Al ver esto el fariseo que le había invitado, se decía:
—Si éste fuera profeta, sabría con certeza quién y qué clase de mujer es la que le toca: que es una pecadora.
Jesús tomó la palabra y dijo:
—Simón, tengo que decirte una cosa.
Y él contestó:
—Maestro, di.
Un prestamista tenía dos deudores: el uno le debía quinientos denarios y otro cincuenta. Como ellos no tenían con qué pagar, se lo perdonó a los dos. ¿Cuál de ellos le amará más?
Simón contestó:
—Supongo que aquel a quien perdonó más.
Entonces Jesús le dijo:
—Haz juzgado con rectitud.
Y vuelto hacia la mujer, le dijo a Simón:
—¿Ves a esta mujer? Entré en tu casa y no me diste agua para los pies. Ella en cambio ha bañado mis pies con sus lágrimas y los ha enjugado con sus cabellos. No me diste el beso. Pero ella, desde que entré no ha dejado de besar mis pies. No has ungido mi cabeza con aceite. Ella en cambio ha ungido mis pies con perfume. Por eso te digo: le son perdonados sus muchos pecados, porque ha amado mucho. Aquel a quien menos se perdona menos ama.
Entonces le dijo a ella:
—Tus pecados quedan perdonados.
Y los convidados comenzaron a decir entre sí:
—¿Quién es éste que hasta perdona los pecados?
Él le dijo a la mujer:
—Tu fe te ha salvado; vete en paz.

Todo el mundo sabía, Señor, que tenías muchos amigos. Algunos, gente sencilla y cumplidora, otros fariseos señalados. Un día uno de éstos últimos te invitó a su casa a comer con él. ¡Lo recordarás, Señor, porque lo que ocurrió en aquel banquete fue muy comentado en la ciudad! ¡Llamó mucho la atención!

Lo de aquella mujer pecadora, que entró en la sala, se puso a tus pies —pues comíais al estilo romano recostados sobre un diván— abrió un frasco con alabastro y mientras lloraba, como una “magdalena”, derramó el perfume sobre tus pies a la vez que los enjugaba con sus cabellos y los besaba con unción. La gente en aquel instante quedó de una pieza; en la sala se hizo un gran silencio, todo el mundo se extrañó del hecho.

Y aunque nadie, en aquel momento, dijo nada, sí lo pensaba. En concreto, el fariseo que te había invitado pensaba para sus “adentros” que si de verdad eras un profeta, como se decía, deberías conocer quién y qué clase de mujer era aquella que estaba allí detrás, a tus pies; todos sabían que era una pecadora.

Entones, Tú, Señor, quizás puesto de pie, te dirigiste al fariseo y le dijiste: Simón, ¿me escuchas? Él dijo: Sí. Entonces con enorme paz le presentaste un caso de deudores y acreedores, de perdones y de arreglos. Y al final preguntaste: ¿Qué? Simón, ¿quién amó más? Y él: a quien más se le perdonó, porque al que más se le persona más ama.

Y Tú: has juzgado con rectitud. Y, vuelto, seguiste diciendo a Simón cosas importantes. Y a ella, a la mujer, le dijiste: estás perdonada. Y los convidados comenzaron a moverse en sus asientos y a decir: ¿Quién es éste que hasta perdona los pecados? Y Tú: mirando a la mujer le dijiste: Tu fe te ha salvado; vete en paz.

martes, 14 de septiembre de 2010

SEMANA DEL T. O.

MIÉRCOLES
SAN LUCAS 7, 31-35

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Así pues, ¿con quién voy a comparar a los hombres de esta generación? ¿A quién se parecen? Se parecen a los niños sentados en la plaza y que se gritan unos a otros aquello que dice: Hemos tocado para vosotros la flauta y no habéis bailado; hemos cantado lamentaciones y no habéis llorado». »Porque viene Juan el Bautista, que no come pan ni bebe vino, y decís: “Tiene un demonio”. Viene el Hijo del Hombre, que come y bebe, y decís: “Fijaos: un hombre comilón y bebedor, amigo de publicanos y de pecadores. Pero la sabiduría queda acreditada por todos sus hijos.

La plaza de los pueblos era el lugar de reuniones. Allí acudían a comprar, a vender, a realizar contratos; o simplemente a charlar o a pasar un momento de descanso. Por la plaza transitaban los animales cuando iban a abrevar o pasaban hacia los campos de trabajo. Hasta los perros la cruzaban en miles de ocasiones. Pero los más estables eran los niños. Allí iban a divertirse en sus juegos, a correr por sus rincones, a charlar con los amigos.

En tus tiempos, Señor, existía una costumbre que Tú mismo recoges en un momento de tu predicación. Se trataba de aquel juego de niños en el que unos tocaban la flauta, mientras otros bailaban al compás de la música. En efecto, los niños cantaban lamentaciones y entonces el resto lloraba sumido en la tristeza.

Pero a veces, —así es el ser humano— ante la alegría de unos, los demás no reaccionaban; y ante el dolor de otros, los unos permanecían apáticos. Es la señal del espíritu de contradicción que anida en el hombre.

La escena de los niños en la plaza que Tú, Señor, citas para hacer una comparación entre la generación anterior y la de tu tiempo, es posible que correspondiese a una escena vista por Ti en alguna ocasión, o, acaso, en el aquel mismo momento veías un grupo de niños “sentados en la plaza, gritándose unos a otros”.

En cualquier caso, es una comparación que transmite un mensaje: a Juan el Bautista que “no comía pan ni bebía vino” le tildaron de endemoniado; y a Ti, Señor, que comías y bebías, te acusaban de “comilón y bebedor, amigo de publicanos y pecadores”. Era lo mismo que les ocurría a aquellos niños en la plaza: ofrecen alegría y responden con el silencio; transmiten dolor y la réplica es la indiferencia.

Con esta comparación tan plástica, enseñabas que lo mismo que el mensaje de Juan Bautista, no fue acogido por los fariseos ni por los doctores de la Ley, sino que fue acogido por el pueblo y por los publicanos, otro tanto iba a ocurrir con tu propio mensaje de salvación que sería acogido por estos últimos.

¡Igual que los niños de la plaza!

lunes, 13 de septiembre de 2010

A LAS AFUERAS DE NAIN
VIGÉSIMA CUARTA SEMANA DEL T. O.

MARTES
SAN LUCAS 7, 11-17

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Después marchó a una ciudad llamada Naín, e iban con él sus discípulos y una gran muchedumbre. Al acercarse a la puerta de la ciudad, he aquí que llevaban a enterrar un difunto, hijo único de su madre, que era viuda. Y la acompañaba una gran muchedumbre de la ciudad. El Señor la vio y se compadeció de ella. Y le dijo:
—No llores.
Se acercó y tocó el féretro. Los que lo llevaban se detuvieron. Y dijo:
—Muchacho, a ti te digo, levántate.
Y el que estaba muerto se incorporó y comenzó a hablar. Y se lo entregó a su madre. Y se llenaron todos de temor y glorificaban a Dios diciendo:
—Un gran profeta ha surgido entre nosotros, y Dios ha visitado a su pueblo.
Esta opinión sobre él se divulgó por toda la Judea y por todas las regiones vecinas.

Habías salido de Nazaret a predicar la Buena Noticia. Caminabas de ciudad en ciudad. Primero a las ciudades de Israel, después a otras de otros pueblos. Te dirigías a Naín. Te acompañaban, como era costumbre, tus discípulos y una gran muchedumbre. Era esta, por entonces, una estampa habitual en los campos de Palestina: Tú el Maestro; a tu lado, tus discípulos y más atrás, las gentes.

Cuando estabais próximos a las puertas de la ciudad, os tropezasteis con un grupo de personas que salía de ella. Se trataba de una marcha fúnebre. Llevaban a enterrar a un joven, hijo único. En primera fila iba la madre, triste, afligida. Más atrás, le acompañaban “una gran muchedumbre”. Llanto y dolor, lágrimas y desconsuelo en los ojos de todos, especialmente en los ojos de la madre que, además, era viuda.

Tú, Señor, le viste enseguida y te compadeciste de ella. Te acercaste a su lado y en voz baja le dijiste: “no llores”. Ella no dijo nada. Siguió llorando. Aunque su llorar estuviera mezclado con un gozo extraño que entonces no acertaba a explicar. Luego, Señor, te acercaste al féretro y pusiste ligeramente la mano sobre él”. Los que lo llevaban se detuvieron”. Luego Tú, Señor, mirando al difunto, dijiste: “Muchacho, a ti te digo, levántate”.

Se hizo un silencio profundo. A todos les pareció eterno, aunque apenas duró unos instantes. El que “estaba muerto se incorporó y comenzó a hablar”. Y Tú, Señor, con majestuosidad, se lo entregaste a su madre. Madre e hijo se abrazaron y siguieron llorando. El resto de los acompañantes “se llenaron de temor y glorificaban a Dios”. La madre y el hijo también le glorificaban.

Tú, Señor, —aunque el evangelista nada dice— parece te marchaste enseguida. Ni siquiera hubo tiempo para que aquella madre te pudiera dar las gracias con cierta detención, ni tiempo hubo para que los familiares y amigos del difunto te invitaran a sus casas. La gente sólo sabía decir: “Un gran profeta ha surgido entre nosotros” y “Dios ha visitado a su pueblo”.

Y el milagro “se divulgó por toda Judea y por todas las regiones vecinas”.

domingo, 12 de septiembre de 2010

EL CENTURION
VIGÉSIMA CUARTA SEMANA DEL T. O.

LUNES
SAN LUCAS 7, 1-10

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Cuando terminó de decir todas estas palabras al pueblo que le escuchaba, entró en Cafarnaún. Había allí un centurión que tenía un siervo enfermo, a punto de morir, a quien estimaba mucho. Habiendo oído hablar de Jesús, le envió unos ancianos de los judíos para rogarle que viniera a curar a su siervo. Ellos, al llegar donde Jesús, le rogaban encarecidamente diciendo:
—Merece que hagas esto, porque aprecia a nuestro pueblo y él mismo nos ha construido una Sinagoga.
Jesús, pues, se puso en camino con ellos. Y no estaba ya lejos de la casa cuando el centurión le envió unos amigos para decirle:
—Señor, no te tomes esa molestia, porque no soy digno de que entres en mi casa, por eso ni siquiera yo mismo me he considerado digno de ir a tu encuentro. Pero dilo de palabra y mi criado quedará sano. Pues tam-bién yo soy un hombre sometido a disciplina y tengo soldados bajo mis órdenes. Le digo a uno: vete, y va; y al otro; Ven, y viene; y a mi siervo: Haz esto, y lo hace.
Al oír esto, Jesús se admiró de él, y volviéndose a la multitud que le seguía, dijo:
—Os digo que ni siquiera en Israel he encontrado una fe tan grande.
Y cuando volvieron a casa, los enviados encontraron sano al siervo.

El pueblo estaba embobado con tu doctrina. Te seguía con fidelidad y respeto. Tú, Señor, también respondías con el pueblo. No dejabas de hablar. Te gustaba apurar el tiempo y sacarle partido. Todos te despedían contentos cuando Tú ibas a otras cosas. Al acabar de decir tus palabras, entraste en Cafarnaún.

En esta ciudad había un centurión que tenía un siervo enfermo, a punto de morir. Este centurión era estimado en el lugar; se había portado bien con la gente. Por su parte él, afianzado en su buena fama, envió unos ancianos, que te dijeran que fueras a curar a su siervo. Y los ancianos accedieron.

Llegaron hasta Ti y te rogaron para que fueras a curar al siervo del centurión; una y otra vez insistieron que era una buena persona; que se lo merecía; que había construido una Sinagoga para el pueblo; que convenía corresponder con aquel extranjero.

Y Tú, Señor, te pusiste en camino. Volvieron de nuevo a decirte que el centurión era un hombre bueno; que todos le querían. Y así las cosas, ibais acercándoos al lugar donde reposaba el enfermo. En esto llegan unos amigos del centurión con un mensaje.

“Señor, no te molestes”. El centurión dice que no merece que Tú entres en su casa, que basta con que digas una palabra y el siervo quedará curado; que él también actúa así; que manda y le obedecen, que ordena y cumplen lo mandado.

Al oír, Señor, estas frases te paraste un momento, elevaste los ojos al cielo y, con voz fuerte y poderosa dijiste: “Amigos, ni en todo Israel he encontrado fe tan grande”.

Los enviados del centurión se volvieron. Por el camino comentaban las alabanzas que había recibido su amo; y cómo te había gustado a Ti, Señor, la actitud del aquel hombre. Algo extraordinario iba a ocurrir. Y así fue: el siervo curó de su enfermedad. Lo conocieron primero los de casa, luego los vecinos, más tarde los que volvieron de estar contigo.

Señor, yo también me enteré, más tarde.

sábado, 11 de septiembre de 2010

EL PADRE Y EL HIJO QUE VUELVE
XXIV DOMINGO TIEMPO ORDINARIO (CICLO C) EVANGELIO SEGÚN SAN LUCAS 15, 1-32

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En aquel tiempo, solían acercarse a Jesús los publicanos y los pecadores a escucharle. Y los fariseos y los escribas murmuraban entre ellos: -- Ése acoge a los pecadores y come con ellos. Jesús les dijo esta parábola:-- Si uno de vosotros tiene cien ovejas y se le pierde una, ¿no deja las noventa y nueve en el campo y va tras la descarriada, hasta que la encuentra? Y, cuando la encuentra, se la carga sobre los hombros, muy contento; y, al llegar a casa, reúne a los amigos y a los vecinos para decirles: "¡Felicitadme!, he encontrado la oveja que se me había perdido" Os digo que así también habrá más alegría en el cielo por un solo pecador que se convierta que por noventa y nueve justos que no necesitan convertirse. Y si una mujer tiene diez monedas y se le pierde una, ¿no enciende una lámpara y barre la casa y busca con cuidado, hasta que la encuentra? Y, cuando la encuentra, reúne a las amigas y a las vecinas para decirles: "¡Felicitadme!, he encontrado la moneda que se me había perdido." Os digo que la misma alegría habrá entre los ángeles de Dios por un solo pecador que se convierta. También les dijo: -- Un hombre tenía dos hijos; el menor de ellos dijo a su padre: "Padre, dame la parte que me toca de la fortuna." El padre les repartió los bienes. No muchos días después, el hijo menor, juntando todo lo suyo, emigró a un país lejano, y allí derrochó su fortuna viviendo perdidamente. Cuando lo había gastado todo, vino por aquella tierra un hambre terrible, y empezó él a pasar necesidad. Fue entonces y tanto le insistió a un habitante de aquel país que lo mandó a sus campos a guardar cerdos. Le entraban ganas de llenarse el estómago de las algarrobas que comían los cerdos; y nadie le daba de comer. Recapacitando entonces, se dijo: "Cuántos jornaleros de mi padre tienen abundancia de pan, mientras yo aquí me muero de hambre. Me pondré en camino adonde está mi padre, y le diré: Padre, he pecado contra el cielo y contra ti; ya no merezco llamarme hijo tuyo: trátame como a uno de tus jornaleros." Se puso en camino adonde estaba su padre; cuando todavía estaba lejos, su padre lo vio y se conmovió; y, echando a correr, se le echó al cuello y se puso a besarlo. Su hijo le dijo: "Padre, he pecado contra el cielo y contra ti; ya no merezco llamarme hijo tuyo." Pero el padre dijo a sus criados: "Sacad en seguida el mejor traje y vestido; ponedle un anillo en la mano y sandalias en los pies; traed el ternero cebado y matadlo; celebremos un banquete, porque este hijo mío estaba muerto y ha revivido; estaba perdido, y lo hemos encontrado." Y empezaron el banquete. Su hijo mayor estaba en el campo. Cuando al volver se acercaba a la casa, oyó la música y el baile, y llamando a uno de los mozos, le preguntó qué pasaba. Éste le contestó: "Ha vuelto tu hermano; y tu padre ha matado el ternero cebado, porque lo ha recobrado con salud." Él se indignó y se negaba a entrar; pero su padre salió e intentaba persuadirlo. Y él replicó a su padre: "Mira: en tantos años como te sirvo, sin desobedecer nunca una orden tuya, a mí nunca me has dado un cabrito para tener un banquete con mis amigos; y cuando ha venido ese hijo tuyo que se ha comido tus bienes con malas mujeres, le matas el ternero cebado." El padre le dijo: "Hijo, tú estás siempre conmigo, y todo lo mío es tuyo: deberías alegrarte, porque este hermano tuyo estaba muerto y ha revivido; estaba perdido, y lo hemos encontrado."

Jesús, rodeado de publicanos y pecadores, escandaliza a la gente honorable de su tiempo. Los nobles y los sacerdotes, no quieren admitir que quien pretendía ser el Mesías, el Rey liberador de Israel, alternara con aquella gente. Y por eso le criticaban y murmuraban entre ellos. Y el Señor que sabe lo que está ocurriendo, pronuncia unas de las más bellas y entrañables parábolas que salieron de sus labios, la de la oveja perdida, la de la dracma perdida y la parábola del hijo pródigo.

La oveja perdida. El Pastor dejará en lugar seguro el resto del rebaño, y recorrerá el valle y la montaña, palmo a palmo, para llamar con silbos de amor a la oveja extraviada. Y para que entendamos lo que nos quiere decir con la parábola de la oveja perdida, añade la parábola de la mujer que pierde una dracma y lo revuelve todo hasta dar con ella. Y, sobre todo, por si todavía estuviera oscura su doctrina de perdón y de amor, expone la parábola del hijo pródigo.

Ese hijo menor, el más querido quizá, que pide su herencia con afán de independencia y de libertad, para abandonar a su padre y malgastar lo que tanto sacrificio y trabajo había costado. Conducta cruel y absurda que revivimos en nosotros mismos cada vez que cometemos un pecado.

Aquel joven pronto pagaría con creces su insensatez y su maldad, pronto gustaría la amargura de la soledad, el abandono de los que le festejaban cuando tenía dinero y le volvieron la espalda cuando se le acabó.

Allí, entre aquellos cerdos, rumiaba su dolor y su vergüenza, lloraba en silencio al recordar la casa de su padre, cuyos jornaleros vivían mil veces mejor que él. Recuerdo de la bondad y cariño de su padre que le hace renacer a la humilde esperanza de su perdón, aunque ya no pueda ser como antes, aunque ya no sea considerado como un hijo. Se contentaría con ser el último de sus criados. Incluso así estaría mucho mejor que entonces.

En un arranque de valor y de humildad decide volver, sin importarle presentarse harapiento y vencido.
Cada atardecer se asomaba al camino aquel padre que no podía olvidar a su hijo menor y perdido, deseando su retorno con toda el alma. Por eso cuando le ve venir sale corriendo a su encuentro, lo estrecha entre sus brazos, le besa, ríe gozoso y también llora. Jesús piensa en el Padre que tanto ama a sus hijos que no ha dudado en entregar al Unigénito para redimir a los pecadores. Reflexionemos en todo esto, dejemos de una vez el andar tras del pecado, retornemos una vez más, siempre que haga falta, pobres hijos pródigos hasta la casa paterna, donde Dios nos espera con los brazos abiertos.

viernes, 10 de septiembre de 2010

Del árbol bueno, frutos buenos
VIGÉSIMA TERCERA SEMANA DEL T. O.

SÁBADO
SAN LUCAS 6, 43-49

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»Porque no hay árbol bueno que dé fruto malo, ni tampoco árbol malo que dé buen fruto. Pues cada árbol se conoce por su fruto; no se recogen higos de los espinos, ni se vendimian uvas del zarzal. El hombre bueno del buen tesoro de su corazón saca cosas buenas, y el malo de su mal saca cosas malas: porque de la abundancia del corazón habla su boca.
»¿Por qué me llamáis Señor, Señor, y no hacéis lo que digo? Todo el que viene a mí y oye mis palabras y las pone en práctica, os diré a quién se parece. Se parece a un hombre que, al edificar una casa, cavó muy hondo y puso los cimientos sobre la roca. Al venir una inundación, el río rompió contra aquella casa, y no pudo derribarla porque estaba bien edificada. El que oye y no pone en práctica se parece a un hombre que edifi-có su casa sobre la tierra sin cimientos; rompió contra ella el río y enseguida se derrumbó, y fue tremenda la ruina de aquella casa.

Y seguiste, Señor, desgranando parábolas, presentando comparaciones. Se ve que era una buena manera para enseñar tu doctrina, para formar a “los tuyos”. Ibas de la experiencia a la vida; de lo contemplado por los ojos, a lo formulado por el entendimiento; de lo propuesto a lo realizado. Señor, eras un experto.

Mira que lo del árbol era sencillo, pero extraordinariamente práctico. Es posible que cuando presentabas esta comparación te estuvieras acordando del árbol que Tú, Señor, tantas veces habías visto y que habían visto también tus discípulos: la vieja higuera del patio de tu casa; el olivo del huerto vecino; el nogal del campo del recaudador. Conocías un dato de experiencia: que de buena higuera salían buenas brevas; que de buen nogal se recogen buenas nueces.

Y lo del tesoro, y lo del corazón, igualmente comparable. Del corazón, del alma, del interior de las personas, salen las buenas obras. Y fácil de entender, que donde está el tesoro está el corazón, y donde está el corazón está el tesoro. Fácil, pero qué poco pensamos en ello; olvidamos el corazón, el tesoro interior y nos detenemos furibundos en el olor de las rosas, en la belleza de las flores, en el brillo de las bagatelas, en el susurro del aire, en la frescura del ambiente.

A veces, con la boca decimos: Jesús, eres mi Señor; Señor, eres mi Maestro, Señor, eres nuestro Dios. Y Tú nos dices, ya está bien de palabras: “obras son amores y no buenas razones”; obras son resultados y no muchas promesas. Las obras son como las rocas, las obras son como los buenos cimientos: dan seguridad. Qué importa llegue la tormenta, la riada, el vendaval, la casa estará segura, estará firme, estable.

Cuando una casa se arruina siempre es por algo; la mayoría de las veces es porque faltan los cimientos. Tú, Señor, llevabas treinta años fundamentando tu vida pública. Por eso, cuando llegaron las dificultades, las habladurías, los peligros, permaneciste fiel hasta la muerte.