lunes, 31 de mayo de 2010

OCTAVA SEMANA DEL T. O.

MARTES
SAN MARCOS 10, 28-31    

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Comenzó Pedro a decirle:
—Ya ves que nosotros lo hemos dejado todo y te hemos seguido.
Jesús respondió:
—En verdad os digo que no hay nadie que haya dejado casa, hermanos o hermanas, o madre o padre, o hijos o campos por mí y por el Evangelio, que no reciba en este mundo cien veces más en casas, hermanos, hermanas, madres, hijos y campos, con persecuciones; y en el siglo venidero, la vida eterna. Porque muchos primeros serán últimos, y muchos últimos serán primeros.

Al fin intervino Pedro. Y es que Pedro no podía estar callado. Yo, de estar allí, me habría ocultado entre los demás y no hubiera rechistado. Pero Pedro no, Pedro era así, extrovertido, lanzado; tenía que estar en primera fila, no en vano iba a ser el cabeza del grupo; y con el tiempo sería: vicario tuyo. Bueno, pues eso, Pedro comenzó a decirte: Ya ves que nosotros lo hemos dejado todo y te hemos seguido, es decir, somos tus discípulos.

Cada vez que reflexiono sobre esta afirmación de Pedro, me emociono. Primero por la verdad que encierra: Pedro y los otros discípulos habían decidido “dejarlo todo”; lo habían dejado todo para seguirte a Ti, Señor. Y en segundo lugar, por tantos y tantos que a lo largo de los siglos, para servirte a Ti y a los hombres, también lo dejaron todo.

Tú dijiste a Pedro: en verdad os digo que no hay nadie que habiendo dejado casa, hermanos o hermanas, madre o padre, o hijos, o campos por Mí y por el Evangelio, no reciba en esta vida cien veces más y después la vida eterna. Cien veces más y la vida eterna. ¡Hermosa promesa para el presente y para el futuro!

Y, al final, un regalo: muchos primeros serán últimos, y muchos últimos primeros. Señor, desde mi pobreza, premia mi humildad.

domingo, 30 de mayo de 2010

NOVENA SEMANA DEL T. O.

LUNES
SAN MARCOS 12, 1-12

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Y comenzó a hablarles en parábolas:
—Un hombre plantó una viña, la rodeó de una cerca, excavó un lagar, edificó una torre, la arrendó a unos labradores y se marchó de allí. A su debido momento envió un siervo a los labradores, para percibir de éstos los frutos de la viña. Pero ellos, lo agarraron, lo golpearon y despacharon con las manos vacías. De nuevo les envió otro siervo, y a éste le hirieron en la cabeza y lo ultrajaron. Y envió otro y lo mataron; y a otros muchos, de los cuales a unos los herían y a otros los mataban. Todavía le quedaba uno, su hijo amado; y lo envió por último a ellos, pensando: “A mi hijo lo respetarán”. Pero aquellos labradores se dijeron: “Este es el heredero. Vamos, lo mataremos y será nuestra la heredad”. Y lo agarraron, lo mataron y lo arrojaron fuera de la viña. ¿Qué hará, pues, el dueño de la viña? Vendrá, exterminará a los labradores y entregará la viña a otros. ¿No habéis leído esta escritura:
La piedra que rechazaron los constructores,
ésta ha llegado a ser piedra angular.
Es el Señor quien ha hecho esto,
y es admirable a nuestros ojos?
Entonces intentaban prenderlo, pero tuvieron miedo a la multitud: comprendieron que había dicho aquella parábola por ellos. Y dejándole, se fueron.

Era costumbre en tu tiempo, Señor, hablar en parábolas; enseñar mediante comparaciones y ejemplos. Y Tú, con frecuencia, utilizaste este género para comunicarte con tus discípulos y también para aleccionar a la gente. A mí me gusta, ahora, leer tus parábolas, meditarlas despacio y procurar extraer conclusiones.

La de hoy, es una parábola sencilla, expresiva. Sacada de la vida diaria, por lo tanto, muy conocida para los contemporáneos. El tema central era la viña que un dueño había plantado, cercado, excavado, mimado. Pero un día, aquel dueño la arrendó a unos labradores y él se alejó de aquel lugar. ¡Y allí quedó su viña amada, en manos extrañas!

Pasado un tiempo, el dueño de la viña envió a uno de sus siervos con el fin de recibir de los labradores los frutos correspondientes. Y aquellos labradores agarraron a aquel siervo, lo golpearon y lo despidieron sin darle nada. Mandó a otro siervo e hicieron lo mismo. Envió a otros más y los trataron con desprecio, incluso a algunos los mataron.

Al dueño aún le quedaba una solución: enviaría a su hijo amado. A éste —pensaba— le respetarán. Pero aquellos labradores que lo único que proyectaban era hacerse con la herencia, apoderarse de la viña, al llegar el hijo, se dijeron unos a otros: “Este es el heredero, matémosle y será nuestra la viña”.

Y así lo hicieron: mataron al hijo y lo arrojaron fuera de la viña. La pregunta era evidente: “¿qué hará el amo de la viña?” y la respuesta también clara: “exterminará a los labradores y entregará la viña a otros”.

Y Tú, Señor, como conclusión citaste las palabras del Salmo 118. “La piedra que los constructores desecharon en piedra angular se ha convertido”.

Entonces, Señor, algunos de los oyentes, se fueron.

sábado, 29 de mayo de 2010

SOLEMNIDAD DE LA SANTISIMA TRINIDAD

Del evangelio según
san Juan 16, 12-15

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En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos: — «Muchas cosas me quedan por deciros, pero no podéis cargar con ellas por ahora; cuando venga él, el Espíritu de la verdad, os guiará hasta la verdad plena. Pues lo que hable no será suyo: hablará de lo que oye y os comunicará lo que está por venir. Él me glorificará, porque recibirá de mí lo que os irá comunicando. Todo lo que tiene el Padre es mío. Por eso os he dicho que tomará de lo mío y os lo anunciará.»

En este domingo, que sigue a Pentecostés, celebramos la solemnidad de la Santísima Trinidad. Esta celebración nos recuerda que Dios es un misterio. Misterio que hemos de vivir desde la fe y el amor.
En este misterio de Dios que hoy celebramos, es fundamental descubrir que Dios nos ama, que Dios nos quiere; que desea que todos nos salvemos y lleguemos al conocimiento de la verdad.

Y nos ama como somos: aunque nosotros no queramos saber nada de él, incluso aunque a veces lo persigamos. nos ama con fidelidad, y no deja de amarnos aunque seamos inconstante y pecadores. Nos ama más que nadie: nos ama hasta dar la vida por nosotros.

Por eso, hemos de descubrir que todo lo que Dios dice, enseña y manda, no lo hace para agobiarnos, sino para mostrarnos el verdadero camino que conduce a la felicidad y a la vida eterna. ¡Esta es la clave para comprender todo el mensaje cristiano, con todas sus exigencias! Esta es la clave también para poder creer en el Misterio de la Trinidad.

Misterio de amor: Tres Personas que son un solo Dios, porque el Padre es amor, el Hijo es amor y el Espíritu Santo es amor. Dios es todo amor y sólo amor, amor purísimo, infinito y eterno. Y porque Dios es amor, no vive en una espléndida soledad, sino que más bien es fuente inagotable de vida que se entrega y comunica incesantemente. Y hasta tal punto, que todos hemos sido creados a imagen de la Trinidad.

La prueba más fuerte de que hemos sido creados a imagen de la Trinidad es que sólo el amor de Dios nos hace felices. La Virgen María, estamos terminando el mes de mayo, con su dócil humildad, se convirtió en esclava del Amor divino: aceptó la voluntad del Padre y concibió al Hijo por obra del Espíritu Santo. Acudamos a su intercesión.

La fiesta de hoy, Solemnidad de la Trinidad, es una invitación a amar a Dios, a entrar en el misterio, y, a través del amor, dejar que El nos ilumine, se nos vaya manifestando, y nos haga crecer en la santidad para estar llenos de Él. Es una invitación a vaciarnos de nosotros mismo para llenarnos de Dios: y así seremos verdaderamente felices, sólo así viviremos auténticamente como personas y tendrá sentido nuestra vida.

viernes, 28 de mayo de 2010

OCTAVA SEMANA DEL T. O.

SÁBADO
SAN MARCOS 11, 27-33

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Llegan de nuevo a Jerusalén. Y mientras paseaba por el Templo, se le acercaron los príncipes de los sacerdotes, los escribas y los ancianos, y le dijeron:
—¿Con qué potestad haces estas cosas?, o ¿quién te ha dado tal potestad para hacerlas?
Jesús les contestó:
—Os voy a hacer una pregunta. Respondedme, y os diré con qué potestad hago estas cosas: el bautismo de Juan ¿era del cielo o de los hombres? Respondedme.
Y deliberaban entre sí: Si decimos que del cielo, replicará: “¿Por qué, pues, no le creísteis? Pero ¿vamos a decir que de los hombres? Temían a la gente; pues todos tenían a Juan como a un verdadero profeta. Y respondieron a Jesús:
—No lo sabemos.
Entonces Jesús les dijo:—Pues tampoco yo os digo con qué potestad hago estas cosas.

Otra vez en Jerusalén. De nuevo en el Templo. En el Templo te encontrabas, Señor, con la grandeza divina y con la miseria humana. En el templo pedías y curabas; bendecías y escuchabas. En el Templo vivías contento con Dios y hacías felices a los hombres.

Los sacerdotes, los escribas y los ancianos te seguían. Hasta allí llegaron. Y te preguntaron de dónde te venía esa potestad para realizar las cosas que hacías. Tú, Señor, les respondiste con otra pregunta: decidme: ¿el bautismo de Juan era humano o divino?

Y ellos, después de analizar el asunto durante un rato, te dijeron: no lo sabemos. Contestación que encerraba dos cosas: ignorancia o malicia; ignorancia porque debían saberlo; o malicia, porque sabiéndolo mentían.

Entonces Tú, Señor, descubriste su intención. Era como decir: lo sabéis, pero no queréis responder; lo sabéis pero carecéis de valor para manifestar la verdad. Por lo tanto, no merecéis contestación. No os voy a decir con qué potestad hago estas cosas. Y nadie dijo nada. Todos se fueron acobardados, mustios.

Tú, Señor, quiero pensar, seguirías en el Templo pidiendo al Padre-Dios, por todos los cobardes de la historia, por todos los envidiosos del mundo, por todos los insatisfechos y atolondrados.

jueves, 27 de mayo de 2010

OCTAVA SEMANA DEL T. O.
VIERNES
SAN MARCOS 11, 11-26

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Y entró en Jerusalén en el Templo; y después de observar todo atentamente, como ya era hora tardía, salió para Betania con los doce.
Al día siguiente, cuando salían de Betania, sintió hambre. Viendo de lejos una higuera que tenía hojas, se acercó por si encontraba algo en ella, pero cuando llegó no encontró más que hojas, pues no era tiempo de higos. Y la increpó:
—Que nunca jamás coma nadie fruto de ti.
Y sus discípulos lo estaban escuchando.
Llegaron a Jerusalén. Y, entrando en el Templo, comenzó a expulsar a los que vendían y a los que compraban en el Templo, y volcó las mesas de los cambistas y los puestos de los que vendían palomas. Y no permitía que nadie transportase cosas por el Templo. Y les enseñaba diciendo:
—¿No está escrito que mi casa será llamada casa de oración para todas las naciones? Vosotros, en cambio, la habéis convertido en una cueva de ladrones.
Lo oyeron los príncipes de los sacerdotes y los escribas, y buscaban el modo de acabar con él; pues le temían, ya que toda la muchedumbre estaba admirada de su enseñanza.
Y al atardecer salieron de la ciudad.
Por la mañana, al pasar, vieron que la higuera se había secado de raíz. Y acordándose Pedro, le dijo:
—Rabbí, mira, la higuera que maldijiste se ha secado.
Jesús les contestó:
—Tened fe en Dios. En verdad os digo que cualquiera que diga a este monte: Arráncate y échate al mar, sin dudar en su corazón, sino creyendo que se hará lo que dice, le será concedido. Por tanto os digo: todo cuanto pidáis en la oración, creed que ya lo recibisteis y se os concederá. Y cuando os pongáis de pie para orar, perdonad si tenéis algo contra alguno, a fin de que también vuestro Padre que está en los cielos os perdone vuestros pecados..

Ibas, Señor, camino de Betania. Te acompañaban los doce. ¡Trece hombres avanzando por caminos de tierra y de polvo! Hablaríais de mil cosas. Cuándo con uno; cuándo, con otro. A éste, le ayudarías a cambiar su carácter; a otro, a ensanchar su corazón. A ratos, todos juntos cantaríais algún salmo. Otras veces caminaríais en silencio. En esto, casi de noche, llegasteis a Betania.

Aquella noche pasó sin novedad. Nada recogen los evangelistas. Estaríais fatigados y os retiraríais a descansar temprano, hasta el amanecer. Ni los ladridos de los perros ni el cantar de los pájaros rompieron vuestro sueño. Fue una noche tranquila, serena.

Al día siguiente, de madrugada, salíais de Betania. Poco después, Tú, Señor, sentiste hambre. De lejos viste una higuera llena de hojas; os acercasteis, pero al llegar no encontrasteis en ella más que hojas. Y aunque no era tiempo de higos, pronunciaste Tú, Señor, sobre la higuera, aquellas duras palabras: “nunca jamás coma nadie fruto de ti”. Y tus discípulos lo estaban escuchando.

Señor, si Tú sabías que la higuera no tenía higos, que no era tiempo de higos. ¿Por qué fuiste a buscarlos? ¿Por qué te disgustaste al no encontralos? ¿Qué querías enseñarnos? “Los Santos Padres, cuyo sentir recoge San Beda en su comentario al pasaje, nos enseñan que el milagro de Jesús tiene una intención alegórica: Jesús había venido a los suyos, al pueblo judío, con hambres de encontrar frutos de santidad y buenas obras, pero no encontró sino las prácticas exteriores, que al no tener su correspondiente fruto, se quedaban reducidas a mera hojarasca” .

Jesús les dice a los doce —así alegóricamente— si vosotros no queréis ser condenados, debéis ser árboles que den frutos de verdad. Se ve que los doce lo entendieron a la primera.

Somos pobres, Señor, pero no dejes de apreciar nuestros deseos, ilusiones, sueños, para que cuando vengas a recoger frutos, los encuentres.

miércoles, 26 de mayo de 2010

OCTAVA SEMANA DEL T. O.

JUEVES
SAN MARCOS 10, 46-52 

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Llegan a Jericó. Y cuando salía él de Jericó con sus discípulos y una gran multitud, un ciego, Bartimeo, el hijo de Timeo, estaba sentado junto al camino pidiendo limosna. Y al oír que era Jesús Nazareno, comenzó a decir a gritos:
—Jesús, Hijo de David, ten piedad de mí.
Y muchos le reprendían para que se callara. Pero él gritaba mucho más:
—Hijo de David, ten piedad de mí.
Se paró Jesús y dijo:
—Llamadle.
Llamaron al ciego diciéndole:
—¡Animo!, levántate, te llama.
Él, arrojando su manto, dio un salto y se acercó a Jesús. Jesús le preguntó:
—¿Qué quieres que te haga?
El ciego le respondió:
—Rabboni, que vea —le respondió el ciego.
Entonces Jesús le dijo:
—Anda, tu fe te ha salvado.
Y al instante recobró la vista. Y le seguía por el camino.

Jericó es una ciudad en el valle del Jordán. En otro tiempo amurallada. En tus días, Señor, ciudad de trasiego y cruce de caminos. Entre las gentes que transitaban por esta ciudad se encontraban pobres y pordioseros. Un día llegaste Tú, Señor, a Jericó y allí descansaste del trabajo de una jornada llena de actividad y de emociones.

A la mañana siguiente, cuando partías de Jericó con tus discípulos y acompañado de una gran multitud que te seguía, un ciego, Bartimeo, el hijo de Timeo, que estaba sentado al lado del camino, donde pedía limosna, comenzó a gritar: ¡Jesús, Hijo de David, ten piedad de mí! Muchos le instaban a que callase. Pero él no hacía caso, al contrario, levantando más la voz, repetía lo mismo.

Te paraste en el camino. Aquellos gritos habían llegado hasta Ti. Mandaste que le llamaran. Le llamaron. El ciego, tan pronto oyó que le llamabais, arrojó su manto, sus cosas, dio un salto sobre el suelo y se acercó hacia Ti. La escena debió ser maravillosa: Tú, sonriente, amable. Los Apóstoles animando al ciego a que se ade-lantara. El ciego brincando de alegría; las gentes expectantes por lo que podía ocurrir.

Y enseguida, comenzasteis, Señor, un breve pero hermoso encuentro. Palabra y diálogo. ¿Qué quieres que te haga?, preguntaste. Y el ciego respondió: que vea Señor. Y Tú, Señor, con autoridad, con presteza, dijiste: Anda, tu fe te ha salvado. Y el ciego “al instante recibió la vista”. Y Tú, Señor, seguiste tu camino. Y el ciego caminaba a tu lado.

Por el camino hablarías con tus discípulos del comportamiento de Bartimeo: de su fuerza para pedir la curación, de su insistencia en su petición, del despego de sus cosas ante tu llamada, de la fe enorme que tenía, de la sencillez del diálogo que mantuvisteis, de la alegría al recobrar la vista, de la generosidad para seguirte por el camino.

Quiero Señor, como aquel ciego, tener fe en tu poder; ser constante en la oración; desprendido de mis cosas; generoso a tu llamada; agradecido por tu ayuda; responsable en la respuesta. Y al final, escuchar de Ti las palabras que dijiste a Bartimeo: Anda, tu fe ha salvado.

martes, 25 de mayo de 2010

OCTAVA SEMANA DEL T. O.
MIÉRCOLES
MARCOS 10, 32-45

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Iban de camino subiendo a Jerusalén. Jesús los precedía y estaban sorprendidos; los que le seguían tenían miedo. Tomó de nuevo consigo a los doce, comenzó a decirles lo que le iba a suceder:
—Mirad que subimos a Jerusalén, y el Hijo del Hombre será entregado a los príncipes de los sacerdotes y a los escribas, le condenarán a muerte y le entregarán a los gentiles; se burlarán de él, le escupirán, lo azotarán y lo matarán, pero a los tres días resucitará.
Entonces se acercan a él Santiago y Juan, los hijos de Zebedeo, diciéndole:
—Maestro, queremos que nos concedas lo que te vamos a pedir.
Él les dijo:
—¿Qué queréis que os haga?
Y ellos le contestaron:
—Concédenos sentarnos uno a tu derecha y otro a tu izquierda en tu gloria.
Y Jesús les dijo:
—No sabéis lo que pedís.
¿Podéis beber el cáliz que yo bebo, o recibir el bautismo con que yo soy bautizado?
—Podemos — le dijeron ellos.
Jesús les dijo:
—Beberéis el cáliz que yo bebo, y recibiréis el bautismo con que yo soy bautizado; pero sentarse a mi derecha o a mi izquierda no me corresponde a mi concederlo, sino que es para quienes está dispuesto.
Al oír esto los diez comenzaron a indignarse contra Santiago y Juan. Entonces Jesús, les llamó y les dijo:
—Sabéis que los que figuran como jefes de las naciones las oprimen, y los poderosos los avasallan. No tiene que ser así entre vosotros; por el contrario: quien quiera llegar a ser grande entre vosotros, sea vuestro servidor; y quien entre vosotros quiera ser el primero, sea esclavo de todos: porque el Hijo del Hombre no ha venido a ser servido, sino a servir y a dar su vida en redención por muchos.

Tú, Señor, abrías camino. Tus discípulos te seguían inquietos. Habías vuelto a decirles que debías subir a Jerusalén. Y que ibas a ser ajusticiado, condenado y morir. Ellos no acababan de entender este lenguaje. Y, distraídos, discutían, un tanto indignados, sobre la petición de los Zebedeos, sobre la necesidad de beber tu cáliz, sobre la operación de los poderosos.

Me encanta, Señor, verte de camino, andariego, lleno de polvo y tostado por el sol. Me entusiasma verte viajero por los caminos del mundo, fáciles y serenos unos y otros escabrosos y llenos de dificultades. Yo también ando por los caminos calurosos del asfalto, de la modernidad y del esfuerzo. Y, además, me anima verte en as-censo, victorioso, subiendo a la meta de Jerusalén donde esperaban los grandes acontecimientos de tu vida.

Y como hablar contigo, Señor, es pedir, te ruego que yo sepa subir por el camino de mi vida; de esta vida mía concreta y determinada. Es posible que nadie contemple mis pasos, que pocos se fijen en mis trabajos y quehaceres, pero sé que Tú, Señor, los miras, los juzgas y apuntas mis esfuerzos.

Como Tú, Señor, yo también subo a la Jerusalén eterna. Y sé que, como Tú, antes de llegar a la cima salvadora, tengo que recorrer los vericuetos de la soledad, del sufrimiento, de la cruz.

Me consuela saber que Tú nos has precedido; que Tú vas delante; que Tú marcas las sendas y fijas las trochas. Estoy orgulloso de seguirte, de caminar detrás de tus huellas, de ser tu discípulo.

En un alto del camino, dijiste de nuevo que te iban a condenar a muerte; que te iban a entregar a los gentiles; que se iban a burlar de Ti, que te iban a escupir, azotar, a matar. Pero que al tercer día resucitarías.

lunes, 24 de mayo de 2010

OCTAVA SEMANA DEL T. O.

MARTES
SAN MARCOS 10, 28-31

CON UN SOLO CLIK:  http://www.torreciudad.org/

Comenzó Pedro a decirle:
—Ya ves que nosotros lo hemos dejado todo y te hemos seguido.
Jesús respondió:
—En verdad os digo que no hay nadie que haya dejado casa, hermanos o hermanas, o madre o padre, o hijos o campos por mí y por el Evangelio, que no reciba en este mundo cien veces más en casas, hermanos, hermanas, madres, hijos y campos, con persecuciones; y en el siglo venidero, la vida eterna. Porque muchos primeros serán últimos, y muchos últimos serán primeros.

Al fin intervino Pedro. Y es que Pedro no podía estar callado. Yo, de estar allí, me habría ocultado entre los demás y no hubiera rechistado. Pero Pedro no, Pedro era así, extrovertido, lanzado; tenía que estar en primera fila, no en vano iba a ser el cabeza del grupo; y con el tiempo sería: vicario tuyo. Bueno, pues eso, Pedro comenzó a decirte: Ya ves que nosotros lo hemos dejado todo y te hemos seguido, es decir, somos tus discípulos.

Cada vez que reflexiono sobre esta afirmación de Pedro, me emociono. Primero por la verdad que encierra: Pedro y los otros discípulos habían decidido “dejarlo todo”; lo habían dejado todo para seguirte a Ti, Señor. Y en segundo lugar, por tantos y tantos que a lo largo de los siglos, para servirte a Ti y a los hombres, también lo dejaron todo.

Tú dijiste a Pedro: en verdad os digo que no hay nadie que habiendo dejado casa, hermanos o hermanas, madre o padre, o hijos, o campos por Mí y por el Evangelio, no reciba en esta vida cien veces más y después la vida eterna. Cien veces más y la vida eterna. ¡Hermosa promesa para el presente y para el futuro!

Y, al final, un regalo: muchos primeros serán últimos, y muchos últimos primeros. Señor, desde mi pobreza, premia mi humildad.

domingo, 23 de mayo de 2010

OCTAVA SEMANA DEL T. O.

LUNES
SAN MARCOS 10, 17-27

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Cuando salía para ponerse en camino, vino uno corriendo y, arrodillado ante él, le preguntó:
—Maestro bueno, ¿qué debo hacer para conseguir la vida eterna?
Jesús le dijo:
—¿Por qué me llamas bueno? Nadie es bueno sino uno solo, Dios. Ya conoces los mandamientos: no matarás, no cometerás adulterio, no robarás, no dirás falso testimonio, no defraudarás a nadie, honra a tu padre y a tu madre.
—Maestro, todo esto lo he guardado desde mi adolescencia —respondió él.
Y Jesús, fijó en él su mirada y quedó prendado de él. Y le dijo:
—Una cosa te falta: anda, vende todo lo que tienes y dáselo a los pobres, y tendrás un tesoro en el cielo. Luego, ven y sígueme.
Pero él, afligido por estas palabras, se marchó triste, pues tenía muchas posesiones.
Jesús, mirando a su alrededor, dijo a sus discípulos:
—¡Qué difícilmente entrarán en el Reino de Dios los que tienen riquezas!
Los discípulos quedaron impresionados por sus palabras. Y hablándoles de nuevo, dijo:
—Hijos, ¡qué difícil es entrar en el Reino de Dios! Es más fácil a un camello pasar por el ojo de una aguja que a un rico entrar en el Reino de Dios.
Y ellos se quedaron aún más asombrados diciéndose unos a otros:
—Entonces, ¿quién puede salvarse?
Jesús, con la mirada fija en ellos, les dijo:
—Para los hombres esto es imposible, pero para Dios no; porque para Dios todo es posible.

Podía ser por la mañana. Tú, Señor, salías a predicar. Quizás aquella noche habías rogado por los jóvenes judíos. Los evangelistas no dicen expresamente que Tú te reunieras con jóvenes. Pero ese día, precisamente, cuando salías para ponerte en camino, vino un joven —y vino corriendo— y, arrodillado ante Ti, te preguntó: Maestro bueno, ¿qué he de hacer para conseguir la vida eterna? Aquel joven te llamó bueno y deseaba conseguir la vida verdadera.

Tú, Señor, dijiste al joven: ¿y por qué me llamas bueno?, nadie es bueno sino Dios. ¿Quisiste decirle que eras Dios, porque eras bueno? ¿Que no podías ser bueno si no fueras Dios? Y seguiste: Ya conoces los mandamientos. Él respondió: “Sí, los he guardado todos desde mi infancia”.

Fijaste en él tu mirada, le amaste, y enseguida añadiste: si quie-res conseguir la vida eterna, vende cuanto tienes, dáselo a los pobres y luego ven conmigo. Y fue entonces cuando se rompió el diálogo.

Y el joven, afligida el alma, se quedó de piedra. Quizás no esperaba aquella respuesta. Y se marchó cabizbajo y triste. La razón fue que tenía muchos bienes y en ellos tenía puesta su confianza.

sábado, 22 de mayo de 2010

Solemnidad de Pentecostés
Del santo Evangelio
según San Juan 20,19-23.


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Al anochecer de aquel día, el día primero de la semana, estaban los discípulos en una casa, con las puertas cerradas, por miedo a los judíos. En esto entró Jesús, se puso en medio y les dijo: -Paz a vosotros. Y diciendo esto, les enseñó las manos y el costado. Y los discípulos se llenaron de alegría al ver al Señor. Jesús repitió: -Paz a vosotros. Como el Padre me ha enviado, así también os envío yo. Y dicho esto, exhaló su aliento sobre ellos y les dijo: -Recibid el Espíritu Santo; a quienes les perdonéis los pecados, les quedan perdonados; a quienes se los retengáis, les quedan retenidos.

Cuando Jesús se despidió de sus discípulos, les prometió que el Espíritu vendría para estar siempre con ellos. Una luz de esperanza quedó brillando en el corazón sencillo y temeroso de aquellos hombres. Durante un tiempo, permanecieron escondidos, rezando y esperando, con mucho miedo, las puertas cerradas, atentos a cualquier ataque por sorpresa.

Y un día, en efecto, cerradas las puertas, un fuego vivo llegó como viento fuerte, abriendo violentamente las ventanas. Llegó hasta ellos el Espíritu Santo. Y aquellos hombres, cobardes y huidizos, sacudidos por el Espíritu Santo, enardecidos, se lanzaron a la calle a proclamar las maravillas de Dios, a anunciar la Buena Nueva.

Y, ante toda Jerusalén, proclamaron que Jesús había muerto por la salvación de todos, y también que había resucitado y que había sido glorificado, y que sólo en él estaba la redención del mundo entero.

Fue aquel día, el primer Pentecostés, el arranque de valor, rayano en la osadía, que pronto suscitó una dura persecución que hoy, después de veinte siglos, todavía sigue presente en la Iglesia. Porque hemos de reconocer que las insidias de los enemigos de Cristo y de su Iglesia no han cesado.

Unas veces de forma abierta y frontal, imponiendo el silencio con la violencia. Otras veces el ataque es tangencial, solapado y ladino. La sonrisa maliciosa, la adulación infame, la indiferencia que corroe, la corrupción de la familia, la degradación del sexo, la orquestación a escala internacional de campañas contra el mismo Papa, contra los sacerdotes.

Las fuerzas del mal no descansan, los hijos de las tinieblas continúan con denuedo su afán demoledor de cuanto anunció Jesucristo. Y lo peor de todo –lo recordaba Benedicto XVI en Fátima- es que algunos ataques proceden de quienes están dentro de la misma Iglesia. O de muchos ingenuos que no lo quieren ver, que no saben descubrir detrás de lo que parece inofensivo, la ofensiva feroz del que como león rugiente está a la busca de quien devorar.

Pero hoy, una vez más, fiesta de Pentecostés, cincuenta días después de la Pascua, es el momento de recordar que Dios puede más; que el Espíritu no deja de latir sobre las aguas del mundo; que la fuerza de su viento sigue empujando la barca de Pedro: la Iglesia.

De una parte, por la efusión y la potencia del Espíritu Santo, los pecados nos son perdonados en el Bautismo y en el Sacramento de la Reconciliación. Por otra parte, el Paráclito nos ilumina, nos consuela, nos transforma, nos lanza como brasas encendidas en el mundo apagado y frío.

Por eso, a pesar de todo, la aventura de amar y redimir, como lo hizo Cristo, sigue siendo una realidad palpitante y gozosa, una llamada urgente a todos los hombres, para que prendamos el fuego de Dios en cada alma, en el mundo entero. Así sea.

viernes, 21 de mayo de 2010

SÉPTIMA SEMANA DE PASCUA

SÁBADO
SAN JUAN 21, 20-25

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Se volvió Pedro y vio que le seguía aquel discípulo que Jesús amaba, el que en la cena se había recostado en su pecho y le había preguntado: “Señor, ¿quién es el que te va a entregar? Y Pedro, al verle, le dijo a Jesús:
—Señor, ¿y éste qué?
Jesús le respondió:
—Si yo quiero que él permanezca hasta que yo vuelva, ¿a ti qué? Tú sígueme.
Por eso surgió entre los hermanos el rumor de que aquel discípulo no moriría. Pero Jesús no le dijo que no moriría, sino: “Si yo quiero que él permanezca hasta que yo vuelva, ¿a ti qué?

Éste es el discípulo que da testimonio de estas cosas y las ha escrito, y sabemos que su testimonio es verdadero. Hay, además, otras muchas cosas que hizo Jesús, y que si se escribieran una por una, pienso que ni aun el mundo podría contener los libros que se tendrían que escribir.

Señor, Tú amabas a “los tuyos”, pero amabas con preferencia a Juan. Ocurrió que Juan iba detrás de Ti y de Pedro. Entonces, Pedro, viendo que Juan os seguía, te preguntó: Señor, ¿y éste qué? Y Tú le dijiste: Pedro, si quiero que él permanezca hasta que yo vuelva, ¿a ti qué? Tú sígueme. “Junto a la autoridad de Pedro se reconoce también el papel de San Juan” .

Nos enseñabas, Señor, que lo importante es seguirte, sin mirar lo que hacen los demás. Cuando nos fijamos demasiado en los demás y elaboramos juicios comparativos de sus actos, con frecuencia perdemos de vista tu camino, el alma se llena de envidia y no llegamos al final de nuestra meta.

A veces miramos a nuestro alrededor y vemos a gentes que triunfan, que dominan, que realizan acciones eficaces. Alegrémo-nos de sus éxitos, de sus triunfos, de sus apostolados, sin olvidar, que Tú una y otra vez nos dices: “tú, sígueme”.

Y si a veces no te hemos seguido con la suficiente audacia e inmediatez con que nos hubiera gustado o no nos hemos excedido en el cumplimiento de nuestras obligaciones y en la exigencia de los derechos única y exclusivamente por servirte, perdónanos, Señor. Para Ti todo honor y toda gloria.

Tú diriges los acontecimientos a tu modo, a veces con instrumentos ineptos. Dime por dónde tengo que seguirte y ser feliz. Y que Pedro y Juan y los demás te sean fieles: “que cada caminante siga su camino”.

jueves, 20 de mayo de 2010

SÉPTIMA SEMANA DE PASCUA

VIERNES
SAN JUAN 21, 15-19




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Cuando acabaron de comer, le dijo Jesús a Simón Pedro:
—Simón, hijo de Juan, ¿me amas más que éstos?
Le respondió:
—Sí, Señor, tú sabes que te amo.
Le dijo:
—Apacienta mis corderos.
Volvió a preguntarle por segunda vez:
—Simón, hijo de Juan, ¿me amas?
Le respondió:
—Sí, Señor, tú sabes que te amo.
Le dijo:
—Pastorea mis ovejas.
Le preguntó por tercera vez:
—Simón, hijo de Juan, ¿me quieres?
Pedro se entristeció porque le preguntó por tercera vez: ¿Me quieres? y le respondió:
—Señor, tú lo sabes todo. Tú sabes que te quiero.
Le dijo Jesús:
—Apacienta mis ovejas. En verdad, en verdad te digo: cuando eras más joven te ceñías tú mismo e ibas a donde querías; pero cuando envejezcas extenderás tus manos y otro te ceñirá y llevará a donde no quieras —esto lo dijo indicando con qué muerte había de glorificar a Dios.
Y dicho esto, añadió:
—Sígueme.

Señor, te apareciste a tus discípulos y comiste con ellos. Al término de la comida preguntaste a Simón Pedro si te amaba más que los demás; él te dijo que Tú ya sabías que te quería; le dijiste que apacentase tus corderos.

De nuevo volviste a formularle la misma pregunta, y él volvió a ofrecerte la misma respuesta; y Tú le dijiste que pastoreara tus ovejas; una tercera vez le preguntaste a Pedro si te quería, y esta vez Pedro respondió que Tú lo sabías todo, que Tú sabías que te quería, y ahora Tú le dijiste que apacentase tus ovejas. Le nombraste cabeza del grupo.

Hermosa escena evangélica. Relato vivo del cumplimiento de una promesa. Hecho fundamental para los cristianos de entonces y para los cristianos de ahora.

Leo en nota a este texto: “En contraste con las negaciones de Pedro durante la pasión, Jesús como el Buen Pastor que cura a la oveja herida, confiere a Pedro el primado que antes le había prometido. “Jesús ha confiado a Pedro una autoridad específica: “A ti te daré las llaves del reino de los Cielos; y lo que ates en la tierra quedará atado en los cielos, y lo que desates en la tierra quedará desatado en los cielos” (Mt. 16, 19).

El poder de las llaves designa la autoridad para gobernar la casa de Dios, que es la Iglesia. Jesús, “el Buen Pastor” (Jn 10, 11) confirmó este encargo después de su resurrección: “Apacienta mis ovejas” (Jn 21, 15-17).

El poder de “atar y desatar” significa la autoridad para absolver los pecados, pronunciar sentencias doctrinales y tomar decisiones disciplinares en la Iglesia. Jesús confió esta autoridad a la Iglesia por el ministerio de los Apóstoles y particularmente por el de Pedro, el único a quien Él confió explícitamente las llaves del Reino” .

miércoles, 19 de mayo de 2010

SÉPTIMA SEMANA DE PASCUA

JUEVES
SAN JUAN 17, 20-26 

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»No ruego sólo por éstos, sino por los que han de creer en mí por su palabra: que todos sean uno; como Tú, Padre, en mí y yo en Ti, que así ellos estén en nosotros, para que el mundo crea que Tú me has enviado. Yo les he dado la gloria que Tú me diste, para que sean uno como nosotros somos uno. Yo en ellos y Tú en mí, para que sean consumados en la unidad, y conozca el mundo que Tú me has enviado y los has amado como me amaste a mí. Padre, quiero que donde yo estoy también estén conmigo los que Tú me has confiado, para que vean mi gloria, la que me has dado porque me amaste antes de la creación del mundo. Padre justo, el mundo no te conoció; pero yo te conocí, y éstos han conocido que Tú me enviaste. Les he dado a conocer tu nombre y lo daré a conocer, para que el amor con que Tú me amaste esté en ellos y yo en ellos.

Me agrada, Señor, contemplarte de nuevo en oración, en actitud de súplica confiada hacia tu Padre, pidiendo por “los tuyos”, por aquellos hombres sencillos y generosos a quienes habías llamado a que te siguieran y a quienes habías enseñado tantas cosas a lo largo de casi tres años.

Pero no rezaste sólo por ellos, “sino también por los que creerían en Ti por la palabra de tus apóstoles” que más tarde, llevarían tu mensaje a otros pueblos. Pedías por todos los hombres, porque por todos habías venido a la tierra, a todos amabas y por todos ibas a dar la vida.

En esta parte de tu oración sacerdotal, Señor, pedías por tus discípulos, por la unidad entre todos los que iban a creer en Ti a lo largo de los siglos. Era la petición por tu Iglesia, que debería ser una, como el Padre y Tú, sois uno. La unidad —lo sabías muy bien— iba a ser la garantía de la primera cristiandad, la señal de su doctrina, el rasgo de su testimonio, la nota de tu Iglesia.

“Jesucristo quiere que (...) su pueblo —nos recuerda el Concilio Vaticano II— crezca y lleve a la perfección su comunión en la unidad: en la confesión de una sola fe, en la celebración común del culto divino y en la concordia fraterna de la familia de Dios (...). El modelo y principio supremo de este misterio (de la unidad de la Iglesia) es la unidad de un solo Dios Padre e Hijo en el Espíritu Santo, en la Trinidad de personas”. Siguiendo el ejemplo de Cristo, el mismo Concilio ha recomendado insistentemente la oración por la unidad de los cristianos, definiéndola como el “alma de todo movimiento ecuménico” .

martes, 18 de mayo de 2010

SÉPTIMA SEMANA DE PASCUA

MIÉRCOLES
SAN JUAN 17, 11B-19

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Padre Santo guarda en tu nombre a aquellos que me has dado, para que sean uno como nosotros. Cuando estaba con ellos yo los guardaba en tu nombre. He guardado a los que me diste y ninguno de ellos se ha perdido, excepto el hijo de la perdición, para que se cumpliera la Escritura. Pero ahora voy a Ti y digo estas cosas en el mundo, para que tengan mi alegría completa en sí mismos. »Yo les he dado tu palabra, y el mundo los ha odiado porque no son del mundo, lo mismo que yo no soy del mundo. No pido que los saques del mundo, sino que los guardes del Maligno. No son del mundo lo mismo que yo no soy del mundo. Santifícalos en la verdad: tu palabra es la verdad. Lo mismo que Tú me enviaste al mundo, así los he enviado yo al mundo. Por ellos yo me santifico, para que también ellos sean santificados en la verdad.

Señor, Tú también orabas. Esta vez, levantando los ojos al cielo, dijiste: “guarda en tu nombre a los que me has dado, que sean uno como nosotros”. Esta era la ambición de tus discípulos, saberse junto a Ti y estar unidos entre sí. Y, a buen seguro, que Tú, Cristo mío, les hablaste de estos dos temas varias veces: “os protegeré”; “permaneced en la unidad”. Y San Juan en este hermoso capítulo lo elabora.

Era como un recuerdo: cuando Tú estabas con ellos, los guardabas, los custodiabas, los protegías. Y ninguno se perdió, solamente el hijo de la perdición, para que se cumpliera la Escritura.

Sabías que ibas al Padre, y querías dejar a “los tuyos” las cosas claras; deseabas que estuvieran alegres y felices. San Juan insiste una y otra vez en que Tú estabas empeñado en cumplir la voluntad del Padre y que les amabas con locura. Lo necesitaban tus discípulos y también nosotros.

Hablaste del mundo, y que ellos no eran del mundo, y que Tú tampoco lo eras; pediste a tu Padre que no los retirara del mundo, sino que los guardases del mal; y otra vez: que no eran del mundo, y que tú tampoco lo eras. Y rogaste para que tu Padre los santificara en la verdad, en tu palabra.

El Padre te envió al mundo —a la tierra—, y Tú los enviaste a la tierra —al mundo—. Y otra vez les dijiste: por ellos me entrego, por ellos doy la vida. Para que ellos también se entreguen y den la vida.

lunes, 17 de mayo de 2010

SÉPTIMA SEMANA DE PASCUA

MARTES
SAN JUAN 17, 1-11

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Jesús, después de pronunciar estas palabras, elevó sus ojos al cielo y dijo:
—Padre, ha llegado la hora. Glorifica a tu Hijo para que tu Hijo te glorifique; ya que le diste potestad sobre toda carne, que él dé vida eterna a todos los que Tú le has dado. Ésta es la vida eterna: que te conozcan a Ti, el único Dios verdadero y a Jesucristo a quien Tú has enviado. Yo te he glorificado en la tierra: he terminado la obra que Tú me has encomendado que hiciera. Ahora, Padre, glorifícame Tú a tu lado con la gloria que tuve junto a Ti antes de que el mundo existiera.
»He manifestado tu nombre a los que me diste del mundo. Tuyos eran, tu me los confiaste y ellos han guardado tu palabra. Ahora han conocido que todo lo que me has dado proviene de Ti, porque las palabras que me diste se las he dado, y ellos las han recibido y han conocido verdaderamente que yo salí de Ti, y han creído que Tú me enviaste. Yo ruego por ellos; no ruego por el mundo sino por los que me has dado, porque son tuyos. Todo lo mío es tuyo, y lo tuyo mío, y he sido glorificado en ellos.
»Ya no estoy en el mundo, pero ellos están en el mundo y yo voy a Ti. Padre Santo guarda en tu nombre a aquellos que me has dado, para que sean uno como nosotros

Llegó la hora. Así nos lo dejaste dicho: Padre ha llegado la hora. Y pediste al Padre que te glorificara y que Tú glorificaras al Padre y que la vida eterna llegara a los que habías elegido. Así, a primera vista, “la hora” era irremediable, aunque era para bien: era la hora de las bendiciones, de la verdad, de la promesa.

Explicarías después qué es la vida eterna: la vida eterna es conocer a Dios Padre, conocerte a Ti, Dios Hijo, conocer a Dios Espíritu Santo. Y para conocer estas cosas necesitamos tu ayuda, “sin Ti nada, Señor”. Una vez más la pregunta: ¿por qué unos te conocen y otros no? ¿no nos ayudas a todos, Señor? Y si es así, ¿por qué no aceptamos tus palabras?, ¿por qué no te aceptamos a Ti?, ¿por qué no queremos conocerte?

Luego dirías: todo está llegando a su fin. “He coronado la obra que me encomendaste”. Ahora, llegará el premio de la gloria. Y he hablado de Ti, Padre, a los que me diste; han guardado tu palabra; han conocido que todo lo que tengo es recibido de Ti; han recibido mis palabras que eran tuyas; han creído que yo salí de Ti. Por eso, ahora te ruego por ellos, no ruego por el mundo, sino por estos.

La emoción era creciente: “Sí, todo lo mío es tuyo y lo tuyo mío y en ellos he sido glorificado. Ya no voy a estar aquí, en el mundo, pero ellos sí están en el mundo, mientras que yo voy a Ti”. Emoción: era la hora de la despedida, de la muerte, de la crucifixión y, a la vez, la hora del conocimiento, de la promesa, de la resurrección.

domingo, 16 de mayo de 2010

SÉPTIMA SEMANA DE PASCUA

LUNES
SAN JUAN 16, 29-33

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Le dicen sus discípulos:
—Ahora sí que hablas con claridad y no usas ninguna comparación; ahora vemos que lo sabes todo, y no necesitas que nadie te pregunte; por eso creemos que has salido de Dios.
—¿Ahora creéis? —les dijo Jesús—. Mirad que llega la hora, y ya llegó, en que os dispersaréis cada uno por su lado, y me dejaréis solo, aunque no estoy solo porque el Padre está conmigo. Os he dicho esto para que tengáis paz en mí. En el mundo tendréis sufrimientos, pero confiad: yo he vencido al mundo.

Te dijeron tus discípulos: “Ahora sí que hablas claro y no usas comparaciones. Ahora vemos que lo sabes todo y no necesitas que te pregunten; por ello creemos que saliste de Dios”. ¡Qué misterio, Señor! Tanto tiempo contigo y hasta ahora no se percataron de que lo sabías todo. Ahora creen que saliste del Padre, porque ven, comprueban, experimentan.

¿Ahora creéis? Y les anunciaste que estaba cerca la hora de la dispersión, del abandono, de la traición, de la infidelidad. Era como decirles, ahora que lo entendéis todo, que os parece que creéis en Mí, que me seguís de verdad, ahora me vais a dejar solo. Pero para eso he venido.

En realidad, “no estoy solo, porque está conmigo el Padre”. Y si está el Padre, está el Espíritu Santo; es decir, Tú, Señor, nunca estás solo, pero sí abandonado; abandonado de “los tuyos” y del Padre: Dios mío, Dios mío ¿por qué me has abandonado?

“Os he hablado de esto para que encontréis la paz en Mí. En el mundo tendréis luchas; pero tened valor: Yo he vencido al mundo”. He aquí, pues, la lección: la paz está en Ti, Señor, en Ti tendremos que buscarla.

Tus discípulos, Señor, te entendieron, te siguieron, dieron la vida por Ti.

sábado, 15 de mayo de 2010

CONCUSIÓN DEL
SANTO EVANGELIO SEGÚN
SAN LUCAS 24, 46-53


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En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos:
— «Así estaba escrito: el Mesías padecerá, resucitará de entre los muertos al tercer día y en su nombre se predicará la conversión y el perdón de los pecados a todos los pueblos, comenzando por Jerusalén. Vosotros sois testigos de esto. Yo os enviaré lo que mi Padre ha prometido; vosotros quedaos en la ciudad, hasta que os revistáis de la fuerza de lo alto.» Después los sacó hacia Betania y, levantando las manos, los bendijo. Y mientras los bendecía se separó de ellos, subiendo hacia el cielo. Ellos se postraron ante él y se volvieron a Jerusalén con gran alegría; y estaban siempre en el templo bendiciendo a Dios.

“Ellos volvieron a Jerusalén con gran alegría; y estaban siempre en el templo bendiciendo a Dios... ”Con estas palabras finaliza el pasaje evangélico que conmemora el día de la Ascensión del Señor.

Era cierto que ya no podrían estar con Jesús como antes, oír su voz entrañable, disfrutar de su compañía. Pero no importaba. Jesús había sido glorificado, había subido a los cielos como triunfante vencedor. Por eso, los apóstoles “vivían alegres y bendecían a Dios”.

Los sufrimientos de la Pasión habían sido superados, los horrores de la cruz estaban ya lejos. Todo aquello ahora servía para estímulo y ánimo; para prepararse a sobrellevar los momentos difíciles que también ellos les llegarían y tendrían que superar.

Además, Jesús que les había prometido que volvería otra vez, con todo el esplendor de su majestad divina, rodeado de ángeles sobre las nubes del cielo, les confió la misión de ser sus testigos en todos los rincones de la tierra, durante todo el tiempo que dure la historia de los hombres; tenían que recoger la antorcha de manos de Cristo, alumbrar a los pueblos de su tiempo, y pasar después esa misma antorcha a otros hombres.

Y en efecto, tal como el Señor dispuso, así lo hicieron ellos. Con su palabra, y sobre todo con su vida misma, dieron testimonio de Jesucristo, encendieron el mundo frío de su época y prendieron el fuego que Jesús trajo para incendiar la tierra y el tiempo, la Historia entera.

Misión que sigue abierta para todos nosotros, seguidores de Cristo. También nosotros podemos y debemos, con nuestra vida, con nuestras palabras, anunciar el Evangelio.

Celebramos hoy la Jornada Mundial de las Comunicaciones Sociales, este año con el tema: “las nuevas tecnologías al servicio de la Palabra. El sacerdote y el mundo digital”.

Nos pide el Romano Pontífice, Benedicto XVI y nos piden los Obispos de España, en sus respectivos mensajes, de una manera especial a los sacerdotes y también a todos los fieles, que procuremos profundizar en este tema.

En sus mensajes nos advierten que “no bastan consideraciones teóricas sobre los medios de comunicación social”, sino que se requiere, sobre todo, un mayor esfuerzo práctico en proyectos y realizaciones para anunciar el Evangelio; esfuerzo que exigen una adecuada formación en los sacerdotes y la realización de una auténtica evangelización.

Para ello, piden los obispos: aceptación del evangelio, generosa aportación económica y oración constante de por parte de todos los fieles. Así sea.

viernes, 14 de mayo de 2010

SEXTA SEMANA DE PASCUA

SÁBADO
SAN JUAN 16, 23-28

CON UN SOLO CLIC: http://www.losclaustros.com/

Ese día no me preguntaréis nada. En verdad, en verdad os digo: si algo pedís al Padre en mi nombre, os lo concederá. Hasta hora no habéis pedido nada en mi nombre; pedid y recibiréis, para que vuestra alegría sea completa. »Os he dicho todo esto con comparaciones. Llega la hora en que ya no hablaré por comparaciones, sino que claramente os anunciaré las cosas acerca del Padre. Ese día pediréis en mi nombre, y no os digo que yo rogaré al Padre por vosotros, ya que el Padre mismo os ama, porque vosotros me habéis amado y habéis creído que yo salí de Dios. Salí del Padre y vine al mundo; de nuevo dejo el mundo y voy al Padre.

Pedir al Padre en tu nombre, será la oración de tus discípulos. También lo fue de la primitiva cristiandad, será la tarea de los hombres de todos los tiempos. Ese día pediréis en mi nombre, y no os digo que yo rogaré al Padre por vosotros, ya que el Padre mismo os ama, porque vosotros me habéis amado y habéis creído que Yo salí de Dios.

Nos lo habías ofrecido: En verdad, en verdad os digo: si le pedís al Padre algo en mi nombre, os lo concederá. Pedir en tu nombre será garantía de conseguir lo que se pide; pedir en tu nombre es el camino más corto pata llegar al manantial; pedir en tu nombre será aceptar el modo más eficaz de obtener lo deseado.

Hasta ahora no habíamos pedido nada en tu nombre. Ahora si lo hacemos. Pedimos en tu nombre y en tu nombre recibimos; pedimos en tu nombre y en tu nombre nuestra alegría es completa. Y lo haremos siempre porque siempre queremos fiarnos de tus palabras.

“Tras la resurrección el Señor hablará con claridad a los Apóstoles. Y estos penetrarán en el misterio de su pasión y en la inmensidad del amor de Dios al enviar a su Hijo al mundo. La firmeza de la fe de los discípulos se apoya en la convicción de que el Señor conoce todos los corazones y todas las cosas, y en la victoria de Jesucristo” .

Después de veinte siglos, tus palabras conservan su misma validez y su mismo sentido. Después de veinte siglos, tus recomendaciones siguen siendo tan claras y tan directas como cuando las pronunciaste.

Ojalá sepamos aceptarlas y vivirlas siempre.

jueves, 13 de mayo de 2010

SEXTA SEMANA DE PASCUA

VIERNES
SAN JUAN 16, 20-23

CON UN SOLO CLIC: http://www.es.josemariaescriva.info/

En verdad, en verdad os digo que lloraréis y os lamentaréis, en cambio el mundo se alegrará; vosotros estaréis tristes, pero vuestra tristeza se convertirá en alegría. La mujer, cuando va a dar a luz, está triste porque ha llegado su hora, pero una vez que ha dado a luz un niño, ya no se acuerda del sufrimiento por la alegría que ha nacido un hombre en el mundo. Así pues, también vosotros ahora os entristecéis, pero os volveré a ver y se os alegrará el corazón, y nadie os quitará vuestra alegría. Ese día no me preguntaréis nada. En verdad, en verdad os digo: si le pedís al Padre algo en mi nombre, os lo concederá.

Tus palabras, Señor, en ocasiones eran percibidas por los oídos de tus oyentes con cierto temor y temblor. No porque fueran difíciles para su comprensión sino por los sufrimientos y los sacrificios que se derivarían de ellas.

Hablabas claro. Dijiste que tendríamos que llorar; que tendríamos que lamentarnos, que tendríamos que sufrir. Recordaste que el mundo se alegraría, disfrutaría, lo pasaría bien. Y tus seguidores estarían tristes, viviendo entre dificultades, aunque, también anunciabas que la tristeza se convertiría más tarde en alegría.

Y para que tus oyentes entendieran mejor tu mensaje, acudiste a un hecho de la vida de cada día: El nacimiento de un niño. La ma-dre antes de nacer el hijo sufre, se angustia, lo pasa mal. Pero cuando el pequeño descansa entre sus brazos —lo mira y lo con-templa embobada— se olvida de los sufrimientos pasados, sólo vi-ve para su pequeño.

Así —dijiste— os ocurrirá a vosotros. Ahora —en esta vida, difícil, costosa, embrollada—, os entristeceréis. Pero cuando Yo os vuelva a ver se os alegrará el corazón. Y entonces, nadie os quitará vuestra alegría. Seréis felices, el Padre os concederá todo lo que le pidáis.

Señor, sí te escuchamos cuando nos dijiste: bienaventurados los pobres, los que lloran, los que tienen hambre y sed, los perseguidos, los calumniados, también ahora te queremos escuchar. Ayúdanos a ser fieles, a gastar nuestras vidas en tu servicio, a llevar detrás de Ti la cruz de cada día. Y a confiar en Ti, para que cuando Tú, Señor, vuelvas nos concedas la bienaventuranza eterna, la alegría sin fin.

miércoles, 12 de mayo de 2010

SEXTA SEMANA DE PASCUA

JUEVES
SAN JUAN 16, 16-20

CON UN SOLO CLIC:  http://www.canaldiocesis.tv/

  »Dentro de un poco ya no me veréis, y dentro de otro poco me volveréis a ver. Sus discípulos se decían unos a otros:
-¿Qué es esto que nos dice: “Dentro de un poco no me veréis y dentro de otro poco me volveréis a ver” y que “voy al Padre”?
Y decían:
-¿Qué es esto que dice: “Dentro de un poco”? No sabemos a qué se refiere.
Jesús conoció que se lo querían preguntarle y les dijo:
—Intentáis averiguar entre vosotros acerca de lo que he dicho: “Dentro de un poco no me veréis, y dentro de otro poco me volveréis a ver”. En verdad, en verdad os digo que lloraréis y os lamentaréis, en cambio el mundo se alegrará; vosotros estaréis tristes, pero vuestra tristeza se convertirá en alegría.

Anunciabas, Señor, que te ibas, pero que volverías. “No me veréis pero me volveréis a ver”. Y tus discípulos se preguntaban qué significarían aquellas palabras: “me voy al Padre, pero volveré”. No entendían aquel modo de expresarte.

Al comprender que querían preguntarte, les dijiste: estáis discutiendo el sentido de mis palabras, el significado de lo que va a ocurrir, saber qué hay detrás de todo esto. “Pues mirad: os aseguro que lloraréis y os lamentaréis vosotros mientras el mundo estará alegre; Vosotros estaréis tristes, pero vuestra tristeza se convertirá en alegría”.

“Los Apóstoles no podían entender lo que Jesús anunciaba. Al manifestar que después de las tribulaciones tendrán un gozo cumplido que no perderán jamás, se refiere ante todo a la alegría de la resurrección, pero también al encuentro definitivo con Jesús en el Cielo” .

Mientras caminamos por esta vida existen llamadas que pueden distraernos de lo fundamental; promesas humanas que pueden dificultarnos el camino del cielo; mas con tu ayuda, Señor, ni las dificultades, ni las promesas nos apartarán de tu senda; y si somos fieles conseguiremos la patria definitiva.

Que el Espíritu Santo ayude a todos, a los que caminan a trancas y barrancas, a los que permanecen alegres y dichosos, a los que avanzan tristes y decaídos.

Que Santa María, tu Madre y la nuestra, nos acompañe siempre.

martes, 11 de mayo de 2010

SEXTA SEMANA DE PASCUA

MIÉRCOLES
SAN JUAN 16, 12-15

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»Todavía tengo que deciros muchas cosas, pero no podéis sobrellevarlas ahora. Cuando venga Aquél, el Espíritu de la verdad, os guiará hacia toda la verdad, pues no hablará por sí mismo, sino que dirá todo lo que oiga y os anunciará lo que ha de venir. Él me glorificará porque recibirá de lo mío y os lo anunciará. Todo lo que tiene el Padre es mío. Por esto dije que recibe de lo mío y os lo anunciará.

¡Cuántas cosas hubieras querido explicarnos! Pero sabías que “nuestras espaldas” no eran tan fuertes como para poder cargar con todo. Era necesario robustecer nuestras fuerzas, crecer en santidad, para entender tus exigencias. Y eso, lo haría el Espíritu Santo que Tú, Señor, nos enviarías más tarde.

Y, en efecto, cuando llegó el Espíritu Santo, el Espíritu de verdad, Él “nos guió hasta la verdad plena”. Así estaba previsto desde la eternidad: Dios Padre, Dios Hijo, Dios Espíritu Santo.

“El hablará de lo que oye y os comunicará lo que está por venir. Él me glorificará y os irá comunicando lo que de Mí ha recibido. Todo lo que tiene el Padre es mío. Tomará de lo mío y os lo anunciará a vosotros”. Mas los tuyos no se dieron cuenta por dónde ibas; qué querías decirnos con aquellas palabras.

Y los discípulos, aturdidos, nada te preguntaron. Siempre lo he pensado: tus palabras, además de trasmitir mensaje, llevaban fuerza interior, de suerte que hacen inteligible lo arduo, fácil lo difícil, y atractivo lo costoso.

Señor, envía tu Espíritu para que nos enseñe muchas cosas. Cosas de ayer, de hoy y de mañana; cosas de importancia y de menos interés. Cosas de la vida y de la muerte; cosas humanas y cosas divinas. ¡Que tu enviado, Señor, nos lo enseñe todo!

lunes, 10 de mayo de 2010

SEXTA SEMANA DE PASCUA

MARTES
SAN JUAN 16, 5-11

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Ahora voy a quien me envió y ninguno de vosotros me pregunta: “Adónde vas? Pero porque os he dicho esto, vuestro corazón se ha llenado de tristeza; pero yo os digo la verdad: os conviene que me vaya, pues si no me voy, el Paráclito no vendrá a vosotros. En cambio, si yo me voy os lo enviaré. Y cuando venga Él, acusará al mundo de pecado, de justicia y de juicio: de pecado, porque no creen en mí; de justicia, porque me voy al Padre y ya no me veréis; de juicio, porque el príncipe de este mundo ya está juzgado.

Señor, un día, llegaste a nuestra tierra. Fue allí, en Belén, entre cánticos de ángeles y visitas de pastores. En la pobreza más absolu-ta y en la grandeza más sublime. Después, muy pronto, Señor, llegaron para Ti las persecuciones, y llegó la huida a Egipto, y la vuelta a Nazaret. Y se hizo realidad tu vida oculta entre tus paisanos, y se hizo visible tu trabajo y la amable compañía de José y María. Luego empezó la vida pública, llena de actividad y sobresaltos.

Ahora te vas a quien te envió, al Padre, y “ninguno Te pregun-ta”: ¿Adónde vas? Y por el tenor del texto, te muestras extrañado.

“Porque os he dicho esto, vuestro corazón se ha llenado de tristeza”. E insististe con una nueva razón, “os conviene que me vaya, porque si no me voy, el Paráclito no vendrá a vosotros. En cambio, si Yo me voy, os lo enviaré”. Te ibas, pero nos mandarías el Espíri-tu Santo. Y nos dijiste, Señor, que “cuando venga Él, acusará al mundo de pecado, de justicia y de juicio:

De pecado, porque no creen en Ti; de justicia, porque te vas al Padre y ya no te verán; de juicio, porque el príncipe de este mundo ya está juzgado.

domingo, 9 de mayo de 2010

SEXTA SEMANA DE PASCUA

LUNES
SAN JUAN 15, 26-16, 4

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»Cuando venga el Paráclito que yo os enviaré de parte del Padre, el Espíritu de la verdad que procede del Padre, Él dará testimonio de mí. También vosotros daréis testimonio, porque desde el principio estáis conmigo. »Os he dicho todo esto para que no os escandalicéis. Os expulsarán de las Sinagogas; aún más, llega la hora en que todo el que os dé muerte pensará que hace un servicio a Dios. Y esto os lo harán porque no han conocido a mi Padre, ni a mí. Pero os he dicho estas cosas para que cuando llegue la hora os acordéis de que ya os las había anunciado. No os las dije al principio porque estaba con vosotros.

Cuando lleguen los días en los que parezca que se desdibuja la obra por mi iniciada, no temáis; cuando el andamiaje de mi predicación y mi doctrina parezca que se tambalea, no tengáis miedo. Yo os enviaré el Paráclito y cuando venga, Él dará testimonio de Mí.

Recordad que os lo anuncié antes de que ocurriera; que os avisé con tiempo; que os hablé claro para que cuando sucediera no os escandalizarais. Porque llegarán días difíciles, horas amargas, situaciones penosas. Pero Yo estaré con vosotros.

Os expulsarán de la Sinagogas, os condenarán a muerte por mi nombre, incluso pensando los que lo promueven, que hacen un ser-vicio a Dios. Mas entonces, no tengáis miedo, el Espíritu estará con vosotros.

Todo eso lo realizarán porque no han conocido a mi Padre, ni han conocido al Espíritu Santo, ni me han conocido a Mí. Más vosotros confiad en mi Padre, confiad en el Espíritu Santo, confiad en Mí. Todo será para bien de los que me aman.

Os lo digo ahora, ahora que todavía hay tiempo, para que cuando ocurra os acordéis que os lo había anunciado. Mientras estuve con vosotros, a vuestro lado, no hizo falta advertir estas cosas. Ahora que estoy a punto de ser ajusticiado, condenado y muerto, os lo digo. Pero no temáis, Yo he vencido al mundo”.

Gracias, Señor, por tan hermosas advertencias; gracias por habernos abierto con tal claridad el camino de los hechos futuros; gracias por tus palabras de siempre, por tu predicación, por tu doctrina. Que tu Madre, Señor, nos guíe por la senda de la verdad, hasta llegar a tu Reino “en la hora” fijada por Ti.

sábado, 8 de mayo de 2010

VI D. DE PASCUA

Según San Juan 14,23-29.


CON UN SOLO CLIC: http://www.es.catholic.net/

En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos: El que me ama guardará mi palabra y mi Padre lo amará, y vendremos a él y haremos morada en él. El que no me ama no guardará mis palabras. Y la palabra que estáis oyendo no es mía, sino del Padre que me envió. Os he hablado ahora que estoy a vuestro lado; pero el Paráclito, el Espíritu Santo, que enviará el Padre en mi nombre, será quien os lo enseñe todo y os vaya recordando todo lo que os he dicho. La Paz os dejo, mi Paz os doy: No os la doy como la da el mundo. Que no tiemble vuestro corazón ni se acobarde. Me habéis oído decir: «Me voy y vuelvo a vuestro lado.» Si me amarais os alegraríais de que vaya al Padre, porque el Padre es más que yo. Os lo he dicho ahora, antes de que suceda, para que cuando suceda, sigáis creyendo.


El Señor habla, según se recoge en el Evangelio que acabamos de proclamar, en la noche de la última Cena, del amor a Dios.

El amor de que habla Jesús es algo más, mucho más, que un mero sentimiento, que un deseo ardiente. Está identificado con la fidelidad, con el cumplimiento delicado y constante de la voluntad de la persona amada.

Eso es lo que el Maestro nos enseña, cuando dice:: El que me ama guardará mi palabra. Y por si acaso no lo hemos entendido añade: El que no me ama, no guardará mis palabras.

Examinemos nuestra conducta y veamos si de verdad amamos al Señor. Y en caso contrario, tratemos de rectificar.

Y en aquellos momentos de despedida, última Cena, cuando el Señor se da cuenta de cómo la tristeza se va apoderando del corazón de sus discípulos, trata de consolarlos con- la promesa del Espíritu Santo, el Paráclito, el Consolador del alma, que vendrá después de que él se vaya, llenándoles de fuego y de luz, de fuerzas y de coraje para emprender la ingente tarea que les aguardaba.

Él será quien los acompañe entonces en las hondas soledades, que luego vendrían; quien les hablaría en las largas horas de las persecuciones y tormentos.

Y además les dice Jesús: La paz os dejo, mi paz os doy. No os la doy como la da el mundo.

La del mundo es una paz hecha de mentiras y connivencias cobardes, de consensos y cesiones mutuas. Es una paz frágil que intranquiliza más que sosiega.

La paz de Cristo, en cambio, es recia y profunda, duradera y gozosa. Por eso, dice a continuación: No tiemble vuestro corazón ni se acobarde.

No, la cobardía no es posible para quien cree en Dios, para quien está persuadido de su poder y sabiduría. El miedo es propio de quien se sabe perdido, pero no de quien se sabe salvado.

Que tiemblen los que están alejados de Dios, los que no tienen la seguridad de la esperanza, ni la fortaleza de la fe, ni tampoco el gozo del amor. Esos sí tienen razón para temblar y acobardarse, pero un hombre que es hijo de Dios, no.

Caminemos con esta persuasión y avancemos alegres por la vida, desgranando nuestros días en un ambiente de incesante gozo pascual.

Que nada ni nadie nos turbe. Que pase lo que pase, conservemos la calma, vivamos serenos y optimistas, persuadidos de que Jesús, con su muerte y con su gloria, nos ha salvado de una vez para siempre.