lunes, 12 de agosto de 2013

SENCILLAS VIVENCIAS


CONFESIONES DE NIÑOS
EN BARRUELO DE SANTULLÁN
 
 

 Cada sacerdote tenía su confesonario. El que yo ocupaba estaba situado frente a la puerta lateral que era la que habitualmente se usaba. El otro al lado contario y uno más, al fondo de la Iglesia.

 Eran confesonarios  hechos de madera, al estilo de la época. Tenían una puerta delantera, por donde se confesaban sólo los hombres y rejillas a ambos lados, por donde se confesaban sólo las mujeres. Así estaba establecido.

 No eran cómodos los confesonarios aquellos. En los días de largas sesiones de confesión, los sacerdotes mayores terminaban con dolor de espalda y las rodillas encogidas. No así los jóvenes, no así.

Don Manuel, en este tema, como en tantos otros, nos dio buen ejemplo. Todos los días dedicaba algún tiempo a atender confesiones. Y todos los días, unos más otros menos, acudía gente a reconciliarse con Dios.

 Los coadjutores también teníamos nuestro tiempo de confesonario: cuando acudían a confesar los niños de los Hermanos Maristas o las niñas de las Hermanas de la Caridad.

¡Cómo no recordar aquellos estupendos ratos de confesonario en los que iban pasando, uno tras otro, todos los chicos y chicas de los Colegio y de las Escuelas!.

 Confiaba San Josemaría el día de San José de 1975 a socios de la Obra en Roma, lo siguiente:

"... Pasó el tiempo. Fui a buscar fortaleza en los barrios más pobres de Madrid. Horas y horas por todos los lados, todos los días, a pie de una parte a otra, entre pobres vergonzantes y pobres miserables, que no tenían nada de nada; entre niños con los mocos en la boca, sucios, pero niños, que quiere decir almas agradables a Dios.

;Qué indignación siente mi alma de sacerdote, cuando dicen ahora que los niños no deben confesarse mientras son pequeños! ;No es verdad! Tienen que hacer su confesión personal, auricular y secreta, como los demás. ;Y qué bien, qué alegría!

Fueron muchas horas en aquella labor, pero siento que no hayan sido más. Y en los hospitales, y en las casas donde había enfermos, si se pueden llamar casas a aquellos tugurios... Eran gente desamparada y enferma; algunos, con una enfermedad que entonces era incurable, la tuberculosis”.