miércoles, 3 de agosto de 2011

DÍA 3 DE AGOSTO DE 2011

UNA REFLEXION IMPORTANTE

Los pueblos, como las personas, envejecen, se desgastan, enferman, y al final mueren.
Dicen que la cara es el espejo del alma y muestra salud. Cuando la cara se llena de arrugas, cuando cambia de color, cuando pierde frescura, el fin terreno del hombre está cercano. Y poco después, pasa un tiempo y llega la muerte: el alma se separa del cuerpo.

Algo parecido podemos decir: El rostro de los pueblos son las casas. Cuando las casas se deterioran, cuando pierden su tesura, cuando se llenan de goteras, es un anuncio seguro del final del edificio.

Con anterioridad, en estas casas, se han realizado arreglos diversos, en más de una ocasión se han restaurado sus fachadas, y tras una pintura externa, han cobrado su nuevo aspecto. Pero al fin, llega un momento que sufren los cimientos, se deshacen las paredes se desmoronan los muros, y acaban siendo derribadas si antes no han caído ellas mismas derrumbadas.


Estas reflexiones me hacía esta tarde, cuando subiendo por la Calle Mayor Antigua, me fijaba en dos edificios que aparecen en las fotografías que arriba presento.


Una de las casas, como puede verse, está en ruinas. Hace años que murieron sus dueños y poco a poco ha ido perdiendo brillantez, hasta llegar a las condiciones externas que ahora ofrece. Aspecto que se hizo totalmente visible en el momento en que derribaron el solar contiguo, para levantar una casa de planta baja.


Los que conocimos el pueblo hace medio siglo y lo visitamos hoy, advertimos que el aspecto externo ha cambiado de forma apreciable. Nuevas casas en los mismos solares, nuevas viviendas, si, pero con aspectos distintos. No nos extraña que con frecuencia se profiera la siguiente expresión: “Ha cambiado tanto el pueblo, que no le conozco”.


Algo parecido pasa con las personas, cuando después de mucho tiempo sin verlas, te encuentras con ellas, solemos decir la misma expresión: “Estás tan desconocido que no te conozco”.


Una y otra experiencia, del ser humano y de las casas, nos hace recordar lo caducas que son nuestras vidas. Y una vez más pensamos que somos criaturas que tienen en cuanto al cuerpo los días contados. No en vano, hemos sido creados: para “servir a Dios en esta vida y después gozarle en la eterna”.


Es decir, no tenemos aquí ciudad permanente, como nos lo recuerda el prefacio de la Misa de difuntos: “La vida de los que en ti creemos, Señor, no termina, se transforma; y, al deshacerse nuestra morada terrenal, adquirimos una mansión eterna en el cielo”.


Dos fotografías, dos casas. Una reflexión importante.

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