miércoles, 15 de septiembre de 2010

JESUS Y MARIA MAGDALENA
VIGÉSIMA CUARTA SEMANA DEL T. O.

JUEVES
SAN LUCAS 7, 36-50

CON UN SOLO GOLPE DE CLIK http://www.vatican.va/

Uno de los fariseos le rogaba que comiera con él; y entrando en casa del fariseo se recostó a la mesa. Y entonces una mujer pecadora que había en la ciudad, al enterarse que estaba sentado en la mesa en casa del fariseo, llevó un vaso de alabastro con perfume, y por detrás se puso a sus pies llorando; y comenzó a bañarle los pies con sus lágrimas, y los enjugaba con sus cabellos, los besaba y los ungía con el perfume.
Al ver esto el fariseo que le había invitado, se decía:
—Si éste fuera profeta, sabría con certeza quién y qué clase de mujer es la que le toca: que es una pecadora.
Jesús tomó la palabra y dijo:
—Simón, tengo que decirte una cosa.
Y él contestó:
—Maestro, di.
Un prestamista tenía dos deudores: el uno le debía quinientos denarios y otro cincuenta. Como ellos no tenían con qué pagar, se lo perdonó a los dos. ¿Cuál de ellos le amará más?
Simón contestó:
—Supongo que aquel a quien perdonó más.
Entonces Jesús le dijo:
—Haz juzgado con rectitud.
Y vuelto hacia la mujer, le dijo a Simón:
—¿Ves a esta mujer? Entré en tu casa y no me diste agua para los pies. Ella en cambio ha bañado mis pies con sus lágrimas y los ha enjugado con sus cabellos. No me diste el beso. Pero ella, desde que entré no ha dejado de besar mis pies. No has ungido mi cabeza con aceite. Ella en cambio ha ungido mis pies con perfume. Por eso te digo: le son perdonados sus muchos pecados, porque ha amado mucho. Aquel a quien menos se perdona menos ama.
Entonces le dijo a ella:
—Tus pecados quedan perdonados.
Y los convidados comenzaron a decir entre sí:
—¿Quién es éste que hasta perdona los pecados?
Él le dijo a la mujer:
—Tu fe te ha salvado; vete en paz.

Todo el mundo sabía, Señor, que tenías muchos amigos. Algunos, gente sencilla y cumplidora, otros fariseos señalados. Un día uno de éstos últimos te invitó a su casa a comer con él. ¡Lo recordarás, Señor, porque lo que ocurrió en aquel banquete fue muy comentado en la ciudad! ¡Llamó mucho la atención!

Lo de aquella mujer pecadora, que entró en la sala, se puso a tus pies —pues comíais al estilo romano recostados sobre un diván— abrió un frasco con alabastro y mientras lloraba, como una “magdalena”, derramó el perfume sobre tus pies a la vez que los enjugaba con sus cabellos y los besaba con unción. La gente en aquel instante quedó de una pieza; en la sala se hizo un gran silencio, todo el mundo se extrañó del hecho.

Y aunque nadie, en aquel momento, dijo nada, sí lo pensaba. En concreto, el fariseo que te había invitado pensaba para sus “adentros” que si de verdad eras un profeta, como se decía, deberías conocer quién y qué clase de mujer era aquella que estaba allí detrás, a tus pies; todos sabían que era una pecadora.

Entones, Tú, Señor, quizás puesto de pie, te dirigiste al fariseo y le dijiste: Simón, ¿me escuchas? Él dijo: Sí. Entonces con enorme paz le presentaste un caso de deudores y acreedores, de perdones y de arreglos. Y al final preguntaste: ¿Qué? Simón, ¿quién amó más? Y él: a quien más se le perdonó, porque al que más se le persona más ama.

Y Tú: has juzgado con rectitud. Y, vuelto, seguiste diciendo a Simón cosas importantes. Y a ella, a la mujer, le dijiste: estás perdonada. Y los convidados comenzaron a moverse en sus asientos y a decir: ¿Quién es éste que hasta perdona los pecados? Y Tú: mirando a la mujer le dijiste: Tu fe te ha salvado; vete en paz.