miércoles, 17 de octubre de 2012

UNA NUEVA SERIE

La existencia de Cristo no se multiplica, sí permanece. Por eso, la honramos y adoramos, aunque nuestros ojos no lo vean. Adoro te devote, latens Deitas, quae sub figuris su vere latitas: tibi sí cor meum totum subiicit, quia te contemplans déficit totum.


26. La única e indivisible existencia de Cristo, el Señor glorioso en los cielos, no se multiplica, pero por el sacramento se hace presente en los varios lugares del orbe de la tierra, donde se realiza el sacrificio eucarístico. La misma existencia, después de celebrado el sacrificio, permanece presente en el Santísimo Sacramento, el cual, en el tabernáculo del altar, es como el corazón vivo de nuestros templos. Por lo cual estamos obligados, por obligación ciertamente suavísima, a honrar y adorar en la Hostia Santa que nuestros ojos ven, al mismo Verbo encarnado que ellos no pueden ver, y que, sin embargo, se ha hecho presente delante de nosotros sin haber dejado los cielos.


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