martes, 8 de enero de 2013

SENCILLAS VIVENCIAS


TODOS HIJOS DE DIOS

Siete de enero. Día festivo en Navarra. Alrededor de mediodía emprendí camino hacia el centro de la ciudad. Lucía un sol espléndido, una suave brisa testificaba la presencia del invierno. Apenas encontré gente por el camino: un padre joven con su hijo; una madre con cuatro rapazuelos en bicicleta; dos ancianos sentados en un banco al sol y poco más. Todo lo contrario ocurrió cuando llegué al meollo de la ciudad: la calle repleta de personas, unas caminaban hacia arriba, otras lo hacían hacia abajo. Una de esas personas, se adivina, era yo. Y como caminaba sin prisas, llevaba un paso lento. En realidad iba pensando: “Es tremendo, entre tanta gente, ni un solo conocido”. Hacía tiempo que no me hacia esta reflexión. No sé porque me vino a la memoria la frase que San Josemaría sugería nos preguntásemos todos los días: “que he hecho hoy para acercar algunos conocidos a Nuestro Señor”? Y me decía yo: “¿Todas estas gentes son para mi conocidos?”. No sabía que responder. Sólo acerté a repetir muchas veces: “Señor, ruego por todos estos que ahora caminan por la calle, son tus hijos”. Y me quedé satisfecho. Poco después, sin casi darme cuenta, abría la puerta del piso al cual me dirigía. Atrás quedaba la gente o para mejor decir: una muchedumbre de hijos de Dios.

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