jueves, 4 de julio de 2013

SENCILLAS VIVENCIAS


VÍSPERA DE MI PRIMERA MISA


IGLESIA DE VILLASARRACINO

Llegamos a Villasarracino. Era la hora del coche línea. Allí me esperaban mis hermanos, primos y otras gentes del pueblo. Habían preparado el carro de varas que tenía mi padre, iba tirado por el burro pardo, tan estimado en la familia.

Del coche subimos al caro, me acompañaba mi amigo José Luis de Santiago. Cuesta arriba, entramos en el pueblo por la calle de la Fuente. A un lado y a otro de la calle, gente que nos recibía con fervor y entusiasmo.

Al instante, comenzaron a tocar las campanas de la Iglesia. En lo más alto de la torre ondeaba la bandera blanca y amarilla, señal de un nuevo misacantano. El pueblo, a pesar de ser verano, estaba de fiesta.

Yo saludaba a unos y a otros. Mientras se oían vivas al nuevo sacerdote, que ¡misterios de la vida! , que era yo, José María, el segundo hijo del Cojo e Villasarracino.

Dimos vista a la Plaza Mayor del pueblo. Con emoción, divisé la pequeña casa de mis padres, con su verja inconfundible. La entrada de la casa estaba adornada con ramos de árboles, fundamentalmente chopos.
 Enseguida se asomó mi madre, mujer sencilla y buena, que vino hacia mi para darme un abrazo. Detrás, mi padre, hombre sereno y fuerte, que mientras me daba un golpecito en la espalda, me decía: ¡José María, llegó el día!

Nos bajamos de carro. Saludé a parientes y amigos. En especial saludé a Don Sinforiano, Rector del Seminario de Palencia,  que iba ser el Predicador de mi Primera Misa.

Entre saludos y saludos, se hizo la hora de cenar. Lo hicimos en casa. Canticos y más canticos. Al fin, casi sin quererlo, llegó la hora de irse a descansar. Aquella noche, dormí  “allá dentro”.

PARA ESCUCHAR

1 comentario:

Anónimo dijo...

Acabo de leer el siguiente capítulo.
Quiero adentrarme en mi interior para divisar entre el ramaje de los chopos de la puerta de la casa del misacantano a unos padres orgullosos, alegres, nerviosos, llenos de serenidad porque efectivamente: EL DÍA HABÍA LLEGADO. Y detrás entre la gente a los hermanos atónitos ante el sacerdote hermano que iba a acercarse al altar a celebrar su primera Misa. Y más allá, a la distancia los que regalaron al misacantano lágrimas de alegría.