martes, 7 de septiembre de 2010

SERMÓN DE LAS BIENAVENTURANZAS
VIGÉSIMA TERCERA SEMANA DEL T. O.

MIERCOLES
SAN LUCAS 6 , 20-26

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Y él, alzando los ojos hacia sus discípulos, comenzó a decir:
—Bienaventurados los pobres, porque vuestro es el Reino de Dios.
»Bienaventurados los que ahora tenéis hambre, porque quedaréis saciados.
»Bienaventurados los que ahora lloráis, porque reiréis.
»Bienaventurados seréis cuando los hombres os odien, cuando os expulsen, os injurien y proscriban vuestro nombre como maldito, por causa del Hijo del Hombre. Alegraos en aquel día y regocijaos, porque vuestra recompensa será grande en el cielo; pues de este modo se comportaban sus padres con los profetas.
»Pero ¡ay de vosotros los ricos, porque ya habéis recibido vuestro consuelo!
»¡Ay de vosotros los que ahora estáis hartos, porque tendréis hambre!
»¡Ay de vosotros los que ahora reís, porque gemiréis y lloraréis!
»¡Ay cuando los hombres hablen bien de vosotros, pues de este modo se comportaban sus padres con los falsos profetas!

Entre tus discípulos elegiste a doce. Y les nominaste Apóstoles, enviados. Eran pescadores, recaudadores, hombres sencillos. Cada uno con su nombre y con sus cualidades. Habías realizado en aquellos días muchas curaciones. La gente te seguía entusiasmada. “la multitud intentaba tocarte, porque de Ti, Señor, salía una fuerza que sanaba a todos”.

En este ambiente lleno de gozo, de entusiasmo, alzando los ojos hacia tus discípulos comenzaste a decir. bienaventurados los pobres y los que ahora tienen hambre, bienaventurados los que lloran; bienaventurados, los que sufren persecución, son expulsados, injuriados, proscritos. Bienaventurados ellos. Su recompensa será grande en el reino de los cielos.

Tras tus palabras: silencio. Tus discípulos se quedaron tensos los rostros, con los ojos abiertos, gozo en sus almas, esperando alguna explicación posterior. Tú, Señor, también callaste. Con tu mirada divina verías en lontananza las mil y una peripecias —sufrimientos y dolores— que tendrían que sufrir aquellos doce y tantos otros.

Al rato —no sé cuánto tiempo después— tomaste de nuevo la palabra y dijiste: pero ¡ay de los ricos, de los hartos, de los que rí-en, de los que están envueltos entre aplausos y parabienes!, ¡ay de ellos! ¡Con qué fuerza pronunciaste aquellos ayes! ¡Eran ayes de espera, de amor, de misericordia!

“La bienaventuranza prometida —dice el Catecismo de la Igle-sia Católica— nos coloca ante opciones morales decisivas. Nos in-vita a purificar nuestro corazón de sus malvados instintos y a buscar el amor de Dios por encima de todo. Nos enseña que la verdadera dicha no reside ni en la riqueza o en el bienestar, ni en la gloria humana o el poder, ni en ninguna obra humana, por útil que sea, como las ciencias, las técnicas y las artes, ni en ninguna criatura, sino sólo en Dios, fuente de todo bien y de todo amor” .

Señor, mírame con compasión y ayúdame. Y después, que yo mire tu rostro y siga tus pisadas. Y te ame. Sólo así seré bienaventurado, dichoso, feliz, para siempre.

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