viernes, 12 de agosto de 2011

DÍA 11 y 12 DE AGOSTO DE 2011

PASEO Y LECTURA EN UN
LUGAR DE PAZ

Once de agosto, jueves, mercadillo en Carrión de los Condes. Asistir al mercadillo es una de las aficiones veraniegas de mis hermanas, especialmente de la mayor. Visitan, durante un buen rato, los puestos instalados en la Plaza junto a la Iglesia de Santa María; compran cuatro “cosillas” y vuelven a casa, con menos dinero, pero con más alegría. Y esta misma función, la repiten jueves tras jueves, mientras duran las vacaciones.

Como el único que dispone de carnet de conducir en la familia soy yo, y aunque a mi no “me gusta un pimiento” acudir al mercado, con mejor o peor cara, hago de taxista a tan ilustres viajeras, los jueves que pasamos disfrutando de un merecido descanso.

Salimos del pueblo, después de haber asistido a la Santa Misa de las once y media y después de rezar el Angelus a la Virgen en familia. Como nuestra casa está en la parte norte del pueblo, partimos por la carretera, que aunque es peor de las opciones, nos ofrece un trayecto más corto. Son trece kilómetros que hacemos en poco más de un cuarto de hora.

Por el camino, comentamos en conversación distendida sobre las variantes que encontramos en el recorrido desde el último viaje. Y, sobre todo, recordamos pasadas aventuras vividas al lado de nuestros padres cuando éramos todavía pequeños.

Llegamos a Carrión. Dejé a mis hermanas junto a las murallas de la Iglesia de Santa María, una de las dos parroquias de este pueblo. A esta parroquia asistí a la catequesis cuando tenía once años, en la temporada que, junto con otros chicos viví en la Plaza de España, en casa de la señora Fermina. ¡Qué tiempos aquellos!

Luego me fui en busca de una sombra donde poder leer el libro que este verano llevo entre manos: Segunda navegación, de Alejandro Llano. Tras dar una vuelta por el Convento de las Clarisas, me metí por la primera calle a la derecha, que se encuentra al venir de Villasarracino. Seguí calle arriba y “corre que te corre”, llegué a la puerta principal del cementerio de Carrión de los Condes. En el paseo de la entrada principal había mucho sol. A la vuelta, en la tapia lateral, se extendía una asombra apetitosa y allí me paré. El coche lo dejé debajo de un árbol, también a la sombra y comencé a leer.

El cementerio, por fuera, está rodeado, como acabo de decir, de una tapia construida de ladrillos recogidos con argamasa, que dan a la tapia una presteza singular. Entre columna y columna, terminadas en pirámide, un panel blanco bien cuidado. La pared principal puede tener veinte paneles; la de la derecha al menos diez y seis. Las puertas tanto la principal como la lateral, es de hierro forjado y pintadas de negro. Ambas están cerradas.

Los alrededores son en este tiempo de verano, bastantes áridos: árboles que esconden el cauce del río, campos, unos de barbecho y otros de rastrojo. En su interior, separadas por paseos, las sepulturas. A simple vista se distinguen dos partes: una con cruces y sepulturas humildes, y otra, con sepulturas y cruces grandes.

Pasado poco tiempo, me vino a la memoria una escena que contemplé en este cementerio hace la friolera de cincuenta años. Estaba yo estudiando, de externo, en el Colegio d los Maristas de Carrión. El día de los difuntos, como era costumbre, mucha gente visitaba el cementerio para rezar por los difuntos, también lo hice yo con otros amigos que vivíamos en la misma casa. Y fue aquel día, cuando contemplé la siguiente escena: “Mientras en las demás sepulturas, la gente rezaba a sus muertos, con recogida piedad, en otra tumba, ésta de tierra, todavía reciente, pues la tierra estaba aún sin asentar, unos gitanos lloraban desconsolados a sus difuntos. Cogían la tierra que asentaban con las palmas de las manos. Hablaban a gritos con los difuntos allí enterrados y mostraban con sus gestos un dolor fuerte y un cariño singular

Tanto se me grabó aquella escena en la memoria, que hoy, después de medio siglo de ocurrir, parece que estoy viendo a la gitana madre, vestida de vestido largo, color negro y con un pañuelo a la cabeza, que decía: “Alma de mi alma, corazón de mi corazón, estamos aquí contigo”. Y derramaba lágrimas en la tierra, mientras gritaba cada vez más fuerte.

Hoy, once de agosto, mientras paseaba, leyendo por las orillas del cementerio y veía a los lejos un repetidor de teléfonos, y las hojas de los árboles movidas por el viento suave, de una mañana calurosa de agosto, no pude menos de rezar un responso por todas las almas de los cuerpos allí enterrados.

En esto, sonó mi móvil. Eran mis hermanas que me llamaban para volver al pueblo. En cinco minutos estaba en el lugar fijado. Motaron en el coche y lo primero que me preguntaron fue: “¿Donde has estado”? Les dije: en un lugar de paz. Después de decir dos lugares, a la tercera acertaron: “En el cementerio”. Les dije que sí y les conté, más o menos lo que arriba he escrito.

A las dos y media comenzábamos a comer. El calor seguía presente, pero dentro de casa, se estaba fresquito.

Y allá, en el campo santo de Carrión de los Condes, descansan en paz los muertos.

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