lunes, 24 de marzo de 2014

SENCILLAS VIVENCIAS



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Con no menor cariño y esperanza, y sobre todo con un profundísimo agradecimiento a Dios y a él lleno de afecto para toda su familia, he recibido la triste noticia de la muerte de don Adolfo Suárez; descanse en paz. Hombre recio para tiempos recios; hombre de fe sólida tan firme y sólida como la piedra berroqueña y granítica de las tierras abulenses, tierra de cantos y de santos, como Teresa de Jesús, Juan de la Cruz, la reina Isabel o Vasco de Quiroga.

Tuvo esa reciedumbre que da la reciedumbre de la fe, que hace humanos, profundamente humanos con esa profundidad y humanidad que se asienta en la verdad y se manifiesta en el amor. La acogida, el servicio, la cercanía y sobre todo la proximidad a los más débiles. Porque eso fue don Adolfo Suárez, hombre de verdad y de la verdad, de promesa que nunca falla y se cumple, sin doblez, transparente con esa transparencia que cautiva y se trasluce en cercanía; con esa transparencia que se agranda en simpatía en ponerse en el lado del otro, en la comprensión, y por eso en el diálogo.

Un hombre de fe, que se transparenta y palpa en el amor que tuvo a todos, sin excluir a nadie, integrándolos en una unidad que va más allá de todo cálculo político o estrategia calculadora y traspasa lo inmediato; y por eso hombre de la concordia, de reconciliación, de la mano tendida, del perdón que sustenta paz, convivencia, solidaridad, libertad y trabajo en común codo con codo para el bien de todos.