lunes, 3 de enero de 2011

ANDRÉS Y JUAN
FERIA DE NAVIDAD

4 DE ENERO
SAN JUAN 1, 35-42

CON UN SOLO GOLPE DE CLIK
http://www.youtube.com/watch?v=1gPXsuIExII

Al día siguiente estaba allí de nuevo Juan y dos de sus discípulos y, fi-jándose en Jesús que pasaba, dijo:
—Éste es el Cordero de Dios.
Los dos discípulos, al oírle hablar así, siguieron a Jesús. Se volvió Jesús y, viendo que le seguían, les preguntó:
—¿Qué buscáis?
Ellos le dijeron:
—Rabbí (que significa Maestro), ¿dónde vives?
Les respondió:
—Venid y veréis.
Fueron y vieron dónde vivía, y se quedaron con él aquel día. Era más o menos la hora décima.
Andrés, el hermano de Simón Pedro, era uno de los dos que habían oído a Juan y habían seguido a Jesús.
Encontró primero a su hermano Simón y le dijo:
—Hemos encontrado al Mesías —que significa: Cristo.
Y lo llevó a Jesús. Jesús le miró y le dijo:
—Tú eres Simón, el hijo de Juan; tú te llamarás Cefas —que significa: Piedra.

Aquel día estaba Juan el Bautista con dos de sus discípulos. Tú, Señor, pasabas cerca de ellos. Quizás ibas Tú solo; o acaso acompañado de los curiosos de siempre. Juan, por su parte, deseaba darte a conocer. Por eso, al verte, extendió su fuerte brazo y con el dedo índice de su mano derecha te señaló fijamente, a la vez que decía: Este es el Cordero de Dios.

Dos discípulos de Juan —cautos y temerosos— te siguieron. No sé por cuánto tiempo. No debió ser mucho. Al rato, Tú, Señor, te volviste y sin más, les preguntaste: amigos, ¿qué buscáis? Y ellos, emocionados y un tanto inquietos, te contestaron: Maestro ¿dónde vives?

Y Tú, Señor, con suavidad y aplomo, les dijiste: venid y veréis. Venid conmigo y vosotros mismos comprobaréis dónde vivo. Y ellos, deslumbrados por tus sencillas palabras, te siguieron. Estuvieron contigo todo aquel día y se enteraron dónde vivías; a qué te dedicabas y quién eras.

Y tanto les debió de gustar tu compañía, que jamás la olvidaron aquel momento, ni la hora de aquel feliz encuentro. Dicen que eran las cuatro de la tarde, cuando el sol brilla en lo más alto del cielo y los hombres descansan a la sombra exhaustos y aturdidos.

Uno de aquellos discípulos se llamaba Andrés. Tenía un hermano de nombre Simón. Enseguida te lo presentó. Tú, Señor, mirando a Simón con ojos de amor, le dijiste: Simón, desde hoy te llamarás Pedro; y serás roca para un futuro proyecto.

Y Simón dijo que sí. Luego vinieron otros y otros...