miércoles, 10 de agosto de 2011

DÍA 10 DE AGOSTO DE 2011

AÑO, TRAS AÑO…, SIEMPRE IGUAL.

Todos los años, un día de los que paso de vacaciones en el pueblo, tía Benedicta me pide que le diga varias Misas en acción de gracias a la Virgen de Nuestra Señora de la Piedad, en la ermita del pueblo, dedicada a la Virgen María, bajo esta advocación.

Casi siempre procede del mismo modo. Unas jornadas antes de realizar el encargo, terminada la Misa en la Iglesia parroquial, se acerca al banco donde estoy dando gracias después de la Comunión, y me saluda efusivamente.

A continuación, con naturalidad, me pone al corriente de su situación personal. Cada año me repite casi lo mismo que el año anterior y que el otro y que el otro.

Este año me ha dicho: “Josemaría, estoy muy bien, pero casi no puedo hablar; he perdido casi la voz y el oído; pero la cabeza la tengo bien. Son muchos años. La edad no perdona”.

Le digo a todo que sí. Y trato de entender amablemente su situación. En estas, se acerca Tere, su hija, que casi siempre dice también las mismas cosas: “Madre, no tardes, que nos esperan fuera”.

Y es entonces, cuando la tía Benedicta me pregunta: “¿Podrías decirme unas Misas, al menos una, en la ermita”? Inmediatamente le digo que sí. Ella se pone contenta y vuelve a preguntar: “¿Y para cuándo”? Le digo que cuando le venga bien. “¿Pero cuándo?”, repite una y otra vez. Al fin, le tengo que decir: “Pues mañana”. “¿Y la hora?”, me dice: Y le respondo: “A las 11:30, a la misma hora que la Misa parroquial”. Y así, sin más explicaciones, queda la cosa.

Llega el día siguiente. A las 11 de la mañana, pido la llave de la ermita a Domiciano, el mayordomo, que me entrega con amabilidad, y “llave en ristre”, procedo calle arriba a acercarme a la ermita. La puerta, como es previsible, está cerrada. La abro con cierta facilidad. Cerrarla, será más complejo.

Entro en la ermita, saludo a la Virgen, rezo una salve y de inmediato me dirijo a la sacristía. Allí, después de llevarme las manos a la cabeza por “el orden desordenado” que en ella reina, subo la persiana de la única ventana que asoma al cementerio, para ver la sepultura donde descansan mis padres y mí hermana Judit. Rezo una breve oración y pido por sus almas.

A continuación, preparo los libros sagrados, los misales, los ornamentos, con el fin de que cuando sean las 11:30 pueda empezar con puntualidad la Santa Misa. Por cierto, también tengo que hacer esfuerzos sobrehumanos, cuando veo los corporales, purificadores, vasos sagrados, misales, en situación, vamos a decir, menos digna. Y haciendo “de tripas corazón” y rechazando pensamientos más o menos críticos, ME preparo lo mejor que puedo, para comenzar el Sacrificio del Altar.

En estos pensamientos me encuentro, cuando entran por la puerta de la ermita, tía Benedicta, sus hijos, y mis tres hermanas. Son estos, los que me van acompañar en la celebración eucarística. Tía Benedicta avanza hasta el primer banco, apoyada en un bastón de madera. Lleva gafas. A pesar de sus más de 90 años, mantiene una presencia juvenil envidiable. Los demás acompañantes, ocupan los bancos más cercanos al altar, a derecha e izquierda de la única nave del templo.

Poco antes de salir al altar, con parsimonia, he encendido dos velas colocadas a los dos lados del altar y todas las luces que alumbran el templo. La única nave que tiene la ermita, recobra una claridad y prestancia extraordinarias. Cuando fui a coger el alba para revestirme, sin darme cuenta, tiré una pequeña lámpara que estaba en el armario de la ropa, que hice trizas.

Repuesto del percance, y tras la inclinación profunda hecha a la imagen de la Virgen, vuelto al pueblo, comienzo la Misa: “En el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo…. La Misa es rezada. Al final rezamos la salve y nos despedimos litúrgicamente.

Acto seguido, viene la ceremonia habitual de todos los años. Tía Benedicta se acerca a la sacristía para darme las gracias y darme el estipendio por la Misa. Y termina la sesión, despidiéndonos y deseando salud y poder vernos de nuevo el año que viene. Y vuelve a decirme lo mismo que me dijo cuando nos saludamos: “que si me estoy quedando sorda, que si no puedo casi hablar, que si me canso…, pero la cabeza muy bien”.

Aproveché para preguntarle sobre cuantos eran los hermanos de mi abuelo Gaugérico. Sin dudarlo, como para dar muestras de lo bien que tiene la cabeza, me dijo: Bonifacia, que era mi madre, Gaudencio y Marucha (que era medio hermana).

En estas, una vez más, como en el momento del saludo, llegó Tere que vuelve a decir. “Madre, vamos, que nos esperan en la calle”. Y se van. Y calle abajo se dirigen a su casa.

Yo aún me quedo un rato en la ermita, dando gracias por la comunión y pidiendo a la Virgen que nos ayude a todos.

Este año hemos añadido un detalle: hemos rezado el Angelus, delante de la Virgen de la Piedad. Y mis hermanas y yo, a continuación, hemos ido a rezar un responso a la tumba de los padres.

Hago votos y le pido a la Virgen que podamos vernos al año que viene.

pincha aqui
http://www.opusdei.es/art.php?p=30911


2 comentarios:

Anónimo dijo...

Qué manera de conocer las costumbres de su pueblo.
Aunque no conozca a las personas al final creo que me van a entrar ganas de ir a conocer esa tierra de campos y a observar in situ todo lo que nos cuenta.
Un saludo

José María Calvo de las Fuentes dijo...

Anónimo: Que sepa usted que tiene abiertas las puertas del campo y también las puertas de la casa. Puede venir cundo le parezca. Antes avise. Un saludo.
JMC