martes, 23 de febrero de 2010


Primera Semana de Cuaresma
MIËRCOLES
San Lucas 11, 29-32

Habiéndose reunido una gran muchedumbre, comenzó a decir:
—Esta generación es una generación perversa; busca una señal y no se le dará otra señal que la de Jonás. Porque, así como Jonás fue señal para los habitantes de Nínive, del mismo modo lo será también el Hijo del Hombre para esta generación. La reina del Sur se levantará en el juicio contra los hombres de esta generación y los condenará: porque vino de los confines de la tierra para oír la sabiduría de Salomón, y daos cuenta de que aquí hay algo más que Salomón. Los hombres de Nínive se levantarán en el Juicio contra esta generación y la condenarán: porque ellos se convirtieron ante la predicación de Jonás, y daos cuenta de que aquí hay más que Jonás.

La gente se arremolinaba junto a Ti, Señor. Allí estaban todos unidos, como una piña. Deseaban oír tus palabras. Acaso también esperaban ser curados de sus enfermedades; o, tal vez, pretendían recibir algún favor de tus manos. Allí se hallaban todos, ansiosos de recibir la ayuda corporal y el alimento espiritual.

Entonces Tú, Señor, dijiste: Esta generación es una generación perversa. Aunque no te referías a aquellos que te seguían, sino a la élite, a los escribas y fariseos. ¡Qué jarro de agua, Señor!
Esta generación —seguiste— pide un signo, una señal. Pues bien, se le dará una señal: Como Jonás fue un signo para los habitantes de Nínive, lo mismo será el Hijo del hombre para esta generación. Tú ibas a ser la señal. Y en efecto, lo fuiste, con tu muerte y resurrección: igual que Jonás estuvo oculto en la ballena, Tú estuviste oculto en la tierra y como Jonás antes de morir te dedicaste un tiempo a la predicación y a la penitencia.

Y comparaste también aquella generación con la generación del tiempo de la reina del Sur, con los hombres de Nínive; y preferiste aquellos hombres de entonces a éstos hombres de hoy, porque aquellos escucharon a Salomón y a Jonás, y éstos a Ti no te escucharon; y eso que Tú, Señor, eres más que los dos y más que todos juntos.

Abro mi corazón y te presento mis viejas inquietudes: ¿Por qué, Señor, nos resistimos a acoger tu Palabra, tu gracia, tu persona? ¿Por qué pretendemos ver con los ojos del cuerpo y prescindimos de los ojos del espíritu? ¿Por qué somos así, Señor? ¿Por qué?
Señor, ayúdanos a reconocerte en este gran signo: el signo de tu misericordia, el signo de tu entrega, de tu amor.

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