viernes, 19 de noviembre de 2010

TRIGÉSIMA TERCERA SEMANA DEL T. O.

SÁBADO
SAN LUCAS 20, 27-40

CON SOLO GOLPE DE CLIK
http://www.youtube.com/watch?v=PrECZxizD54&p=CF649CBE9D1960F7

Se le acercaron algunos de los saduceos -que niegan la resurrección— y le preguntaron:
—Maestro, Moisés nos dejó escrito: Si muere el hermano de alguien dejando mujer, sin haber tenido hijos, su hermano la tomará por mujer y dará descendencia a su hermano. Pues bien, eran siete hermanos. El primero tomó mujer y murió sin hijos. Lo mismo el segundo. También el tercero la tomó por mujer. Los siete, de igual manera, murieron y no dejaron hijos. Entonces, en la resurrección, la mujer ¿de cuál de ellos será esposa? porque los siete la tuvieron como esposa.
Jesús les dijo:
—Los hijos de este mundo, ellas y ellos, se casan; sin embargo los que son dignos de alcanzar el otro mundo y la resurrección de los muertos, no se casan, ni ellas ni ellos. Porque ya no pueden morir otra vez, pues son iguales a los ángeles e hijos de Dios, siendo hijos de la resurrección. Que los muertos resucitarán lo mostró Moisés en el pasaje de la zarza, cuando llama al Señor Dios de Abrahán y Dios de Isaac y Dios de Jacob. Pero no es Dios de muertos, sino de vivos; todos viven para Él. Tomando la palabra, algunos escribas dijeron:
— Maestro, has respondido muy bien.
Y ya no se atrevían a hacerle más preguntas.

“Los saduceos se atenían a una interpretación literal de la “ley escrita” (el Pentateuco) y no creían en la resurrección de la carne” . Y Tú, Señor, lo sabías. Sin embargo, no rehusabas dialogar con ellos. Un día se te acercaron y te propusieron un caso concreto sobre una enseñanza de Moisés.

Y Tú, Señor, tras escuchar con paciencia —yo así me lo imagi-no— todo el relato, les expusiste algunos aspectos sobre la resurrección. Les dijiste que entonces no será necesario el matrimonio, “porque ya no podrán morir otra vez, pues son iguales a los ángeles e hijos de Dios, siendo hijos de la resurrección”; el principio de aquella vida será el mismo Dios.

Les recordaste que Dios “no es Dios de muertos, sino de vivos; todos viven para Él”. Entonces, algunos fariseos que te escuchaban atentamente —hay que recordar que los fariseos aceptaban la resu-rrección de la carne tal como venía expuesta en algunos textos de la Escritura— dijeron: “Maestro, has respondido muy bien”.

A lo que Tú, Señor, no dijiste nada, callaste. Quizás, desde el fondo de tu corazón les miraste a unos y a otros y rezaste por ellos. En cualquier caso, anota el evangelista, “ya no se atrevían a hacerte más preguntas”.

Permíteme a mí, Señor, ahora, hacer una pregunta: ¿Para el hombre esta consumación será la realización final de la unidad del género humano querida por Dios desde la creación? Sí, responde el Catecismo de la Iglesia y añade: “la visión beatífica, en la que Dios se manifestará de modo inagotable a los elegidos, será la fuente inmensa de felicidad, de paz y de comunión mutua” .

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